La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Liantari Dimbar. Diario De Una Guerra Civil (1ª Parte)

2007:01:31:17:58:10

Orodril

Como otros tantos días los pasos de la guardia real resonaban en las calles. Fuera de los muros de palacio los tumultos en uno y otro punto de la ciudad se sucedían por un día más y la noche perpetua de Astan Neuma era manto oscuro e infinito, cobijo de asesinos.

La lucha encarnizada libradas en las calles había dejado de ser un baño de sangre vertido por los dos bandos en conflicto, de un lado las tropas del rey y los señores afines a éste, y del otro lado las tropas rebeldes fieles aún al difunto rey Aden, mi primo, al igual que Rael, el actual rey, hermano del primero. Ahora que el caos de una guerra abierta reinaba las calles, los robos, asesinatos y consiguientes ajustes de cuentas invadían las calles, convirtiendo la vida de inocentes en un infierno mayor si cabe.

Un profundo pero agudo lamento y la visión de lo que allí acontece me hacen alejarme de la ventana, contemplando tan solo en su lejanía la silueta de una ciudad a oscuras.

La boca seca y la sensación de que un enorme vacío recorre el interior de mi pecho, la impotencia de no poder hacer nada; con todo ello busco cobijo bajo las mantas y la amnesia de un sueño que no llega.

-Malditos bastardos, los aplasto, los amenazo con torturar a los suyos, lo hago y después de amenazar de matarlos también lo hago, tras hacerlo con la primera línea de familia directa, lo hago con la segunda, con la tercera, y esas ratas siguen multiplicándose. Infectando mí reino, enfrentándoseme a mí. ¿A quién hay que matar para que esto termine? ¿A quién van a alzar como su legítimo rey? ¿A qué don nadie?-

-¿A su prima?-

-¡¿Qué has dicho?!-

-Con su permiso majestad, pero lo que mi querido camarada torpemente ha señalado es cierto, Dyshira tiene al igual que vos derechos sobre el trono y a diferencia suya ella si cuenta con el amor del pueblo y más que probablemente con al menos el aprecio de los rebeldes insurgentes.-

-Bueno, bien, eso tiene fácil arreglo, ¿no?-

Un silencio se poso entonces. Dyshira, que hasta hacía bien poco se había encaminado a la cocina en busca de adormidera, contemplaba incrédula la escena, viendo como dos de los tres interlocutores parecían intercambiarse miradas, situados ambos tres frente de lo que sin duda era el despacho real.

-¿Esta sugiriendo que la eliminemos?- Volvió a hablar el que Dyshira reconoció como el primer interlocutor.

-Eso mismo.-

-Pero señor eso podría ser contraproducente, si ya el pueblo le inculpa de la muerte de su hermano, si asesina a su prima no dejara lugar a dudas de quien se encuentra detrás de ambas muertes.-

-Una vez que no quede nadie más del linaje real salvo yo, no tendrán más remedio que aceptarme.-

-Pe..-

-¿Acaso deseas que antes pida tu cabeza?-

-No será necesario, haremos lo que pedís- habló, relevando a su compañero, el otro interlocutor.

-Así sea.-

Dyshira contempló como su primo se adentraba de nuevo en la habitación cerrándola tras de si, anegando, con la marcha de la luz que de ella emanaba, de nuevo el pasillo en sombras. Los dos interlocutores restantes se quedaron entonces a solas, momento en el que el que intervino el último poso una mano en el hombro del otro quedando ambos cara a cara, y tras asentir una frase murmurada por su cabizbajo compañero ambos se separaron en sentidos opuestos.

Dyshira aguardo inmóvil la llegada de uno de ellos al pasillo donde se encontraba, no sin antes echar mano de la daga que guardaba en un pequeño cinto que le rodeaba uno de los muslos, invisible bajo el camisón. Por suerte, por fortuna, la figura cabizbaja a la que Dyshira creyó reconocer como Yazel, miembro de la corte real, especializado en asuntos internos, tomó el corredor en sentido opuesto sin parar a mirar en su dirección.

De nuevo a solas, el silencio parecía pegarse a ella atormentándola más de lo que creía que podía hacer el retumbar de pasos, las dudas sobre lo que hacer se mezclaban con una instintiva espera a la rotura del silencio y la llegada del inevitable fin. Pues con el palacio repleto de guardias, que bien pronto andarían en su busca, no solo dificultaba la posible salida de allí, pues si así lo consiguiera luego quedaría escapar de una ciudad no menos escasa en vigilancia, de un reino, todo ello sin ayuda de nadie y de nada, tan solo de una daga, que tan importante había parecido un instante antes y ahora se le antojaba de lo más pobre.

Sin hacer caso del desanimo que invadía su mente, se obligó a echar a andar. En la oscuridad las sombras se ensanchaban y el silencio parecía solo quebrarse por su propia respiración, cautelosamente baja pero aún rápida y entrecortada, y los latidos de un corazón que amenazaban con salírsele del pecho. Hasta que finalmente se desboca.

Agarrada por unas manos que surgen de la nada, tomándola una por encima del hombro y enmudeciéndole los labios y la otra ceñida a su cintura, el fin parece echársele encima demasiado pronto, demasiado pronto aún para ella. Liberando la mano diestra que aun sujeta la daga, Dyshira consigue causar daño a su atacante, que entre dolor y sorpresa mengua su fuerza sobre ella, escapándosele así de sus manos. Anteponiendo sus deseos de huir de allí, percatándose de que poco serviría con alguien vivo capaz de dar la voz de alarma, Dyshira aprovecha la incertidumbre de su asaltante para echársele encima y terminar con su vida. Pero sus movimientos no son lo suficientemente rápidos y laboriosos, y de nuevo cae presa de su atacante que la agarra fuertemente del brazo que sostiene la daga y le retuerce el otro contra la espalda eliminando su libertad de movimiento por añadidura.

-Tranquilizaos, pues no soy enemigo vuestro.- El susurro de acento extraño del asaltante seguido de una menor fuerza en su manos y brazos, pero sin minar su firmeza, calman en cierta manera a la ranquendi, gracias a la intriga que aquella declaración le suscita y la desesperación por mantener una brizna de esperanza en conservar la vida.

Tomando dicha calma como símbolo de tregua, el extraño la libera finalmente. Sorprendida por ello Dyshira lo contempla con renovada curiosidad, y a pesar de lo oscuro del lugar, un inusual brillo de unos ojos verdes grisáceos se hace visible junto una melena oscura como la noche.

-Mi señora, que alegría veros aún con vida, cuando llegamos y escuchamos las nuevas que se transmitían a los guardas nos temíamos haber reaccionado demasiado tarde.- Al igual que su asaltante una nueva figura parecía haberse manifestado a partir de la nada en aquel lugar, pero en este caso no era una figura extraña. Nimaj, capitán de las fuerzas rebeldes, se encontraba frente a ella. - En fin, no es el mejor momento para ponernos a hablar, si hace el favor de acompañarnos…-

Aunque sorprendida de ver en el mismísimo palacio, a escasos pasos de Rael, al capitán de los rebeldes, Dyshira asintió con gusto tal proposición, descubriendo así la causa de tales apariciones. Para su sorpresa en una parte de los muros de aquel pasillo se abría una apertura a unos pasadizos secretos, de cuyo conocimiento no tenía ni la menor idea. ¿Qué habría sido de su infancia si hubiera sabido de aquel lugar para sus juegos?

Tras cerrar de si la apertura varias antorchas se encendieron en la completa oscuridad del pasadizo. Una media docena de hombres armados y portadores de emblemas del olmo negro les dieron la bienvenida en el completo silencio, tras la cual el grupo se puso en marcha.

-¿Cómo supisteis de estos pasadizos que yo misma desconocía?- susurro Dyshira a Nimaj que caminaba a su lado, sin poder retener por mas tiempo su creciente curiosidad.

-Por extraño que parezca, nosotros también lo desconocíamos, fue el piel blanca quien nos informó de su existencia y quien nos guió esta noche.-

-¿El piel blanca?- Pero como respondiéndose a si misma, Dyshira echó la vista atrás, observando al extraño que caminaba solitario al final de la comitiva. Ahora que lo volvía a observar, y a pesar de la escasa luz de las antorchas se percato de que la tez oscura que había contemplado anteriormente tenía a la luz de las antorchas un aspecto artificial, como pintada. Ahora entendía lo inusual del color de sus ojos y cabello. -¿Qué hace un piel blanca aquí?-

-Al parecer nuestro queridísimo rey no solo no es de nuestro agrado, sino que tampoco parece ser del agrado de la reina Illurë. El piel blanca es uno de sus hombres, enviado para intentar resolver este entuerto.-

-¿Qué? ¿Solo nos manda a uno de sus hombres?-

Una sonrisa se dibujo en el rostro de Nimaj – Yo, y bueno todos mis hombres, nos hicimos la misma pregunta. Pero por lo visto esta resultándonos más útil de lo que nos pareció en un principio. Descubrió estos pasadizos y gracias a su intervención los planes de dar fin al reinado de ese sádico parecen estar más cerca de cumplirse.- Nimaj la miró y le sonrió de nuevo, a la vez que un brillo, de entusiasmo o de locura, brotó de sus dorados ojos. -Dentro de poco seréis reina.-

“Reina”.

Kelusse

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