Bohr Daedth
Ha pasado más de un milenio en la edad del hombre, la cuarta edad del sol. Ya muy pocos recuerdan por qué ha de llamársele cuarta edad. Ya pocos la llaman cuarta edad. Ya pocos recuerdan que existió una tercera, una segunda y una primera. El mundo para muchos, es y ha sido siempre así como lo ven ahora. El gran reino de Gondor y Arnor, Rohan y otros aliados se ha reducido a una comarca. Los hombres han proliferado como plaga. Los grandes reinos alternan aquí allá, cuando un pueblo entra en decadencia, otro se hace grande y glorioso. Pero ya no hay sólo uno, como fue entonces.
La sombra ha desaparecido, pero con ella ha desaparecido la gran sabiduría, que comenzó a irse con la ida de los Elfos. La sombra hoy es un estigma que habita en los corazones de muchos, sino de todos los humanos, un estigma de la confusión y el miedo que ha generado por siempre el don, la muerte. Y de ese estigma, como siempre, ha surgido la maldad entre los hermanos. Pero ya no hay de la gran sabiduría para contener la breve maldad humana, ahora se extiende entre unos y otros y las líneas se hacen borrosas.
Diecisiete reyes legítimos han pasado por el trono de Gondor. El genocidio entre los hombres no es castigado por ningún ser superior. El genocidio está a la orden del día y está motivado por una ambición o un capricho, aun otras veces por la supervivencia o la necedad. Los valores inmutables hoy, están echados al azar, tal vez toque noble, tal vez obsceno...
El joven Vanharon montado sobre Cazador va hacia el sudeste a un paso como nunca antes lo hiciera. Vanharon lleva en un saco el tesoro que debe poner a resguardo. Vanharon es considerado el mejor jinete vivo, y se le ha concedido el caballo Cazador de Vientos, propiedad de la sobrina del rey, un corcel considerado por sobre el nivel de las mejores bestias de todos los establos del reino y de pueblos aliados. Los persecutores de Vanharon han perdido algunos kilómetros. Pero nada resistirá para siempre. La caballería completa de los del Norte se concentra en la resistencia de sus tropillas confiando en que tarde o temprano la resistencia vencerá a la velocidad. Los del Mar, alguna vez establecidos en la vieja Minas Tirith se recuperan del asedio de Amroth, ahora que el tesoro ha escapado los Norteños han retrocedido.
El rey del Mar de Piedra del Mar, al que aún unos pocos llaman rey de Gondor, y otros menos llaman aún Elessar, está casi en paz. Siendo uno de los pocos hombres realmente sabios y realmente honorables del mundo de los hombres, considera que el tesoro vale más que la vida de miles de pueblos. Teniendo la posibilidad de mantener la esperanza del mundo aún a costa de su tiempo en él, sabe que a pesar de gobernar sobre el pueblo existente más antiguo de la Tierra, y que a pesar de haberse reducido a causa de la propagación inacabable del hombre, su gente es más que un pueblo antiguo, su ejercito es más que un ejército de vividores. La misión los trasciende. Haber resistido con poder a los pueblos de los alrededores no significa haber ya cumplido. El día presente tiene la vida en sus manos, y por detener a Norte y terminar con la amenaza de una vez por todas, la pondrá en juego.
Los Grandes Túmulos fueron violados hace tiempo por los ladrones de tumbas, cobardes que aspiran a obtener poder allí donde las víctimas no pueden defenderse más que con el recuerdo, emparentados con los mercaderes errantes, quienes perdieron la ambición para dedicarse a aquella forma de vida en la que los objetos de la riqueza se ven pasar ante los propios ojos y de la cual se obtiene un relativo permanente bienestar económico. Allí una caravana de mercaderes errantes transitaba a orillas al sur del Anduin. Un hombre pequeño custodiaba la mercancía. El jefe buscaba un lugar donde acampar y poner a los expertos a la pesca. La noche asomaba.
Vanharon acomodó el frágil fardo, y picó a Cazador. Unas lomas se extendían al frente, Cazador no era tan veloz entre los obstáculos, pero sería hábil. Aquel recorrido relentecería a los tropeles del Norte. Con una mano sostuvo el tesoro en alto, para amortiguar los saltos y los golpes, con la otra se aferró a las riendas. Pasaron por su mente los tiempos en la ciudad de Amroth, la sobrina del rey, su voz y su mirada. Sin pensar bien porqué recordó que ella había sido su primera mujer, y él su primer hombre. Cuánto había cuidado ella de él en malos y buenos tiempos, y cuánto él de ella. Agradeció no haberle propuesto matrimonio, su destino le mostraba que no era suya la gracia de poseer una esposa.
Los Norteños avanzaban con disciplina. Se cubrían apenas con algunas pieles. El taparrabo hacía las veces de montura. El rey trotaba en medio de las filas. Las arengas las hacía un hombre de nariz aguileña y mirada penetrante, rubio y de contextura fuerte iba al frente portando una lanza que les servía de estandarte. Sin una causa justa, aquellos hombres imponían su dominio y exigían lo que se les antojaba a fuerza de violencia. El poder sobre los otros era lo que, para ellos, aliviaba la angustia de la finitud. Dominar les evitaba pensar en otros males. Se hacían inmortales venciendo a quien los enfrentara y derribando sus fortalezas. Esta vez, la fortaleza de la gente del Mar de la Piedra del Mar se había acrecentado con la adquisición de cierto tesoro. Y la esperanza de otros, de una manera instintiva, era amenaza para los del Norte.
Las puertas de Amroth se abrieron y de ellas salieron tres columnas de jinetes a toda marcha. Seguidos por grandes arqueros y lanceros que parecían intentar alcanzarlos, las líneas de los caballos de Gondor serpenteaban en las afueras, cruzaban los puentes y se apresuraban al sureste. El rey montaba en la derecha, su hermano en la izquierda, y todos los hombres justos, nombrados caballeros para esta empresa los acompañaban. Sólo un resto había quedado en los puertos, protegiendo a las mujeres y niños, vigilando las distancias y alistando los navíos por si acaso.
La caravana de mercaderes había acampado ya y los pescadores se habían dispuesto. El carro de productos y el de valores se habían arrimado al puente que se extendía a unas decenas de metros. Allí el hombre pequeño jugueteaba con un brazalete de mithril. La tarde de otoño estaba templada. Se había instalado ya el vertedero de vino. Los hombres cantaban alabanzas a legendarios y entretenidos negocios que se habían realizado en distintas épocas y lugares.
Los Norteños circundaron las lomas. La rotación de las avanzadas se realizaba meticulosamente. Los dirigentes se movían arengando con furia e insultos a los aguerridos. Unos grupos se detenían y otros los traspasaban. Algunos levantaban pequeños campamentos. Los miles y miles de potros se movían en un aparente caos que avanzaba más y más. La persecución, según sus cálculos, acabaría antes de llegar al río.
Los hombres de Gondor avanzaban hacia la última de las batallas de la Tierra Media. Transcurriría en silencio, y se hablaría de ella tanto como de cualquier batalla de aquellos tiempos, como una más. Todo por aquel milagro; el tesoro había llegado a las orillas de los muelles, por la noche. El infinito mar del oeste proveía alimentos tanto para el cuerpo, como algunas veces para el alma. Pero nunca a través de él en los tiempos recordados había llegado ningún tipo de mensaje. Los pescadores en la mañana encontraron el moisés, y la criatura despierta. La vida había llegado como mensaje a Gondor. Fueron los sabios quienes hablaron de mensaje, de tesoro. Aquel bebé había venido a ellos por voluntades que transgredían el azar de los naufragios. Nadie sabía bien qué era lo que se interpretaba como milagroso de esa situación pero lo habían asumido en el fondo de sus almas. Y Gondor había renacido, había vuelto a cambiar. El tesoro trajo una luz cuyo brillo iluminaría el camino por senderos que habían permanecido velados por tiempos inmemoriales. Es entonces hoy que los hombres del Mar de Piedra del Mar echaban a la marcha, el mundo ideal, inmaculado, imperecedero que había llegado a sus sueños estaba en peligro de muerte, sus armas y cabalgaduras valían hoy todo lo que sus vidas dejarían de valer si esto ocurría.
Los pensamientos de Vanharon se clavaban en el río... un puente, un vado, la playa o la escarpa. Percibió que se encontraba a gran altura, y la distancia entre margen y margen del Anduin no era estrecha en esa región. Tiró de las riendas hacia el oeste, el terreno se iba poniendo pedregoso, pero no había vuelta atrás, aquella era la dirección que había elegido y la seguiría con alma y sangre. Aún faltaban unos kilómetros para el río, y no se abría ningún camino rápido hacia allí. Un jinete del Norte que había aprovechado el quiebre de la ruta de Cazador comenzó a alcanzarlo. Vanharon miró el tesoro esperando redescubrir el motivo para no perder las fuerzas ni las esperanzas, se aferró al paquete como si este fuera su propio corazón que estaba a punto de perdérsele. Casi sin darse cuenta se encontró saltando sobre algunas rocas, Cazador de Vientos se había vuelto más hacia el sur, sobre un camino maldito, aunque la intuición de hombre y animal en coincidencia era de una magnitud no despreciable. Al trecho se abría un camino llano, y más allá, se veía una estructura sobre el río. Pero el acosador los había alcanzado.
Cuando la noche se abría paso, los vigilantes de entre los mercaderes ponen a sus camaradas sobre aviso de la batalla. Preparan las ballestas y algunas lanzas, mientras los carros más valiosos se alejan con la mayor urgencia cubiertos por todos los hombres montados. El carro de las propiedades lleva otro guardián. El hombre pequeño tomó aquella espada que había estado observando más de una vez con delicadeza, roja a la luz del soy y fría a la luz de la luna, en su hoja grabado el dibujo de siete estrellas entre la luna creciente y el sol radiante, y muchas runas alrededor marcada con runas, y se quedó de pie junto a la resistencia.
...El norte avanza furioso...
En la última fila de los feroces jinetes iban hombres altos y pesados de ojos rasgados y tez brillante. A la vista podía observarse al menos una decena de cabellos blancos. De frentes pronunciadas y armados con pesadas hojas eran la retaguardia del Norte que llegaba por fin al claro. El más delgado de esos albinos se dejó aventajar por un momento, y los alcanzó segundos después montando hacia la derecha de la turba. Se encontró con otros dos de ellos y le habló a uno. Rieron los tres, y algunos más también. Gritaron y rieron con sonidos que alcanzaron la monstruosidad. Se golpearon los hombros con los puños. El que corría en el borde derecho de todos sin dejar de babearse miró hacia el suelo que dejaba a su paso, y alcanzó a ver una sombra. Una espada se clavó en su pecho, empuñándola, un caballero de Gondor. Tras él, a distancia, otros intentando alcanzarlo. Los hombres altos se detuvieron. Eran más que diez y cargaron contra el solo hombre del Mar, obrando una carnicería. Los primeros gondorianos se dejaron alcanzar por otros compañeros, solos no lograrían nada contra aquel contrafrente. Entonces los jefes de las últimas filas del Norte se volvieron, mal había hecho la vanguardia de las puertas de Amroth en desprenderse tan desprovistos... Cuando saliendo de la ultima frontera del bosque cargaron las flechas. Y el Norte supo que Gondor había llegado. Los arqueros hicieron retroceder a la retaguardia de hombres grandes y el grueso de la caballería los hizo trizas.
Vanharon pasó la rienda por dentro del brazo con el que sostenía el tesoro, y recostó el torso sobre el lomo del caballo. Con la otra mano desenvainó, exponiendo la hoja que llevaba hacia el enemigo, más señalándolo que enfrentándolo. El enemigo sacó una potente maza de largo metal oscuro, y de un golpe hizo volar la espada de Vanharon, que logró ganar unos segundos de velocidad. El hombre del Norte hizo girar dos veces el arma dándose impulso y preparando el golpe. Cazador comenzó a moverse zigzagueante a una velocidad fabulosa. El hombre del Norte no comprendía, así no iba a evitar que su maza le cayera encima. Entonces se miró el hombro, y luego el pecho, y el brazo, y el pecho. Unos hombres apostados en el cruce del río, mercaderes, habían desatado el poder de excelentes ballestas, y las flechas cruzaban raudas en línea recta a lo largo de todo el camino, la última flecha fue a dar en la cabeza del norteño. Enigmáticamente entonces los disparos cesaron. Vanharon suspiró y, galopando humildemente siguió camino. Había perdido tiempo y no era para gracia.
Gondor y el norte se enfrentan. El norte retiene a Gondor y envía algunos hombres más hacia el río.
El puente está roto. Algunos pocos mercaderes cruzaron hacia este lado. El hombre pequeño sostiene una espada. Vanharon deja el tesoro en manos del hombre pequeño. Le pide que lo ponga a salvo, que es una niña. El hombre pequeño le entrega la espada a cambio.
En aquel momento la caballería y los lanzadores de Gondor arriban al lugar. El rey de los Norteños y el capitán desorbitados deben reordenar las fuerzas. En el movimiento ambos caen bajo las espadas del rey de Gondor y su hermano.
Vanharon levanta la espada dejándose llevar por el sentimiento de invulnerabilidad, mueve las riendas de Cazador, quien gira hacia el enemigo dando un respingo. Los cinco jinetes corren se dirigen directo a él formando un pentágono, con las espadas hacia delante y con los rostros henchidos de furia. Cazador los encara galopando con una fuerza tal que si su aura se encontrara con los ellos, arrasaría con las cinco como si hojas fueran a fines del otoño. Vanharon levanta también al frente su recién recibido filo. Al encontrarse los cinco caballos de los Norteños se frenan girando, Vanharon pasa entre ellos hiriendo a dos. Luego se acomoda detrás de ellos, y luego los ataca moviéndose con bravío. La furia de los enemigos se consume en la conmoción. Y uno tras otro van siendo vencidos por el joven del Mar de Piedra del Mar.
El ejercito del Norte se decide entre alcanzar el tesoro y la vida. Las legiones de Gondor irrumpen entre las columnas de caballos, matando aquí y allá, muriendo de vez en cuando, solamente de vez en cuando... Hombres sin sueños se deciden por la subsistencia, y combaten, cuando no escapan.
Los mercaderes armados se volvieron al lado sur del Anduin junto a los suyos. El puente permanece a medio sostenerse. Vanharon observa de un lado, el hombre pequeño cargando a la niña lo observa fijo del otro. Cazador de Vientos se mueve solo, y esta vez es el caballero el que se deja llevar. Se retira hacia el campo de batalla, la distancia suficiente para conseguir la velocidad necesaria. Con el auspicio de los heraldos de Manwë, rey entre los celestiales, atraviesa el puente casi sin rozar la superficie. Llegando a la orilla del mediodía, el puente se quiebra y cae, desmoronándose con estrépito. Cazador da un salto maravilloso, pareciendo detenerse el paso del tiempo, tras lo cual cae depositado en tierra firme.
Vanharon se acerca al extraño hombrecito. Este, admirado, aún aturdido, libera las palabras:
- ... Es... un... un... -.
El hombre le responde mientras toma el moisés:
- un elfo. Su nombre es Helena. Gracias.
Tras esto Cazador, Vanharon y Helena desaparecen en la niebla del sudoeste. Y no se asentarían hasta no haber cruzado casi medio mundo, donde aún no había florecido la elanor ni la niphredil hasta su llegada.
