Kelusse
Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar
Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 9
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 11
Victoria para Liantari Dimbar.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:02:26:22:02:31
Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar
Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 9
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 11
Victoria para Liantari Dimbar.
Las tropas estaban alegres. Habían cruzado ya la Puerta de Annethiel, custodiada por la gran torre que se erguía encima del inmenso muro sobre la roca de Orod Nid, Cirith Annethiel, situada detrás de la gran estatua erguida a la matriarca. Habían pasado por penurias en aquel largo viaje iniciado desde Caras Aelin, donde habían llevado a cabo su última gesta contra el reino vecino de Eirë Esteldor, y que les había llevado a pasar las ciénagas de Nenvarnë y surcado el inhóspito desierto de Rogrant, donde habían tenido que presentar batalla a las tropas de Realengo que le habían seguido hasta su amado hogar. Pero ahora, por fin, estaban en casa. Con alegría las tropas cantaban.
Solo Uzbad Kibil y Taursereg callaban. Ambos habían recibido la trágica noticia de la caída de la capital. Llegaban tarde, demasiado tarde, para salvar de la ruina la ciudad. Si hubieran continuado, sin enfrentarse a las tropas de Realengo, quizás hubieran llegado a tiempo para salvar a la ciudad de las llamas. Quizás no solo hubieran sido recibidos como héroes, sino también como valerosos salvadores. Que luego hubieran sucumbido en la lucha hubiera sido quizás lo de menos, pero ahora los refugiados de Astan Neuma no se encontrarían tan desprotegidos como lo estaban. Aunque a decir verdad la tarea de Dyshira había sido impecable. La reina de Nasta Netula Men había conseguido dirigir efectivamente el escaso ejercito efectivo de la ciudad, y había conseguido salvar a la mayoría de los suyos antes de la llegada del ejercito fanyarés, llevando consigo todos los tomos y tesoros que en una rápida huida podían trasportar, siempre cargando en preferencia los de mayor valor. Así la reina había conseguido llevar a su pueblo a través de las cavernas y establecer un asentamiento defendido cerca de las canteras y herrerías orcas, permitiendo así un mayor tráfico de armamento para enfrentarse en la guerra y un mayor número de efectivos militares en caso de que los hombres de Heren Fanyarëa les siguieran la pista. Dyshira, a fin de cuentas, era una mujer de gran inteligencia y templanza, además de una gentil y dulce persona; algo bastante diferente de su marido, Orodril, más bien astuto y retorcido como una culebra venenosa.
Abrid los portones,
asomaos a las ventanas,
ya llegamos, ya llegamos,
resecas nuestras gargantas.
No hace falta arrojar flores,
solo nos bastan buenos cantos,
dulces voces que añoramos tanto,
dulces doncellas traednos vuestros cantaros.
Hartos estamos ya de rommu,
sacad terneros, sacad puercos,
y entre corderos y ríos de vino,
celebraremos que aun no hemos muerto.
Nuestras gargantas resecas,
nuestros ojos reflejan mil noches en vela,
nuestras cicatrices la penuria de la guerra,
por amigos muertos se nos marcan en la sucia tez lágrimas resecas.
Traemos las almas en jirones hechas,
queremos que dulces doncellas que remendarlas puedan.
Traemos mil penas,
queremos vicios que la alegría nos devuelva.
Abrid los portones,
asomaos a las ventanas,
ya llegamos, ya llegamos,
ya afónicas nuestras gargantas.
Taursereg le dirigió una mirada dolida a Uzbad que el enano rehusó de hacer caso. Desde la llegada de la noticia que la Astan Neuma había sido saqueada, Taursereg había deseado informar de ello al ejército. Por el contrario Uzbad había defendido que dicho hecho no fuera revelado a las tropas y así aprovechar el dolor e ira al conocer la noticia in situ, eso los haría luchar con mayor fiereza, en caliente, y así hacer menos caso al cansancio, al miedo y al dolor. Era cruel hacedles esto después de cuanto habían pasado bien lo sabía y lo bien que habían luchado, pero Uzbad no era un amigo, era su capitán, y por lo tanto tenía que buscar la mejor fórmula de garantizarse la victoria con el menor margen de perdidas posibles, y no estaba a dispuesto a cargar con una tropa melancólica y deprimida por las nefastas noticias. Taursereg a pesar de su corazón duro y oscurecido por la muerte tiempo atrás de su amada, Annethiel, seguía siendo, sin remedio, un sentimental.
Dejaron atrás los portones y avanzaron por los pasadizos, atravesando las Montañas de la Brisa hacia el corazón del reino ranquendi. Y en poco se encontraron con el campamento fanyarés anclando en las proximidades de la capital. El ambiente parecía calmado en su interior, relajado ante la triunfal y fácil guerra. Pero no por ello se encontraba sin defensa ni vigilancia. Pues aunque con gran seguridad los batidores fanyareses se encontraban tras la pista de los refugiados, varios vigías estaban atentos a la llegada de enemigos. Los cuernos sonaron en todo el campamento fanyarés poco ante que el grito pelado de las huestes liantaris lo hiciesen.
Pocos segundos habían bastado para que los soldados hubieran dejado atrás el silencio de la sorpresa, la desolación y hubieran cabalgado hacia la ira, el odio, la venganza. Ahora la compañía liantari, la Nenmar-lokë, cargaba con furia contra el campamento fanyarés en la misma formación en la que marchaban. Al frente la infantería troll y enana, flanqueada por la caballería ranquendi, con los arqueros de los hombres orientales en la retaguardia.
A golpe de mazo troll las puertas de la empalizada fanyaresa cayó, y río de ira liantari el refugio fanyarés inundó. La batalla daba comienzo.
Una batalla muy igualada, pues en el tiempo que había transcurrido en la carga había facilitado el agrupamiento de las tropas fanyaresas que se encontraban un tanto dispersas al hallarse aglutinadas en pequeñas avanzadillas que batían periódicamente los túneles. Cuando las defensas del campamento cayeron, un ejército bien formado se encontraba cara a cara.
Las hachas entrechocaron, las mazas golpearon con poderío inmenso, y las espadas y flechas surcaron el aire hacia la carne. El ataque fue relámpago. El primer daño estaba hecho, y con la victoria aún en la mano Uzbad y Taursereg llamaron a los suyos a la retirada. Tras el primer desahogo era vital preparar en serio una estrategia, mantener el espíritu de los suyos llenos de ansia de sangre y con el convencimiento que podrían batir sin problema al enemigo. Las pérdidas habían sido pocas, y las heridas que pesaban sobre los supervivientes escasas y de poca gravedad. El par de heridas de flecha y cortes de escasa importancia por espada y hacha que exhibían los dos capitanes era una regla común en el resto de la tropa. La araña sangraba, pero más harían sangrar a los que se habían atrevido a invadir su morada.
[Editado por Thauld el 21-02-2007 12:30]
Le había llegado en un pergamino primorosamente decorado, el sello, sin lugar a dudas, era auténtico, el mandato que contenía escapaba al entendimiento del numenoreano...
Ahora, tras meses de servir en la segunda división del ejercito ramalië al lado del oficial en jefe Gimbur, el hosco pero entrañable enano, de pronto lo ascendían a comandante en jefe de la primera división.
La primera división, tropa experimentada en el mandato de los generales natos en fanyarëa era una de las mas competentes que habían pisado jamás las tierras de Arador, pero no veían sus integrantes con buenos ojos a los extranjeros, parecía estar compuesta por los mas conservadores de todos los soldados, orgullosos de su origen y de la pureza de su sangre, no recibirían bien el gobierno de un extranjero infiel, por añadidura, a la religión oficial de la monarquía. A esto debía sumarse el total desconocimiento que Rialath tenia de su suboficial, Hallen, hija del orgulloso Alsenost, princesa de los hombres que tampoco iba a aceptar la dirección de ese extranjero advenedizo recién llegado al país y que había ascendido sospechosamente rápido, debido a la también extraña confianza que la regente había puesto en él, decían las malas lenguas. Nadie en fanyarëa comprendía el ascenso de aquél, demasiado fulgurante, algunos lo tenían por un brujo que había hechizado a la regente y aprovechado eso para ir escalando puestos.
Rialath llegó al campamento con una pequeña escolta de unos pocos numenoreanos que hacía poco habían llegado y que enseguida habían entrado a servicio del antiguo afamado capitán de bajel numenoreano, muchos de la segunda división comprendieron entonces el porqué de la pericia de aquel humano, joven y vigoroso, pero la llegada de sus compatriotas no hizo sino incrementar rumores, algunos ya hablaban de él como un espía extranjero. Mas Rialath era ajeno a todos los rumores y con resignación, acompañado por la decena, poco mas o menos, de jinetes de su escolta arribó a la base de la primera división.
Llegó cuando despuntaba el alba, tras cabalgar toda la noche forzando a los corceles pues tenía un mal presentimiento. Los pocos vigías apostados en el campamento advirtieron su llegada, pero no se había preparado ninguna bienvenida, lo esperaban un día mas tarde, apresurados tocaron las cornetas y las puertas se abrieron al punto en que los jinetes arribaron a las mismas, tras ellas el ejército, todo lo que no estaba batiendo las cuevas, formó apresuradamente haciendo un amplio pasillo para el nuevo dignatario, en medio, obstruyendo el paso, una mujer, alta, que vestía ropas sencillas y vaporosas, cuya negra melena caía por encima de los hombros resaltando la gran palidez de su piel, con unos ojos de un verde intenso en una extraña mezcla de vigor y fragilidad, se la veía francamente furiosa con el recién llegado y en actitud desafiante:
- Salve, extranjero, que a usurpar mi cargo vienes, no te necesitamos aquí- un murmullo de asentimiento entre las tropas no preludiaba nada bueno, la mujer, confortada por saberse apoyada por sus hombres continuó, haciéndose eco de las habladurías- no queremos espías ni brujos.
Rialath, sobre su caballo, se irguió en todo su poderío, detestando tener que actuar así pero consciente del peligro que entrañaba no hacerlo, el sol matinal hizo destellar y refulgir su yelmo, entonces con voz cavernosa, imponente y imperiosa, mientras sacaba el pergamino con el sello que lo había destinado allí y lo alzaba para que todos lo vieran:
- Yo soy Rialath, nuevo comandante en jefe en virtud de la orden y por expreso deseo de la reina regente de nuestro país, el sello es auténtico y su propio puño y letra son los que escribieron la orden, no toleraré que sus ordenes sean contravenidas ni toleraré- mirando con fría y aterradora impasibilidad a Hallen, quien no se arredró aunque permaneció callada- que se difame mi nombre con acusaciones infundadas, mas si alguno quiere tentar su acero contra el mío tiene ahora su oportunidad.
Todo el día lo había pasado lidiando con la orgullosa suboficial y con unos poco obedientes soldados, ahora que ya era de noche se retiró a su tienda, cuando las cortinas de la entrada cayeron tras él, suspiró aliviado, pero el descanso no duró sino unos instantes, un carraspeo surgidos de una zona en sombras de la tienda puso en guardia al humano quien ya tenia desenvainada su espada.
Una risa femenina lo sorprendió, pero no lo relajó, pues aunque ya sabía de quien se trataba no pensaba bajar la guardia, había estado estorbándolo todo el día y tratando de socavar su autoridad, aunque a lo largo del día Rialath se había mostrado amable y había usado todas sus dotes oratorias ahora estaba cansado y no muy predispuesto a la amabilidad:
- Largo- seco, tajante, lo que no provocó sino que las risas de la mujer aumentaran.
- ¿Porqué has acatado una orden con la que no estás de acuerdo?
- No es de tu incumbencia, y ahora... largo.- la irritación iba en aumento.
- Mis hombres no te seguirán en la batalla, ¿para que intentarlo? Me obedecerán a mí.
- Entonces adoptaré métodos drásticos para ganarme su obediencia- había dulcificado la voz tanto que sonó venenosa- ahora lárgate.
- ¿Y si me niego?
Tres veloces pasos y la punta de la espada en la garganta fueron el inicio de la respuesta:
- La insubordinación a oficiales de mayor rango es considerada traición y la traición se pena con la muerte
- Esta bien, hasta mañana- visiblemente divertida- que descanses.
Cuando se hubo ido, Rialath se tumbó pero apenas pudo dormir, la hija de Alsenost se había revelado como alguien capaz de sacarlo de sus casillas, su mera presencia conseguía hacer que perdiera la paciencia y ese maldito presentimiento...
Al nacer el primer día después de su llegada sonaron las cornetas llamando a combate, los ejércitos de la araña se habían reagrupado y se lanzaban a la carga contra un campamento deficientemente preparado, ya que Hallen había dado descanso y dispersado a parte de las tropas tres días atrás.
Rialath salió despedido de su cama y ya estaba al frente cuando, como vaticinó Hallen, pocos hombres le obedecían, todos seguían las ordenes de Hallen quién se mostraba demasiado confiada así que prefirió que dejasen las empalizadas sus hombres y formaran dentro, creyendo que así infligiría mas daños, los arqueros quedaron atrás.
Entonces sobrevino el ataque, la palizada cayó inmediatamente, el ejército ramalië apenas se había organizado, fue una razia en toda regla, veloz y dañina, en los primeros momento ya habían causado mortandad, Hallen intentó gobernar sus tropas pero se habían desmoralizado, algunas empezaban a huir, cundía el desorden y las filas se deshacían..
Como un trueno, una voz rugió y escupió ordenes, nadie reparó en quién era el dueño de ésa voz, pero obedecieron, las filas se reorganizaron, los arqueros, que hasta entonces habían permanecido inactivos lanzaron sus flechas que flagelaron a los hijos de la araña, Hallen había recibido varias heridas moderadas, de flecha y sangraba copiosamente pero se debatía con terquedad, Rialath por su parte, aun tocado por las heridas de anteriores batallas, recibió nuevos tajos que aunque no demasiado graves se unían a los previos en una dolorosamente incomoda situación. La moral se recuperó, Hallen y Rialath juntos gritaban una retahíla de órdenes y mandatos que consiguió frenar el empeño enemigo.
Liantari se retiró, habiendo vencido, pero no habiendo provocado bajas excesivas, también habían perdido a algunos de los suyos. Tras la partida del enemigo hubo un instante de silencio, se enterraron a los muertos y se repararon los daños de las empalizadas. Mientras en la tienda de Rialath se habían reunido los oficiales, ahora ya sumisos al nuevo general.
Éste estaba sentado en una silla con brazos, espalda erguida, con la coraza abollada y ensangrentada con sangre propia y ajena, le habían vendado las heridas, con el brazo derecho sobre uno de los brazos de la silla y el izquierdo apoyado sobre el pomo de la espada, que a su vez descansaba con la punta sobre el suelo, con la cabeza inclinada levemente hacia abajo, en sus ojos ardía una furia que le costaba controlar, lo hacía en silencio, tratando de serenarse.
- Mi señor...- osó perturbar un oficial enano el silencio de Rialath, que ya duraba varios minutos, pero calló al ver que la mano derecha del interpelado temblaba por la rabia contenida, al fin Hallen habló.
- No... sabemos como ha podido pasar, no esperábamos... los informes decían que los soldados del realengo los habían interceptado en el desierto...
Rialath arrastró la lengua al contestar:
- Ineptos, soberbios, traidores e insubordinados, lo único que merecéis es la horca, ya que la decapitación es demasiado noble para vosotros, descuidáis renovar los informes sobre las posiciones enemigas, dispersáis a la tropa en el centro mismo del país enemigo y desobedecéis ordenes directas de la reina, si queréis que os maten id a donde ellos pero no enviéis a todo el ejército con vosotros miserables haraganes.
- Cómo podíamos saber...
- Es vuestro único deber, saber del enemigo es la clave para vencer, descuidáis todo lo básico tras confiaros al haber tomado una ciudad enemiga que no tenia mas que la guarnición de milicianos y cuando llega una manada de nuestros enemigos solo sabéis echaros a temblar, a partir de ahora todo aquél que contravenga una sola orden mía será ejecutado al instante, sin importar rango o linaje y ahora id a curar las heridas de vuestros hombres, mas tened por seguro que un informe completo de todo este despropósito llegará a su majestad. Fuera de mi tienda.
Los generales se retiraron, todos sin excepción, alguno compungido pero otros odiando a su nuevo general con mas ahínco que antes. No era un dia en que las tropas de heren estuvieran dispuestas a cantar.
Resumen de la batalla.
Liantari Dimbar ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 252 puntos.
Valoraciones: 7,4+8,7+8+7,6= 7,925
Recupera: 200 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 252 puntos.
Pierde: 63 puntos.
Heren Fanyarëa ha perdido 11 armadas x35= 385 puntos.
Recuperables: 193 puntos.
Valoraciones: 8+8+8+8,4= 8,1
Recupera: 156 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 193 puntos.
Pierde: 192 puntos.
Liantari Dimbar percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.
Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por el abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.