La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Helkelen Lara. Gmork

2007:01:31:17:49:47

Gmork

“El sonido de los cascotes aún retumba en mis oídos. Poco recuerdo de los que ha ocurrido, seguramente por el golpe de las piedras sobre mi cabeza... me siento atontado, confuso. Una voz gritó “¡Cuidado!”, pero creo que llegó tarde. Seguramente, mis hermanos de armas estarán aún luchando ahí fuera, mientras yo debo agradecerle a los dioses que no haya acabado hecho pasto de los gusanos. Creo que tengo un brazo roto. Quizás alguna costilla haya dañado mi interior, y lo mas probable es que acabe con muchísimas más magulladuras. Estos cascotes de piedra serán mi tumba. Lo huelo en el aire que me rodea, olor a miedo, olor a sangre, olor a... muerte.

Pasan las horas y cada vez oigo menos sonidos del exterior. Parece que la batalla a finalizado. Ahora solo me queda esperar. O hemos vencido esta batalla o la hemos perdido, con lo cual, poco me importaría fallecer aquí. Creo que puedo mover una mano. Aunque no espero poder salir arañando piedras. ¿Qué ha sido eso? Parece llegar un murmullo, ¿serán ellos? ¿Acaso los espíritus vienen a acompañarme allá donde la comida no falta y moran los héroes? Pero yo no soy un héroe. Un héroe muere en batalla, yo he caído por un accidente. Un muro de piedra no te ataca por iniciativa propia. Creo, creo que me estoy desmayando... hace frío aquí... hace mucho frío... no... morir aquí no sería justo.”

Fuera, la batalla había acabado. Los soldados que se encontraban en plena forma habían dejado los vítores y alabanzas para sus superiores. La batalla había acabado. Pero la guerra continuaba y debían acompañar en la muerte a aquellos que habían muerto por su hogar. Pese a ello, antes que los muertos estaban los supervivientes. En eso se estaba centrando la búsqueda de un equipo de rescate: debían encontrar a los supervivientes y heridos.

Un joven se hallaba sobre una montaña de piedras, retirando pedruscos de un tamaño considerable, cuando emitió un grito: “¡¡Aquí!! ¡¡Hay alguien bajo las rocas!!” a paso lento pero constante, comenzaron entre cinco hombres a retirar los escombros. Todos se sorprendieron al ver que el sujeto que se hallaba allí, estuviera vivo. Pues se podía observar que el pecho se inflaba y vaciaba con la respiración débil del herido. A los pocos minutos, una camilla había sido preparada y dos de los que habían estado eliminando escombros llevaban en ella a Gmork. Un brazo de este colgaba de la camilla, dejando tras de sí un rastro de sangre.

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Al llegar a las casas de curación el cielo comenzó a nublarse. Las lámparas que tenían en la sala de curas desprendían un olor a sebo que trataban de camuflar con la quema de plantas aromáticas. Pese a ello, había un olor que durante las épocas de guerra era mucho más difícil de eliminar. Olía a sangre. Cuando los camilleros entraron en la sala de curas pudieron observar las bajas que habían sufrido. Decenas de heridos se hallaban repartidos en el pasillo de entrada, pero en el interior de la sala se halaban los que llegaban en estado crítico. Un muchacho con un corte en el rostro, que tenía un ojo fuera de su sitio gritaba y gimoteaba llamando a su madre. Más allá un hombre grande de aspecto imponente se sujetaba con la tela de su capa las vísceras. Un anciano se acercó y le tocó la frente. Lo miró a los ojos y dio orden de que lo llevaran a la zona trasera de las casas: estaba muerto. Limpiándose las palmas de las manos en la túnica que llevaba se acercó al herido que llegaba en la camilla. Entonces entornando los ojos se fijo en el rostro que tenía ante sí. Los abrió de par en par y gritó: “¡Elric! ¡Shatun, Clot!. ¡Venid aquí, tenemos a un soldado herido! ¿Qué le ha ocurrido?” Los dos que habían llevado la camilla contestaron casi al unísono, lo que hizo que el sanador no entendiera nada de nada. Por lo cual, volvió a realizar la pregunta a uno solo de ellos, y este respondió lo que se habían encontrado a retirar los cascotes de piedra.

- Decidle al rey que el señor Gmork ha aparecido. Se alegrará de saberlo. Ahora dejadnos trabajar. Volved a cumplir vuestra misión.

Las horas pasaron y los sanadores se esforzaron en entablillar y poner cataplasmas en las zonas afectadas por lo golpes. Sobre el hombro del paciente se podía apreciar una marca semejante a un tatuaje. Con forma de zarpa de animal, uno de los sanadores se quedó mirándolo fijamente. Por lo que el anciano ordenó que siguiera trabajando. Tras lo cual, el joven sanador se puso manos a la obra y terminó de vendar el torso a Gmork.

Tras esto lo llevaron a una habitación en la que solo había una cama. Y la cerraron con llave. Era el mejor modo de evitar que alguien convocado por los miembros del consejo huyera sin dejar rastro.

Esa misma noche el sanador jefe se hallaba escribiendo una carta para el consejo. La pluma del anciano oscilaba a un lado y a otro, siguiendo los trazos de las letras. El tintero se hallaba a la derecha del papel y desprendía unos colores púrpuras. Sonriente esparció un poco de arena sobre la hoja y la sacudió. Sopló para conseguir que la tinta secara en menos tiempo y guardó la hoja en un sobre. Posteriormente lo lacró con el sello de la serpiente y la rama. El veneno y la cura, símbolos de los sanadores. Entregó la carta a un joven mensajero y se fue a leer los datos que habían recogido de Gmork. Rotura de brazo izquierdo, golpes y contusiones múltiples y daños internos por el desplazamiento de una costilla. Si sobrevivía, le darían la mayor medalla dada a un guerrero. Por supuesto, si sobrevivía. Pocos hombres habían sido tan benditos por los dioses.

Aún recordaba cuando llegó por primera vez. Atravesado por dos espadas, con dos heridas que por el contrario no contenían una gran gravedad, ambas heridas habían rozado las costillas y habían dejado e hueso al descubierto, pese a ello las vísceras siguieron en su sitio. Otra vez, llegó con un corte que le había abierto la garganta... y salvo una ronquera al hablar que le había mejorado la voz, nada había sufrido. Y ahora un muro, ni mas ni menos. Suspirando decidió ir a verlo. Seguramente ya estaría intentando incorporarse y buscando su ropa, como hacía siempre.

Sin embargo, la sorpresa del doctor sería inimaginable, cuando al llegar a la puerta y abrirla, no observó a nadie. Parecía como si un espectro hubiera estado allí. Un escalofrío recorrió su espalda unos segundos. Pero entonces agitó la cabeza y se dijo que quizás algún mozo auxiliar lo habría soltado al oírle gritar. En fin... quizás cuando le hirieran de nuevo, volvería allí.

Metros más allá de la casa, unos ojos rojos relampagueaban bajo la oscuridad... pero eso son hechos, que ni los valar parecían apreciar en esta época. Y si lo hacían, poca importancia les dieron, a esta parte de los asuntos terrenales.

Kelusse

Este personaje recupera un 35% de vida.