La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 72. C2 Liantari Dimbar Vs C3 Heren Fanyarëa.

2007:02:28:20:13:32

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 9

Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 13

Victoria para Liantari Dimbar.

Luiniel

Preguntas...

El estandarte de la araña ondeaba bruscamente con el viento en lo alto de la enorme fortaleza negra. El cielo comenzaba a despejarse después de varios días de lluvia, la brisa suave se convertía en un fuerte ventarrón que alejaba las nubes de Iaur Abad.

- Me pregunto por qué siguen aquí... ¡y con este clima! – dijo Vareldur tranquilamente.

Numerosas lámparas se esforzaban por iluminar la estancia, sin embargo las paredes de piedra negra favorecían la oscuridad. Apoyadas en las paredes estaban algunas estanterías llenas de libros y documentos. También habían varios mathoms colgados con el fin de ocupar la ausencia de ventanas. Al fondo, en la chimenea, crepitaba la leña al quemarse en llamas anaranjadas, y frente al fuego estaban unos mullidos sillones.

- No valoran sus vidas – respondió Luiniel sentándose en uno de los sillones, frente al elfo. Se frotó las manos acercándolas a la chimenea.

- Dices que traen ents, será mejor evacuar la ciudad ...nuevamente.

- Lo sé – repuso bruscamente la noldo. No había querido sacar a tantos hobbits, enanos y druedain de sus hogares por una guerra que perdía sentido con cada muerto, o así lo creía.

El vanya la miró reteniendo las palabras que quería decir sobre el tema.

- ¿Alguna sugerencia? – preguntó Luiniel adivinando que tenía algo en mente.

- Hay dos ciudades a las que se pueden trasladar los ciudadanos: Lothsír y Coronthaur – y añadió – Sería algo temporal.

“La ruta para Lothsír toma el curso del Morenen... y trata de convencer a un hobbit de subir a un bote” pensó Luiniel, - Olvida la primera, – dijo – Coronthaur está más cerca.

[...]

Anar se ocultaba detrás de las montañas, Luiniel la miraba desde los muros de la ciudad. Tantas veces la había visto elevarse en el cielo para descender y volver a ascender al día siguiente. Nada parecía afectar su ciclo, al día siguiente muchos hombres, elfos y enanos perderían sus vidas y Anar no dejaría de brillar.

”Hasta el final de los días,” pensaba ”cuando los hombres ya no caminen sobre la tierra, cuando los valar estén viejos y cansados, cuando las montañas se hayan derrumbado, cuando los lagos se hayan derramado, Anar seguirá allí y yo la seguiré mirando como ahora. Para entonces Liantari Dimbar será sólo un recuerdo ...como lo es Doriath, y yo seguiré aquí.”

A unos tantos metros del portón, distinguió claramente el estandarte de Heren Fanyarëa.

- El águila y el vampiro... – murmuró – tan solos en la eternidad.

- ¿A qué te refieres? – dijo Evna, también miraba como el enemigo armaba un campamento apresurado. Estaba vestida de blanco con el cabello suelto y el ánimo apacible de los elfos.

Luiniel se preguntaba por qué no habría heredado ese aire tan etéreo, tan ligero. ”¿Es que saben que somos inmortales, que estaremos en este mundo por siempre?” pensó.

- Son seres únicos e inmortales, deben estar tan solos... – contestó aunque las palabras eran insuficientes para explicar esa angustia frente al tiempo.

- Nunca lo sabremos

Luiniel continuaba mirando... ¿Qué era esa guerra?

”¿Para qué luchar?” se dijo ”Todo es lo mismo: contra Eirë Esteldor, contra Heren Fanyarëa, contra el Realengo de Farothdim ...lo mismo, siempre.”

- Que los arqueros estén listos en caso de movimiento – ordenó la noldo.

[...]

Un nuevo día comenzaba, recién salido del paquete: el sol brillaba limpiamente, los fanyareanos seguían acampando en la llanura frente a la ciudad y ésta permanecía con sus puertas cerradas.

- ¡Ataquemos! – decía Vareldur – o ellos atacarán primero

“¿Cuál es la diferencia?” Pensó Luiniel, sin embargo dijo: - ¿Por qué te esmeras tanto en perder tu vida?

Discutían en los muros, a la vista del enemigo.

- Jaja ...no moriré contra tales adversarios.

- Si ellos no te matan, lo haré yo – repuso la noldo – No los subestimes – añadió en tono más suave. “¿Y él entiende el sentido de esta guerra? ...Quisiera tener su insensata determinación.” Pensaba. – Está bien, atacaremos.

Dentro de los muros se agitaban las filas de Liantari Dimbar, los hombres con su armaduras reluciente cargando largas lanzas afiladas, algunos a pie y otros montados en arañas gigantes, los enanos con rostros feroces cargando sus armas favoritas. Todo estaba listo.

Luiniel los observaba, ella mismo lucía una cota de malla de mithril encima de sus atavíos negros y al cinto brillaba la empuñadura de Lómemacil. Desde el fondo de su memoria llegó un eco: ¡Por el Poder y la Gloria! ¡Liantari ai menu! Sin duda así se veía ese ejercito, pero la esperanza se había desvanecido del corazón de la elfa y pensaba:

”¿La gloria? Muchos que alcanzan la gloria ¿Qué la hace tan especial? ¿Por qué darían su corta vida por algo que no llegarán a conocer? ¿Por qué desgastarse en una guerra? ¿Acaso no prefieren la felicidad?”

El ejercito salió. Los fanyareanos no estaban del todo desprevenidos, sabían a lo que se atenían cuando acamparon en ese lugar.

Pequeños grupos se lanzaron al ataque. Enseguida se elevaron los arcos de ambos bandos y silbaron las flechas cortando el aire, rasgando la piel, penetrando en la carne, perforando las arterias, y permanecían clavadas como un pensamiento funesto derramando el precioso líquido rojo, el líquido capaz de dar o quitar vida. Una de las letales saetas hirió a Evna en la pierna, pero no le prestó atención al dolor y siguió tensando su arco blanco.

Los sobrevivientes se enfrentaron en el centro del campo, chocaron violentamente unos contra otros. Levantaban pesados martillos y los estrellaban en el cráneo de sus oponentes los cuales caían pesadamente. Entraron en acción lanzas espadas, a veces destrozando órganos vitales desprevenidos y otras veces luchando acero con acero hasta agotarse.

Pronto el suelo se tiñió de sangre, sangre que hervía de pasión, sangre que aún no estaba muerta, que brotaba de los cuerpo vencidos. Luiniel recordaba la batalla en Cirith Annethiel y como la nieve se había vuelto roja. ”Siempre es igual: sueñan, resisten, luchan y mueren. Ingenuamente los elfos nos hemos mezclado en sus azares, en sus alegrías y en sus tristezas.” pensó.

En aquel momento aparecían los ents. Las arañas avanzaron hacia ellos, a la cabeza iba Vareldur, un punto verdoso subido en el insecto de ocho patas.

La aparición de los gigantes pacientes había complicado las cosas y Liantari perdía terreno. Luiniel desenfundó su espada, avanzó con otro grupo de soldados. Los heridos o exhaustos regresaban a la ciudad reemplazados por hombres frescos. Continuaba la batalla.

Las arañas gigantes saltaban sobre los pastores de los árboles y los atacaban, algunos ya habían caído de esta manera. Vareldur estaba sobre la piel rugosa de un ent, la araña le clavó sus colmillos cargados de veneno al mismo tiempo que lo hacía otras cuatro. “Otro más.” Pensaba, después estaba cayendo, sólo sintió el golpe de un martillo rompiendo su brazo izquierdo antes de resbalar de su montura. En el suelo recibió apoyo de otros soldados.

”Los cadáveres caen, ante mis ojos se convierten en huesos y luego en polvo, un polvo tan fino que el viento lo quiebra. Y ya no queda nada, ni una huella, ni un suspiro, nadie sentirá esa gloria de la misma manera que estos que están muertos y no la pueden sentir.” Luiniel seguía sin entender que hacía allí, luchando. ”¿Jugamos a ser hombres mortales y a sentir esa pasión con la que pelean?”

Sonaron los cuernos de retirada, los soldados liantaris se resguardaron dentro de Iaur Abad. Después de horas de sangre, sudor y polvo era necesaria la retirada. Afortunadamente, Heren Fanyarëa decidió retirarse también lejos de la ciudad.

[...]

Las puertas estaban abiertas nuevamente. Los cuerpos habían quedado en la llanura, unos soldados iban recogiéndolos. Luiniel los miraba, tenía una venda en la pierna derecha debajo de la rodilla, no recordaba como fue que recibió un golpe ahí.

La visión era desconsoladora. “Si la muerte tuviera un rostro, sería como esto.” pensaba la elfa.

- ¡Aquí hay uno vivo! – gritó.

La noldo fue a verlo, con curiosidad. Era un fanyareano, tenía varias heridas en el vientre, su mirada estaba perdida, a penas si todavía respiraba, no obstante murmuró algo parecido a “gloria” o talvez era eso lo que pensó escuchar Luiniel.

- Enterradlo. – dijo fríamente

- Pero aún vive.

- Enterradlo.

Lo envidiaba, moría colmado, logrando llenar el vacío de la vida. Moría glorioso.

[Editado por arweneressea el 21-02-2007 22:40]

Alkalabrindeth

"Por sobre las montañas o bajo las colinas, zurcando los aires o atravesando las profundas aguas del mar, bajo las rocas o entre las densas malezas, por los desiertos y sus sabanas; los ríos, los pantanos o las flores; traedla hacia mí."

La compañía 4 de Fanyarëa se había dispersado con la partida de la reina, la mayoría de las tropas la acompañaron, y otras tantas partieron en ayuda del resto de compañías. Pero Lómea y Alkalabrindeth quedaron al resguardo de los sobrevivientes, que eran innumerables; tenían la orden de permanecer en campamento en aquellas tierras desoladas de enemigos hasta que sanaran y volvieran a ser llamados a las filas. Una orden extrema e injusta para el corazón orgulloso de la peredhel.

Ella sanó con rapidez para sorpresa de muchos, Lómea en cambio sobrevivía más por fortaleza física que por ánimo. Nuevos motivos de guerra y venganza habían resurgido en sus pensamientos, odiaba aquellas tierras más que las de Esteldor, porque de sobra sabía que en ellas habitaban orcos e inmundicias; por los esteldili alguna vez sintió compasión y se preguntó sobre las causas absurdas de la guerra, pero esta vez, sólo sentía repugnancia y deseos de destrucción. Estas ideas nublaban su mente y encontraron refugio en la oscuridad de Liantari, ahí, Alkalabrindeth jamás imaginó que pudieran ser escuchadas.

- ¡Si continuo en esta calma volveré a enfermar!

- Ha sido una orden. Ten paciencia.-dijo la elfa con cierto hastío, estaba recostada sobre la cama y lucía bella, aún pálida por la herida.

- Lo siento Lómea. Iré en busca de Naredhel y me pondré bajo su mando por segunda ocasión, si me rechaza o me castiga es un riego que deseo correr. Entendedme.-y sus ojos de súplica se empañaron con tenuidad. La elfa suspiró, tomó las sábanas y las retiró de sus pies diciendo:

- Eres soberbia y obstinada, hija de Valglin. Pero ya no me opondré a tu partida, antes bien, te seguiré.

- ¡No! No es mi deseo Señora exponerla a tal viaje y aún enferma. Le amo y le respeto para cargar en mi conciencia un nuevo pesar.

Aënion se acercaba a la tienda, alcanzó a escuchar su voz y se detuvo complacido. Sus heridas también habían sanado salvo la del brazo, lo llevaba vendado y sostenido por el cuello.

- Os pido perdón por entrometerme en asuntos que no me conciernen, un accidente me llevó a escucharlas. Comprendo los lazos que las unen, y para tranquilidad de ambas ofrezco mis servicios de escudero para la Señora Alkalabrindeth, os aseguro Señora de Fanyarëa que nadie la protegerá con más fervor que yo. –y el elfo inclinó la cabeza con plena humildad, Lómea sonrió complacida mientras la peredhel se notaba ligeramente molesta, pero acalló ante la aceptación de su ahora amiga.

Cruzaron las Montañas de la Brisa en largas jornadas, Aënion se sentía enfermo, sudaba frío pero continuaba dócilmente los pasos de su capitana, quien empeñada en llegar, poca atención prestaba a su compañero. Durante las noches, el elfo se quejaba en sueños y la peredhel dormía con profundidad, parecía dormir en un hechizo; al despertar, no recordaba nada, sólo una fuerza extraña e inconsciente le ordenaba avanzar.

- Señora, de acuerdo al mapa, estamos en el camino que dirige a Cirith Medëa ¿Por qué no nos desviamos al sureste para tomar el cauce del Morenen?

- No.

- … Señora. He escuchado de Cirith Medëa, no es un lugar apropiado para Usted…

- ¿Por qué no? No creáis que he olvidado cómo me subestimaste ante Lómea –la medio elfo se detuvo en un arrebato y lo miró retándolo.- Sé más que tú de ese lugar, he recorrido largos años de mi vida por todo el desierto de Laverëss, sus lindes casi trastocan ese sitio que tanto temes, yo no creo en leyendas, pero de ser ciertas podré afrontarlas. No te pedí que vinieras, podeís regresar cuando quieras.

Aënion sintió vergüenza, pero fue incapaz de explicarle que si temía era por ella, no por él. Continuaron por senderos tortuosos, aquellos caminos parecían haber sido abandonados desde hacía mucho tiempo, algunas huellas que Aënion percibió como frescas, pudo deducir que eran de criaturas perversas, devoradoras de todo lo que pasara por ahí, comprendió que por ello ya nadie se arriesgaba. No obstante, él guardó silencio y alertó todos sus sentidos; por fortuna, cruzaron el trayecto en un solo día, al anochecer llegaron a una explanada, al menos se verían liberados de las espantosas figuras de los riscos, aunque serían un blanco más fácil.

"Puedo sentir el latir increposo de su corazón, su espíritu es fuego y no teme a la muerte… justo eso, es lo que la acerca a mí. Lleva marcado en la frente el destino de su pueblo, me encargaré de inclinar la balanza hacia la ruina. Confiad en mí.”

Acamparon en terreno abierto. Una espesa neblina se apoderó del lugar, abrían los ojos y no veían nada, juntaron sus espaldas y desenfundaron sus armas previendo venir el ataque por cualquier punto. De pronto, como si la niebla fuese un velo, comenzó a abrirse lentamente; entonces apareció, sus pies no parecían tocar el suelo, su vestido arrastraba y a través de él parecía verse una figura humana, una mujer. Pero su rostro era cadavérico, conforme se aproximó tomó una gran belleza, pasó su mano sobre el rostro de Aënion y éste soltó su espada. Alkalabrindeth volteó y después de enfrentar sus miradas en una batalla de pensamientos, la peredhel cedió y bajó el látigo.

- ¿Quién sois?

- Reina y Señora de estas tierras. Los estaba esperando, Hijos de la Gloria de Fanyarëa. Escuchad lo que tengo que decir. La tempestad pasará, a la tercera venida de Arien se cernirá la victoria para su pueblo, se apoderarán de Iaur Abad y llevarán los ecos de guerra al resto de sus ejércitos, entonces las ciudades caerán una a una y Liantari cederá ante la unión del águila y el vampiro.

- ¿Acaso no es Usted una de las reinas muertas? Si por error creyera en que lleva por nombre Medëa ¿Qué os hace pensar que confiaré en sus palabras si no fue capaz de ser fiel a su sangre? -una sonrisa se le vio en el rostro, pero fue extraña, ligeramente kala creyó ver los huesos de su mandíbula sosteniendo unos dientes perfectos; esto la horrorizó y retrocedió un paso.

- Si conocéis la historia entonces sabrás los motivos por los que reniego y odio esa sangre. Mi pueblo me traicionó para marchar al lado de Illurë. Haced caso de mis consejos, si os deseara mal bastaría con permitidles a mis hijas un buen alimento, -estiró la mano y pudieron ver que estaban rodeados de arañas espeluznantes que babeaban saboreándolos, ambos tomaron sus armas en un aire de repulsión- Pero os dejaré ir para que cumplan con su destino, de lograrlo me salvarían a mi de estar aquí, en penumbras, en espera de la venganza. ¡Hacedla por mí! ¡Destruidlos!

La figura se desvaneció en humo y, la neblina se dispersó llevándose a las peludas criaturas, entonces, ambos se vieron embriagados en un sopor.

(…)

En las cercanías de la ciudad encontraron a la reina con la compañía 3 fanyarëana. Se preparaban a partir debido a un mal presentimiento de Naredhel, había sentido cercana una presencia que no le agradaba. Al verlos llegar se incomodó por el desacato de la orden, sin embargo los recibió con cariño, eran dos valientes guerreros que no podían seguir desperdiciados.

- ¿Cómo sigue ese brazo Aënion?

- En mejora su Majestad.

- Bien. Incorpórense a las tropas. Alkalabrindeth, envié a Lyshion a reponerse de múltiples heridas... por tu expresión comprendo que no lo habéis encontrado en el camino; lo cual es extraño, la ruta para ocultarnos era clara…

- Llegamos por otro acceso –dijo inclinando la cabeza y sonrojada de vergüenza. Naredhel presintió una sombra, pero ignoró su sentir anteponiendo la plena confianza que le tenía, y concluyó:

- Necesito un capitán que tome el puesto del Maestro de armas –le sonrió tomando su hombro y salió de la tienda.

Alkalabrindeth se sintió complacida del cargo y se dirigió presurosa a organizar sus tropas. Llegaron oscuros informes a la mente vivaz de la reina, las otras compañías habían fracasado, sufrieron muchas bajas y sus capitanes luchaban por su vida tirados en las malditas tierras de Liantari. Mordió sus labios en un acto de impotencia y, hubiese deseado que la lluvia de sus ojos devolviera gota a gota cada una de las vidas entregadas por esa innoble causa de la guerra.

Naredhel montó su caballo y partió acompañada de la mayoría de los ents, iría en ayuda del ejército comandado por Gimbur, Alsenot y Elenya, quienes más pérdidas habían sufrido. Pidió a Niëlúne que preparara la partida del resto de la compañía como apoyo a Hallen y Rialath. Cuando Alkalabrindeth llegó, la reina ya había partido. Niëlúne le habló de lo sucedido y la peredhel gimió por sus amigos, entonces la ira la consumió y ordenó a sus hombres, elfos y ents sitiar de frente la ciudad.

Niëlúne intentó persuadirla muchas veces, pero cada vez que lo intentaba, Alkalabrindeth le hablaba poseída de la aparición con más firmeza, que terminó por convencerla. Ella temía, pero también deseaba la gloria para su pueblo adoptivo. Mas no se atrevió al desacato, pidió a sus hombres esperarla, pero manteniéndose al margen; confiaba en la astucia de Kala, creyó en sus sueños que le informaban la escasez de soldados en la ciudad, lograría su cometido y sería una luz de esperanza para Fanyarëa.

Llegaron a acampar durante la noche, el tercer sol llegó, el día anunciado. Alkalabrindeth supervisaba de un lado a otro arengándolos a ganar, cuando el ejército de Liantari les cayó encima. Todos asieron sus armas ocultas, esperaban una reacción de la ciudad. Los arqueros dispararon sus dones y muchas de ellas, arremetieron el impacto de las enemigas.

Aënion blandió su espada con el brazo izquierdo lo mejor que pudo, rebanó a cuatro hombres que quisieron matarle, había procurado permanecer cerca de la capitana, pero los enemigos llegaban uno tras otro. Kala se fue abriendo paso mostrando los colmillos en una danza circular que degollaba, partía o atravesaba todo aquello que se interpusiera a su paso.

Niëlúne vio con pesar desde una colina cómo caían los soldados de Kala, uno tras otro, como insectos, sólo ella y Aënion se sostenían masacrando enemigos. Entonces, los verdaderos insectos hicieron acto de presencia, o al menos eso parecían. Niëlúne las vio con asombro, un terror se apoderó de sus ojos fijos, le remontaban a algo turbio en su pasado. Uno de sus hombres la movió, al reaccionar sólo pudo levantar su espada y gritar con fiereza:

-¡Ataquen!

Alkalabrindeth sonrió ante los refuerzos, los ents se encargaron de las terribles arañas, pero su ponzoña fue mortal para su savia. Los vio caer con amargura; corrió hacia ellas desenvolviendo ahora las garras, el mazo ya le había cansado. Las patas delanteras de una araña volaron sobre su cabeza cuando pasó el látigo sobre la bestia, entonces cayó hacia el frente chillando y babeando, Kala tomó una pequeña espada de un enano liantari muerto y se la enterró entre los ojos. El animal se retorció y dejó de moverse por la eternidad. Alkalabrindeth ya había ido sobre otra araña, planeaba llegar hasta Vareldur, quien las dirigía, pero cuando daba muerte a la segunda tras jalar su cabeza peluda con las garras del dragón, una tercera araña la empujó con sus patas, rodó al caer hasta chocar con el cadáver de otro enano, vio venir la lanza mortífera de la bestia, tomó con velocidad el cuerpo para que éste recibiera el veneno, después de todo no se molestaría, él estaba con seguridad en las estancias de Aulë; mas pesaba tanto, que no alcanzó a proteger todo su cuerpo, y cuando la araña clavó su aguijón, un leve roce dio con la pierna de Kala, ella alcanzó a clavarle en el vientre el hacha del enano. La araña saltó de un lado a otro enloquecida y un ent le ayudó a bien morir.

Alkalabrindeth empujó al muerto, al inclinarse sintió punzadas en la pierna, rompió su vestidura y se ató con firmeza del muslo, sacó el cuchillo que Morlith le obsequiara y abrió la pequeña herida, extrajo el poco veneno que le había dejado, pero sus labios ya habían perdido el color, acompañaban la palidez general de su rostro. Antes de caer en un nuevo letargo, vio a Niëlúne luchar con bravura, gritaba enardecida, los enanos la vieron y arremetieron contra ella rodeándola. Digna mujer y elfo, recibió una herida leve en el costado y otra en el hombro, pero no dejó de luchar, ya fuera por su vida, o por Fanyarëa, no dejó de luchar. Cayó poco a poco hacia atrás, y mientras caía, cerró los ojos, escuchó la retirada; comprendió, en el poco consciente que le quedaba, el engaño de Medëa.

Cuando despierte, no recordará si fue parte de su sueño o, en verdad la escuchó, una risa lúgubre que heló su corazón. No por ella; por las muertes innecesarias que les "regaló" a quienes confiaron en ella. Una ilusa esperanza desvanecida por la maldición de sus actos.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Liantari Dimbar ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 252 puntos.

Valoraciones: 8+9+8,2+7,8= 8,25

Recupera: 208 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 252 puntos.

Pierde: 63 puntos.

Heren Fanyarëa ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.

Recuperables: 228 puntos.

Valoraciones: 9+7+8+8,4= 8,1

Recupera: 185 puntos. Se han solicitado daños para los dirigentes por un valor del 70%, pero los solicitados para un dirigente no aparecen descritos en la historia, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperación: 228 puntos.

Pierde: 227 puntos.

Liantari Dimbar percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.

Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.