Ílimo
Estaba al pié de las puertas de Halatiryon intentando no prestar atención a la batalla y concentrarme en coser una herida a un soldado de Infantería. De pronto, me pareció oír un tumulto acercarse y sin darme tiempo a volverme, unas manos apartaron mi viejo cuerpo de lo que estaba haciendo. Sorprendido por aquello, vi acercarse una comitiva que evacuaba una camilla. Me puse de puntillas y alcancé a ver quien estaba en ella, el rey Ílimo con su coraza dorada brillante y su capa blanca surcada por un hilillo de sangre.
Miré alrededor y la mayoría de los hombres que escoltaban el cuerpo eran soldados de la Orden de la Rosa, respetuosamente silenciosos. Los que estaban a mi lado mientras sucedía todo, estiraban sus manos para tocar el cuerpo inerte del rey, maldecían a los causantes o lloraban por su suerte. Y mientras, yo, estaba tan sorprendido que no era capaz de emitir una sola palabra. Temblaba a medida que empezaba a comprender las consecuencias de que muriese Ílimo…salí de mis pensamientos, turbado, y sentí que me rodeaba el fervor de los soldados ante la caída de su líder. Había gritos que maldecían a los causantes, soldados que lloraban de impotencia o de rabia. Muchos estaban en silencio como yo, sin mirar a ninguna parte, viendo pasar la camilla arropados por voces que clamaban venganza. Aquellos instantes parecieron eternos, el cuerpo salía por las puertas rodeado de soldados que querían despedir a su rey, y animarlo en la lucha por la vida. Era un espectáculo cargado de emotividad, el líder arropado hasta el ultimo momento, abandonando el campo de batalla con honores
(…)
Mi señora, hoy es un día triste para todos nosotros, hicimos todo lo que pudimos pero su vida se nos fué de las manos. Su alma viajará más allá del mar y se reunirá con sus semejantes en las tierras imperecederas, mientras, nosotros, nos quedaremos aquí, llorándole.
(...)
Terminé de escribir la carta para la casa madre del gremio de los sanadores. Firmé al final, y doblé la carta en tres partes, la metí en un sobre, y lo cerré estampando mi anillo en el charco de cera derretida.Guardé la carta en la primera página de mi diario.Pasé despreocupadamente las primeras páginas viendo la colección que había acumulado en todos aquellos viajes con el ejército. Plantas, flores y hongos de todo tipo. En otro libro de la mesa había grabados sobre los olvar y los kelvar de los que se podría extraer un veneno como aquel. Me recosté en la silla a la luz de un candelabro recostando la cabeza a un lado del mullido respaldo, intentando ordenar mis esquemas mentales en busca de alguna pista. La respuesta estaba ahí y tenía que dar con el resorte que la sacase a la luz, el calambre mental que tan bien conocía en sus muchos años de sanador. ¿Cómo haría yo si tuviese que preparar un veneno?.
Su mano acarició la cara desesperadamente, alisando lentamente sus muchas arrugas, masajeó sus sienes abarcando sus ojos intentando que no se durmiesen leyendo aquellos libros. Solo así se dió cuenta de lo pesada que era su tarea. Pensó lo fácil que sería vivir sin las responsabilidades que tanto le agotaban, aquellas en las que había invertido tanto tiempo para conseguir una reputación que, ahora, pendía de un hilo, el de la vida de Ílimo… ¿Cuanto tiempo le quedaba? solo dependía de su fortaleza. Y cuando muriese, su reputación caería por los suelos y estaría condenado a vivir en una pequeña casita de Norelire, a morir bajo la losa de no dar a tiempo con la cura de su rey. Tantos años de servicio al gremio de sanadores para acabar como un viejo apestado que no supo dar lo que se esperaba de él. No apreciarían un fallo en él, uno de los sanadores mayores no podía permitirse un fallo de aquel calibre, era algo que le dijo su maestro cuando él solo era un acólito que disecaba ranas y babosas en tarros de cristal.
Puso los codos en la mesa y sujetó su cara entre sus manos temiendo que cayese sobre los libros que tantas veces había leído. Notaba sus sienes palpitar y su anillo le molestaba. La sensación de repiqueteo en su cabeza se hizo más fuerte, como si el cerebro se revolviese en el cráneo intentando liberarse. Acarició en vano las arrugas de su frente y optó por levantarse e ir al laboratorio a por un calmante. Las drogas que se había tomado para agilizar la mente estaban pasándole factura y tal vez fuese tiempo de dormir y esperar a la mañana siguiente, cuando anunciasen la muerte del rey. Puede que no pasase de esa noche, pero él y otros pocos guardaban ese secreto celosamente.
Así que mis pasos me llevaron al laboratorio de las casas de curación, había muy pocos sanadores a tan altas horas de la noche, solo algunos acólitos y aprendices de rango inferior haciendo guardias y controlando a los heridos. Abrí los cajones y tomé un vaso de agua caliente en el que disolví unas cucharadas de unas hierbas secas picadas. Podía oler cada planta triturada que se mezclaba en aquel potingue, la calidad y si la proporción de cada una era la correcta.
Sí, tenía talento aunque estuviese viejo y bajo los efectos de los psicotrópicos, puede que incluso pudiese dar clases en la escuela general de sanadores cuando le echasen del puesto, pero… ¿De que valdría si no había sido capaz de curar el veneno que roía las entrañas de Ílimo? No, no podría soportar que se le conociese como el incompetente sanador del antiguo rey, le echarían en cara aquello toda la vida, y era una culpa demasiado pesada. Sus días de renombre estaban contados, era un hecho que tenía que asimilar cuanto antes. Por eso, antes de abandonar las casas de curación donde estaba el laboratorio, abrió las lonas del apartado de Ílimo, y se despidió de él en silencio, mirándole en su lecho, mientras se tomaba el calmante a pequeños sorbos. Pensaba en la tranquila pose con que moriría, no perdería la serenidad ni en las puertas de la muerte, soportando estoicamente el dolor, esa sería la última imagen que conservaría del rey al que defraudó.
_ ¡ Suek, escúchame por que mis palabras son limitadas
_El viejo sanador dejó caer su bebida cuando oyó aquel susurro en su mente. ¿Acaso las drogas..._pensó mirando su taza_
_“¡Suek, mis vasos están constreñidos por el veneno, necesito que se dilaten!. Mis músculos están agarrotados y el control que ejerzo es muy débil, solo el letargo al que me he retraído consigue mantenerme consciente bajo mínimos”
_”Pero mi señor…¿Sois vos el que pone palabras en mi mente?”
_”¡Soy yo Suek!, viejo ingenuo ¡no soy producto de tus drogas!”
Suek se perdió entre los cortinajes de la entrada y al cabo de muy poco, un siseo de telas acompañó a su llegada. Trajo un incensario y acercó el humo a sus vías respiratorias. Ílimo inhaló aquel aroma y al cabo de muy poco sus ojos se abrieron y las pupilas se dilataron hasta sus límites. El azul oscuro de sus ojos se movió del negro profundo de sus pupilas.
_“Noto que mi corazón late un poco más fuerte y que llega mas aire de mis pulmones. _continuó diciendo Ílimo por telepatía_El veneno pierde fuerza Suek, aprovecha este momento para quitarme un pequeño trozo de aguja que queda he notado alojado en la herida.”
Un chispazo recorrió la mente del viejo sanador ¡ tenía que haber supuesto que le quitaron la aguja sus soldados en el momento! ¡Se dejaron una astilla de metal envenenado y por eso no funcionaban mis remedios!
Apresuradamente Suek tomó una cuchilla de su bolso, la desenfundó y apartó las sábanas, sentándose en un taburete a la altura de la cama. Llamó a un aprendiz gritando y mientras venía, Descosió la herida y aplicó un corte profundo en la carne. La sangre borboteó en abundancia, pero mantuvo el pulso firme y no se amedrentó. Con los dedos, mantuvo el hueco de la herida abierto; la sangre manaba y notaba los músculos del rey contraerse de dolor, estaba operando sin anestesia, por lo que operó rápido, buscando una parte de carne renegrida que envolvería aquel trozo de aguja, la encontró y en un último esfuerzo rajó el bulto amoratado. El contraste del metal brillante surgió a sus ojos y lo colocó con maestría en la punta de la cuchilla, abrió todavía más la herida con sus dedos y lo extrajo en un suspiro. Sintió un último espasmo en el cuerpo de Ílimo, dos aprendices de segundo año limpiaron la herida y la cosieron limpiamente. Suek miró la aguja a la luz de una vela y comentó en voz alta que había sido hecha para romperse y permanecer dentro con el depósito de veneno. Concebida para una muerte lenta pero apacible.. “Aun había humanidad en sus enemigos, mi señor”_dijo mientras comprobaba sus constantes vitales_
Nunca dudé de la eficiencia de la república de Esteldor, Suek _ repiqueteó la voz de Ílimo en la conciencia del sanador mientras su rostro esbozaba una sonrisa _
[Editado por gorathion el 15-11-2006 03:23]
