Herkeblam
Los Mercaderes
Al amanecer, los rayos de sol entraron por la ventana y dieron calor al rostro dormido de Herkeblam. El chico se frotó los ojos, se sentó en el borde de la cama, estiro las piernas tocando el frió suelo de madera, y se rascaba la espalda mientras bostezaba.
Junto a la cama había una estantería llena de diversos objetos, que los tenía hay para recordar momentos de su vida: trozos de madera chamuscada, piedras partidas –cuyo interior brillaba- y un collar con un cascabel recordando a Aur, diversos manuscritos recordando etapas de su vida como un lazo rojo de su madre, que había muerto hacía ya varios años mientras gozaban de una apuesta de sol, en un precipicio en el pie de las montañas de la nieve perenne, cuando se precipito al vació. El resto de la habitación estaba vacío; sólo había un pequeño recipiente con agua para asearse y una mesilla de noche donde, posaban el cinto y los broches de la capa y del cinturón de cuero. Al lado de la mesita de noche su espada Tyelpë y su arco Nár
Herkeblam se calzó las botas, se quedó mirando el suelo, pensativo. Era un día especial: casi a esa hora, hacía catorce años que su madre, había vuelto a Mirianost, para dar a luz a Herkeblam, para después partir a tierras lejanas y luego volver para morir.
Suspiro y se acerco al recipiente con agua, se lavó la cara y sintió un escalofrío cuando el agua le bajó por el cuello. Una vez que se hubo lavado, puesto el cinto, la capa gris sujetada con un broche con el símbolo de la casa de Bëor, sacó la espada de debajo de la cama y se la puso en el cinto. La espada regalada por el rey de las tierras Valandin, se la regalo hacia tiempo en la capital Ost-En-Aël. En el viaje en el que se había embaucado con Aur. Herkeblam salió de la habitación, pasó por el corredor principal esquivando diversos juguetes de Aur y entro en la cocina, donde se encontraba su tío Beracen –Los platos están puestos en la mesa Herkeblam- dijo su tío con voz alegre. Este inclino la cabeza para dirigir la mirada al plato de rico pollo.
Los dos se sentaron a comer en la mesa de la posada de “El árbol caído”.El chico saludo a su tío, y este lo miró con una sonrisa. Era alto, robusto, pelo largo y encrespado de color del fuego, muchos años mayor que Herkeblam, musculoso y esbelto, con las facciones en la cara muy pronunciadas.
-Me alegro de que hayas vuelto –sonrió Beracen -¿Qué tal el viaje?-
-Difícil –respondió-. -¿Te ha contado alguien lo que a pasasado?-
Se sirvió un trozo de pollo y lo devoró como si hubiera estado una semana sin probar bocado.
-No- contesto Herkeblam, por lo que el chico tuvo que dejar el muslo de pollo que estaba comiendo, ante la curiosidad que lo abordaba Beracen Empezó a decir –Hace varias noches, tres tipos encapuchados y una criatura que gruñía tampoco se le veía el rostro, entraron en la ciudad y los vieron con Ayla-. Herkeblam esbozo una mueca de duda mirando fijamente a su tío. El silencio se apodero de la habitación. Hasta que su tío pronunció -¿Has podido hablar con Ayla?-
-No- respondió este. Ayla es la amada de Herkeblam desde tiempo atrás.
-No, no pude, el padre de Ayla el carnicero del pueblo rondaba por allí, y a él no le gusta que un tipo como yo este con su adorable hija-. Herkeblam aumentaba la voz – Pero le dije a Narther que le diera un mensaje de mi parte-. Concluyo este mas tranquilo.
Cuando los dos terminaron de comer, Beracen, salió hacia la calle para abrir la posada que los padres de Herkeblam dejaron en su propiedad después de la muerte de estos, mientras que el muchacho subió a su habitación para liberar a Aur para que saliera a cazar y recoger la multitud de juguetes que tenía disueltos por el suelo. Cuando el chico terminó, bajó a la primera planta donde se encontraba su tío sirviendo en la posada y el chico ayudaba. El sol era frió y calentaba poco. Almacenaron toda la comida, y artículos que ponían en la mesa para los comensales, agua, platos, cuchillos, tenedores…etc. Tras horas trabajando, estiraron los agarrotados y doloridos músculos, satisfechos de haber acabado el trabajo.
En los días siguientes encurtieron, salaron, desvainaron y prepararon los alimentos para el invierno. Tras nueve días después del regreso de Herkeblam, una violenta tormenta de nieve se posó sobre la ciudad, una gran cortina de blanco cubría el campo Beracen y Herkeblam solo se aventuraban a salir de la casa para recoger leña para la hoguera que les mantendría calientes, por que temían perderse en medio del viento huracanado y el desolado paisaje.
Las horas pasaban, los dos apiñados en la cocina junto al calentar del fuego, mientras las ráfagas de viento hacían crujir los viejos tablones de madera. Al fin la tormenta cesó, al cabo de unos días, pero había dejado un extraño paraje sembrado de blancos cúmulos de nieve.
-Los mercaderes tal vez no vengan este año, debido al mal tiempo –dijo Beracen finalmente-. Y si vienen será demasiado tarda. Les daremos una oportunidad y los esperaremos antes de ir a Ost-En-Aël. La capital de las tierras de Helkelen Lára al este de Mirianost, junto al lado espejo.
A medida que pasaban los días sin rastro de los mercaderes, crecía la ansiedad en la casa. Cada vez hablaban menos, y en la casa reinaba un ambiente depresivo. Herkeblam deambulaba de un lado para otro pensando en los tipos encapuchados con los que Ayla estuvo.
Los mercaderes seguían sin aparecer por la ciudad, de vez en cuando Beracen se asomaba a las vacías calles de la ciudad por causa del frió y la nieve para ver si los mercaderes venían, pero, todas ellas sin suerte.
Esa misma noche en la madrugada, Herkeblam, se levantó con los ojos doloridos, bebió un poco de agua, bajó al piso de abajo y salió afuera a la calle. Dirigió la vista hacia el suelo y observo unos surcos y varias huellas de caballo en la nieve. Entro corriendo en la casa, se froto los hombros y corrió al piso superior a avisar a su tío.
-¡Tío!, ¡tío!, ¡los mercaderes han llegado!- dijo Herkeblam eufórico.
-¿Cómo?- dijo Beracen con voz apagada.-¿Los mercaderes, aquí?- concluyo con voz dormida.
-¡Si!, en la nieve hay surcos de ruedas de carros y de caballos-.Respondió el chico.
Beracen al darse cuenta de lo que su sobrino le decía dio un sobresalto. Se puso de pie, se calzo las botas, salio de la habitación hacia el pasillo y se asomó por la ventana y vio los surcos en la blanca nieve.
A la undécima mañana después de la vuelta de Herkeblam. El tío y él se encaminaron hacia la plaza central del pueblo para comprar los víveres, productos y utensilios que iban a necesitar a lo largo de lo que restaba de año.
