Kelusse
Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 6
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 6
Victoria para Heren Fanyarëa.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:12:03:00:16:56
Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 6
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 6
Victoria para Heren Fanyarëa.
Hacía meses que las nubes se cernían sobre nuestras cabezas. Hacía meses que, ante nosotros, se contoneaba la victoria, tras una guerra lenta y tortuosa. Una guerra que, al fin y al cabo, no podíamos perder. ¿Quién era ese señor, que había tenido el atrevimiento de desafiar a todos los pueblos de Árador, uno por uno, creyendo que podría enfrentarse a ellos?
Pero la pregunta que realmente ocupaba mi cabeza a todas horas era en verdad otra: ¿había habido tal ofensa, o eran nuestros señores quienes, cegados por el orgullo, habían guiado aquella sanguinaria campaña, propiciando la extinción de un pueblo que se llamaba a sí mismo libre?
Mi labor no era hacer preguntas, en cualquier caso. Yo capitán de la guardia personal de Alsenot el de los Ojos Penetrantes, no podía, ni podría jamás, plantear en voz alta mis dudas, salvo que estuviera seguro de que nadie me oiría formularlas. Y es que no había en la guerra cabida para disidentes, ni para preguntas incómodas, y menos estando tan cerca de la victoria. Un triunfo que muchos llamarían engrandecedor, y muchos otros considerarían deshonroso, pero que, en cualquier caso, representaría un antes y un después en la historia de nuestro pueblo, y también de aquella guerra.
Fue antes de los días de la Gran Traición. Tras los muros de la amada ciudad de los elfos residía el último vestigio del pasado poderío esteldili: un ejército enfangado, debilitado tras duras derrotas anteriores, y humillado ante la evidencia de no haber sido capaz de traspasar nuestras murallas. El hambre y las noticias de derrota que llegaban desde sus tierras habían hundido la moral de sus soldados, y agotado sus fuerzas, y apenas hacía unos días que, tras ser asaltado su campamento por el ejército de nuestros fieles aliados del Realengo, se habían batido en retirada, perdiendo pertrechos y soldados en gran número durante la huida.
Todo aquello pudimos verlo desde la seguridad de las murallas: una masacre impía, que no obtuvo la resistencia que tal vez esperaba. Una victoria que, de un modo u otro, nos habíamos cobrado, y que creímos definitiva.
Aquella noche hubo festejos en Sornosune. Corrió el vino, y las puertas se abrieron por primera vez en mucho tiempo para acoger a los agotados soldados del Realengo, quienes, tras semanas de fatigosa marcha a través de la estepa y los bosques, habían contribuido de forma indiscutible a la victoria sobre los asaltantes.
La música se adueñó de casi todos, y el vicio volvió a recorrer las calles, como en tantas otras ocasiones. Fuimos testigos de la formación de lazos interminables entre ambos pueblos aquella noche. Nuestras mujeres dieron compañía a sus hombres, y su presencia fue consuelo para nuestra soledad.
Sin embargo, ni yo ni los veinte hombres que componían mi compañía salimos a la calle aquella noche. Nosotros éramos los hijos del águila, una casta casi olvidada a aquellas alturas de la guerra. El pico bordado en nuestra túnica nos lo recordaba constantemente: no habíamos nacido para la perversión ni para el disfrute, sino para la nobleza y el cumplimiento del deber.
Sornosune, la ciudad de la mentira y del vicio, nos cegó aquella noche con sus maravillas, y a pesar de todo permanecimos impertérritos, librando la batalla más dura de nuestras vidas. Cuando abandoné aquellos muros por última vez a la semana siguiente, deseé no regresar nunca. Y lo logré, a pesar de los recuerdos que aquella noche se depositaron en mi memoria, y que más tarde renacerían conformados en nostalgia.
El amanecer fue frío, en comparación con la ardiente atmósfera que había gobernado la ciudad de los avari la noche anterior. Nos despertamos con neblina, y pudimos percibir hedor en las calles, y sentir el fétido aliento de los durmientes, embotados por el alcohol y las mujeres.
Sin embargo, el guardián, el Señor de los Hombres, nos esperaba ya despierto. En cuanto me hube acicalado, se dirigió hacia mi, y sin más preámbulos me hizo seguirle hasta su tienda de campaña, fuera de las murallas.
Allí estaban los dirigentes de la armada del Realengo: Narquelie, una hermosa atani que desprendía una fortaleza para mi desconocida; Featarya, Noldo, quién emanaba luminosidad; e Isilion, también Noldo. Todos llevaban las armas al cinto.
También nos acompañaban Bohr, el hijo de Alsenot, quién había merecido su respeto tras la última batalla que libraron juntos; y Hallen, su hija, la que nunca llegaría a recibir su reconocimiento.
Unos pocos escoltas acompañaban al comité, y algunos capitanes de otras compañías. La mayoría de ellos olían a alcohol en parte, y daban aspecto de estar pasando una resaca terrible. Los encantos de nuestra ciudad les habían seducido, y ahora pagaban el precio del desenfreno.
Nadie prestó atención a aquellos detalles sin importancia, pues al parecer la guerra cuyo fin todos habían celebrado se prolongaba aún, agónica.
- Esteldor sigue rondando las cercanías de la ciudad. Sus fuerzas, a las que creíamos puestas en fuga, se han reagrupado a unos tres kilómetros de nuestras murallas, y es posible que planeen una nueva ofensiva. – Alsenot hablaba rápido, con voz firme y clara. Su autoridad era incuestionable, y más allí. – No vamos a esperar un ataque. Hemos de salir en su busca y obligarles a marcharse para siempre.
- Lo más probable es que no os planten cara. Ni siquiera se atrevieron a luchar contra nosotros, ¿realmente crees que tienen intención de tratar de asaltar unas murallas defendidas por el doble de tropas que las que atacaron su campamento en el bosque? – Respondió al instante Isilion.
- No voy a correr el riesgo. Terminaremos con ellos, o les obligaremos a marcharse. Esta vez deseo hacerlo personalmente, pues nuestra ciudad ya no corre peligro, y no nos vemos obligados a defenderla. Sin embargo, aliados del Realengo, he de pediros que custodiéis sus muros hasta nuestro regreso, si éste ha de producirse. Recibiréis a cambio toda la hospitalidad que puedan daros los elfos tras sus muros.
- Nos será grato soportar esa responsabilidad sobre nuestros hombros.
Con aquella frase de Isilion concluyó el fugaz cónclave, y las trompetas sonaron.
En todas las batallas que he librado en mi vida he podido ver, antes del conflicto, el desánimo y el miedo dibujados en el rostro de los soldados que me acompañaban. Cientos de veces he sentido en mis carnes el miedo y la inseguridad ante la posibilidad de la derrota y de la muerte. Sin embargo, jamás, como aquel día, pude sentir tal desconcierto, cansancio, y desesperación.
Aquellos soldados se despertaban de celebrar una victoria para encontrarse con la evidencia de que no se había conseguido tal cosa. Los murmullos se extendían entre los soldados, quienes, desesperados, nos increpaban con la mirada a aquellos que les habíamos sacado de sus sueños revueltos para conducirles nuevamente al combate.
La marcha se abrió sin discursos. Los capitanes fueron informados, e informaron a su vez a los soldados, del motivo por el que se partía de nuevo.
Mientras los árboles nos envolvían, pude oír los rumores esperanzados que se extendían entre los soldados.
Esteldor no pelearía. Ya se había rendido antes, ¿porqué no hacerlo ahora? Aquello no llevaría a nada. Esteldor ni siquiera estaría allí, incluso. Sólo era un castigo, inflingido por el águila, el ser más noble de entre todos los seres, por haber olvidado todo la noche anterior y haberse entregado al vicio.
Las horas pasaron, y la niebla, densa, se mantuvo firme a nuestro alrededor. Y al fin sucedió: Los primeros batidores treparon a una loma, y encontraron a las últimas fuerzas de Esteldor aglutinadas en un claro. Podrían habernos emboscado, pero no lo hicieron. Al ver llegar al contingente enemigo, casi dos veces superior, los agotados soldados se alzaron del suelo y recogieron sus lanzas con expresión triste.
Allí estaban ellos, los últimos miembros de su pueblo, ya derrotados, incluso antes de comenzar la lucha. Yo pude verles alzarse, pude contemplarles sosteniendo sus almas entre los dedos, dispuestos a entregarlas en un último suspiro, un lamento del cisne en forma de batalla.
No hay nada más duro que luchar contra quienes no tienen nada que perder. Todo estaba a nuestro favor: superiores en número, seguros de la victoria y conocedores del terreno. No hubo emboscadas como otras veces, ni tretas: tan sólo resistencia implacable. Cada soldado muerto era sustituido por otro, cada guerrero peleaba hasta su último aliento, cada bloque resistía mientras quedara quien lo compusiese.
Aquella tarde supe lo que era luchar contra quienes ya están muertos. Aquellos que habían perdido su hogar, a su familia tal vez. Aquellos que se sabían derrotados. No maté, como otras veces, inundado por la ira o el odio, sino cargado de una infinita compasión, sintiendo que cada vida que arrebataba pesaba en mi alma como todas las que no habían pesado antes. Me maldije cien veces aquella tarde glacial, viendo cómo seres a los que antes había despreciado con toda mi alma caían tras una resistencia inhumana, resignados a tener el más triste de los destinos de entre todos aquellos que poblaban las tierras de la aurora.
La batalla me pareció infinita. Un infinito de gritos y sangre, todo derramado por hombres, elfos y enanos. No sé en qué momento sucedió, pero fue después de mucho luchar, que llegamos hasta Kelusse, quién dirigía sus fuerzas con el orgullo del que va a morir por honor, y con la tristeza de quién sabe que sus esfuerzos ya de nada valen.
Las horas habían pasado, y la luz ya no persistía en el cielo. Teas ardientes entre árboles retorcidos envolvían una escena que más se me antojaba una despedida que un duelo entre señores.
Sin palabras se cruzaron los aceros, tan sólo tres veces. Y ninguno alcanzó al otro, ni le hirió o le hizo temblar. La fuerza de las miradas de los contrincantes podía sentirse, y hacía temblar a quienes les miraban. Pero ninguno de ellos movió un solo músculo tras chocar sus aceros tres veces. Al fin Alsenot habló.
- Márchate, Kelusse, y llévate de aquí a tus hombres.
- ¿No te ves capaz de acabar conmigo, cambiaformas? La guerra se ha terminado, y ni yo ni mis hombres tenemos a dónde marcharnos.
- Tu vida quizá sea tan corta como la mía, pero no tiene sentido darla por terminada en este lugar. No seré yo quien te la arrebate, y no morirás con honor, si insistes en hacerlo. Llévate a tus hombres y dales la ocasión de encontrar un nuevo hogar, más allá de Arador.
- ¿Porqué habría de hacerlo? Mis hombres ya no desean seguir con vida. Lo hemos perdido todo: nos lo habéis arrebatado todo. Tened ahora la decencia de terminar lo que empezasteis, y quitadnos la vida. No merecemos ser deshonrados de este modo. Ten el valor del que tanto se habla, Alsenot, y acaba con mi vida.
Nunca sabré si Kelusse murió allí aquella noche. Alsenot nos ordenó que nos marchásemos, y el general de Esteldor forzó la retirada de sus hombres. Se marcharon, y los dos hombres, vencedor y vencido, quedaron solos.
Al cabo de tres horas, Alsenot regresó. Estaba vivo, y la sangre corría por su espada. No demasiada, pero suficiente. Tres cortes recorrían su cuerpo: uno a la altura de las costillas, en el costado derecho; otro en la mejilla izquierda; y un tercero que cruzaba su frente de extremo a extremo.
Nada más llegar, se sentó en su silla con expresión perdida, y pidió vino. Por más que le preguntamos, se negó a responder si había matado a su contrincante, o siquiera si le había derrotado. Despidió a sus hijos, y se marchó a dormir sin dar explicación alguna.
La mañana del cuarto día nos sorprendió con una bruma algo menos densa de lo habitual. Los soldados, agotados, esperaban que su general apareciese y les ordenase el regreso a casa. No volvimos a ver un estandarte Esteldili en pie, y pudimos recoger algunas telas valiosas y pertrechos durante esa mañana. Apenas hubo entrado el día, Alsenot salió de su tienda, con expresión cariacontecida. Me hizo llamar.
- Esteldor ha capitulado. Ya es oficial, hemos recibido un mensajero esta mañana procedente de una de las compañías que combatían allí. Todo ha terminado.
- ¿Todo?¿Por fin?
Su expresión mostró dolor, y quedó en silencio. Al poco volvió a hablarme.
- No. Por desgracia la noticia alcanzó las tierras de Liantari Dimbar mucho antes de lo que alcanzó las nuestras. Los que hasta ayer se decían nuestros aliados nos acusan ahora de perjuros y conspiradores.
- ¡Eso es una infamia! – respondí, furioso de repente.
- Lo sé. Hay más. Mientras nosotros combatíamos aquí, una hueste enemiga atravesó nuestras tierras valiéndose de la buena fe de nuestra sacerdotisa suprema, y han alcanzado Sornosune. La ciudad está bajo asedio desde hace unas horas.
Nunca olvidaré aquel día, pues sin duda acumuló más emociones él solo que el resto de la guerra junta. Los rostros de nuestros guerreros, sombríos tres mañanas atrás por la noticia de que la guerra no había terminado aún, se tornaron en oscuros, y en cargados de odio por la traición sufrida.
Aquel día, cuando ordené reiniciar la marcha, sentí que era de nuevo un guerrero, y que, una vez más, el odio y los deseos de muerte se apoderaban de mi. Yo, que había sentido compasión y lástima la noche anterior por mis adversarios, volvía a sufrir en mis carnes la misma sensación que me gobernaría el resto de mis días. Y sin embargo nunca podré olvidar que en una ocasión sentí que mis actos pesaban sobre mi alma, y que pesarían sobre ella por siempre. Ese es el destino de un guerrero.
Resumen de la batalla.
Heren Fanyarëa ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.
Recuperables: 210 puntos al hacer uso del poder especial de Alsenot.
Valoraciones: 10+9,6+8,4= 9,33
Recupera: 196 puntos.
Pierde: 14 puntos.
Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por el abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.