Vanadessë Nissëlor
La Sangre comenzó a brotar de su hombro y casi sin percatarse, sintió el frío acero enterrársele en el estómago, un grito ahogado salió de sus labios y cayó al suelo manchando el sitio que ocupaba su delgado cuerpo. Valandil la cogió en brazos y la llevó a un lugar seguro, la elfa agonizaba. Una vez finalizada la batalla, Sonyariel y Valandil se dirigieron a toda prisa al campamento para prestar cuidados médicos adecuados para salvar a Vanadessë.
- Vana, te pondrás bien, amiga- sollozaba Sonyariel junto al lecho de ésta en la tienda de curaciones. Tomaba su mano delicadamente.
Los labios de la elfa eran tan pálidos como su rostro y un aspecto moribundo se percibía en él.
Pasó el rato y la elfa no daba señales de volver en si, la humana se secaba una lágrima cuando entró a la tienda uno de los médicos del ejército a cambiar los vendajes, pues las profundas heridas aún sangraban un poco.
- Mi señora, su amiga estará bien- dijo aquel hombre de añoso aspecto, y por ello, uno de los más sabios y respetables hombres de Lempë Ohtari.
Sonyariel dio una triste mirada al hombre y se retiró en silencio para dejarlo hacer su trabajo, antes de salir de la tienda, dio una última mirada a su amiga y pidió al médico que si la elfa recuperaba la conciencia, éste debía avisarle a ella lo antes posible. Aquel hombre asintió y la humana abandonó el lugar sollozando.
Bien entrada la noche, Vanadessë comenzó a mover los dedos y lentamente comenzó a abrir los ojos, bajo la atenta mirada del anciano que cuidaba de ella.
- ¿Cómo está Lissë?- preguntó la elfa, con una voz ronca y muy baja, su garganta estaba seca y tras cada respiro, sentía que una punzada de dolor le nublaba la vista.
- Tranquila, mi señora... Ella salió mejor parada que usted, sólo recibió un rasguño, usted ha sido muy valiente y ha luchado por mantenerse con vida- la voz del anciano le hizo sentir que estaba en casa.
La elfa dio un largo suspiro y se volvió a dormir, ésta vez estaba conciente, aunque sus sueños eran intranquilos. Comenzó a recordar detalles de la lucha reciente, los ojos de su atacante, de un azul profundo. Un estremecimiento le hizo temblar... Hathol... Unas lágrimas caían por sus ojos dormidos y el dolor en su abdomen le hacía sudar, la fiebre lentamente se apoderó de su cuerpo y con gemidos y temblores pasó todo el resto de noche que aún quedaba en aquellos parajes inhóspitos.
Sonyariel pasó aquella noche a su lado, enjugando el sudor con paños fríos, apretando la herida en su brazo y tratando de evitar aquellos movimientos involuntarios, que irremediablemente provocarían una hemorragia.
La noche le pareció más larga de lo normal a la humana, su cuerpo cansado le pedía dormir unas cuantas horas, mas su mente seguía más despierta que nunca, pues volvía a rememorar los acontecimientos del día anterior, la traición de Thalion, la nueva derrota de la compañía, el pequeño que crecía en su vientre y a eso se le sumaba el estado de Vanadessë. Ahora más que nunca necesitaba un abrazo de Darlak.
Sonyariel estaba sumida en sus pensamientos cuando sintió una leve presión en su brazo, aumentó un poco la luz de la lamparilla que se encontraba cerca, en l mesita al lado de la cama de la elfa y vió como ésta le sonreía, a pesar de sus ojos llenos de dolor.
- Vana, amiga mía!- dijo la humana con una evidente emoción, tratando de contener las lágrimas. – No sabes cuanto me alegra ver que al menos estas viva.
[...]
Pasaron tres semanas, en las cuales la elfa no se movió de la cama, las heridas habían sanado considerablemente, gracias a los cuidados de su amiga, quien las revisaba constantemente y se encargaba de limpiarlas y aplicar ungüentos curativos en ellas, ahora las cicatrices tenían un leve tono rosa, señal inequívoca de que en un par de días más estarían curadas completamente, las suturas que había puesto el anciano el primer día habían cerrado muy bien el corte, por lo que no había sido necesario quitarlas y volverlas a cerrar.
El hombro era lo de menos, pues sólo había sido superficial, no así la del estómago. Había sido profunda y por un momento la elfa había entrado en pánico al pensar que aquella criatura que crecía silenciosa en su vientre corría peligro. Para su alivio el médico le había comentado que sólo había cortado las primeras capas de la piel, pero no por eso era menos grave su estado.
Los días se sucedían lentos y cada vez más fríos, aún así la elfa se sentía de mejores ánimos, ahora caminaba lentamente por el campamento y se impregnaba de aquel aroma tan particular en aquellas tierras. Los árboles se mecían con el viento reinante y Vanadessë rememoraba con tristeza aquellos días en que había sido feliz junto a Hathol, a quien ahora sentía más lejos que nunca, pues Sonyariel le había relatado los últimos sucesos y de cómo se había roto el pacto entre los clanes, que en un momento habían prometido dicha y felicidad a la elfa y al humano.
Vanadessë luego de llorar a solas se dirigió a la tienda de su amiga y con aire renovado anunció a ésta que estaba dispuesta a luchar por su clan a pesar de su amor por el capitán enemigo.
- Si el destino quiso que me enamorara de Hathol... el destino sabrá que será de mí sin él a mi lado... sé que lo volveré a ver... y... y quiero estar preparada para ese momento, pues él es ahora mi enemigo. Al decir esto último una lágrima rodó por su mejilla y Sonyariel la abrazó.
Mujer y elfa estuvieron un buen rato abrazadas y cuando los sollozos de ambas se calmaron, salieron de la tienda y se dirigieron junto a Valandil, quien daba instrucciones a algunos soldados. Los tres entraron a la tienda de reuniones y comenzaron a planificarse para un nuevo enfrentamiento contra Helkelen Lara. Ésta vez Vanadessë no se dejaría llevar por sus sentimientos y sus amigos percibieron eso. La elfa se sentía mucho mejor y así se encargo de demostrárselo a sus compañeros, había estado muy grave, pero ahora tenía más fuerzas que nunca para defender a su gente, a sus emblemas y por sobretodo... a su hijo.
