La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 68. C4 Liantari Dimbar Vs C2 Heren Fanyarëa.

2007:02:12:19:44:31

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 14

Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 16

Victoria para Liantari Dimbar.

Tilmarion

Situados en una de las plazas del laberinto de Danza de Espejos más elevada, y por tanto más próximas a la capital enana de Gathol Kheled, las fuerzas de Liantar Nimbar guardan posiciones. Su misión, detener el avance de las fuerzas de Heren Fanyarë. Sin embargo un pesado velo de silencio cubre el campamento…

“Las tropas están cansadas, agotadas. Los orcos no dejan de quejarse y los hombres están cada día mas callados, solo los enanos están algo a gusto en las cavernas. El ambiente de cada día” piensa Tilmarion para sus adentro. Finalmente se dirige donde esta Ohtaránë, y rompiendo el denso silencio le pregunta por su estado después de la ultima batalla; pregunta trivial, aunque a fin de cuentas en su última estancia en las Casas de Curación el elfo vanyar no se lo había encontrado, ya que por lo visto sus cuidados habían sido más intensivos, manteniéndolo varias semanas fuera de filas.

Ohtaráne : - Me siento algo mejor, solo necesito algo más de descanso. ¿Y tu?-.

Tilmarion (sonrié): - Algo cansado también, ¿pero quien no ha estas alturas?… Sin embargo estoy algo más preocupado por las tropas. Necesitamos una victoria o la moral de nuestros hombres seguirá decayendo -.

Ohtaráne: - Estoy de acuerdo, y puede que podamos hacer al final algo para ello. Algunos de los enanos dicen que podemos hacerles creer a los de Heren que no estamos retirando y luego atacarlos con algo de suerte por la retaguardia, con ayuda de los pasadizos de espejos… Después de todo ellos conocen muy bien estas cavernas ya que esta muy cerca de su hogar, deberíamos fiarnos de ellos -.

Tilmarion: - Lo que hagamos hagámoslo, pero rápido. Las fuerzas de Heren se acercan a nuestra posición y aún no tenemos nada listo… esperemos que este plan tuyo sea mejor que nada, personalmente nunca me fiado en gran grado de estos taburetes testarudos de frondosa barba -.

Dicho esto, ambos se preparan para la batalla. Tilmarion enfundándose en su lujosa coraza ligera de sus tiempos como miembro de los cazadores de Oromë, guardando en su cinto espada y dagas, y armándose con su arco tras echarse al hombro el carcaj de finas flechas y fijar con un delgado cinto su larga y dorada cabella. Ohtaráne por el contrario ataviado con sus viejos ropajes, se ciñe un desgastada pero aún fuerte armadura del ejercito liantari, y se arma de arco y carcaj de flechas hechas por entero de frío acero. Caras contrarias de una misma navaja.

Listos para la batalla, reagrupan del mejor modo a las tropas en dos grandes túneles del laberinto. Tilmarion comandando al grupo de haradrims y Ohtaránë comandando el grupo de orcos; en ausencia las huestes enanas, enviadas a través de los túneles para caer sobre el enemigo tal y como se había planeado.

* * *

Apostados los hombres, solo queda la espera. A la llegada invasora comienza la cruenta danza; danza en las que las fuerzas de Heren atacan con gran fuerza y habilidad, el aliento de las ultimas victorias animan sus corazones, latiendo con una fuerza capaz de todo… Un grito extraño surge desde las profundidades de la caverna, un sonido conocido, una voz cantaba…y alentaba a las tropas, era Orodril. El carnicero de Orniâth y homicida de Caras Aelin había llegado y estaba animando a sus tropas.

* * *

Después de la Batalla, Tilmarion se dirige a las Casas de Curación en busca de sus compañeros herido.

Tilmarion: - ¿Como estan Orodril y Ohtarán? -.

Ohtaráne se levanta lentamente, esta herido como estaba con un corte en el hombro derecho: - Bien Tilmarion y como están las tropas dime -.

Tilmarion: - Bien, bien, todo bien -.

Orodril se levanta aún conmocionado por el golpe en la cabeza, que por añadidura había dejado una profusa marca amoratada en la mitad diestra de la frente; su voz un tanto nerviosa inquiere inquieta: -¿Habrás enviado batidores y espías a ver la posición de nuestro enemigo? y los heridos, y el campamento todo estará listo espero-.

-Claro que si Señor, aunque me sorprendió mucho sus palabras y ofrecimiento en batalla, cuando gritasteis: “Al hombre, enano u orco que mate más hombres de Heren o mate a alguno de los capitanes enemigos le ofreceré en bandeja la mejor de las noches”-. Tilmarion sonríe: - Según pude ver, Ohtaráne lucho con mucho denuedo, así pues os dejo solos con vuestras cosas… prometo no decir nada a los demás señores liantaris -.

-¿De que hablas?- clama Ohtaránë arrojando a su vez su almohada a Tilmarion, la cual lo golpea.

Todos ríen, pues es una victoria y por hoy la capital enana es segura aunque no saben si estará así por más tiempo. La cara de los tres elfos se oscurece en pensamiento sobre lo que pueda ocurrir.

Orodril:- No importa lo que pase, Liantari no caerá y nosotros nos encargaremos de ello -.

Ohtaráne: - Desde luego la defenderemos con nuestra sangre -.

Tilmarion sonríe: - Desde luego, y con las promesas y ofrecimientos de Orodril seguro que la próxima vez también vencemos -. Pero al morir su risa, un velo serio cubre sus palabras: - La batalla fue muy difícil, las fuerzas de Heren estaban muy bien formadas y todo parecía que de nuevo se estaba poniendo negro para nosotros. Cuando llegasteis Orodril, por la retaguardia de las tropas de Heren, con el grupo de enanos que mandamos, seguro que los capitanes de Heren pensaron que habían llegando más fuerzas desde la capital de Gathol Kheled. Seguro que con el reflejo de las paredes de la caverna el pequeño grupo les pareció un sin numero de enanos listos para el combate eso hizo que ellos dudaran. Nunca pensé que las cosas saldrían así, pero fue muy divertido ver a los de Heren pensar que estaban rodeados por dos ejércitos, y superados en gran número. Creo que eso fue la causa de su retirada -.

Ohtaráne: -Para mi lo especialmente divertido es el momento en que te caíste Tilmarion… jajaja… fue muy gracioso ver tu rostro en el suelo de la caverna -. Añade el elfo con tono desenfadado.

Tilmarion lo mira…: - Si, pero por lo menos salí ileso de la lucha. El poder de mi espada no tiene igual -.

Ohtaráne (sonríe con una risa irónica) - Si seguro, será que no vieron necesario herirte para incapacitarte -.

Las carcajadas de Ohtaránë y Orodril fue contemplada con aire molesto por el rubio elfo:- Si, si, aunque nunca olvidare a vosotros dos abrazados al final de la batalla, en la camilla -.

Orodril:- Serás sucia rata, si fuiste tu quien nos metisteis ahí a ambos. Para aprovechar el mayor número posible dijiste. Bien pude haber caminado de regreso, me habría librado de esta anécdota -.

Ohtaráne: Lo mismo digo, aunque con las heridas que teníamos no creo mucho en ello -.

Tilmarion:- Bueno descansad vosotros dos, yo me ocupare del campamento, y no quiero que hagan nada raro… Si la reina de Nasta Netula Men se enterase de lo de ustedes… que lío se armaría en Liantari Dimbar por el romance de dos de sus mejores capitanes -.

Ohtaráne:- Oh, cállate, no digas más tonterías -.

Orodril:- Ten cuidado de las palabras que viertas con tu viperina lengua, las gracias son una cosa, pásate de la raya y aguarda las consecuencias -.

- Jajaja -.

Tilmarion marcha con una sonrisa en los labios, quedan muchas cosas por delante, pero de momentos los amantes bien tranquilos podrán descansar.

Alsenot

Alsenot caminaba por la oscura y húmeda cueva. Su vista, aguzada por sus aguileños sentidos, distinguía a la perfección los recovecos que aquellos extraños túneles dejaban entrever.

Hacía ya un tiempo que había encontrado aquellas rutas, y también hacía tiempo que había descubierto que conectaban directamente con varias de las montañas Esteldili, por vía subterránea. De ese modo, Naredhel había tenido ocasión de regresar desde la ocupada Esteldor hasta casa, en dónde había previsto un ritual que ni el mismo Alsenot podía llegar a entender.

Pero él no se había quedado a contemplar el espectáculo: su comandante, Gimbur, estaba enfrascado en un asedio imposible por órdenes suyas. Una estrategia costosa, destinada a ganar el control de la capital de Liantari. A pesar del éxito de su maniobra, Alsenot no podía eludir la responsabilidad de acudir en ayuda de aquellos a los que había sumido en una campaña imposible.

Eran ya cuatro los días que transcurrían entre húmedas grutas y pestilentes vapores. Aquel viaje en solitario no era para Alsenot nada nuevo: estaba habituado a moverse de un lado para otro sin dificultades, en forma de águila. En esa ocasión, sin embargo, había escogido las grutas como carretera de acceso, pues le permitirían llegar sin ser anunciado, y, de paso, conocer en más profundidad los estrechos senderos que las interconectaban.

Desde hacía unas horas, un hediondo olor había invadido el ambiente. La pestilencia, que bien podría haberse debido a un pozo de azufre, parecía sin embargo tener origen orgánico. El hombre-pájaro no bajó la guardia: sabía perfectamente que las minas inexploradas eran con frecuencia refugio de orcos, trolls, y otras criaturas oscuras.

En aquella parte, la mina tenía aspecto de haber estado habitada en el pasado, probablemente por enanos, pues había columnas, la mayor parte derruidas, y algunos marcos que daban a entender puertas del pasado. Los túneles estaban estructurados, y se abrían en varias direcciones, aunque en su mayoría estaban colapsados a los pocos metros. Alsenot no estaba seguro de ir a hallar una salida por allí, pero si no funcionaba siempre tendría tiempo de invertir el camino...

**

El ataque llegó por la izquierda, sin previo aviso. A pesar de su colosal tamaño, la bestia que se abalanzó sobre él había logrado mantenerse oculta hasta estar Alsenot a casi un metro de distancia. Sin previo aviso, el enorme troll dio un salto hacia delante, y barrió con un pesado mazo todo su arco frontal. Alsenot, sin embargo, no se dejó sorprender. Con un salto hacia un lado, rodó por el suelo, saliendo de la trayectoria del pesado mazo. Al tiempo, desenvainó su espada, y encaró a la criatura: tres metros de escamas concluían en un rostro tosco. Pesada y fea, la criatura se movió con movimientos de aspecto torpe, pero bastante precisos como para poner en peligro al Señor de los Hombres durante unos breves instantes. Pero fueron breves, pues Alsenot era rápido, y letal. De un salto, flanqueó a la criatura, la cual movió todo su peso en dirección a él; así, de un segundo salto se situó en su otro flanco, demasiado rápido para que la bestia reaccionase. El mazo volvió a barrer el aire, pero Alsenot apenas tuvo que agachar un poco la cabeza, y seguidamente golpear el flanco desprotegido, hendiendo una profunda herida en la pierna del troll. Herida, la bestia perdió toda movilidad, y cayó al suelo de bruces tratando de alcanzar a su rival con la zarpa. Derrotada, la bestia rugió de furia, y su rugido resonó a lo largo de toda la caverna...

**

- Entonces, ¿te agradan mis regalos?

El pesado y maloliente troll sonrió complacido, mientras emitía un gruñido que a algunos les habría parecido un ronroneo.

- Plumas bonitas, oh, sí. Mokgurr gusta plumas... y Mokgurr gusta también brillante oro.

- Tengo mucho, mucho más. Puedo darte todo el que quieras. También puedo ofrecerte a Pico-de-Águila. Es un penacho que sólo los grandes reyes son dignos de llevar.

Alsenot señaló el joven penacho que llevaba, que acababa en un pico de águila tallado en madera por los mejores artesanos de Nestnwelath. El troll lo observó con ojos avariciosos...

- Si, ¡Mokgurr gusta penacho! Mokgurr Rey de las profundidades, digno de llevar.

- Entonces, ¿querrás acompañarme? Podréis comer elfos...

- ¡Tiernos elfos! Mokgurr irá, Mokgurr acepta.

- Cuando la vela en el cielo se apague por segunda vez, entonces, estaréis en la puerta.

El troll gruñó en señal de asentimiento, y todos sus semejantes gritaron de júbilo por el festín de elfos que tendrían ocasión de disfrutar. Alsenot torció el labio en señal ambivalente.

Gimbur pasó el dedo por la hoja de su hacha, impaciente. Llevaban una semana estancados, incapaces de encontrar la maldita ciudad de Gathol-Kheled. El general Alsenot había ordenado tomarla hacía ya veinte largos días, después de que se confirmase la traición de Liantari Dimbar, por largo tiempo sospechada.

La victoria ante las huestes de Esteldor aún era reciente, y los soldados, agotados tras una larga campaña, regresaban ya a sus hogares en la lejana Felekgathol.

El comandante enano, Gimbur, era el encargado de dirigir a la mayor parte de aquel poderoso contingente enano. Una minoría elfa y humana acompañaba al pelotón, sirviendo como apoyo táctico para compensar la lentitud de movimientos de los enanos.

Una semana atrás, la compañía había entablado batalla contra las fuerzas de un general enemigo, que hasta hacía poco se había llamado aliado. A pesar de su victoria inicial, los hombres de Heren habían sufrido numerosas emboscadas que les habían provocado más bajas incluso que el propio enfrentamiento a campo abierto.

Siguiendo el consejo de su lugarteniente, Rialath, Gimbur había dado orden de avanzar hacia la ciudad de Liantari a través de los pasos montañosos, aprovechando que la guarnición había salido de ella para combatir a las fuerzas de Heren en la boca del paso, tratando de impedir sin éxito el acceso a la zona montañosa.

Con lo que Gimbur no había contado era con perderse entre las marañas de roca y los paisajes monótonos. La marcha era dura, ya que aunque el clima no estaba revuelto, aquella era una zona fría y seca, lejos de la calidez que poblaba las tierras Esteldili.

- Malditos sean los hijos de este país. ¡Y maldita sea esta roca con nombre de elfo!

Gimbur gritó, provocando que las rocas reverberasen con el sonido de su voz. Se sentó en una roca, respirando agitadamente, mientras sus soldados aprovechaban el momento para tomar un descanso. Rialath observó en silencio la reacción del enano. Estaba inquiero: hacía un día que sus batidores habían partido, y aún no habían regresado. Muy probablemente, el enemigo estaría ya encima de ellos, y no tener noticias de los batidores era sin duda una mala señal. Debilitados como estaban, difícilmente podrían hacer frente a un nuevo ataque de un rival que, además, conocía mejor que ellos el terreno.

- Deberíamos dar un descanso a los soldados. Llevamos dos días de marcha sin pausa, y no conocemos las rutas. Si nos emboscan ahora, sufriremos muchas bajas.

- ¡Ah, los humanos estáis hechos de mantequilla! ¿Dónde están tus batidores? Hace un día que salieron y aún no sabemos nada.

- Tengo tanta idea como tú. Pero mientras no regresen, no sabremos nuestra situación. Sería mejor parar, y descansar.

- Alsenot dio órdenes claras de conquistar la ciudad enemiga. Ah, ese maldito humano... ¡Aquí querría verle yo, aguantando el frío y marchando contra el enemigo!

La voz resonó a través de las grutas, reverberando con fuerza. Gimbur alzó el rostro con nerviosismo, mientras Rialath censuraba con el rostro la impaciencia del enano. La voz que sonó, sin embargo, no fue la Rialath, sino otra que todos conocían muy bien.

- ¿Aquí querrías verme? Entonces mi llegada sin duda te complacerá.

Alsenot estaba allí. Había llegado como siempre, sin hacer ruido, a través del viento. Sus alas habían desaparecido ya, y sólo quedaba de su forma aguileña su particular penacho de plumas. Gimbur se alzó del sobresalto, pero pronto recobró su vigor.

- ¡Maldito hombre-pájaro! ¿No puedes avisar de tu llegada, como todo el mundo? Debería darte vergüenza, aparecer sin más de en medio de la nada, después de casi un mes sin acercarte a nosotros.

- Otros asuntos urgían, y no era el momento de enviar una carta. Sin duda, no habría atravesado las líneas.

Ignorando los improperios del enano, el general de las fuerzas de Heren Fanyarea estrechó la mano de Rialath, saludándole con un gesto propio de los Ramalie.

Pasados los primeros saludos, Alsenot puso al día de los últimos acontecimientos a sus compañeros:

- No pude acudir antes en vuestra ayuda. Tras la traición, fuimos sorprendidos luchando contra los últimos resquicios de la resistencia de Esteldor, que se habían reagrupado en el bosque. Liantari cogió desprevenidos a nuestros aliados del Realengo, quienes tuvieron que abandonar su campamento, dejando Sornosune a merced del enemigo.

- ¿Sornosune ha caído? – preguntó Rialath con desasosiego.

- Los muros cayeron, pero la población se reveló. Con ayuda de la presión ejercida por nuestro ejército, las fuerzas del Realengo reconquistaron la ciudad, aunque aún se lucha en las afueras de sus murallas.

- ¿Qué más ha sucedido? ¿Qué hay de Naredhel, y de sus ejércitos?

- Las cosas no han ido del todo bien. Lyshon ha corrido una suerte parecida a la vuestra. Las laberínticas montañas le han hecho perder mucho tiempo. Logró hallar un paso que conducía a la ciudad de Iaur Abad, pero el enemigo se le adelantó, y le cerró el paso. Ha sufrido muchas bajas.

- Sí, estas montañas malditas son una trampa para cualquiera que no las conozca.

- Sin embargo, no todo son penurias. Bajo mis órdenes, el general Bohr, mi hijo, partió hace tiempo a manos de una poderosa armada, en dirección a Astan Neuma, la capital de Liantari.

- ¿Y qué ha sido de esa armada?

- Se reunirá dentro de poco con parte de las fuerzas de Naredhel. Nuestra sacerdotisa halló un paso antiguo a través de las montañas, que le ha permitido trasladar buena parte de sus fuerzas en dirección a nuestras tierras. La armada de mi hijo encontrará la capital enemiga sin defensas. – Alsenot sonrió con gesto de triunfo.

- ¿Sin defensas? – Gimbur no podía creerlo.

- Exacto. Nuestros rivales mordieron el anzuelo. Creyeron que serían lo bastante raudos como para replegarse desde Esteldor hasta sus tierras, y que podrían tomar nuestra capital sin demasiadas dificultades. En lo segundo acertaron, pero se olvidaron de a quién se estaban enfrentando. – el orgullo asomó en el rostro de Alsenot

- Entonces, ¿estas maniobras estaban planeadas?

- Claro. ¿No se te ha ocurrido pensar que habría sido mejor acudir directamente a conquistar la capital? Podría haber unido vuestras fuerzas con las de Lyshon, y haber puesto bajo asedio la capital de Liantari sin demasiadas dificultades. Pero de haberlo hecho, nuestros rivales habrían acercado sus ejércitos a su capital. En cambio, con las maniobras que os ordené realizar, alejé sus tropas de los pasos de montaña clave, y, en definitiva, de su capital. Al mismo tiempo, hablé con la sabia Arestel, quién dirigió sus fuerzas contra el comandante Uzbad. Ahora mismo han de estar luchando sobre una larga explanada, mientras Bohr toma sin dificultad el control de la capital enemiga.

Gimbur meneaba la cabeza con gesto de estupefacción. Rialath enarcó una ceja. Reconocía la habilidad de la maniobra, pero no podía evitar pensar en la letra pequeña.

- En resumidas cuentas, podemos decir que nos has usado de carnada.

- En cierta manera. Los pasos de montaña son posiciones bastante impenetrables si el rival efectúa una defensa adecuada. Además, vuestras compañías estaban muy debilitadas al haber empezado a volver antes de la caída de Esteldor, con lo que era muy improbable que lograseis penetrar los muros de una ciudad.

- ¡Maldito seas Alsenot, tú, y toda tu estirpe! – era el enano el que maldecía. – Usarme de carnada, ¡a mi! ¿Cómo te atreves? Siempre he servido fielmente a Heren y tú...

- Todos hemos tenido que hacer sacrificios en esta guerra, Gimbur. Además, he venido a acabar con la tarea que os impuse.

- ¿Acabar con la tarea? No veo el modo.

- Quizá todavía estemos a tiempo...

Una voz interrumpió la conversación. Uno de los hombres de Rialath se acercaba a toda prisa.

- ¡Señor, los batidores han llegado! Dicen que el enemigo está a menos de medio día de marcha de aquí. Son muy numerosos, nos superan en dos a tres, mi capitán.

Gimbur se recompuso. Alzándose en pie, gritó:

- Enanos, ¡el enemigo se acerca! Preparad vuestras hachas.

Las filas de enanos comenzaron a alzarse, organizándose a buen ritmo. Alsenot se rascó la barbilla, pensando. Fue Rialath el que le sacó de su ensimismamiento:

- No podemos enfrentarles, son demasiados. Deberíamos esperar a que cayesen sobre nosotros.

- No. Avancemos, tengo un plan.

- ¿Un plan?

- Lo veréis cuando lleguemos.

Alsenot sonrió. Confiaba en que Mokgurr acudiría: los elfos eran un festín demasiado dulce como para dejarlo pasar.

Apenas faltaban unas horas, y la comitiva avanzaba en silencio. Todavía era de día cuando, casi sin esperarlo, las fuerzas de Liantari y Heren se encontraron en un llano. ¡Liantari había mostrado, sin quererlo, la ubicación de su ciudad!

La batalla, en cambio, comenzó demasiado pronto. Las fuerzas chocaron y Liantari plantó cara, causando muchas bajas. Sin embargo, Alsenot instó a sus hombres a resistir. Al final del día, sucedió: los trolls llegaron, tal y como estaba previsto, y cargaron a Liantari por el flanco. Las fuerzas enemigas se retiraron entonces, aunque no sin haber causado grandes bajas. La estrategia había funcionado, pero demasiado tarde había llegado.

Los tres capitanes mostraban heridas relativamente superficiales. Aunque sangraban profusamente, todos ellos habían recibido golpes peores a lo largo de aquella interminable campaña, y ninguno se quejó.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Liantari Dimbar ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.

Recuperables: 392 puntos.

Valoraciones: 7,8+7+6+6,2= 6,75

Recupera: 265 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 370 puntos.

Pierde: 120 puntos.

Heren Fanyarëa ha perdido 16 armadas x35= 560 puntos.

Recuperables: 420 puntos, al hacer uso del poder especial de Alsenot.

Valoraciones: 8,6+8,2+7+8,8= 8,15

Recupera: 342 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 420 puntos.

Pierde: 140 puntos.

Liantari Dimbar percibe 300 monedas por la victoria en la batalla.

Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.