Narquelië
-Sólo cuando sea necesario lo haré-susurró una voz.
Enseguida la reconoció, era ella misma repitiéndose el guión, un dialogo entre su alma y la muerte blanca…
Los velos rojos y los pañuelos del mismo color revoloteaban en la sala
pintando con gracia cada movimiento que ella haría cuando entrara en acción.
Sabía que todos esperarían sus manos moverse al llegar el primer sonido y su compañero la tomaria de la mano, temiendo volver a errar mientras ella dejaba que la música la llevara, al mundo dónde pertenecía
La humana abrió sus ojos y vio a su lado al prometedor hombre que volvía a
llamarla a danzar, sabiendo que perdería y que el canto de ella, cuando acabara la canción volvería a hechizarle mientras sus garganta lo cantaba en
silencio tras su mirada oscura y sincera, en apariencia.
Ella simplemente asintió y dejó que su cuerpo se deslizara sobre los pocos
escalones que la distanciaban del suelo. El salón quedó en silencio en su mente, cuando sintió el primer sonido como un dulce hilo que comenzaba a
moverla fuera de tiempo y espacio.
Sentía cada nota, cada leve murmullo moverla como un títere, toda la corte la miraba, casi sintiendo la locura de sus movimientos, mientras sus mangas silenciaban la danza que sus ojos hacían con suma dulzura. No era para menos, para ella no existía nadie, ni siquiera su compañero, no existía nada más que los sonidos, emitidos por aquella mujer, que al igual que ella, se alejaba del mundo real, su alma vibro con el estruendo de la música y unos hilos tan etéreos como el viento la movían haciéndole transpirar, haciéndola llorar de la emoción porque la adrenalina carcomía sus venas en cada movimiento improvisado, que la alejaba más de aquél salón. Entonces y por obra de su propio destino, sintió como su alma se dividió en dos, dejando al cuerpo moverse y a su espíritu elevarse por los aires. Admiro por fin, el mundo intangible y trasgresor de su propia danza.
“El jardín de aquella mañana volvía a su mente, su perfume y la luz que
escondían los jazmines que ella cuidaba bajó la tutela de su padre. La tierra entre sus manos, el sol que comenzaba a mallugarle el rostro y las pequeñas gotas de sudor que emanaban de su frente, su padre la miraba sentado, cantaba una dulce melodía, que no podía recordar.
-Levántate hija mía- la voz de su padre, le atravesó el espíritu, como una flecha atravesando carne y hueso- Ya es suficiente por hoy, el jardín estará listo para el día de tu nombramiento.
Ella asintió en silencio y se quitó el delantal, en el umbral del hermoso patio, apareció un hombre, el mismo, que bailaba ahora junto a ella, ahí en el mundo de los vivos. El caballero hizo una reverencia y se acercó a ellos, el rey se levantó y posó una mano en el hombro del joven, una mirada se asomó por las ventanas de su alma, ¿acaso había temor en ellos o tal vez un ápice de odio y rencor?; se vio así misma, indiferente al hecho que sucedía enfrente de ella, se lamento, por ser tan tonta y no ver lo que veía ahora.
-Os dejo solos, tendrán mucho de que hablar-alcanzó a decir su padre- Elenoriën cuando termines, sube al salón, tu madre quiere ajustar los detalles de esta noche.
El rey dio media vuelta y salio del jardín, el joven se acerco mas a ella, le quito un mechón de la cara… El espíritu de la mujer ardió, sin embargo no podía hacer nada, aquello solo era una visión, tan efímera como el vuelo del halcón.
-Estas sucia-le dijo, después adelantó su boca para besarle los labios, pero la muchacha hizo la boca a un lado, de forma que el roce de aquello labios, solo tocaran sus mejillas-¿Así que no dejaras que te bese, hasta que estemos en el lecho nupcial?
Narquelië sonrió y se sentó en la banca, el calor del cuerpo de su padre, aun latía en la losa de marmol, el muchacho la imitó.
-Quien diría que la heredera gris, tomaría por esposo al señor de la casa roja-la tomó por el brazo y le susurró en el oído- Yo no creo que la princesa Elenoriën sea tan inocente.
-Cuidado con lo que dices Mersirion-le contestó la muchacha, retiró la mano de su brazo- Porque la inocencia de la futura señora de tu pueblo, podría romper el compromiso.
Un velo de pánico, cubrió por breves segundos, la cara del hombre; suspiro y tomo de la mano de Narquelië.
-¿Bailaras conmigo esta noche?-le preguntó, cambiando drásticamente de tema.
-Sabes que sí, es la única forma de anunciar la boda frente a toda la corte…”
La música cambió, como la marea en luna llena, la voz de la intérprete la instó a seguir y su tono se alzo más, sobre los espíritus de aquella gente, que observaban, como poco a poco, su danza ensombrecía a la de acompañante…
“La oscuridad la envolvió, como al único ser que caminaba por el pasillo, su espíritu ardió otra vez, en llamas de la ira y el rencor, ahora entendía la visión. Otro ser apareció de repente, saliendó al paso del joven, era el rey y en sus ojos no había temor.
-Me parece caballero Mersirion, que su plan para hacerse del pueblo del sol, ha fallado-le dijo el rey.
-Al contrario su Majestad.
Cuando el rey se dio cuenta, ya era demasiado tarde, el Señor de la guerra, le enterró un puñal en el estomago, el hombre cayó de rodillas, mientras Mersirion le enterraba mas la daga, haciendo que se retorciera en los brazos del dolor.
-Tomare Elenoriën por esposa y después, matare a la reina y a su hijo- la voz del asesino retumbó en los oidos de la victima, dejandó paso a una sombra de panico en sus ojos- Cuando nazca mi heredero, destruiré la casa brillante y los hombres, gobernaran a los Noliënar, como siempre debió ser.
Narquelië vio como el espíritu de su padre abandonaba su cuerpo para siempre y se volvía intangible, de una forma similar a la de ella, el espíritu brillo frente a sus ojos y desapareció, como las estrellas fugaces en el mar de la noche.”
Sintió como su cuerpo la jalaba hacia el mundo tangible, su acompañante trataba en vano de ponerse a la par de su danza; el ritmo aceleró el paso y el clímax de su movimiento tocaba a las puertas de su ser, la sangre hirvió como el magma de la tierra, sus brazos respondieron como remos del barco que conducía su alma, la caderas giraron, mientras lo pies apenas si tocaban el suelo, moviéndose de forma tan sublime, que ni siquiera los dioses le siguieron el paso. Y el destino le hizo justicia, por que mientras bailaba, sus manos le quitaron el arma a su pareja y la clavaron, justo en el mismo punto, de dónde se escapo el espíritu de su padre, hacia las estrellas.
De repente la intérprete dejó de cantar y poco después cayó desmayada en el piso, Narquelië sintió entonces la daga en sus manos y la sangre aun caliente entre los dedos, el sudor emanaba de todo su cuerpo, como si hubiera llorado por la muerte de su amado padre, todos miraban atónitos la escena, su madre-la reina- se había levantado sorprendida, ante lo que acaba de hacer su hija. Pero Narquelië no soltó el puñal, señalo al asesino del rey y después le clavó el arma en la yugular, el rojo de la sangre, contrasto entonces con el vestido, poco a poco, un mar rojo inundo el piso.
-La muerte del rey ha sido vengada- alcanzó a decir la muchacha, antes de desvanecerse en el piso, exhausta y con el espíritu destrozado, por lo que acaba de ver. Su cuerpo se lleno de la sangre del difunto prometido, entonces y por inercia, las manos soltaron el instrumento de la justicia.
Narquelië ya no escuchó las voces ni los gritos que se alzaron en el salón, levantaron su cuerpo y el de la cantante y los llevaron a las habitaciones reales, mientras que el cadáver del asesino fue llevado afuera, los guardias lo aventaron por las escaleras del palacio, mientras el pueblo miraba absorto, al ultimo de los príncipes de la casa roja, bañado en sangre, haciéndole poco honor a su casa materna.
Cuando los sueños abandonaron su espíritu y la heredera al trono despertó, sólo fue recibida por ropas negras, la muerte la saludaba y esperaba paciente en la puerta de sus aposentos; los sirvientes la vistieron con cuidado, le adornaron el cuello, con hermosas joyas y limpiaron su rostro, con el perfume de aquellas flores, del jardín que nunca terminó. Los mozos la condujeron al salón y mientras caminaban, Narquelië sintío a una presencia blanca, muy parecida a la muerte, pero de índole divina, una maiar que la estaba vigilando.
-Sólo cuando sea necesario lo haré-susurró una voz.
Enseguida la reconoció, era ella misma repitiéndose el guión, un dialogo entre su alma y la muerte blanca y la muerte le sonrió complacida…
Se alzaron los cantos dedicados al viento, la casa gris, lamentaba la perdida de su señor y rey, las trompetas llamaron por ultima vez a la ave majestuosa, señora de los vientos y del cosmos. Una luz ilumino las estrellas, la señora de la esperanza, bailaba con sus hermanas, llorandó la muerte del rey de los Noliënar.
La reina alzó sus manos y los cantos de la casa brillante, hicieron sus aparición, mas su voz no reinó sobre las demás, la tristeza embargaba su alma y su rostro se mostraba impasible, como el de su hija, que miraba absorta, los fuegos que consumían lentamente el cuerpo de su amado padre. Y la muchacha distinguió como unas aves tan negras como la oscuridad misma, le miraban desde las sombras, esperando, esperándola a ella.
-Quariel-se dijo así misma, nadie escucho aquel leve murmullo, que invocaba a la asesina que un día llegaría a tocar a las puertas de su alma.
