La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 65. C4 Realengo De Farothdin Vs C3 Liantari Dimbar

2007:02:15:22:04:45

Kelusse

Fin Guerra: Realengo de Farothdin deja de Atacar

Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 14

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 4

Victoria para Liantari Dimbar.

Orodril

Taursereg sentado en la arena hizo danzar de arriba abajo su puñal, atravesando, en su recorrido hasta la arena, a un negro alacrán que surcaba las arenas a la vera de su muslo derecho. Rompiendo su carne de un bocado, Taursereg volvió de nuevo la vista al horizonte de azul intenso y mar de arena dorada.

Rogrant, el curso del demonio, es quizás uno de los parajes más inhóspitos de toda Arador. Y aunque la travesía por sus dominios comienza desde la ciudad haradrim de Harad-Runya capital del reino de los hombres del sur, era al alcanzar el paso montañoso entre Orod Nid y las Montañas de la Brisa donde su clima se concentraba aún más si podía, condesando el calor sobre el día y el frío sobre la noche. Y el calor de este paso era un gran contraste con la visión de las paredes montañosas por las que cruzaba. En lo alto, sobre las cimas de aquellos enormes sistemas montañosos, era frecuente ver un cúmulo de nubes, cubriendo sus blancas cimas y descargando en ellas el agua en forma de nieve que de otro modo no vería suelo, no al menos en Rogrant.

Rogrant era por tanto el paso desierto hacia la Puerta de Anneithiel. Un pórtico, que más allá de la enorme puerta de piedra levantada por manos de carne, estaba construido entre la tierra y el cielo, entres nubes y piedra. Un pórtico al cual se dirigían los hombres de la Nenmar-lokë, la victoriosa compañía de Liantari Dimbar, laureada por sus victorias en tierras de Eirë Esteldor. De vuelta a casa al fin, en pos de la protección de su capital en estos días tan lúgubres y funestos.

Pero volvamos con Taursereg, el hombre-ciervo, pues en su puesto de vigía de la retaguardia parece haber visto algo...

Aún en la lejanía, con su forma ondulante por el calor del aire, se distinga las primeras filas de un ejército, que por sus lanzas y estandartes alzadas sobre las cabezas de sus hombres, parecía ser de gran número.

Fue este gran número, más que los pocos detallas que le llegaban a través de la distancia del propio ejército, lo que hizo sospechar al cambiapieles de que eran sus enemigos los que a través de aquellas arenas avanzaban. Pues ni las tropas de las provincias de Imbesirei, Rogrant y Lithaeilin juntas hubieran podido congregar tal cantidad de hombres con las que unirse a sus tropas. Advertido de ello marcho raudo, aunque poniendo cuidado de no ser descubierto, de vuelta al campamento liantari, a tres millas de allí.

[…]

Las palabras formuladas de labios de Taursereg fueron recibidas con sorprendente calma por el enano; y al igual que el cambiapieles, Uzbad Kibil tuvo claro que no se trataba en ningún momento de un ejército conformado por las provincias orientales. Todas ellas no tenían una fuerza semejante, ni siquiera uniendo a las tropas de Baravánie, y muchos menos eran tan necios de sublevarse aún.

Mal aunque le pesará, Uzbad debía reconocer que el bastardo elfo no era ni pizca de necio. Orodril había establecido a su llegada una medida propia; un decreto por el cual todas las provincias aportaban un elevado número de sus hombres a las tropas del imperio, siendo estas con frecuencia disgregadas en formaciones por todas las compañías para evitar amotinamientos, y había promovido el estudio en las celebres ciudades del núcleo imperial de los hijos de los mayores señores de aquellas tierras, allí sus hijos prosperaban, se convertían en sabios y por lo general encontraban una fiel esposa. Uzbad Kibil era quizás el único que había regresado a casa y no se había traído consigo una muy posible futura matriarca que se apoderada de su reinado. Pero de todas formas la jugada del elfo era buena, si las huestes provinciales se unieran llegarían escasamente a los seiscientos hombres, trescientos largos de Lithaeilin, menos de doscientos de Rogrant, unos ochenta de Imbesirei y unos cuarenta de Baravánie. Con esos números sus lazos seguirían aun unidos al imperio por un tiempo, tiempo tras el cual, tendrían que decidir si jugar con el destino de sus hijos.

-Tendremos que posponer pues nuestro avance. Será preferible una confrontación prevista, que no ser alcanzadas de improviso a mitad de camino. Da la voz a los hombres, que se preparen para la batalla, yo veré que puede sacarse de esta posición en arenas traicioneras.- dijo el enano dando por lista la reunión y lanzándose hacia la débil mesa de madera situada en uno de los lados de su tienda.

-Así lo haré. El día llega a su fin y Anar se recuesta de nuevo en el horizonte. Si nuestros enemigos caen sobre nosotros a la noche, que Mandos acoja en su regazo sus pobres almas.-

Extrañado por las palabras de Taursereg, Uzbad levantó la mirada con el tiempo suficiente para ver al cambiapieles abandonar su tienda. Algo tramaba... el qué poco y nada le importaba. A saber lo que se le había ocurrido a aquella cabeza de rumiante abrasada por el sol.

[…]

Anar había marchado del cielo cuando las tropas enemigas fueron divisadas desde el campamento. Pero aún había luz suficiente para divisar desde la lejanía los estandartes de Realengo de Farothdin. Vástagos del Norte, señores de corazón cambiante y venenosa sangre.

Tras una señal las cientos de hogueras fueron encendidas en el campamento, la noche caía, y su manto oscuro comenzaba a cubrir el Este. Uzbab contemplaba en silencio la llegada de las tropas de Realengo, mesándose su encanecida barba y vestido ya para la ocasión con el frío hierro, y en primera fila de combate. Sin lugar a dudas la provincia de Lithaeilin habría echado la vista hacía el otro lado al ver aquel ejercito, pues el no envío de mensaje alguno de advertencia era mucho más propio del narcisista y altivo emperador Yago Yuri Edon, que seguramente tenía preparada una gran variedad de excusas bien fundamentadas cuando se le preguntara. Sucia rata…

A su lado, sin embargo, Taursereg contemplaba la escena con gran alegría, vestido con sus harapientas pieles de siempre, colgadas con gracia sobre su forma humana. ¿Pero qué diantres…

El silbido de las flechas le hizo alejar la vista del cambiapieles. Sobre el cielo, una lluvia de flechas proveniente de las filas Realengo cruzaban los cielos. “Pero no es posible que tengan ya alcance”.

Los pensamientos del enano tuvieron su regocijo cuando las cientos de flechas se clavaron en la arena a escasos pies, en la pared de la duna sobre la que se encontraban.

-Ha-ha- se carcajeo el enano ante aquella falta de entrenamiento militar. Pero el silbar de una flecha que reboto en su férreo escudo a escasa distancia de su cuello, le hizo deshacerse de aquella alegría. -¡Arqueros!-

Una lluvia de flechas encendidas sobrevoló entonces en dirección contraria a las primeras, encontrándose a mitad de trayecto con una nueva oleada de flechas enemigas. Encontrando en un bando y en el otro la Muerte presas para aquella noche.

Vilya ar nen.

Nar ar kemen.

Canta tari.

¡Matlyë i Kemen!

(Aire y agua. Fuego y tierra. Cuatro reinas. ¡Se os coma la tierra!)

A las palabras del cambiapieles, una mancha negra como el abismo surgió de la tierra sobre las arenas que pisaban las tropas de Realengo. Cientos de oscuros y enormes lagartos atacaban y devoraban de improviso a los soldados enemigos que se apuraban por defenderse de ellos a punta de espada. El caos comenzó a reinar entonces en las filas enemigas y de un lado a otro de las mismas sonaban cuernos clamando la retirada. Los oki-saurog, como llaman los ranquendis a estas bestias propias del desierto de Rogrant, habían despertado con la llegada de la noche y su jornada de caza nocturna había sido hábilmente guiada por el cambiapieles.

A lo lejos la silueta de las tropas de Realengo castigadas por aquel imprevisto se achicaba más y más. Huían, a la espera de una, quizás, mejor oportunidad.

Victoriosos, aunque sorprendidos a la vez de su victoria dados los acontecimientos, los hombres de liantaris festejaron su suerte en batalla a viva voz, clamando al cielo sus consignas en una y otra lengua, alabando y presentando elogios sobre cada compañero caído, y resaltando sus proezas durante su quema en piras de escasa madera. Un día más volvían a ponerse en marcha en pos de llegar a la capital, antes de que ésta se viera asediada por el enemigo. Poco sabían entonces lo que en ella pasaba, pero ésta ya es otra historia…

Arestel Vanimeldë

El frío invierno de Arador se hacía más latente en las primeras horas del día, justo antes de la salida del sol. A pesar de eso, un pequeño grupo, en perfecta formación, se encontraba frete al pabellón principal: Arestel y el resto de capitanes que ostentaban el mando de la IV Compañía de Realengo de Farothdin, además de una docena de elfos ataviados con los colores de la Orden de la Rosa, montados sobre esplendidos corceles blancos con guarniciones doradas, esperaban en un sepulcral silencio a que su monarca hiciera acto de presencia.

Las pieles se abrieron al fin mostrando la figura del rey, el cual se acercó a la Regente de Oron Oituilë:

_Aquí tienes las instrucciones que debéis seguir _dijo tendiendo un pergamino.

La mujer lo recogió e hizo una reverencia.

_Siento que mi marcha sea tan brusca, Arestel, _el rey enfiló los pasos hacia su montura _tenía intención de acompañaros…pero asuntos de importancia me requieren en otro lugar _añadió con rapidez tras la pausa.

_Pero señor, ¿acaso los nuestros no lo son?_repuso mostrando la carta al rey.

_Sí, lo son._ afirmó Ilimo tomando las riendas de su caballo y con un grácil salto, subió en él _ Pero quién mejor que mi Gran Maestre y Primera Dama de la Orden para llevarlos a cabo _dijo en voz alta, tras lo cual se reclinó y muy cerca de la mujer susurró _sabes que sois mi mano derecha, confío plenamente en vosotros.

Arestel sonrió y ladeó la cabeza. Sabía lo que el rey quería escuchar.

_Marchad tranquilo.

Ilimo asintió complacido, tras lo cual azuzó las riendas del meara y salió al galope seguido muy de cerca por su guardia personal. Los capitanes, de pie aun, esperaban con inquietud las nuevas órdenes que se hallaban en el trozo de papel que la Regente mantenía en su mano derecha.

_Ha de ser el general Thelidor quien abra esta carta _anunció a sus capitanes_ Bien, tendremos que utilizar el pabellón de los sanadores como lugar de reunión.

El pequeño grupo caminó a través de las hileras de tiendas que se sucedían agrupándose en los distintos sectores de los cuerpos que conformaban el ejército, cada uno delimitado por banderas que lucían sus propios escudos, los cuales eran: el de infantería representado por una cabeza de jabalí sobre un fondo rojo; el de caballería una cabeza de caballo amarilla sobre un fondo azul; los arqueros la cabeza de un halcón rojo sobre un pabellón blanco; y la sección de ingenieros cuya bandera era un simple ajedrezado azul y negro.

En seguida localizaron el estandarte de los sanadores, tres gotas sobre un cuenco plateado que descansaban sobre un fondo verde. A pesar de la pronta hora del día había aun gran ajetreo. Los ayudantes de los sanadores iban y venían trayendo consigo maderas con las cuales avivar las pequeñas hogueras que calentaban las distintas tiendas que albergaban a los heridos.

Areste, seguida por los capitanes entraron en la principal donde se alojaban exclusivamente los dirigentes de la compañía.

Iradur, el sanador mayor se encontraba junto con dos aprendices, haciendo jirones lonas de tiendas para conseguir vendas.

_¿Ya escasean las vendas?_ preguntó Nalík, el capitán de infantería.

_Todavía no, señor _respondió el sanador sin dejar de mira la tela que rasgaba, y añadió a continuación_ fue el rey Ilimo quien nos pidió que hiciéramos más...¿Qué batalla nos espera, dama Arestel?_preguntó de improviso.

_Lo sabremos después de hablar con el general Thelidor. ¿Está ya despierto?

_Sí lo está, señora_ respondió el sanador.

Arestel descorrió una gruesa piel de oso para entrar en la improvisa da sala de reuniones. Thelidor se hallaba recostado en su lecho, escribiendo sobre la pequeña mesa que había diseñado de tal forma que se podía regular la altura y permitir utilizarla sin necesidad de levantarse de la cama.

_Arestel, señores _ dijo el númenoreáno inclinando levemente la cabeza.

_ ¿Cómo se encuentra hoy, general?_ dijo Cilard, capitán de arqueos.

_ Mejor que ayer, pero peor que mañana _repuso el hombre con resignación.

_ Bien, pronto estará con nosotros en el campo de batalla _ exclamó Kabel, uno de los capitanes de caballería.

_ Ya va siendo hora, Kabel, hace demasiado tiempo de la última y apenas recuerdo como se maneja la espada _el general rió _ tenéis que pedirle a la dama Arestel que me deje estar _una mirada fulminante calló sobre el hombre _mejor no.

_No sabes ni cuando ni con quien y ya estas deseosos de ella. _la mujer tendió a su marido la carta_ Parece mentira, Thelidor, que pienses en luchar en una cuando aun estas convaleciente de la última_ le regañó la mujer. Y añadió al ver que su marido daba muchas vueltas al sobre_ Son las instrucciones que ha dejado Ilimo.

El hombre rompió el lacre que cerraba el mensaje, desplegó el papel y comenzó a leer en vos alta para que todos lo escuchasen:

A los ilustres dirigentes de la IV Compañía del Realengo de Farothdin:

Como bien saben la Alianza, sellada con el Tratado de Tavarcerta, se ha visto alterada, sino bien suspendida.

Ahora nuestro antiguo enemigo, Lempë Ohtari, es quien defiende nuestras fronteras en el oeste, mientras que el fiel aliado al reino, Heren Fanyarea, lo hace desde el sur.

Liantari Dimbar no es un enemigo abierto de Farothdin, pero su enemistad con Heren nos ha llevado a tomar partido en la guerra que esta ocurriendo entre estos dos reinos del sur de Arador.

Por ello la IV Compañía de Realengo deberá introducirse en las tierras de Liantari y localizar, en la mayor brevedad posible, a la compañía I de Heren Fanyarea, dirigida por los hijos de Alsenot, para coordinar la estrategia a seguir.

Atentamente, Ilimo, Rey del Realengo de Farothdin

_Y la rúbrica del rey cierra el documento _finalizó Thelidor dejando caer el papel a la mesa.

_¿Cómo vamos a ir hasta Liantari? _intervino Mergel, el capitán de arqueros.

_ De la misma manera que a Esteldor _ repuso el general.

_ ¿Por tierra?¡Es una locura!_expetó_ A caso no conocéis las historias que se cuentan sobre Nenvarnë.

_ A los fantasmas hay que respetarlos, no temerlos, Mergel_dijo Arestel.

_ Además tenemos constancia de que otros ejércitos han pasado por esa ciénaga y han sobrevivido_ añadió Kabel.

_ No tenemos bracos_ argumento Thelidor_ sin ellos, cruzar Nenvarnë es nuestra única opción

_ ¡ Construyamos unos!_rebatió

_ ¿Con qué madera?_preguntó Nalík y señaló al mapa_ No hay ningún busque desde aquí hasta la desembocadura del Falmarin en el Ëarmitya

El capitán quedó en silencio, pensativo, sus compañeros tenían razón.

_Piensas por el bien de de los hombre, y eso te honra Mergel, hijo de Rerdel, pero la necesidad de ayudar a nuestro aliado nos obliga a emplear los caminos más cortos, incluso cuando estos resultan los más peligrosos._ dijo Thelidor.

_De acuerdo, general, ¿Cuáles son la órdenes?

_Informad a los hombres de que el campamento debe ser levantado antes del anochecer. A ver si con suerte mañana a estas horas podemos estar en la horilla sur del Falmarin.

_Sí, general_ dijeron al unísono los tres capitanes a la vez que hacían el saludo militar.

_ Podéis retiraros_ y Arestel les correspondió con el mismo gesto.

Cuando los capitanes se hubieron abandonado la habitación y el matrimonio quedo a solas, la regente miró a su marido y alcanzando una de sus manos dijo:

_ Sabes que no podrás participar en ninguna batalla, las heridas aun no se han curado y estás más grave de lo que piensas. ¿Por qué les sigues mintiendo?

_ Si yo soy fuerte, ellos también lo serán. Conocen mi verdadero estado, estoy seguro de ello, Arestel, pero tienen esperanza y eso, a la larga es lo que puede hacer que la victoria se decante por uno u otro bando.

[...]

Hacía casi una semana que habían penetrado en las tierras de Liantari y desde entonces, como si fuera un mal presagio, una extraña helada les acompañaba.

La regente cabalgaba junto al carro en el que viajaba Thelidor, el sol estaba ya alto pero el frío se resistía a abandonarlos.

A lo lejos, el galopar de un jinete rompió la monotonía del día. Se trataba de Mitaber, uno de los exploradores.

_¡General!_gritó tirando de las riendas de su montura_ Un ejército de Liantari se encuentra a pocas millas de distancia.

_Maldición_dijo Thelidor_¿Nos han visto?

_Sin duda señor, estas tierras extrañas nos han dejado al descubierto.

_Atacar ahora será una locura…

_Si esperamos a que vengan será peor, Arestel, tendremos que contar con la ventaja de mover primero.

_Bien, organizaré a los capitanes_ dijo la mujer _Ydear, Remiel, vigilad al general, que no se escape del carro_ordenó a los sanadores tras lo cual besó a su esposo.

_Ten cuidado, por favor.

_Descuida_y dicho eso azuzó a su caballo.

Arestel situó a Mergel y su grupo de arqueros en la primera línea. Ellos serían los encargados de disminuir el número de enemigos a los que la infantería de Nalik y la caballería guiada por Kabel y Arestel, se enfrentarían.

El sonido del cuerno del capitán de arqueros resonó en el valle de Rogrant, en una perfecta sintonía las cuerdas se tensaron y las flechas, con plumas blancas y negras, cayeron sobre el enemigo.

La respuesta de Lianatri no se hizo esperar, saetas con puntas de fuego llovieron sobre el ejército de Relengo, logrando que muchos de sus hombres se murieran o se vieran invalidados para combatir en esa batalla.

Arestel tocó su cuerno, era hora de que avanzara el resto de la tropa. Los arqueros se apartaron para dejar paso al rápido paso de los caballos, tras los cuales marchaba la infantería.

Pero, de repente, cuando ya se podía distinguir el rostro de los enemigos, una extraña mancha negra salió desde las arenas. Unos lagartos oscuros, seguramente criaturas del mismísimo Morgoth. Aquellos seres, crueles hasta el extremo se lanzaron contra las tropas del Realengo que veían como su número iba disminuyendo por momentos.

Arestel no pudo manejar a su caballo, el cual corría encabritado huyendo de las terribles criaturas, hasta que una de ellas se arrojó contra sus patas, derribando al pobre animal. La Regente se vio entonces rodeada de un cruel espectáculo, y de improviso un lagarto lanzó su espantosa fauce contra el brazo y hombro izquierdo de la mujer. Arestel desenvainó su espada, y a duras penas logró reunir fuerzas para asestar un fuerte golpe al oscuro monstruo que cayó fulminado al suelo.

_¡Ay! Señora, no llegué a tiempo_era la voz de Astaroth, su guardia personal que no paraba de mirar la herida.

La roja sangre contrastaba con el palido tono de la piel, su brazo izquierdo estaba completamente destrozado, observó el resto. Su ejército no resistiría el embate de aquellas criaturas y fue en aquel instante cuando decidió la suerte de la batalla.

_Yo he enviado a mis hombres a luchar contra un ejército, no contra lagartos_exclamo_ ¿Qué enemigo es este, que no se digna a pisar el campo de batalla, Astaroth?. Malos tiempos corren para Arador, pues los grandes señores de Liantari han perdido la nobleza que albergaban en su pecho.

Arestel tendió el cuerno a su guardia.

_Toca retirada, que a mi apenas me quedan fuerzas.

Y así fue como la IV Compañía del Relengo de Farothdin fue derrotada en su primera batalla en las tierras de Liantari.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 11-02-2007 23:04]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Realengo de Farohdin ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.

Recuperables: 245 puntos.

Valoraciones: 8,2+8,5+8,8+8= 8,375

Recupera: 205 puntos. Los dirigentes de la compañía sufren daños por el 35%, por este concepto recupera 123 puntos. Total recuperación: 245 puntos.

Se aplica una sanción por la demora en la publicación de la historia de 3 armadas, 105 puntos.

Pierde: 350 puntos.

Liantari Dimbar ha perdido 4 armadas x35= 140 puntos.

Recuperables: 112 puntos.

Valoraciones: 8+6,4+8,8+8= 7,8

Recupera: 87 puntos.

Pierde: 53 puntos.

Realengo de Farothdin entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.