La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Realengo De Farothdin. Cuentos De Farothdin I.

2007:02:02:19:59:28

Arestel Vanimeldë

Cuentos de Farothdin - I -

El Linaje de Chilesky

En los oscuros bosques de bruma,

Canta constantemente la alondra.

Y entre helechos y varas de nardo,

Refunfuña Irdali en su negrura

Sus ojos inyectados de sangre,

Escrutan allá donde camina la estrella.

Reflejando un odio inconmensurable,

Hacia todo lo que se mueva

Sus gruñidos horadan la hojarasca.

La tierra se estremece bajo sus pezuñas.

Allá por donde pase Irdali,

Pinta la tierra de oscura bruma.

Hace mucho tiempo, cuando no existía mas claridad en el cielo que la que pintó Varda con estrellas, y la naturaleza aún estaba incorrupta tal y la dejó Yavanna, el azar quiso que Oromë y su cabalgata acamparan en unos bosques que se les antojaron hermosos, un paraíso indómito de tierras vírgenes donde recrearse la vista mientras se sucedían placenteras cacerías.

Pero lo que no sabían es que allí vivía Irdali señor de los despreciables jabalíes negros y bandido entre los bandidos, autoproclamado señor de aquellos bosques y lo peor de todo, un antiguo servidor de Melkor que huyó de los fosos de Utumno.

No hace falta saber como se tomó Irdali aquella visita inesperada, montó en cólera cuando vio aquellas voces cantarinas colarse en sus bosques. Por su mente pasaron miles de atrocidades inimaginables y del deleite de torturar a aquellas bellas criaturas, su mente debió anhelar sus tiempos de servicio a Morgoth, porque no nos explicamos como si no, una mente pudo elaborar una idea tan inteligente que no fuese el pillaje o la destrucción. A si que viendo que solo no podría hacer sus planes, convocó a muchos de los suyos, y viendo que acudían los mas grandes y fieros de su linaje, desenterró para sí la oportunidad de servir a Melkor y volver a ganar renombre entre sus vasallos.

Buscando un presente para Melkor, pues era bien sabida la codicia que despertaba en él todas las obras de los Valar.

Así fue como Irdali se dirigió sigilosamente hacia donde provenían las voces cantarinas de la cabalgata, acompañado de los más grandes y fieros jabalíes de su progenie, y les dio permiso para cometer los más salvajes crímenes y el daño más profundo que su limitada inteligencia les permitiese. Pero no les habló de la grandeza de las gentes de Valinor para no atemorizarles antes de tiempo y que se echasen atrás dejándole solo. Así fue que cuando se acercaron a los bordes del campamento, muchos de los suyos se acobardaron y recularon. Pues fueron deslumbrados como temía Irdali que pasase. A sus ojos se mostraron por primera vez elfos y otros seres hermosos, vestidos de brillantes colores y armas y armaduras temibles de muy buena factura, maravillosos caballos de inteligente mirada y lo peor de todo, lebreles orgullosos y fieros que despertaron en ellos un miedo hasta ahora no conocido.

¡Silbad! ¡Silbad! Descarguemos bártulos, montemos las tiendas.

¡Silbad! ¡Silbad! Apilad esa leña, prended una hoguera.

¡Silbad! ¡Silbad!, La noche será solitaria, la mañana será fresca.

¡Silbad! ¡Silbad! Pero mientras cantaremos a las estrellas.

A cada momento que miraba aquello, la envidia le envenenaba y el sadismo le carcomía las entrañas, deseando arrebatarles semejante riqueza y bañarla en su sangre.

Pero no todos los jabalíes que estaban entre el maleante de Irdali eran como él. No me preguntéis como ni porque, pero había unos pocos que por no ser, no eran negros como él, sino grises como la ceniza y sus ojos de un azul acerado revelaban una mirada inteligente, la única característica heredada de su malvado padre, además del tamaño y una apariencia temible. Ahora bien, entre estos había uno especialmente semejante a su padre en tamaño y grandeza, pero no en maldad. Los jabalíes negros le llamaban traidor a la sangre por sus ideas pero sus grises semejantes le llamaban Chilesky. Un animal tan bello y noble que muchos se preguntaban como era posible que fuese hijo del despreciable Irdali.

Y como no, en esta reunión también tuvo que opinar Chilesky, aprovechando que era de los pocos capaces de plantar cara a su temible padre, habló al resto de los congregados acerca de la locura de aquel plan, el sacrilegio de acabar con tan bellos seres y arriesgar la vida de los suyos…

(…) Demasiado bocado para nuestras bocas,

Sus hojas nos cortaran como mantequilla,

Ni nuestros colmillos nos salvaran del acero,

Ninguno sobreviviremos a esta locura (…)

Pero Irdali no sabía manejar las palabras tan bien como su molesto hijo, y optó por morder a un jabalí gris y zarandearlo violentamente en el aire hasta degollarle. Escupió sus restos y amenazó con hacerles aquello a los que desobedeciesen su mandato, solo así le prestaron atención…

Levantad las cabezas hacia las estrellas.

Que reluzcan vuestras tremendas cuchillas.

Llenaros la boca con la sangre enemiga.

Aquí y allá, ¡pisad!, ¡hozad! y ¡machacad!

Clava tus dientes en estos pellejos.

Gira y salta, golpea y lanza.

Mientras tu piel de cuero te proteja,

¡Corta!, ¡araña!, ¡golpea! y ¡arranca!

Ahora bien, algunos jabalíes grises se pusieron aun más nerviosos por el odio contenido a su padre Irdali y sin poder evitarlo, resoplaron y se agitaron en la hojarasca. Fue entonces cuando el pánico cundió entre el séquito de Irdali, ya que su instinto les animaba a correr monte abajo y esconderse de los lebreles de los Valar que les estaban ladrando amenazadoramente desde bordes del campamento. Los Cazadores, alertados por semejante barullo, acercaron lumbre hacia aquella zona y vieron al enorme jabalí negro acompañado de otros tanto o menos fieros, y esto despertó a su vez la codicia de los elfos, que veían aquellos jabalíes como hermosos trofeos de caza con que vestir sus salones de Aman.

Irdali mandó a los suyos a atacar con ferocidad y así lo hicieron todos, salvo él, que aprovechando el caos de la batalla, embistió y tomó entre sus fauces al más gallardo de los elfos que encontró en aquel séquito, para luego darse a la fuga a través de los montes. Algunos lebreles le siguieron pero el resto siguió enfrascado en la lucha. Entonces Chilesky se dio cuenta del engaño de su Padre, y sin amedrentarse por el cuerno de caza que retumbaba en el campamento ni por los perros que le mordían las pencas, se irguió orgulloso y arengó a sus hermanos grises para que abandonasen la batalla y se refugiasen en el monte, mientras él y otros de los más fuertes les cubrirían la retirada.

El fracaso había sido evidente, como había predicho Chilesky y bien sabía Irdali. Cuando quisieron recuperar la cordura y salir hacia sus madrigueras, en lo más profundo del bosque, ya tenían a los lebreles de Valinor encima, mordiéndoles las orejas, el rabo, las pencas…clavándoles sus colmillos en un infinito dolor, notando como las mandíbulas les desgarraban los músculos, chillando y gruñendo en busca de la ayuda de sus familiares que los habían abandonado o estaban muertos, , aguantando hasta que las fuerzas se les agotaran y cayeran al suelo, notando semiinconscientes las dentelladas de los lebreles, a la vez que una fría lanza les arrebataba sus vidas y sufrimientos finales.

En aquella batalla campal cayeron uno a uno los más grandes y nobles de los del linaje de Irdali, no sin hacer pagar un alto precio a los lebreles de Oromë. Chilesky aguantó hasta que solo quedaban luchando unos pocos de sus parientes grises. El resto habían caído por las lanzas de los cazadores o bajo las dentelladas de sus lebreles. Y como bien sabía que su hora se acercaba se decidió a hacer pagar caro su pellejo, en medio del frenesí de la batalla alcanzó a divisar entre el enjambre de perros que estaban sobre él, uno de los elfos mas gallardos entre los cazadores, que con la lanza en ristre, esperaba a que terminasen sus perros para tomarse el derecho de acabar con él trofeo más grande. Así fue como en un arrebato de cólera salvaje, Chilesky sacó fuerzas de flaqueza, embistió, y lanzó por tierra y aire a los lebreles de aquel cazador, abriendo a muchos en canal y esparciendo sus vísceras por tierra. El elfo, no esperando aquello, titubeó al verse frente a frente de aquella bestia, que sin perder un minuto, se abalanzó sobre el cazador mostrando sus cuchillas ensangrentadas, buscando partir en dos a su carnicero sin importarle el dolor de sus heridas… El elfo, desesperado, solo tuvo tiempo para desenvainar su cuchillo de caza y hundirlo en el cuello del jabalí, a la vez que se lamentaba por su suerte…

¡Ay! de mí, que la desdicha me lleve a la muerte.

He sido castigado, por abandonar a mi hermano.

Y en pago a mi traición sufriré su misma suerte.

Te doy permiso, ¡mátame sin pena!, grisácea desdicha.

Chilesky se apiadó de aquel ser y de sus palabras, y sintió que sus destinos estaban atados, pues ambos pasaban por la misma pena, y calmando su frenesí respondió:

Entonces si mi entendimiento no me engaña,

¿Compartimos destino en esta amarga hora?

Confía en mis actos, ¡sube! yo desdicha, seré tu suerte,

Libremos a nuestros hermanos de tanta muerte.

Jabalí y elfo confiaron el uno en el otro. Salieron despavoridos del campo de batalla, dejando pasmados a sus respectivos bandos. Bajaron monte abajo como el viento, corriendo entre los matorrales, saltando pendientes, vadeando arroyos y atravesando bosques, siguiendo el rastro de Irdali hasta su cueva, todo hasta que Chilesky venteó el aire y se paró en una maleza a oler un rastro, y su boca salivo cuando dio con un reguero de sangre negra. En medio de la maleza, sobre un charco de sangre agonizaba agonizante uno de los lebreles mas impresionantes que nunca hubiese visto acuchillado en el vientre por Irdali el grande, con el veneno corriendo por su cuerpo. Y al fondo, bajo las raíces de un gigantesco roble que hundía sus raíces en las rocas de una cueva, Irdali les miraba desafiante, con ojos de fuego y refulgentes cuchillas blancas que contrastaban con su negro pelaje.

Sin previo aviso Irdali montó en cólera y arrolló a Chilesky, que inyectó su odio fraticida en cada músculo de su cuerpo antes de lanzarse a la contraofensiva. La batalla restalló en todo el bosque y el elfo no perdió un momento en adentrarse en la cueva donde presumiblemente estaría preso su hermano. Estando a punto de escapar de allí, los dos elfos oyeron un gran quejido que estremeció aún más el bosque, un grito indescriptible fue ahogado por un crujir de huesos que desembocó en un inquietante silencio. Cuando salieron se refugiaron al lado del yaciente gran jabalí ceniza que les miraba con pena. Vieron una lágrima en los ojos de aquel animal y acto seguido murió con los ojos puestos en el cuchillo que aun tenía clavado en su cuello.

Celegorm lo sacó y lo ocultó en su manga mientras esperaban la acometida del villano de Irdali. Esperaron a que estuviese casi encima de ellos, lo peligrosamente cerca como para poder fintar y clavar aquella hoja debajo de aquellas fauces hambrientas que se abalanzaban sobre ellos. Fue un segundo tenso en el que aprovecharon la confianza del que Jabalí negro para pillarle desprevenido y clavarle el cuchillo en la papada. El animal se revolvió en un dolor que le laceraba la boca y la garganta, dando vueltas sin dirección alguna, hasta que cayó en los arbustos. Allí se le abalanzaron encima un grupo de jabalíes grises como Chilesky, que no pararon hasta descuartizar a su Padre, el odiado Irdali, acabando con el primero y último de los jabalíes negros y empezando el reinado de los jabalíes grises, con los pocos que quedaron.

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Relato escrito por Gorathion

[Editado por Eldin_de_Lorien el 01-02-2007 12:05]

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