La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Heren Fanyarëa. Lómea.

2007:03:02:18:02:41

Lómëa Útyelnaike

Lo que empezó como un leve tamborilear de agua cayendo sobre acero se había convertido rápidamente en un repiqueteo que parecía estruendoso en el silencio de la lluviosa noche. Lómëa se irguió sobre los estribos de Hísië y atisbó a través de las columnas de caballería, buscando a Alkalabrindeth, situada en el flanco derecho y a Naredhel que se encontraba detrás. Volvió a sentarse en la silla y miró hacia delante otra vez, pero el aguacero que caía impedía precisar las formas que se encontraban varios metros más adelante, ni que tuviera vista élfica ni que no. De todos modos, era imposible pasar por alto la presencia del ejército de Liantari apostado allí. Las fuerzas ramalië habían intentado rodear a las otras huestes, pero no sabía en qué acabaría ese plan. Otro vistazo a sus soldados disipó sus sospechas acerca de su estado: todos morirían allí con todo su honor, pero saltaba a la vista que no estaban en sus mejores condiciones. La travesía en barco había sido, por decirlo de una forma sutil, ciertamente incómoda y agotadora.

Con un suspiro, Lómëa presionó levemente con las rodillas a su yegua, hasta situarse delante de las filas de caballería, que precedían a los piqueros. Un fugaz movimiento justo en el límite de su visión determinó que los arqueros se hallaban en sus puestos, y vio a Naredhel ocupar su lugar en donde estaba ella antes y la reina de Fanyarëa asintió apenas con la cabeza. Bien, le tocaría a ella hablar esta vez. Suspiró otra vez y habló a los soldados sin ambages, con la voz cargada de presentimientos más negros que la noche misma. Luego llegó el silencio, la elfa giró su montura hacia el ejército enemigo y a un movimiento de Nyére, Fanyarëa embistió contra Liantari. Sofrenó un poco a Hísié y vio pasar a su lado a Alkalabrindeth, veloz como una centella, los ojos llenos de fiera determinación. Más adelante divisó a Naredhel montada en su corcel rojo como la sangre que se vertiría esa noche. Y, para hacer estricto honor a la sinceridad, fue lo último que vio de la carnicería.

Esa distracción tuvo como resultado que uno de los elfos de Orodril cargó contra ella y fue tarde para cuando se dio cuenta. La lanza del jinete le abrió un tajo limpio pero profundo en el costado, pero lo peor fue la fuerza de la carga, que la arrojó de su montura y fue a dar con la cara en el barro. Su rival desmontó al ver que intentaba incorporarse y se encaminó hacia la elfa enarbolando el arma, listo para rematar su trabajo, mientras Lómëa tanteaba frenéticamente para encontrar su espada, hasta que la encontró. Asiendo firmemente la empuñadura, esperó hasta que su atacante se acercó lo suficiente y levantando a Nyére en el momento en que el elfo se erguía sobre ella, hundió la hoja en su vientre, casi hasta la empuñadura. El soldado inerte cayó sobre ella, porque no tuvo fuerzas para apartarse lo suficientemente rápido, y debió arrastrarse para salir de debajo del cuerpo. Con un ímprobo esfuerzo, se puso de arrodilló y dio la vuelta al elfo para recuperar su espada de un seco tirón que hizo que la herida del costado se abriera aún más. Apretando los dientes cortó un trozo de su camisa y se lo ató sobre el tajo a guisa de vendaje y comenzó a incorporarse.

Silbó para llamar a Hísië, pues no la veía por ninguna parte, y tratar de orientarse en medio de aquella danza mortal. No ver a tres pasos de distancia y, sobre todo, no ver a Naredhel o a Alkalabrindeth le ponía el corazón en un puño. Un movimiento apenas captado a su espalda le hizo saltar a un lado a tiempo de esquivar un hachazo proveniente de un enano tuerto, que sin embargo cambió la dirección de su golpe cuando vio a la elfa agacharse para esquivarlo, propinándole un fuerte golpe en la cabeza con la parte plana del hacha. El batacazo devolvió a Lómëa al barro otra vez, aunque sin la suerte de haber caído cerca de su espada en esta ocasión. Un pie calzado con botas reforzadas con hierro presionó su cabeza, hundiéndole la cara en el barro, mientras sentía como otro descargaba una fuerte patada en su espalda, dejándola aturdida de dolor, sintiendo que se ahogaba en el lodo, hasta que oyó relinchar a un caballo casi encima de ella. De repente, el pie que presionaba su cabeza desapareció, al igual que el que lo hacía con su espalda y levantó un poco los ojos a tiempo de ver como su yegua coceaba a uno de los enanos, mientras un piquero con el peto del Águila y el Vampiro se encargaba del otro. Un dolor sordo y amargo como la hiel se extendía por todo su cuerpo, y se abandonó a los suaves brazos de la inconsciencia.

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Las imágenes pasaban raudas por su cabeza, como borrones de colores, hasta detenerse en una. Se veía a sí misma, mucho tiempo atrás, cuando había visto a Vilwë por primera vez. Le había parecido un ser más allá de cualquier otro, con su gracia y su majestuosidad, su porte y su seguridad. Le había amado como a un padre, y él le había correspondido tratándola como a una hija, dedicándole todas las atenciones posibles.

Sin embargo, pocos sabían en verdad porqué teniendo a sus padres, vivía con su tío en Sornosunë y los que no tenían idea de sus razones, imaginaban que la joven maquinaba convertirse en la heredera de Vilwë, ya que este no tenía descendientes. Entonces, cuando el Rey de Heren Fanyarëa tomó por esposa a una humana y esta le dio un heredero, muchas damas y distinguidos guerreros sonrieron para sus adentros con sorna, regodeándose en la evidente contrariedad que sentía Lómëa al ver a Vilwë feliz con su hijo. Nada más lejos de la verdad, o al menos los motivos que hacían desdichada la vida de la elfa no eran los correctos.

Mucho tiempo atrás, en los interminables días de marcha al sur, donde más tarde se fundó el reino de Fanyarëa, muchas cosas cambiaron. Lómëa, hablando en medidas de edad élficas, era casi una niña, pero su madre planeaba ya lo que haría con ella cuando tuviera edad para casarse y se pasaba los largos y aburridos días de cabalgata soñando con lo mucho que intimaría su hija en la corte, siendo como era la sobrina de un rey. La niña se limitaba a mirar a su madre con el desapego propio de alguien a quien no interesan en absoluto esas cosas y sus pensamientos vagaban por derroteros totalmente opuestos. Tiempo después, las diferencias entre sus padres y Lómëa se volvió insalvable, hasta el punto en que Nieninkwë, su madre, se lamentaba profundamente de tener una hija tan poco ambiciosa, que parecía no desear nada. Le dijo que jamás conseguiría tener nada en la vida con esa forma de pensar, que si no se fijaba una meta no sería nadie ante el resto de la gente y que el poder entre los demás lo era todo. Puso mucho énfasis en estas últimas palabras, cosa que Lómëa jamás olvidó.

- ¿No tienes nada que responder a esto, Lómëa?- preguntó Nieninkwë a su hija, clavando en ella una mirada tan dura como las piedras del camino

La muchacha movió la cabeza de un lado a otro en gesto negativo. No era como ellos y nunca lo sería, de eso estaba segura. No le interesaban lo más mínimo los juegos políticos que tanto gustaban a la gente de su pueblo. Los entendía, sí, pero los evitaría todo lo que pudiera en el futuro, lo había meditado muy bien en su joven cabecita. No se parecía en nada a sus padres, cosa que había sabido desde siempre y que ahora venía a confirmar el tono duro pero a la vez desapasionado de Nieninkwë. Un tono apropiado para despachar un asunto molesto pero de poca importancia.

- Muy bien, aquí no hay nada mas qué tratar- dijo la elfa de mayor edad, haciendo una pausa durante la cual la observó con detenimiento. Luego volvió la vista al camino y , sin mirar a su hija, concluyó:

- De ahora en más tienes la absoluta libertad de hacer lo que te plazca. Eres libre de ir a donde quieras y de elegir tu propio camino. Yo, por mi parte, ya no tengo ninguna hija. Adiós.

Sin decir nada más, hizo virar a su montura y se unió a otro de los grupos de jinetes que marchaba en la retaguardia. Lómëa la observó irse. En el futuro, nunca más volvió a tratar con ella de ese tema ni de ninguno que las involucrara como madre e hija. El adiós de Nieninkwë (y el de Lómëa también) fueron las palabras de aquel día.

El distanciamiento de su sobrina con su familia llegó a oídos de Vilwë y este quiso ayudarla, invitándole a quedarse con él en el sitio que se eligiera como residencia del Rey y de su corte. Así fue que una vez estuvo terminada Sornosunë, Lómëa fue la princesa de aquél lugar. Creció bajo el cuidado del mismísimo Vilwë, quién la educó no solo en la intrincada política del reino, sino también para el combate. A su lado, la joven elfa se convirtió en una persona culta, aunque muy reservada y de pocas palabras. No se la veía sonreír a menudo, aunque la mayoría de estos gestos siempre eran provocados por la cercanía del Rey. Él supo compensar el cariño que sus progenitores nunca le dieron.

Los años, implacables, siguieron pasando y, sin que Lómëa se diera cuenta, la admiración y el afecto por Vilwë fueron convirtiéndose en sentimientos más grandes y más complejos. Pero el hecho que desencadenara la certeza de estar enamorada de él fue su matrimonio con la princesa de los Varna Rámar, ……… . Cuando supo la noticia de boca del propio Rey, la fuerza de sus sentimientos la golpeó de lleno. Aún así, supo esconderlos bien y Vilwë nunca sospechó nada acerca de lo que Lómëa sentía por él.

Poco tiempo después, el asesinato del Rey y su esposa fue el más duro de los golpes. Ella los encontró, en el Salón del Trono, apuñalados por la espalda. Largo rato estuvo sentada al lado de su Rey, estupefacta, hasta que pudo recuperar el habla y gritar para pedir auxilio. Ese día, su mundo se vació de color, todo se volvió gris y monótono. El reino se sumió en un caos tremendo, todos se echaban la culpa los unos a los otros, pero para ella ya nada tenía importancia. La nueva Reina, la sacerdotisa Naredhel, la sacó de su ensimismamiento, porque había que mantener unido al pueblo.

- Hazlo por él, Lómëa- le decía Naredhel-. Hazlo por el heredero, que es una parte de él. Vilwë vive en ese niño.

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La solapa de la tienda se agitaba con el viento y producía un sonido parecido al restallar de un látigo. Lómëa abrió los ojos y se encontró acostada en un camastro. Se removió un poco y sintió un agudo dolor en el costado, y por si fuera poco, la cabeza le daba vueltas como una peonza. Poco a poco se incorporó hasta quedar sentada y apoyar los pies en el suelo. El esfuerzo le hizo ver lucecitas blancas y el dolor de cabeza se intensificó. Cerró los ojos un momento para ver si el dolor disminuía.

- Por fin despiertas- dijo una voz musical que identificó como la de Naredhel. –Alkalabrindeth estaba preocupada por ti, decía que ya dormías demasiado.-

- No era mi intención causaros preocupación alguna- fue la respuesta de Lómëa, con un dejo irónico en la voz.

- ¿Sabes? No estoy tan segura. Todo indicaba que haber muerto en el enfrentamiento no hubiera sido un resultado que te disgustase-.

- Mi entrenamiento me ha preparado para poner mi vida en cada batalla. Cualquier soldado corre ese riesgo. Creo que eso es algo que no necesitas que te recuerde, Fanyarëtári.

La bofetada de Naredhel la tomó totalmente desprevenida. Estupefacta, levantó la mirada hacia la Reina y la contempló en silencio. Una cólera fría y perfectamente controlada teñía la voz de la elfa Vanyar.

- No eres más que una niña estúpida y mal criada que cree que lo sabe todo acerca de la vida. Deberías sentir vergüenza de tu comportamiento. Y no, no necesito que me recuerdes cuáles son los peligros de una lid- terminó Naredhel.

- Heri, yo no quería...

- Cállate- la interrumpió Naredhel, sin levantar la voz. -¿Qué creías que ganarías separándote de la tropa y yendo tú sola contra los soldados enemigos? ¿Fama? ¿Gloria?-

Lómëa movió la cabeza en gesto negativo.

- ¿Entonces?- prosiguió la Reina-. ¿Qué querías? ¿Morir para reunirte con él?

- No sé con quién habría de reunirme ni en dónde, Heri- fue la respuesta sumisa de Lómëa.

- No quieras hacerte pasar por tonta, porque no lo eres. Sabes perfectamente de quién hablo y de qué hablo- había dureza en el tono de Naredhel. – Tampoco es la primera vez que tenemos esta conversación, aunque aquella vez fue en otras circunstancias. Olvida todo lo que quieras, haz lo que quieras, pero jamás olvides que te debes a tu pueblo. Nunca.-

- Sí, Fanyarëtári- las palabras que salieron de los labios de Lómëa fueron casi inaudibles.

- Bien. Descansa, duerme un poco. Te necesito recuperada lo más pronto posible.-

Naredhel se inclinó hacia la princesa de Sornosunë y le dio un beso en la frente, y despidiéndose con una luminosa sonrisa, salió de la tienda, dejando a Lómëa rumiando la conversación que habían mantenido hacía unos instantes.

Al rato, la elfa volvió a echarse en el camastro y pronto se quedó dormida. No tuvo sueños, ya no los había para ella porque hacía mucho que los más anhelados se habían esfumado.

[Editado por Vardilme el 01-03-2007 03:08]

Kelusse

Este personaje recupera un 35% de vida.