La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Lempë Ohtari. Sulankalië En Menegroth, 2ª Parte

2006:12:01:19:21:44

Darlak Lórindol

Era tarde.

Sulankalië daba vueltas alrededor de la habitación que la dama Melian le había asignado. Se hallaba intranquila y la preocupación la consumía.

La estancia estaba compuesta por una cálida chimenea, un arpa delicadamente apoyada en la pared, el lecho suntuoso, y el espejo inmenso, todo tenia ese aire irreal y etéreo de las damas sindar. No tenía ni dos días allí y ya extrañaba la vida de las fraguas, el martilleo incesante del metal, el resplandor del fuego en las gotas de sudor de aquellas manos fuertes creadoras de maravillas de los herreros, extrañaba los gritos airados de Curufin dando instrucciones a los aprendices, extrañaba la biblioteca, a Lissë, a Telpo y todo cuanto tenía en Nargothrond.

Se tendió en la cama mirando fijamente el techo abovedado hasta que unos leves toques a la puerta la sacaron de su abstracción.

- Adelante.- contestó incorporándose.

La habitación se iluminó levemente con la llegada de Melmirë justo en el momento en que Anar asomaba de forma traviesa en el horizonte ahuyentando las sombras con sus graciosos rayos.

- ¿Te encuentras cómoda?

Sulankalië suspiró sonoramente y señaló el círculo de la habitación.

- Aquí moriré de aburrimiento.

- Hay mucho que ver en Doriath, ya lo comprobarás. Thingol y Melian desean que los acompañemos a cenar.

- ¿Cena?-preguntó enarcando una ceja.- ¿Con su majestad Thingol?- dijo irónica.

- Aranel, no debes olvidar que en atención a Finwë ambos consintieron en aceptarse.- dijo sentándose en el lecho.- además hay alguien que deseo conozcas.

- ¿De quién se trata? ¿Atarinya?

- No pitya, mucho me temo que aún ni en atención al mismo Manwë, Thingol aceptaría a alguno de los hijos de Fëanor en su reino.

La princesa se levantó airada y dio varios pasos por la habitación, luego se volvió hacia la dama.

- ¿Tengo yo, una princesa de los noldor, que compartir la mesa con el pariente de quién también tiene las manos manchadas de sangre de mi pueblo?-

- ¿De qué hablas pitya?-

La noldo se volvió dándole la espalda, ocultándole los ojos en un ánimo de ocultarle también sus pensamientos. Melmirë sonrió ante el esfuerzo, sin embargo desplegó su poder penetrando inmediatamente en los pensamientos de la princesa. Las escenas que vio le helaron los huesos, igual que cuando había visto a tantos caer mientras el barco en el que viajaba se perdía en el horizonte, la matanza de Alqualondë, las blancas playas bañadas por olas color carmesí, y los cuerpos de los caídos mezclados por el mar, la mano de un noldo sosteniendo aún una espada, flechas teleris desparramadas por doquier, y el cuerpo de un niño de oscuros cabellos con una flecha atravesada en el corazón.

- ¿Así que es eso?, comparto el dolor de Lissë, mi amor por los noldor es más grande del que crees, pero ese dolor y esa ira no te pertenecen.- comentó la dama.

- ¿Amor por los noldor?- preguntó volviéndose.- es tanto tu amor que corres tras cualquier sindar rindiéndole pleitesía.

- Sulankalië, de cada reino que visito, de cualquier linaje guardo un buen recuerdo, y no solo sus conocimientos, pero a los noldor más que ninguno estimo, mucho antes de que nacieras ya tenían mi afecto.

La princesa la miró altivamente.

- Será mejor que te vistas adecuadamente. Ya no tienes porque usar esas prendas nandor…y recuerda algo, no eres princesa de un pueblo, eres princesa de un puñado de elfos que caminan con un juramento por delante y una maldición por detrás.- finalizó cerrando tras de si la puerta.

La dama recorrió el pasillo pensativamente, Sulankalië era realmente difícil, y sonrió al recordar como lo había sido Fëanor hacia mucho tiempo atrás, aunque detrás de todo ese orgullo y esa ira se escondía mucho más. Sí, sería muy fácil con un poco de paciencia llegar al corazón oculto entre sombras de la noldo, y ese era su principal propósito.

Los largos dedos de Sulankalië se crisparon de rabia contra las blancas sábanas. Intentando calmarse fue hacia la ventana y desde allí vio un grupo de doncellas bordando a la enseñanza de Melian, el gris de la bruma, el azul del cielo y el verde de los árboles constituían los materiales. La princesa hizo un gesto de disgusto. ¡Bordar, como lo odiaba! Finalmente decidió darse un baño. La tina se hallaba dispuesta. Se quitó las ropas y se dirigió a ella con pasos largos y ágiles como los de un felino que acecha a su presa.

***

La mesa larga se hallaba dispuesta y, alrededor de ella, la corte de Thingol, Melian y la dama Melmirë a su derecha, y el caballero Celeborn a su izquierda. A su lado, una dama de gran belleza vestida de blanco. El caballero Arminas, Daeron y Saëros se hallaban también allí y las miradas que se dedicaban denotaban impaciencia, y a ratos miraban hacia la silla vacía al lado de Melmirë. En el otro extremo de la mesa, el caballero Celeborn conversaba con el rey, de quién era pariente.

De pronto, un sonido de pasos a la carrera a través del pasillo les llamó la atención y, entre un revoloteo de ropas y capas, apareció Sulankalië en la puerta. Se detuvo un instante para tomar aire y entró al salón caminando con su porte altivo, el largo vestido azul y plata, y una diadema ciñendo su frente que la adscribía como princesa real de la casa de Finwë y el manto azul bordado profusamente con un símbolo conocido…el de la casa de Fëanor. Melian sonrió al verla, era como una visión… Miriel entraba al salón del trono en Tirion, muchos años antes…mucho antes de que la felicidad de Finwë quedara tendida en los jardines como una flor tronchada repentinamente por una tormenta.

La dama Melmirë se puso en pie.

- Ella es Sulankalië Morifinwërel.

La princesa caminó hasta su asiento, recorrió con ojos curiosos el rostro de los presentes, hasta que repentinamente su mirada se encontró con dos zafiros radiantes y gentiles enmarcados en unos cabellos de oro.

- Sulankalië ya conoces al Rey Thingol y a la Reina Melian. Conoce por favor a Daeron, uno de los bardos más reconocidos de Beleriand, al caballero Arminas, al caballero Saëros y al caballero Celeborn y a su esposa la dama Artanis Arafinwërel.- finalizo Melmirë.

Las miradas eran reveladoras, acusadoras y odiosas, excepto las de de las damas, principalmente la de Artanis que parecía tener un especial interés en la recién llegada.

- ¿Y con quién has vivido todos estos años?- quiso saber la dama Artanis.

- En Nargothrond con Curufin y Celegorm.

El caballero Celeborn la miró enarcando una ceja.

- Extraño, fui en muchas ocasiones a visitar a mi hermano Finrod y nunca supe que Celegorm y Curufin tuvieran una sobrina.

La princesa la miró indiferente.

- ¿Y que aprenderá aquí?- preguntó el caballero Arminas.

- He previsto que aprenda las artes de curación, además he previsto en ella un gran poder de premonición.- contesto la dama Melmirë.

- ¿Curación?- pregunto Sulankalië irónica.- Yo no deseo aprender la curación, ¡no quiero! Tampoco deseo un poder, no lo necesito.

- Mientras permanezcas en los confines de mi reino debéis obedecer a la dama Melmirë, ella es responsable por vos.- contestó Thingol.

- ¡No podéis obligarme!, queréis que repita las heroicidades de otros, bien pues busquen alguien mas a quién dirigir!

- ¿Son esos los modales que has aprendido con tu noble parentela?- preguntó irónico Celeborn.

La mano blanca de Artanis se posó sobre el brazo de su esposo.

- Toda una noldo.- sonrió.- ¿Recuerdas cuan difícil para Melian instruirme?- preguntó a Celeborn.

- No he venido en busca de aprender nada.- respondió la noldo.- sólo busco a mi padre, podéis quedaros con todas vuestras enseñanzas y vuestros modales, no los necesito.

Dicho esto se levantó de la mesa y abandonó la mesa a paso rápido.

- Buen comienzo, no traerá más que problemas.- apuntó Arminas.

- Buenas tardes.- dijo Melmirë levantándose de la mesa.

Abandonó la sala y fue en busca de Sulankalië, pero no pudo hallarla, su habitación estaba vacía, pero todas sus pertenencias seguían allí. Finalmente, Melmirë buscó en el único sitio donde podía hallarse la princesa…las fraguas.

El fuego crepitaba fuertemente, el olor del metal templado hirió a la princesa, las fraguas, retiradas de la ciudad, constituirían un buen refugio, despojada de sus vestidos de gala y cubierta tan solo por una capa de un gris bruma sorprendente, el arte de la dama Melian, tuvo que reconocerlo, no era del todo malo. Caminó un poco mas y penetró en el edificio, un sindar le salio al paso cuando menos lo esperaba.

- ¿Qué deseáis herinya?

- Nada en particular.- contestó apenas.- tan sólo deseaba ver los trabajos.

- Este no es lugar seguro para una dama como vos, pero si deseáis podéis uniros al grupo de damas a las que instruye la dama Melian, siempre son bienvenidas nuevas aprendices.

Un destello de contrariedad brilló en los ojos de la noldo.

- Las fraguas no son nada nuevo para mí.- contestó mirando las paredes del edificio.- crecí en ellas.

- Bien herinya, si queréis os puedo mostrar las estancias, venid conmigo.

Las fraguas eran muy diferentes a las de Curufin. Éstas eran más pequeñas e incluso notó que en cierta forma la manera de trabajar el metal de los sindar era diferente a la manera noldor. Se interesó mucho en ello, hasta que se detuvo ante una puerta a través de la que se distinguía una actividad intensa.

El sinda advirtió su interés inmediatamente.

- En esas estancias laboran los naugrim.-

- ¿Naugrim?- interpeló la princesa con los ojos muy abiertos.

- Si, la mayoría de las construcciones han sido hechas por ellos, las mil cavernas fueron cavadas por sus manos.

La noldo penetró en las estancias donde un nutrido grupo de naugrim trabajaban bajo el calor de las fraguas. Uno de ellos se acercó al darse cuenta la presencia de ambos eldar.

- Bienvenido Salmarindil.- saludó el enano secando el sudor que perlaba su frente.

- Gracias Zhim.- contestó sonriendo.- esta dama deseaba ver vuestros trabajos.

- Venid mi señora, justo he terminado algo que os encantará.- contestó el enano riendo.

La princesa lo siguió encantada hasta una mesa cercana de donde el enano tomó un aro entre sus manos fuertes y rugosas por el pesado trabajo y lo puso entre las manos blancas de ella.

- Para vos.-

La noldo rió por primera vez desde que había llegado a Doriath, agradeciéndole el obsequio, un hermoso anillo plateado engarzado con un rubí tan rojo como la sangre.

La princesa recorrió entusiasta el resto del edificio en compañía del sinda. Finalmente se dirigieron a la salida y, apenas estuvieron en ella, la noldo reconoció la figura de la dama Melmirë que se dirigía a las fraguas.

- Vaya, y ahora viene el regaño.- rió ella.

- ¿A que os referís?- quiso saber el elfo de cabellos plateados.

- ¡Nada, gracias por la visita!- gritó mientras corría en pos de la dama.

- Mi señora... ¿me diréis vuestro nombre?- le contestó Salmarindil respondiéndole en un grito, pero ya la noldo se hallaba lejos para escucharlo.

La tarde caía difuminando en sombras los últimos rayos de Anar y la princesa noldo hablaba con su amiga sobre lo sucedido. Para Sulankalië la visita a las tierras de Thingol y Melian le estaba suponiendo una dura prueba. Las heridas que ocasionan cuando dos pueblos hermanos se asesinan era algo que se llevaba muy adentro en los corazones de los pueblos. Perdonar y olvidar era una lección que era muy difícil de aprender y ella sólo lo sabría mucho tiempo después.

Pero en el recuerdo para ella quedaría su visita a Menegroth.

Escrito por Sulankalië

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan 255 puntos para Lempë Ohtari.