"Aiwëndil."
El medio-elfo se movía con sigilo, sujetando el arco con una flecha, atento a cualquier movimiento que pudiera realizar el venado. El bosque era espeso y frondoso, pero el animal se movía despreocupado en un pequeño claro al borde de un riachuelo. El medio-elfo se detuvo de repente, confundiéndose aún más entre las sombras del bosque, pues vestía ropas marrones y una capa verde oliva con capucha, alzó el arco y la flecha y disparó. El suave siseo de la flecha al ser disparada puso en alerta al venado, que inmediatamente dejó de beber y levantó las orejas, intentando escuchar cualquier tipo de sonido, la flecha le atravesó limpiamente el cuello, y ese sonido fue el último que oyó el animal antes de desplomarse, muerto, en el suelo. Un halcón descendió de las alturas y se posó en el hombro del medio-elfo, que ya se encaminaba hacia el pequeño claro para cobrar su presa.
-"Bien hecho Hwesta"- dijo el medio-elfo- "Cada vez encuentras presas más sabrosas."
[...]
Seiscientos años habían pasado desde que los Grandes Reyes de Árador habían dejado esas tierras y habían marchado al Oeste, pero nadie sabía por qué. Nuevos linajes subieron a los tronos de los países y ciudades, y los herederos de los antiguos Reyes y Señores habían caído en desgracia, condenados a vagar sin rumbo por todo Árador, como caballeros errantes en busca de fortuna. Ése había sido el sino de aquel medio-elfo que ahora, en la oscuridad de la noche y sólo alumbrado por un pequeño fuego, devoraba con ansiedad la carne asada del venado, con la única compañía del halcón hembra que tantos años llevaba a su lado. Pues este medio-elfo era heredero directo de una la Casa gobernante de una de las ciudades de aquel inhóspito y helado país llamado Helkelen Lara, que no había querido partir con sus padres al Oeste, pues amaba de verdad aquella tierra y deseaba con todo su corazón quedarse allí. "Serás un proscrito si te quedas", le había dicho su padre, mientras su madre lloraba desconsolada el día antes de la marcha. "Lo sé", había dicho él, "pero de verdad no quiero dejar esta tierra, mi corazón no soportaría estar lejos de ella, me quedaré aunque mi destino sea vagar y errar por todo el país". "Así sea", había dicho su padre. Y así había sido, unos nuevos nobles habían asumido los sillones gobernantes de las ciudades, y los días de esplendor lejos habían quedado ya. Aquel muchacho había tendido que abandonar su ciudad natal y adentrarse en la espesura de los bosques gélidos de Helkelen Lara, sólo en compañía de aquel halcón que le habían regalado sus padres al cumplir la mayoría de edad, pues desde pequeño había manifestado un intenso amor hacia todos los pájaros, y anhelaba ser capaz de volar como uno de ellos. Por eso sus padres también le pusieron aquel nombre, que era lo único que le quedaba de ellos, junto con un colgante de madera, con un antiguo emblema tallado, y un anillo plateado. A menudo pensaba en sus padres, qué sería de ellos se preguntaba, ¿estarían vivos?, sabía que sí, al menos su madre seguro que lo estaba, pero tenía la certeza de que estuvieran donde estuvieran también pensaban en él.
Un crujido le sacó de esos pensamientos, alguien rondaba en los alrededores de su pequeño campamento. Dichosos salteadores, pensó, pues desde la marcha del Rey Zirak el Magnánimo y del ascenso del nuevo rey, los caminos y los bosques se habían vuelto muy inseguros para caminantes y viajeros solitarios. Se levantó silencioso y desenvainó su espada corta, regalo del antiguo Rey de Helkelen Lara, forjada por el mismo rey, pues era de la raza de los enanos, que rivalizaban con los elfos en cuanto a su habilidad para fabricar las más bellas y mortíferas armas. Lentamente, el medio-elfo salió del círculo de luz que proyectaba la hoguera, y acto seguido dos hombres entraron en él. Iban cubiertos por gruesas capas de lana, raídas y gastadas, y llevaban unas mochilas enormes a la espalda, no parecían peligrosos, pero el medio-elfo no se fiaba de nadie, sólo de Hwesta. Al ver que eran dos, el medio-elfo envainó la espada y puso dos flechas en su arco.
-"Tengo dos flechas apuntando a vuestras gargantas"- dijo una voz en la oscuridad, sobresaltando a los dos viajeros- "Un solo movimiento más y no pasaréis de esta noche."
Los dos viajeros levantaron las manos asustados, eran humanos, rondarían los cincuenta años, espeso vello cubría sus rostros, agrietados y arrugados por las inclemencias de aquel clima gélido, sus ojos expresaban un gran cansancio.
-"No disparéis"- consiguió decir uno de ellos, lleno de temor- "somos dos simples buhoneros que vamos camino a Ost-En Äel, al mercado, vimos el fuego y nos acercamos a calentarnos, nada más."
El medio-elfo salió de las sombras y bajó el arco, escrutando los rostros de los dos hombres, no parecían peligrosos.
"De acuerdo"- dijo al fin- "acercaos al fuego, aún me sobra algo del venado que he cazado hoy, ¿tenéis hambre?"
Los dos hombres se abalanzaron sobre los trozos de carne que les tendió aquel misterioso medio-elfo.
-"Pero qué desconsiderados somos"- dijo el otro hombre, que hasta ese momento no había hablado- "mi nombre es Kharne y él es Dorn, ¿cuál es el vuestro?"
El medio-elfo se quedó pensativo, su nombre, aquella herencia que sus padres le habían dejado, hacía tanto que no lo pronunciaba...
-"Aiwëndil"- dijo al fin.
Mientras comían, los dos hombres estudiaron a aquel extraño personaje. Su cabello rubio como el oro, largo y con algunas trenzas, las orejas ligeramente puntiagudas, los ojos, azules como el mar, algo almendrados, el rostro de rasgos finos y bellos...aquellos eran los rasgos típicos de un elfo, pero había algo que no encajaba, pues una ligera sombra de vello recorría aquel rostro, que además era demasiado anguloso para los cánones élficos, y por otro lado, aquel personaje era demasiado corpulento como para ser un elfo.
-"Decidme, y perdonad mi atrevimiento"- dijo Kharne con curiosidad, después de comer- "pero vos no pertenecéis ni a la raza de los elfos ni a la de los humanos, sois un medio-elfo, ¿verdad? Pensaba que no eran más que mitos y leyendas de tiempos pasados, pero ya veo que me equivocaba."
Aiwëndil suspiró.
-"A veces hay que hacer más caso a los mitos y leyendas"- dijo- "pues en ocasiones tienen más de veracidad que la más objetiva de las crónicas. ¿Conocéis la Leyenda de Vanadessë y Hathol?"
[...]
Fin.
