La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Liantari Dimbar. El Mago (2ª Parte).

2007:02:17:08:13:30

Luiniel

El viento corría libremente bajo unos pies ligeros e infatigables. Se deslizaba juguetonamente entre cuatro cabelleras brillantes. Sobre las suaves llanuras correteaban los elfos, reían con todo. Sus ojos brillaban de alegría entonando una canción silenciosa. Cada sensación volvía a ser nueva aún cuando venía acompañada de un torrente de recuerdos. Se regocijaban con el canto de las aves, con el murmullo del agua, con las flores que despiertan después del invierno, con la vividez de los colores, con los traviesos jirones de nubes... en realidad, con todo. El mundo les parecía nuevo y hermosos como quien lo ve por primera vez.

Ya se ocultaba Anar cuando se sentaron a descansar en el amparo de una pequeña arboleda. Se miraron con una sonrisa de oreja puntiaguda a oreja puntiaguda. Su aspecto ya no era tan maliciento como lo había sido en la oscuridad.

- El aire fresco es un buen remedio para todo mal – dijo uno que parecía el principal del grupo.

- ¡Claro que sí! Pero con el frío de la noche, ¿nos deleitaría nuestro ilustre mago con una fogata? – repuso un elfo de tez morena, el más alto de todos.

- Por supuesto, maese Árendur. Traed leña y yo haré el resto.

- Vamos Árendur, - dijo un tercero, un sinda muy amigable, antes de que su amigo pudiera contestar – yo te acompañaré.

- Vamos pues Thaliondal.

Ambos se levantaron y se alejaron.

Lentamente descendía Anar por los cielos deteniéndose un momento más en el Occidente. Los últimos rayos iluminaban el rostro del alto noldo que había quedado allí, su negra cabellera y sus ojos color miel resplandecían renovados. Más allá estaba una bella elfa recostada sobre la hierba, su rostro reposaba tranquilo con los ojos cerrados.

- ¿Qué ocurre Ilmarë? – preguntó el noldo sonriente, nunca la había visto tan relajada.

Los cabellos dorados de la elfa caían rebeldes sobre sus ojos verdes cuando los abrió y los fijó en los de él.

- Nada, estaba pensando en qué haremos ahora.

- ¿A qué te refieres?

- No me malinterpretes... pero creo que continuaré sola.

El elfo la miró desconcertado, “¿Después de todo...?” pensó.

- En verdad te agradeceré por siempre por haberme sacado de... ese lugar, aún cuando casi arruino su plan... Pero no puedo quedarme.

- ¿Por qué no?

- Para empezar no sé nada de ti... ni siquiera tu nombre.

El silencio se volvió insoportable mientras duró, es decir lo que parecía una eternidad. Pero en realidad pronto llegó el murmullo de unas animadas voces, eran Árendur y Thaliondal cargando una gran cantidad de troncos muertos. Ilmarë volvió a cerrar los ojos cuando los vio, sin prestar atención a los tres elfos. Ellos mientras tanto, hicieron una pila con unos pocos maderos.

- Bien, ahí está – dijo Árendur sacudiéndose las manos impacientemente, siempre se ponía así cuando se trataba de ver los poderes del noldo.

- ¡Nár á ulya! – susurró el mago.

Al instante las llamas brotaron azuladas de la madera. Hubo un par de murmullos de asombro.

- ¿Cómo lo haces? – preguntó Thaliondal sorprendido.

- Primero tengo algo que contarles y luego se los explicaré.

Ilmarë se levantó de golpe y se sentó alrededor del fuego con los otros, - ¿Lo harás? – dijo.

- Si, ya es hora. – suspiró – Mi nombre... mi nombre solía ser Alcarion, parece un mal chiste ahora. No soy de aquí, nací en Aman, en Tirion y vine arrastrado por la locura de Fëanor, sin embargo llegué junto con Fingolfin tras sobrevivir en Helcaraxë. En Beleriand fui un orgulloso soldado de Hithlum.

“Pero eso no importa porque durante la Dagor Bragollach lo perdí todo... fui capturado por el enemigo – un brillo extraño cruzó por sus ojos –, en burla de mi nombre me eligió para uno de sus experimentos.

- ¿Experimentos? – dijo Ilmarë con horror

- Si, Morgoth no sólo buscaba ampliar sus fuerzas sino también hacerlas más eficientes. Tenía un grupo de hechiceros a su servicio.

La sombra de Alcarion relató brevemente como Randil, el hechicero, acudía a su celda para aplicarle unos ungüentos mágicos y como le entregó su libro el día anterior a su muerte.

- ¿Por qué te dejaría algo así, si eras su prisionero? – preguntó Árendur

- Lo mismo me pregunté yo cuando empecé a ver su contenido. Era un diario en el que anotó todos sus descubrimientos acerca de la magia, desde cosas sencillas como lo que acabo de hacer hasta la maldición que pesa sobre mí.

“Él era un hombre muy ambicioso, de la casa de Hador, además tenía afinidad para lo que hacía. Lo más interesante es que al principio nunca pensó en utilizar sus poderes a favor del Señor Oscuro, por lo contrario, deseaba destruirlo.

“Poco a poco sus intenciones cambiaron, fingió estar muerto para sus parientes y amigos y emprendió el viaje hasta Thangorodrim; debió necesitar todo su valor para franquear esas puertas... después tuvo que probarse frente a Morgoth, eso no fue un problema pues sus poderes se incrementaban cada vez más. No obstante, su alma se volvió cada vez más negra y con eso decayeron sus habilidades también... simplemente terminó sirviendo a quien más quería destruir, a menudo se arrepentía de eso en su diario.

- ¿Tienes ese libro aún? – dijo Árendur

- Aquí está – dijo sacando un pesado volumen de la nada.

Se lo pasó a Árendur, éste y Thaliondal empezaron a hojearlo.

- Espera, - dijo Ilmarë - ¿Qué te hicieron?

Los otros dos regresaron dejaron el libro de lado para escuchar mejor.

- Quisiera decir que fue un experimento fallido, como afirma ahí – respondió el noldo señalando el libro - ...pero si hubo efectos. Este control de la magia... – su mano se llenó de fuego azulado pero no le hizo daño – no es normal.

- ¿Y qué tiene de malo? – dijo Árendur

- Hay efectos secundarios... – se levantó los harapos que quedaban de las mangas de su camisa, tenía unos escamas rojas como de dragón. – Sólo ocurre en las noches.

Silencio.

- ¿Ti...tiene cura?

- Si, pero es casi imposible... Debo encontrar algunas cosas antes... y antes de que se siga expandiendo. – se volvió a cubrir los brazos.

El cielo estrellado brillaba sobre sus cabezas mientras se miraban sin saber que decir.

- Yo iré contigo – dijo Ilmarë

El noldo sonrió, “Hubiera esperado eso de Thaliondal” pensó.

- Yo también – dijo el sinda.

- Y yo – terminó Árendur

- Pero primero, - repuso la elfa – te daré un nuevo nombre: Istarion Alcarandir.

Las estrellas de esa noche nunca fueron tan hermosas ante sus ojos y nunca lo serán de nuevo.

Kelusse

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