La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos - Eire Esteldor - La Prueba

2006:11:07:10:39:53

Báldor

Ya había oscurecido y Alara Kalamo estaba en cuclillas, refugiado bajo el alero de una cueva, encendiendo un fuego. Desde que abandonara el clan para la Prueba, ésta era la mejor comida que había conseguido: había cazado dos liebres grandes y lustrosas. Ya las había despellejado, limpiado, troceado y ensartado en finas y duras varas de acebo. Sólo faltaba que la leña mojada que había amontonado se decidiera a arder. La yesca ya había hecho su trabajo, ahora todo dependía de que controlara con eficacia el aire que le daba a las nacientes brasas. Primero, un hilillo de humo, luego, una humareda (tosió) y, por fin, una vacilante llamita. Con cuidado, fue amontonando ramas y hojas sobre el fuego. Cuando hubo conseguido su pequeña fogata, se relajó por fin, se secó las lágrimas provocadas por el humo y empezó a asar el primer espetón de liebre.

Había estado lloviendo toda la tarde y, desde su precario refugio, veía cómo incontables hilillos de agua se precipitaban desde la colina rocosa, donde se había resguardado, hasta el bosque oscuro.

Era el bosque de su pueblo, su hogar.

Cuando hubo acabado su banquete, se sentó con las piernas cruzadas y esperó a que la noche le trajera el sueño.

Le gustaban las noches, se sentía vivo en ellas; le gustaba pasear bajo los viejos árboles, mirar las estrellas que se dejaban ver entre las espesas ramas del bosque o la exhuberancia del firmamento estrellado visto desde algún claro, tumbado sobre la hierba; pero, sobre todo, le gustaban los árboles y las plantas, su olor, sus palabras susurrantes y su color difuso y plateado bajo la luz de la luna. Incluso le gustaban las noches lluviosas como ésta, cuando las gotas golpeaban la tierra empapada, cuando se formaban infinitos riachuelos de agua que se desperdigaban en arbitrarios caminos brillantes, cuando el olor del bosque desplegaba todas sus sutilezas y, a la vez, golpeaba con fuerza, cuando todo era limpio y fresco.

La mañana se presentó despejada y brillante. Alara Kalamo pensó que era un buen augurio -Primero la lluvia y ahora el sol, sin duda, hoy será un buen día, el día de mi traspaso. Hoy seré un Drughu- Estiró sus membrudos brazos y oteó, después, hacia el Norte.

Hacía días que había encontrado el Laberinto de Piedra, pero no podía pasar la prueba hasta que no hubieran transcurrido los cuarenta días de destierro. Y hoy se cumplía el plazo de la separación.

Desayunó un poco de fruta seca y unos bulbos un poco duros que encontró en el fondo del zurrón.

Con ánimo alegre, inició el descenso de la colina. Tenía que ir con cuidado con las aristas cortantes de las rocas, pero ya no era un niño, sus pies tenían duros callos y sus piernas eran fuertes. En su cuerpo se combinaban la infancia y la madurez, tenía la fuerza de los drúedain, pero aún no tenía sus pesadas redondeces; era alto, más que su padre, medía cinco pies; y era fuerte y ágil como un ciervo; dominaba el arco y sería un buen rastreador.

Una vez abajo, con pie seguro y mirada profunda, se adentró en la espesura, hacia el Norte, hacia el laberinto de los antiguos. Sabía que debía llegar a la puesta de sol y sin haber comido carne ni pescado en todo el día. Así, con paso tranquilo, pasaba bajo los robles, olmos, fresnos… iluminados por la brumosa y fresca luz de la mañana; acariciaba los helechos, contemplaba las prímulas y los tréboles… y recogía algunas bayas y raíces que comía sin detener la marcha.

A media tarde, ya muy cerca del laberinto, se encontró con las primeras piedras de vigilancia. No eran diferentes a las muchas que había visto a lo largo de su vida: una gran piedra tallada con arte y maestría representando a uno de los suyos, a mayor escala, sentado con las piernas cruzadas. Pero, en esta ocasión, le interesaron más que de costumbre. A los adultos no les estaba permitido anticipar nada de lo que había de suceder en la Prueba y los padres, más que ninguno del grupo, tenían la obligación de conservar la pureza del rito. Sólo unas palabras podían y debían decirse. Mientras la madre le pintaba en el pecho la espiral roja y el padre le pintaba en la espalda la espiral azul, ambos se acercaron y le susurraron a los oídos –Escucha a las piedras, niño, escucha a las piedras, que primero la carne se haga piedra y luego vuelva a ser carne-

Alara Kalamo, con las espirales que decoraran su cuerpo 40 días atrás borradas, recordó las palabras de sus padres y se sentó junto a una de esas piedras de vigilancia, cruzó también las piernas y entrecerró los ojos. Sólo una franja muy negra de sus negros ojos se escapaba de los párpados casi cerrados, respiraba con tranquilidad, escuchando las piedras, escuchando al bosque. El bosque estaba en calma, no se preocupaba de lo que él estuviera haciendo, sólo se dejaba balancear por la brisa y entonaba sus suaves canciones; los robles, como siempre, eran los más alegres y los abedules los más refunfuñones, pero nada había fuera de lo normal -¿y porqué debería haber algo diferente?- Se recrimino el joven -Qué le importo yo al bosque, ¿sólo porque lo escucho con más atención debe decirme algo? ¿Y qué dicen las piedras?- Pero las piedras tampoco le decían nada nuevo, continuaban con su susurro de siempre, susurro de piedra antigua, susurro de musgo seco.

Como le sobraban unas horas estuvo sentado un buen rato, hasta que las sombras se alargaron y el aire se enfrió.

Justo en el momento en que el sol caía tras la lejana Colina de Fuego, que en Gondor llaman Nardol, Alara Kalamo entró en el claro del Laberinto de Piedra. Estaba en lo más profundo del bosque, a unas 30 millas del Gran Camino del Oeste, escondido a los ojos de los forasteros, difícil de encontrar, incluso, para los drúedain que todavía no habían realizado el traspaso, cuya búsqueda era parte de la Prueba.

El claro era pequeño, flanqueado por apretados fresnos de gruesos troncos plateados que le robaban la poca luz que aún resistía en Poniente. En el centro, se levantaba una pequeña colina, como un túmulo funerario, con una entrada abriéndose, negra, en uno de sus flancos.

Cuatro piedras guardaban el camino que conducía a la boca del túmulo, dos a cada lado del caminito mal dibujado.

Cuando llegó junto a la entrada, boca de la tierra, de pesado y antiguo dintel, se detuvo.

Miró atrás, escuchó a las piedras mudas y buscó un guía, penetrando la oscuridad del bosque esperando ver unos ojos amigos. Pero ya no existía nada más que la entrada y su miedo, y una ligera risita que se escapaba de las piedras y el viento.

Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, entró en el Laberinto de Piedra.

La oscuridad absoluta lo cubría todo. Tanteando las paredes ásperas descendió por una larguísima escalera de escalones altos y estrechos que lo llevaba a una profundidad desconocida. Sólo el retumbar de su corazón le marcaba el paso del tiempo en un lugar que parecía estar más allá de todo, más allá del mundo.

Al pie de la escalera, con el corazón a punto de estallarle, se detuvo, le flaquearon las piernas y se apoyó en las grandes piedras de la pared. Recuperado el aliento, calmado el espanto inicial, continuó hacia delante, siempre guiándose con sus manos, que se deslizaban, resecas y temblorosas, por la piedra dura de los pasillos. La oscuridad lo turbaba. Al cabo de unos pocos cambios de dirección su natural y fino sentido de la orientación se había venido abajo. En esa absoluta oscuridad era, incluso, difícil discernir el arriba del abajo, la derecha de la izquierda, todo era una esfera negra en la que estaba perdido. Sólo sus dedos, arañados por la roca, le ataban al mundo.

Cada vez que la pared desaparecía, abriéndose el espacio de un cruce de pasillos, sentía la muerte aferrándose a su estómago. Primero, la sensación de haber perdido el contacto con lo poco que aún le quedaba, luego, la obligación de elegir una dirección en un mundo de vértigo negro.

El tiempo pasó, al ritmo intenso de los latidos de su corazón y de su respiración cansada. Se obligó a serenarse. Detuvo su avance sin sentido. Apoyó la espalda en la pared. Se sentó y cerró los ojos en la más negra oscuridad. Por fin unos pensamientos propios le asaltaron, desplazando al instinto -¿Qué hacer? ¿Cuál es la prueba? ¿Qué se espera de mi?- Pero no sabía las respuestas ¿Debería saberlas?

La desesperación se había concentrado en su garganta, a punto de explotar en un grito salvaje de impotencia y furia pero, justo en ese instante, escondido tras su grito no lanzado, oyó un sususrro. Mecánicamente se tapó la boca con las manos, abrió los ojos en un respingo y escuchó… escuchó.

Desde algún lugar remoto del laberinto ascendía un rumor, un rumor y unas palabras apenas audibles, dichas en la lengua de los antiguos. Era como el frotarse de dos piedras y algo más. Pero sí, no había duda, era una voz, y sabía que le hablaba a él. -Levántate- Le decía -Levántate, niño, y ven con nosotros-

Alara Kalamo se levantó.

Avanzaba de nuevo en la oscuridad, guiado, ahora, por un murmullo hecho hilo, con el corazón más ligero pero aun con paso vacilante y tembloroso.

Tras un recodo la oscuridad se rompió. Una luz muy débil se extendía por el pasillo. Nada se podía ver aún, sólo distinguirse el espacio: el arriba y el abajo. El vértigo desapareció, se supo con los pies en el suelo, y siguió avanzando, escuchando palabras de piedra.

Giro una esquina, y luego otra. Al fondo de un pasillo la luz se derramaba desde un portal de recias jambas y dintel tallado. Junto al portal, dos piedras de vigilancia hacían guardia, eran más grandes que las que habitualmente protegían el bosque y los caminos y, las oscuras sombras, que dibujaban sus formas rotundas, les daban un carácter mucho más imponente. El joven drúedain afianzó su paso, sus pies descalzos la llevaron junto a la entrada. Se detuvo ante las grandes estatuas y acarició la piedra, siguiendo la línea de las rodillas hasta los muslos. Sonrió agradecido y, sin más, atravesó el portal, hacia la luz.

Unas horas después, Alara Kalamo salió al claro del bosque, las estrellas brillaban en el firmamento. Ya era un Drughu y podía regresar al poblado.

[Editado por elfo_negro el 03-11-2006 19:09]

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan 240 puntos para la historia de Eire Esteldor.

[Editado por Indil el 07-11-2006 10:40]