Númenor, año 40 de la Segunda Edad…
Primer capítulo de la “Quenta i vanwalië” escrita por Aerandir hijo de Gwarmir.
Empiezo la “Quenta i vanwalië” con el relato de Yala hija de Zartol, escrito de su puño y letra (la única historia de este libro escrita por su protagonista). Sus suposiciones empujaron mis proyectos al papel y a la tinta.
”Sigo aquí… siempre aquí, dentro de mí. Miro por la ventana a la lluvia caer. Las montañas dominan el paisaje con sus picos nevados, y sobre ellos las nubes grises cubren el sol. Trato de entender cómo terminé tan lejos de mi hogar. Sin embargo mi hogar se incendió por su propio fuego, y se llevó consigo todo lo que amaba, sólo me quedan sus cenizas.
El pueblo que me acogió es sencillo pero agradable. Las casas son pequeñas al igual que las familias que viven en ellas. Los caminos, en su mayoría, son de tierra, pero la avenida principal es de piedra; por ahí pasan los mercaderes, los únicos que viajan. No hay grandes construcciones de piedra ni majestuosos monumentos de oro y plata, no obstante si las hubiera, tendría una gran variedad de personajes de las distintas casa de los Edain.
En el centro del pueblo hay una plaza, ahí se reúnen a contar historias. Todos tienen un pasado que contar porque aquí somos sobrevivientes de guerra, personas arrojadas de sus tierras que tratan de construir un nuevo hogar. Esta misma casa la levantamos entre Duilwen y yo, y aquí vivimos las dos solas.
Duilwen es una mujer joven, alta, de cabellos negros y ojos grises, como la mayor parte de las gentes de Bëor. A diferencia de mí, no es para nada reservada, siempre me anda contando de cómo su madre escapó de la Dagor Bragollach y fue a vivir a Ossiriand. Sin embargo, al igual que el resto del pueblo, no tiene aprecio por los Orientales, ya que su padre luchó en la Nirnaeth.
Ahí va Aerandir, el elfo, lo veo pasar frente a la ventana. Siempre sale a pasear cuando llueve. Su pasado es, talvez, tan oscuro como el mio. De los elfos que viven en el pueblo, a los cuales se los ve yendo de un lado al otro ayudando con lo que pueden, Aerandir es el excéntrico que nunca sale a la luz del día. Nunca se lo oye reír ni hablar, ni siquiera se queja como lo hacen otros, él sólo está. Eso si, nunca falta a las reuniones en la plaza y lleva consigo un cuaderno en el que escribe, ¿quién sabrá lo que escribe? Yo supongo que está haciendo una recopilación de todo lo que se cuenta porque no lo he visto escribir en ninguna otra ocasión.
Duilwen me pregunta constantemente cómo llegué aquí, cuál es mi historia. Me duele no contárselo, después de todo fue la primera que conocí al llegar y siempre me ha apoyado aún sin saber lo que me pasa.
Sin embargo, anoche, mientras estábamos en la plaza, la quería matar. Porque volvió a insistir frente a todos.
- Es cierto Yala, no nos has contado nada sobre ti. – dijeron algunos.
- Lo lamento, pero será en otra ocasión. Por esta noche me retiro. – me excusé y me fui antes que pudiese protestar. Noté como Aerandir me miró con interés, de él fue que saqué esta idea: escribiré mi historia, es más fácil de esa forma.
Yo nací en Beleriand, aunque no sé con exactitud donde porque en ese tiempo viajábamos mucho. El primer recuerdo que tengo es de gente caminando. Veníamos del este y llegábamos en medio de una guerra. Muchos murieron debido a ataques de orcos y otras bestias de Morgoth.
Era tan sólo una niña pero sentía que huíamos de algo, algo que quedaba atrás, ¿o talvez nos esperaba adelante? Había miedo en nuestras caras, miedo de no llegar lejos, miedo de perdernos, miedo de las cadenas que nos amenazaban con seductor tintineo. No obstante a los nobles, más que a nadie, los cubría una sombra pesada y densa, a través de la cual trataban de ver a que podía prestar oídos ¿a la esperanza o a la amenaza?
Ocho inviernos de mi vida pasaron hasta que, al fin, hicimos un alto. Llegamos a una colina solitaria en medio de una enorme llanura. Habían grandes palacios de piedra, clavados en el suelo, de belleza inimaginable. Aunque en muchos de ellos la naturaleza comenzaba a ganar terreno cubriendo de hiedra los muros blancos. Esa era tierra de los Altos Elfos, venidos de Occidente, donde aún perduran sus obras.
No tardaron en aparecer jinetes armados. Desde hace rato que nos habían visto, se acercaron y estuvieron dialogando con Ulfang -el cacique de mi pueblo- durante horas.
Mientras, tuvimos la oportunidad de observar a sus gentes. Los rostros de los jinetes eran muy hermosos, como iluminados por la luz del sol y la luna, con fuerza y misticidad, y sus armaduras brillaban con la intensidad de sus ojos. A su lado parecíamos un pueblo torpe y rudo, aunque sabía que no lo éramos.
Cuando volvió Ulfang, junto a sus dos hijos mayores, Ulfast y Ulwarth, pronunció un largo discurso impulsándonos a sellar una alianza con un señor de los elfos llamado Caranthir. No todos comprendían lo que significaba eso en tiempos de guerra. En aquel entonces no éramos tan orgullosos y decidimos quedarnos; “Es mejor tomar partido que estar en el medio.” Fue la excusa.
Las tierras que nos cedieron los elfos eran amplias y fértiles. Pronto construimos tantas casas como eran necesarias. Cada día prosperábamos más, y cada día se veía a Ulfang más sombrío que el anterior. Lo único que lograba animarlo era su hijo menor, a quien llamaban Kamir. Kamir era un par de años mayor a mí, no obstante, al igual que los otros niños, solíamos jugar juntos. Desde pequeño fue impetuoso e intrépido. Su mayor virtud era la decisión y al mismo tiempo era su mayor debilidad.
Aún recuerdo mi audacia de la infancia, siempre jugando de aquí para allá sin parar a comer o a dormir. Detestaba que mi madre me obligara a acostarme y cerrar los ojos, en una ocasión le pregunté por qué tenía que cerrar los ojos si yo los quería mantener abiertos, ella contestó: “Pequeña, algún día comprenderás que no siempre es bueno tener abiertos los ojos”. En esa entonces no entendía de que me hablaba, pensé que me estaba tomando el pelo para que me durmiera pronto… en cierta manera funcionó.”[/i]
[…]
[i]”Mi padre había alcanzado grandes méritos en la milicia, pronto consiguió un ascenso a general. Se reunía constantemente con Ulfang y sus hijos, incluso se había ganado su estima. No obstante, estas reuniones no anunciaban más que el sigiloso acercamiento de la guerra.
Los elfos insistieron en promulgar la educación militar entre los nuestros. Contábamos con miles de soldados bien entrenados y listos para el combate. Además se criaban y entrenaban caballos para que resistan un jinete armado. Todo esto con el fin de engrosar las filas de los noldor, quienes se preparaban para atacar la fortaleza de Thangorodrim y destruirla. Ya no faltaba mucho para el encuentro. Sin embargo nuestras tropas aún no habían partido debido a asuntos pendientes.
Esos días me reprochaba por no preocuparme más por la guerra o por mi padre que partía y probablemente no volvería. Kamir había vuelto hace poco, traía noticias de otros pueblos de Orientales a quienes pedíamos apoyo, las piezas estaban sobre el tablero. Y lo único que podía ver era como su rostro había cambiado durante el viaje, endurecido por el clima y el hambre. Aunque no dejaba de parecerme apuesto. Desde su regreso, había comenzado a buscar mi compañía, y no niego que yo también lo busqué.
No obstante poco a poco me di cuenta de que no había forma de no hablar de lo que pasaba. Kamir era quien mejor comprendía los motivos e intenciones de su padre. De él me enteré de una terrible realidad, la razón por la cual aun no partían las huestes de Ulfang era porque él mismo dudaba de la victoria.
Recuerdo en especial un día soleado, yo paseaba por la pradera. No iba a ningún lado, sólo deseaba un poco de soledad para despejar mi mente. El viento traía un aroma dulce y delicado proveniente de un matorral, sus hojas eran verdes claras y las sus flores blancas. Me acerqué y arranqué una de las hojas para apreciar mejor aquella fragancia.
De pronto oí el ruido de unos cascos. A pocos metros había un caballo pastando, no recordaba haberlo visto antes además estaba ensillado. En el horizonte divisé otro caballo, este sí tenía jinete, cabalgando hacia el norte. Me quedé mirando al jinete, todo vestido de negro, algo no me gustaba de él. Mientras daba rienda suelta a mis pensamientos unas manos cubrieron mis ojos.
- ¿Quién soy? – susurró una voz en mi oído.
Sonreí, conocía esa voz. Separé las manos de la voz con las mías y me di la vuelta.
- Kamir, ¿Qué haces aquí? – dije sin soltar sus manos.
- ¿Sabías que ya nadie me llama Kamir…?
- Yo pregunté primero. – lo interrumpí – Además no esperes que te diga Uldor. Uldor es digno hijo de Ulfang, general en la guerra, perseguidor de lo que considera correcto. Pero no es a quien quiero… – agregué, aunque después me di cuenta de mi error.
Por un momento me miró en silencio, como pesando sus palabras ante mi declaración, yo sólo sabía que cada segundo me ponía más roja.
- Por eso es que tu me puedes decir Kamir. – continuó pacientemente – Sé que no te puedo convencer de lo contrario. No lo intentaré tampoco, porque te quiero así como eres Yala.
Me impresionaron tanto sus palabras que no pude responder nada.
- Si he venido era para verte. – añadió frente a mi silencio.
- ¿Lo dices en serio?
- Tan en serio como tú.
Nos acercamos hasta fundirnos en un beso, en aquel momento las palabras eran superfluas e incapaces de expresarlo todo.
Después de un rato de conversación salió un tema oscuro.
- ¿Tú viniste con ese jinete vestido de negro? – pregunté inocentemente.
Kamir se puso serio de inmediato, - Supongo que no tiene sentido ocultártelo, pronto todos lo sabrán. – lo miré con intriga – Todo comenzó hace algunos años antes de empezar la migración a Beleriand. Mi padre me contó que allá en el este, habían pocos orcos pero que los que habían nos atacaban a nosotros, como si nos odiaran más que a nadie. Pero la verdadera razón era que el Señor Oscuro nos quería poner entre la espada y la pared, nos propuso una tregua a cambio de que le jurásemos lealtad.
- Ulfang no lo hizo ¿verdad? – su mirada me dejó clara la respuesta pero aún así insistí - ¿verdad?
- Él no me lo dijo, pero adivino que la razón por la cual viajamos hacia el oeste era encontrar a los Valar y acabar con el peligro que nos acecha. – suspiró resignado – Los elfos de aquí nos dijeron que no hay manera de llegar donde los Valar, que si queremos vencer a Morgoth lo tenemos que hacer nosotros… Eso no se puede lograr.
- ¿Es decir, que…?
- Así es, - dijo al entender que iba a preguntar – Ulfang decidió aceptar la propuesta del Señor Oscuro.
- ¡Traicionaremos a los elfos!
- ¿Traición, dices? ¿Qué es la traición? Quizá deberíamos preguntarnos antes ¿qué es la lealtad? – lo miré desconcertada – Ser leal implica pertenecer a una idea o a una persona. ¿Es eso lo que queremos? ¿Nos encadenaremos a un juramento? ¿A unos elfos que nos ven como una posibilidad para vencer a Morgoth? ¿Voluntariamente nos ofreceremos como carne de cañón? ¿Qué motivos tenemos para seguir al Rey de los noldor?
- ¿No ves que nos encadenaremos a otro juramento, con cadenas de hierro?
- Es un Vala después de todo, talvez nos dé la oportunidad de terminar la guerra.
- No lo sé…
Desde ese día no pude dejar de pensar en lo sucio que era fingir lealtad a los noldor para ganarnos el favor del Señor Oscuro, y lo peor de todo es que a sabiendas de todo nadie se oponía. Yo no pude soportarlo, repudiaba las acciones de mi gente hasta el punto que una noche me fui. Me fui a pesar de que el amor por Kamir me decía que me quedara, ¿pero que clase de vida tendría al servicio de la oscuridad?
No sé bien como terminé acá. Recuerdo dejado atrás Amon Ereb días antes de que partieran los ejercitos. Pasé hambre y frío, tan sólo conocía la seguridad de mis pasos los que me llevaban a donde mi mente podía estar tranquila.
De pronto me hallé al otro lado de las montañas. Y en un día tan lluvioso como hoy me encontré con Duilwen, ella me rescató del hambre. Me contó de este refugio construido por los sobrevivientes de las guerras al este de las Montañas Azules, lo más lejos que pudieron, y vine con ella hasta aquí. Con el paso del tiempo nos hicimos buenas amigas.
Así que eso es lo que me piden que cuente, pero si lo hiciera me echarían de aquí por los crímenes de mi gente. A pesar de que los abandoné, ¿qué hubiera pasado si me hubiese quedado? ¿Qué tanto dirían si supieran cuanto me amaba Kamir? Sólo espero que él esté bien. Todos los “y si…” ya han pasado por mi mente y los he devorado cansinamente.
Talvez la verdadera razón por la cual escribo estas líneas es para aliviar mi conciencia, por no haberme quedado y enfrentado lo que tenía que suceder. Curiosa palabra “conciencia”, pues ella revela la voluntad de una persona en un momento preciso ¿Soy yo quien se opone a mis actos? …Talvez.”
