Kelusse
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 6
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 8
Victoria para Helkelen Lara.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:01:21:08:52:12
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 6
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 8
Victoria para Helkelen Lara.
Eran los últimos días del corto otoño del norte, y ya las primeras heladas cubrían los prados al amanecer, mientras la nieve descendía por las laderas de las montañas que se divisaban al norte, desde los ventanales del cuartel. Laureon, sin embargo, dirigía su vista a la ventana opuesta, la que daba al patio de armas y la puerta principal. De allí, de repente, se elevó un rumor creciente.
-Un civil está intentando entrar en el cuartel- todos lo podían ver abajo, los soldados de guardia lo retenían en la puerta mientras le pedían sus credenciales, como era la norma. El hombre, sin embargo, parecía no atenderles y gesticulaba desesperado.
-Ese mozo es pastor de Deltar, que está a las afueras de la Hondonada. ¿Qué le pasará?- pensó Alalmë en voz alta. Entonces, se dirigió al soldado que velaba en la puerta.- Id al patio y traedlo a nuestra presencia.
El soldado se apresuró a dirigirse al patio y traer al chico ante la presencia de los capitanes de la compañía. El joven no llegaba a las dieciocho primaveras, de pelo negro alborotado, profundos ojos grises, con el rostro marcado por la severidad del clima de Lara. El sudor recorría su frente, y el corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a salirse del pecho. Ante su presencia se apresuró a quitarse el sombrero de paja. Alalmë enseguida reconoció al chico:
– Tú eres Olmo, de Deltar ¿no? – preguntó Alalmë.
-Sí – siseó el muchacho.
-Tranquilízate, muchacho – le dijo Laureon en tono conciliador – Ahora estas entre amigos, no tienes nada que temer. Recupera el aliento y explícanos que has visto.
Mientras el joven se serenaba, Alalmë se apresuro en servirle una copa del agua al muchacho. El joven tomó la copa y se la bebió de golpe.
-Gracias – respondió Olmo.
-Bien muchacho, ahora que ya estas más relajado, cuéntanos que has visto.
Olmo respiro profundamente una vez más, intentando poner un poco de orden a sus pensamientos.
-El señor Milo me pidió hace una luna que recogiera los rebaños y los trajera de vuelta a la granja. La estación más fría esta ya muy próxima y conviene tener a las ovejas resguardadas en la granja, no solo por el frío sino también por la presencia de los lobos. Entonces, cuando regresaba ya con el rebaño reunido, lo vi. – Olmo hizo una pausa.
-¿Qué viste? – se apresuró a preguntar Alalmë.
-A las tropas de Lempë – respondió Olmo. – Cerca de una de las granjas del señor Milo. Se habían parapetado allí, uno de los graneros estaba en llamas, mientras que los soldados se apresuraban a saquear una de las granjas. Por lo que vi, se estaban dando un gran festín, habían matado varios terneros, y los estaban asando.
- Malas nuevas nos traes, muchacho, deberíamos partir enseguida hacia ese lugar – sugirió Laureon.
- Así es – asintió uno de los capitanes. – Por lo que has descrito el muchacho, parece que solo son una avanzadilla. La rapidez y la sorpresa serán decisivos en esta acción – concluyó.
- Tenéis razón, dad ordenes a los batidores, que se preparen para una incursión rápida – Ordenó Laureon.
Con la máxima premura se organizó la partida y en menos de una hora pudieron partir hacia las tierras del viejo Milo. Tras varias horas de marcha, llegaron a las cercanías de la granja que había descrito el joven Olmo. La granja de Milo era una de las haciendas aisladas que salpicaban el campo de la llanura occidental. Milo hacía tiempo que vivía en la aldea con sus hijos, pero la granja, cerrada por una cerca de madera, se seguía utilizando para guardar el ganado en la época fría, tiempo este que estaba a punto de comenzar. Fue por esto por lo que se había conocido su paradero; los pastores habían vuelto de las montañas y notaron mucho antes de acercarse el movimiento que bullía en las dependencias.
Por el oeste, uno de los batidores se acercó corriendo; traía nuevas sobre la situación de las tropas de Lempë.
- Las tropas de Lempë se han hecho fuertes en la vieja granja de Milo y no es posible sacarlas de allí.
-¿Hay mapas?- Laureon intentaba organizar el ataque
- De esta zona no, es tierra de pastos y sólo hay reparticiones de fincas, que no sirven- Alalmë, como representante local, conocía bien los datos de la comarca
- Está en una loma que domina la vega a su alrededor; será difícil atacarlos sin ser detectados- prosiguió el explorador.
-¿Bosques cercanos?- preguntó Laureon, siguiendo con el abanico de posibilidades estratégicas.
-El pinar más cercano está a legua y media, señor. Todo son prados o campos de labranza.
-Y como están cosechados a estas alturas del año, no es posible ocultarse entre la mies- dijo Alalmë.- Seríamos como una mosca en un cuenco de leche.
- Ni subir por la colina sin llamar la atención; mi abuelo sabía bien lo que se hacía- dijo una voz a sus espaldas.
Un anciano de rostro marcado por el aire libre se acercó, escoltado por Olmo.
- Es una buena atalaya- continuó.- Mi abuelo construyó la granja sobre un promontorio firme. Aunque creo que costó edificarla, porque la colina estaba horadada por dentro.
Los presentes se quedaron mirando con cara de sorpresa.
-Sí, cuando era pequeño, yo había descubierto algún pasadizo; lo utilizábamos para jugar. Uno de ellos, el más largo, llevaba a un pozo detrás del granero, y se entraba desde fuera de la granja.
-¿Una mina? Es… imposible- Alalmë dijo en voz alta lo que todos pensaban.- ¿Estáis seguro, maese Milo?
-Aún no estoy tan viejo como para perder la memoria, jovencita- el viejo sonrió.
Hubo un repentino entendimiento en las miradas de los estrategas. El modo de entrar estaba claro, sólo quedaban los detalles.
Horas después, los designados para la misión aprovecharon las primeras sombras de la noche para acercarse en pequeños grupos a la base de la colina. Allí, entre unos arbustos, como el buen Milo había dicho, estaba el túnel que daba entrada a la mina.
- Me pregunto si nuestro amigo Zirak la conoce…- susurró Laureon.- Parece hecha por antiguos Naugrim.
Fue ya dentro de la galería cuando encendieron las antorchas y se internaron en la profundidad de la loma. Tras un primer tramo en llano, comenzó el ascenso, primero liviano, pero cada vez más dificultoso. Las galerías no eran regulares, sino que había pasajes en los que tenían que ir agachados, lo cual retrasaba el avance. Afortunadamente, el trabajo era impecable y no se encontraron con derrumbes.
-¿Oís? Estamos cerca de la superficie- dijo entonces Laureon. En efecto, en el silencio que reinaba dentro del túnel se alcanzaban a oír rumores de pasos y voces.
Lograron encontrar el final de la galería, que los dejaba en un aparente callejón sin salida. Fue uno de los exploradores elfos de la compañía quien alzó con cuidado la vieja tapadera y escrutó el exterior.
- La salida está a cubierto de miradas enemigas. Nos encontramos entre un muro y la cerca, y las voces que oigo están lejos.
Poco a poco y en silencio, el pequeño grupo fue saliendo por la trampilla, que por fuera parecía ser un viejo pozo en el suelo. Pegados a la pared, se movían entre las dependencias de la granja, sin ver aún a nadie. Entonces fue cuando, a pesar de su cuidado, uno de los centinelas ocultos de Lempë dio la voz de alarma.
-¡Hay que reagruparse! Cerrémonos en círculo.
El grupo de exploración helkeriano logró colocarse en un lugar en el que difícilmente pudieran ser arrinconados, mientras que las tropas de Lempë se reunían e intentaban cortarles el paso a la entrada de la cerca. Espalda contra espalda, los soldados helkerianos intentaban dar lo máximo de sí y rechazar los ataques de las tropas guarecidas en la granja, que eran superiores en número. Lograron mantenerse hasta que sintieron acercarse el grueso de la compañía, que intentaba quebrar los maderos de la puerta. La cerca estaba hecha para guardar las reses, no para frenar un ataque enemigo, así que no fue difícil que acabara cayendo.
Ahora las fuerzas estaban equilibradas, y cada metro de la granja era escenario de un combate. Las tropas lemperianas luchaban con fiereza y a punto estuvieron de dar la vuelta a la situación, pero finalmente no les quedó más remedio que la retirada colina abajo. Todo se había quedado en una escaramuza, pero la granja había quedado destrozada.
- Habrá que buscar un hueco en los presupuestos para pagarle al buen Milo todo esto- el ánimo nunca era el mejor tras una batalla, y Alalmë intentaba elevarlo mientras, agotada, veía la fresca aurora apuntar sobre las montañas.
- Se lo pediremos a Lempë, por supuesto- dijo Laureon, en tono de broma.- Y seguro que se merece alguna mejora de lo que había. ¡Todo sea por nuestro viejo explorador de pasadizos!
“Jurad por lo que los señores del consejo dijeron,
por los nuevos aires que de las montañas llegaron,
animad hoy el corazón y las ganas
y jurad por lo que los esbeltos árboles supieron.
Jurad hoy por vuestra lealtad
por esos niños que os veneran
por esas mujeres que os esperan
jurad hoy por la libertad”
Y el grito del capitán Aratan fue tan fuerte que los pocos pájaros que aguardan el invierno en las tierras del norte huyeron, posiblemente para anunciar que otra batalla iba a tener lugar.
- Hemos conquistado esta granja y, por la gloria de los cinco, hoy hemos hecho ondear la espada envuelta en llamas en tierras enemigas. ¡Vuelven a ser nuestros enemigos y si ellos no tienen piedad nosotros tampoco la tendremos!
Todo se había precipitado desde la capitulación de la república esteldili. Lempë había firmado la paz con los otros clanes y, en el sur, Heren Fanyarea y Liantari Dimbar, aliados desde siempre, habían vencido a Esteldor. Sin embargo parecía que los designios de Eru establecían que la calma no volviera a las tierras de la aurora.
Una noticia se extendió esos días por las calles de Yävetil.
- ¡Liantari ha atacado la capital de Heren!
Las cosas estaban claras entonces, el matriarcado anhelaba dominar todos los rincones de Árador y el siguiente objetivo después de Esteldor era Heren Fanyarea. El consejo ohtari había tomado una decisión: apelando a cuestiones históricas apoyaría a Heren en la guerra. Igualmente se esperaba que los demás clanes hicieran lo mismo. Sin embargo, más impactante y más doloroso para algunos miembros del consejo ohtari fue conocer que Helkelen Lára apoyaría a Liantari.
No mucho tiempo después, la compañía del Señor de la guerra, Aikanaro Tîwele, sufría inesperadamente un ataque por parte de Lara. ¡Traidores!, dijeron algunos en el consejo pero la inesperada ofensiva de sus nuevamente enemigos les obligaba a reaccionar, había que luchar por devolver la paz y la tranquilidad a Árador.
Aratan luchaba por hacer despertar el espíritu guerrero entre sus hombres, un espíritu marchito, desanimado y sin fuerzas de volver al combate. Todos se habían hecho a la idea de que volverían a sus hogares. ¡Con cuánto ímpetu celebraron que el consejo había firmado la paz con sus enemigos! Habían recorrido las tabernas del lugar mientras se hacían los preparativos para regresar a sus tierras. Cuando regresó su capitán nadie podía imaginar que traería malas noticias, ya todos se habían hecho a la idea de que la chimenea de sus hogares les recibiría cálidamente.
– Volvemos al campo de batalla había dicho simplemente el capitán tras regresar a través de las heladas colinas. Y el helado frío de aquellas tierras no fue tal comparado con el gélido espasmo que surcó los débiles corazones de aquellos hombres cansados y, de pronto, desesperanzados. Y Aratan vio sus rostros y leyó sus mentes, ¡cuánto les iba a costar hacerse a la idea de que no volverían a sus hogares! Sabía lo que pensaban, lo que callaban y se guardaban para sí mismos ¡Cómo era capaz de obligarles de nuevo a luchar, como se atrevía a decirles que, a pesar de las numerosas derrotas en aquellas frías tierras, tenían que volver a alzar las armas e intentar sobrevivir a una posible muerte muy lejos de su hogar!
Aratan había entrado en su campamento sin mediar una palabra más, necesitaba prepararse anímicamente él para luego hacer lo propio con sus hombres. Horas después los reunió, los miró a los ojos a cada uno de ellos y les habló:
- Si no seguimos luchando, nuestros enemigos seguirán viendo crecer su poder y nosotros menguar el nuestro. Tened por seguro que no dudarán en saquear nuestras aldeas y matar a nuestros hijos y nuestras mujeres. Ellos no conocen la piedad y nosotros debemos olvidarla. Esto es la guerra, ya no hay vuelta atrás.
Sí, había sido duro y, mientras había estado pronunciando esas palabras, Aratan había sentido también sus fuerzas flaquear. Los fracasos que había tenido que soportar a manos de sus enemigos era una lección muy dura que había tenido que vivir. Mientras hacía lo posible por animar a sus hombres, también hacía lo posible por animarse a él mismo.
Él nunca había estado de acuerdo con firmar la paz con los hombres de Lara y sabía que tarde temprano se la jugarían. Y sus presentimientos se habían visto cumplidos cuando supo del ataque sorpresa a la compañía de Aikanáro. Sabía que esta vez tampoco ganaría la batalla, lo sabía porque sus hombres no habían tenido tiempo de recuperarse alejados de su hogar mientras el ejército de Lara jugaba en casa y aprovechaba la tregua para fortalecerse. Pero aún sabiendo eso no dudaba que su deber era luchar y ocasionar el mayor daño posible entre las filas enemigas.
Habían asolado la primera granja que se habían encontrado en su camino, con la idea de hacer llamar la atención a los ejércitos de aquel país. No tardarían en llegar.
Ninguno de sus hombres había opuesto resistencia y habían seguido sus órdenes con lealtad. Eso le dolía aún más, hubiera preferido que se hubieran amotinado rehusando luchar de nuevo. Pero el dolor de sus rostros no había desaparecido y, mientras el enemigo hacía acto de aparición, había intentado insuflarles valor.
- … ¡vuelven a ser nuestros enemigos y si ellos no tienen piedad nosotros tampoco la tendremos! – gritó.
Ahora esperaba ansioso la llegada enemiga, no tardarían en contrarrestar el saqueo de aquella miserable granja. Pero se desesperaba viendo que la tardanza era mayor de la que esperaba.
Un viento glacial proveniente del noreste hacía más larga la espera.
¡Cuánto tardan estos miserables! pensó mientras acariciaba el mango de su espada.
Entonces lo escuchó.
- ¡El pozo! ¡Tenemos a los enemigos encima!
Aratan sintió un momento de confusión. ¿Qué estaba pasando?
- ¡Capitán, se hallaban escondidos en un viejo pozo, nos han tendido una trampa! – dijo un soldado que se acercó a él
- ¡Maldición! – masculló mientras se dirigía a sus tropas escondidas.
Se lanzaron hacia atrás en dirección a donde las inesperadas tropas helkerianas se reagrupaban, con rabia comprobó que iba a ser imposible arrinconarles. Habían sido astutos. Sin embargo, sorprendido, Aratan comprobó que no eran tantos como parecía y las tropas ohtari les superaba en número.
Muchas veces importa más la calidad que la cantidad pensó para sí mismo consciente de que sus hombres acusaban un pésimo estado de ánimo, aún no estaban preparados para un combate.
Vio no obstante como su ejército conseguía lograr un débil dominio de la situación y posiblemente en otras condiciones aquella batalla podrían haberla ganado. Intentaron romper los maderos de la cerca donde se hallaban refugiados los enemigos pero comprobaron que era de un material muy resistente.
- ¡Capitán, esta cerca es imposible de romper!
- ¡Desistid, no tiene sentido postergar esta contienda, esta granja no tiene ningún valor. ¡Volvamos al campamento! – dijo Aratan. No era su intención alargar aquella batalla, sólo había pretendido estimular a sus hombres, algo así como hacerles entrar en calor.
Cuando se disponía a marcharse un enemigo aprovechó para herirle en el costado. A duras penas le devolvió el golpe y siguió a sus hombres colina abajo.
Durante el trayecto, la herida parecía empeorar a pesar de que no parecía muy grave cuando se la hizo. Sentía unos temblores por todo el cuerpo y la mente se le turbaba. No pudo continuar cuando se acercaban al claro donde se hallaba el campamento y, débil por el dolor, cayó al suelo.
[Editado por aratir el 17-01-2007 23:03]
Resumen de la batalla.
Helkelen Lara ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.
Recuperables: 140 puntos.
Valoraciones: 8,6+8,2+7,6+7,5= 7,975
Recupera: 112 puntos. Se han solicitado daños para los dirigentes de la compañía pero no son aplicables al no haber llegado al mínimo de armadas perdidas.
Pierde: 98 puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.
Recuperables: 93 puntos.
Valoraciones: 8,6+8,8+7,4+8,5= 8,325
Recupera: 77 puntos. Los dirigentes de esta compañía han solicitado daños por el 60%, por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperación: 287 puntos.
No pierde puntos.
Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por el abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.