La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 74. C4 Liantari Dimbar Vs C2 Heren Fanyarëa.

2007:02:26:20:03:19

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 27

Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 29

Victoria para Liantari Dimbar.

Orodril

Gloria, ese es el dogma del imperio liantari. Gloria por encima de todo y de todos. Gloria más allá de lo que pudiera ser prudente. Gloria pues, más allá de la demencia y la insensatez. Gloria, el gran sueño liantari.

Poco importa la sangre derramada, el dolor que este camino conlleve. Todos y cada uno de los eslabones, desde el noble señor hasta el más indigente de los esclavos, se sienten parte de este sueño. Pues formar parte del sueño les hace sentirse grandes, fuertes, invulnerables, capaces de todo, y por ello, libres.

¿Qué lleva sino a una familia de esclavos a ver como sus hijos son reclutados, enviados lejos, llevados una y otra vez ante el juicio de la muerte?

¿Qué lleva a todo un pueblo a erguir cientos de estatuas en Finirost, gran ciudad de los muertos, gran ciudad de héroes, y homenajearlos, año si y año también, entre sangrientas ceremonias y ríos de vino?

Gloria.

Todo corazón hierve y lucha por su vida, por la de los suyos, por sus tierras. Es por supervivencia, por amor. Dadles un sueño, uno en el que sean grandes, importantes; uno en que sus vidas tengan sentido, un porqué. Un sueño donde sus nombres sean recordados, donde cada noble acción sea recordada. Un sueño donde dará igual que malas obras hicieron y que hechos empañaron su historia. Un sueño donde la naturaleza y orígenes de cada uno son siempre bellos y honorables. Dadles este sueño y matarán por él.

Este es el burdo mecanismo imperial.

Pero la gloria no es un sueño. La gloria es real.

La percepción que tenemos de nosotros mismos, a fin de cuentas, no es otra cosa que la balanza de virtudes, defectos, éxitos y fracasos, que para nosotros creemos tener en esta vida. Como admitir que durante todo el tiempo hemos estado equivocados, como pensar que hasta ahora la gloriosa imagen de nosotros mismos no era más que una burda ilusión, como pensar que no fuimos grandes. Lo fuimos, lo somos. Siempre grandes. No nos lo puede negar nadie ¡Que se atrevan! Que haremos rodar sus cabezas y derramar su sangre.

Pensad en quienes sois.

Pensad en como queréis ser recordados.

Orodril calló, y tras las últimas palabras de su discurso cayó el silencio. Las tropas ya formadas lo contemplaban. Cientos de rostros ensimismados en la que ardía un único sueño.

El tenue sonido de los pasos del ejercito fanyarés comenzaba a resonar sobres las paredes del túnel. Orodril percatado de ello se concentró de nuevo en los suyos. Las lanzas de los orcos levantadas, las grandes hachas de los enanos posadas en el suelo por el mango y aferradas sus hojas por las manos de sus propietario, los arcos de los haradrim sujetos en sus manos mientras que sus cimitarras lo estaban por sus cintos.

- Ha llegado el momento de que volvamos a sangrar juntos. Por el poder y la gloria. -

-LIANTARI AI-MÊNU-

Los cuernos sonaron, las armas fueron de nuevo blandidas tras su descanso. La marcha liantari a la guerra había comenzado.

Flanqueado por Ohtaránë y Tilmarion, Orodril dejaba la elevada posición de la parte posterior del túnel, y acompañado por sus compañeros volvía de nuevo a su sitio. A primera línea de combate.

Su torso protegido por duro galvorn revestido en escamosa piel negra, sus manos enguantadas en piel semejante a la que adornaba su coraza, sus botas de piel de corcel negro, su capa y pantalones bien ceñidos de seda de araña teñida en negro por tinta de kraken. Sus manos esgrimían daga y espada, la primera una herencia familiar hecha de galvorn recuerdo de los días de gloria de Barad Camkir, su pueblo bienamado, la segunda de talla élfica relucía en brillante azul por la presencia de orcos. Su rostro de largos cabellos negros estaba envuelto aun por la marca de la pasada batalla, la negrura del moratón aún se extendía por el lateral diestro de la frente. Sus ojos de verde y plata brillaban de manera extraña, como si una neblina verdosa los velara.

-Toronya, hostinyë, mana poldamalya nauva i nin. Hen an hen. Nelet an Nelet.-

(Hermanos míos, yo os convoco, que vuestra fuerte mano sea la mía. Ojo por ojo. Diente por Diente)

De las palabras del elfo brotó entre las filas un brillo verdoso. Aquí y allá comenzaron a formarse la figura de centenares de guerreros, elfos en su mayoría, que habían vivido tiempo atrás. Ilusión o no las almas, vestidas para la guerra, esgrimieron sus armas, y cuando los últimos metros entre ambos bandos estaban cerca, cargaron con ímpetu, siguiendo a Orodril, el cual ahora parecía estar envuelto en una oscura sombra, quedando resaltado en ella el brillo élfico de su piel.

El acero entrechocó, las miles de flechas silbaron.

Los lanceros orcos, en cabeza de las tropas junto a los guerreros enanos, pronto hallaron carne en la que enfundar su acero. La sangre emanaba del enemigo al igual que lo hacía de uno mismo. Y la batalla se fue haciendo más y más encarnizada. Ni un bando ni otro parecía dispuesto a ceder en la lucha, y los cuerpos de valerosos soldados revistieron pronto y en cuantioso número el suelo de la caverna. Cuerpos mutilados, cuerpos atravesados por varias flechas, cuerpos ensartados en lanzas ya rotas, como aceitunas de taberna.

Orodril, eufórico, había tomado el frente del ejército, mientras que sus compañeros dirigían la lluvia de flechas tras dividir y apostar a los arqueros haradrim a ambos lados del túnel.

A solas el elfo notaba como los suyos le daban más y más fuerza, por mucho que las suyas menguaran tras las heridas. Las figuras espectrales se habían ido consumiendo en su persona, dándoles su fuerza, protegiendo al último camkiri, aquel destinado a romper la maldición de todo un pueblo. Poco sabían éstas entonces que aquella gesta no llegaría a su fin hasta la batalla de los Mil Hijos en la primera centena de la Cuarta Edad ante el oráculo de Nimril. Ahora, invadido por el poder de los suyos, Orodril, aún ensombrecido, era bañado por un tenue brillo verdoso, como un delgado manto que acompañara su cuerpo.

Las lanzas de los orcos aún se rompían en sus enemigos, como sus cimitarras se hundían en la carne ajena tras que sus lanzas dejaran de ser recuperables. Las hachas enanas como las cimitarras orcas sesgaban el aire y la carne aunque a un menor numero de palmos del suelo. Mientras quedara enemigo contra quien luchar, la orquesta debía continuar. Con centenares de flechas silbantes, con centenares de choques metálicos, con centenares de voces a grito vivo. La orquesta debía continuar.

Un fuerte golpe en el costado le hizo tambalearse hacia su derecha, perdiendo el equilibrio y la espada, cayendo esta última al suelo al estar mal sujeta tras sesgar la última vida. El enano que había propinado el golpe se encontraba sin embargo sorprendido que aquello fuera todo lo que su golpe había logrado. Lejos de dejarse llevar por la sorpresa se aceleró a realizar un nuevo golpe, que Orodril paró a duras penas con la daga, aprovechando su mano libre para enterrarla en forma de puño en la faz del naugrim.

Dolor.

Sin más miramientos Orodril propino hacia atrás un fuerte codazo. El golpe fue certero y la figura a su espalda retrocedió varios pasos, abandonando su espada en el torso del elfo. La herida atravesaba limpiamente el torso desde las últimas dorsales, llegando casi hasta la altura del esternón, pero por el centro, dejando la columna a la izquierda. Con un hábil movimiento el elfo desalojo la espada, notando a su vez una mayor dificultad a la hora de respirar. La sangre bañaba sus entrañas, y un fuerte dolor recorría su cuerpo, pero la fuerza de los suyos estaba aun con él. Él estaba maldito* a fin de de cuentas, las heridas de su cuerpo poco podrían hacer.

La muestra de lealtad que había creído en un principio se borro de sus pensamientos al caer por fin en el emblema de la elfa a la cual acababa de golpear e iba a dar muerte con su propia espada. Aquella elfa no era otra que uno de los capitanes fanyareses, por lo que su compañero no debía ser otro que su compañero, Gimbur, al cual si conocía a través de sus informes. Era lealtad, pero no tan banal como la que hay entre meros soldados, sino la lealtad que se le tiene a un amigo, o al menos un estrecho compañero.

Aquellos pensamientos, por contra, casi le jugaron una mala pasada. Gimbur se había rehecho y atacaba de nuevo, aunque ser herido en ambos brazos lo retuvo de su fin. La hoja de la espada de Elenya perforaba ambos antebrazos haciendo caer el insostenible peso del martillo. Tomando éste en sus manos, dejando así la espada enterrada en los antebrazos del enano, Orodril se precipitó a eliminar de una vez a aquel incordio.

-¡Poltoron!-

Un inmenso brillo verdoso iluminó a Lombeleg, como una neblina que surcó en espiral el martillo desde el mago hasta su cabeza. El martillo cayó, pero la rápida intervención de Elenya que se abalanzó con destreza sobre el elfo, hizo que ambos cayeran al suelo, muriendo el golpe en el suelo de piedra.

Un temblor, un ruido.

Orodril notó el suelo vibrar sobre su pecho, inquieto por el silencio tras la tempestad de la batalla miro hacia arriba. Gran error.

[…]

Lejos de las primeras filas, Tilmarion vio como el suelo tembló y el techo de gemas cristalinas se quebraba y se desprendía hacia el suelo. Las tropas de uno y otro bando huían para salvaguardar la vida ante la lluvia de cristales que pronto rompieron contra el suelo desprendiendo una delgada neblina.

Tras aquella no quedó nada, los tropas fanyaresas habían huido por los túneles tocando retirada con sus cuernos, y los suyos habían corrido hacia las posiciones de retaguardia para salvar su vida. Ahora el techo del túnel era un poco más elevando en la zona del derrumbamiento pero la bóveda seguía siendo cristalina, he incluso parecía guardar el grácil aspecto cuervo anterior. Pero claro está, esto podría parecerlo gracias a los miles de reflejos que chocaban contra si.

Dada la conclusión de la batalla, los trabajos de recuperación de muertos y heridos comenzaron. Tilmarion ya se preguntaba si encontrarían a Orodril vivo o muerto, cuando Ohtaránë lo llamo desde casi el otro extremo del túnel.

Orodril yacía en el suelo con el cuerpo atravesado por gran cantidad de cristales. Solo su rostro parecía haberse salvado bastante bien de la lluvia, seguramente por haber sido protegido por los brazos, por lo que en esta parte solo tenía cortes esporádicos y poco profundos. Sin embargo la mirada del elfo se encontraba perdida, el tenue resplandecer había desaparecido, sus fuerzas ahora estaban más menguadas que nunca.

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* En tiempos de la Primera Edad cuando el mundo era aún joven, tuvo lugar la guerra de Finirparma. En ella el pueblo camkiri cayó, no si pronunciar un juramento antes de su caída. Un juramento de venganza hacia sus enemigos haciendo uso de uno de los versos del Finirparma, libro conocido también como Libro de los Muertos (el cual entre sus apariciones datadas, a parte de Barad Camkir, se encuentran Umarth, Puertas del Fin, Meluverone y Mando Morne), tras ese punto sin retorno, el pueblo camkiri quedó atrapado en él. Pero de todos ellos solo Orodril consiguió sobrevivir, dado quizás porque la muerte no le alcanzó antes de que la maldición cayera. Convirtiéndose así en el último camkiri y brazo ejecutor de la venganza jurada más allá de Barad Camkir. (Ver: Biblioteca sobre la Primera Guerra de los Clanes, donde se explica la historia de una forma más detallada y más acorde).

[Editado por Thauld el 20-02-2007 23:59]

Alsenot

Hace horas que sólo puedo percibir un color. Hace días que mi alma se estremece ante la visión de lo que todos sabemos ya consumado. Hoy, yo sólo huelo a sangre. No hay nada más en mi vida: sólo sangre. Muerte, cadáveres, y sangre.

La batalla terminó hace mucho... los heridos, tardarán aún mucho en terminar de fallecer. Son tantas las heridas, tantas las mutilaciones, tantos los muertos... ya sólo huelo a sangre. Ya sólo oigo ese sonido, gobernando mis oídos a cada instante. Es el sonido de la muerte, el estertor del que ya no tiene esperanza. Son cientos. Serán miles, pues esta guerra no acabará nunca.

¿Qué podemos esperar? Marchamos a una guerra absurda en pos de nada. Yo jamás he empuñado un arma: lo más afilado que he sostenido ha sido un bisturí, a lo sumo una sierra. He amputado miembros, ordenado sacrificar soldados como si fueran ganado, cosido heridas imposibles, entablillado... pero nunca jamás había visto nada como esto. De esto hacen ya días...

Los heridos no han parado de llegar en todo el tiempo que llevamos aquí. Horas interminables: en el exterior los soldados mueren, algunos llegan hasta mis manos. Horacio, mi ayudante, perdió los nervios y estuvo vomitando. Ahora vuelve a estar aquí, sosteniendo con pulso tembloroso el hilo, mientras mis ágiles dedos persiguen la herida que atraviesa el pecho de Udalraph.

- Deja de temblar, Horacio, hijo. Deja de temblar o nuestro general caerá muerto.

- Perdón, maestro.

Pero el chico no deja de temblar, ni de sudar. Un general, un general malherido en mis manos. ¿Cómo evidenciar su muerte? La herida es profunda, y la sangre salpica todo nuestro alrededor, pero él es fuerte, y se niega a aceptar la muerte. Una cicatriz partirá todo su torso si sobrevive, y quizá pierda algo de movilidad en el brazo. Otros podrían ser salvados, y morirán en su lugar, pero las prioridades son claras para un hombre de salud en el campo de batalla.

Así que sigo cosiendo, mientras varios soldados siguen avanzando. Se oyen gritos fuera.

"¡Es una masacre! ¡No saldremos de aquí con vida! ¡Luchad! ¡Resistid! ¡Por nuestra patria!"

Inútiles. Esta batalla ya la hemos perdido. ¿A qué tantos muertos? Todos lo sabemos: nuestro comandante, Alsenot, ha enloquecido. Él heredó sangre noble, y su honor cayó mancillado en esta guerra por las muertes inocentes provocadas. Ha perdido el juicio: es él quién ha ordenado esta masacre, y yo no puedo evitarla. Malditos sean los señores de este clan de locos, y malditos sean aquellos que no supieron convivir en paz cuando no había motivos para la guerra.

Ahora ya da igual. Udal sobrevivirá si es fuerte, si es débil morirá. No hay nada más que yo pueda hacer, salvo dejar al joven Horacio cuidándole. Él no está en condiciones de atender a más heridos.

Las horas siguen pasando. El día se va consumiendo lentamente, pero el hospital de campaña no da abasto. He ordenado dejar fuera a todo el que no sea salvable. Demasiadas vidas sobre mis espaldas... o no, al fin y al cabo yo no les he herido, ni soy su general. ¿Quién es esa Elenya, esa estúpida recién llegada? La última de nuestros líderes, aún pelea enloquecida en una batalla que podría haber concluido hace tiempo. Morirá, y matará a nuestro clan...

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Con un deje de locura en su rostro, una hermosa mujer comandaba a gritos a sus fuerzas. Les alentaba a luchar, y golpeaba con toda su rabia, hiriendo a diestro y siniestro a cuantos se interponían en su camino.

- ¡Matad! Golpead... ¡destruidlos! No os detengáis mientras quede un solo enemigo con vida.

Pero no restaría un solo aliado a tal ritmo. Los afilados riscos que contemplaban la batalla reflejaban ya tan sólo el rojo de la sangre: sangre vertida sobre el suelo de tierra enemiga para muchos, querida para muchos otros.

Elenya era la última de los generales. Ella había llegado con el crepúsculo, y se había hecho con el mando de las tropas, pretendiendo guiarlas a la victoria con la sola fuerza de su empeño. No había allí ni estrategia ni cabeza: mucho hacía que el líder Udal había caído, y le habían llevado, dándole muchos por muerto. Los de su pueblo lloraban mientras golpeaban hasta la muerte. Querían hacer daño, y lo harían. Querían matar, y matarían: una mujer hermosa, como si de un ángel se tratara, los guiaba a su muerte. Un ángel de amor ponzoñoso, que invitaba a la lucha sin tregua, hasta que el rival abandonase el campo de batalla o pereciese hasta el último de sus contendientes.

De las brigadas de los hombres quedaba ya muy poco. Dolo, capitán de bravíos guerreros, desincrustó su espada del casco enemigo, impregnándose el rostro de rojo fluido. No le importó: sentía cansancio, hastío, y odio. Mató a otro guerrero enemigo, pero ya no se planteó por su vida pasada. Era como la de todos: viudas, hijos huérfanos, familias destrozadas, economías pungidas...

Un nuevo arco fue trazado por su espada, y otro hombre cayó muerto al suelo. Dolo miró a su alrededor con asco. Los trolls eran las únicas criaturas que estaban disfrutando de aquella masacre. Devoraban a unos y otros por igual. No eran un mal aliado, pero eran repugnantes, y bajaban la moral de sus hombres. Maldijo a su señor Alsenot por haber contratado los servicios de aquellas repugnantes bestias, y deseó estar muerto. Pero no era algo que él pudiera decidir, y su espada trazó un nuevo arco, arrancando la cabeza de otro rival.

- ¡A mi! ¡Soldados! ¡Seguidme!

Elenya seguía gritando. Su voz resonaba con el viento y contrastaba con el gris de las nubes. Y de repente una, dos, tres flechas. Su pecho atravesado, su brazo partido, su rostro desfigurado. La mujer cayó de espaldas al suelo en un grito silencioso, retorciéndose en una crónica anticipada de su propia muerte. Otra más. Dolo supo que los hombres sentirían miedo, y entonces los llamó.

- ¡A mis órdenes soldados! ¡Yo soy vuestro nuevo líder ahora! ¡Resistid! ¡Sacad a Elenya del campo de batalla! ¡Obedeced!

Y las montañas tronaron, y el cielo rugió, y la pendiente de roca se volvió hielo.

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Floris observó el suelo. La sangre estaba reseca. Los cuerpos no se distinguían por bandos: todos eran muertos por igual. El sol brillaba ya en el cielo, y algunos hierbajos ocupaban ya el lugar. Amanda le miraba con expresión asustada.

- ¡Vámonos, Floris! Este lugar no me gusta.

- ¿Porqué no? ¡Mira, aquí hay una espada!

- ¡Ese señor está muerto!

El niño hizo una mueca burlona. Recogió el arma, y la miró con detalle.

- Tiene algo escrito. Pero no logro leerlo.

- ¡Vámonos Floris! O se lo diré a mamá. Ella no quiere que vengamos.

Pero las súplicas de Amanda no fueron escuchadas. Su hermano mayor no estaba dispuesto a dejar pasar una ocasión como aquella.

Ella tenía miedo. El suelo tenía un color extraño, y los cuerpos mutilados le producían nauseas. Incluso tanto tiempo después de la batalla, cuando ya sólo quedaban huesos esparcidos y casi todo había sido reaprovechado por la naturaleza, aquel lugar producía escalofríos en la muchacha.

En cambio el chico estaba fascinado. Había oído innumerables cuentos sobre las guerras de Árador, y aquel lugar había sido testigo, según los cuentos, de una de las peores masacres del cruento conflicto. Su madre nunca les dejaba bajar, decía que aún había guerra en aquellas tierras, aunque nadie pudiera sentirlo ya.

El joven recogió un casco y se lo colocó. Pesaba, pero no le importaba.

- ¡Soy un guerrero Liantari! ¡Soy un héroe! ¡Venid, bastardos de Heren, os daré muerte!

- ¡Para Floris! No tiene gracia.

El chico empezó a correr tras su hermana a toda prisa, mientras ella huía asustada, chillando. Entonces él tropezó, cayendo de bruces sobre la espada que llevaba entre las manos. La niña quedó en silencio, blanca como el hielo. Su hermano se incorporó con expresión dolorida: la punta le había atravesado el hombro, y sangraba. Extrajo la punta de la herida, y sintió la sangre tibia corriéndole por entre los dedos. Con un gemido, miró el arma que se le había clavado, y sintió cómo una lágrima asomaba por su rostro. Pero en ningún momento soltó la espada, ni se quitó el casco. La sangre se derramó por la hoja, impregnó sus manos, y resbaló por la hendidura de la espada que empuñaba. Las muescas impregnadas mostraron de nuevo el mensaje que el creador de aquella espada había dejado grabado en ella:

Ninguna guerra termina, en tanto las espadas sigan en alto. Ninguna espada decae, en tanto haya quien la empuñe. La guerra no la hacen las armas, sino quienes las blanden.

Alsenot, Señor de los Hombres.

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- ¿Hay algo más que quieras decirme, Laknor?

- Sí. La señora sobrevivirá, pero quedará marcada de por vida. No he podido hacer más, Señor.

- No te pido más. Has hecho una gran labor por nuestro pueblo, curandero.

- Sólo he reparado los errores de un loco.

- ¿Osas llamarme loco? No has de andar muy bien de juicio, si haces tal cosa.

- Has perdido el juicio, Alsenot. Todos lo sabemos. A mi ya me da igual: preferiría haber muerto ese día, que vivir con esta carga sobre mi alma y mi conciencia los días que me quedan. No esperes que te trate con respeto, después de haberme destruido.

- Bien, Laknor. Lo acepto. He perdido el juicio: todos lo hemos hecho. Esta guerra empieza a llegar demasiado lejos. Demasiados muertos, demasiado tiempo, demasiado cansancio. Árador no sobrevivirá a ella.

- Pactad la paz entonces.

- ¿La paz? Con quién. No hay nadie que quiera la paz. Los pueblos han convertido esta guerra en el motivo de su existencia. Yo no puedo hacer milagros.

- No nos mutiles pues. Tu pueblo no tiene la culpa.

- Nadie la tiene. En la próxima batalla, moriré yo, si es necesario. Es lo que me queda por hacer.

Me senté, ignorando la presencia de mi señor. Mi mente estaba destruida, y nunca se recuperaría del todo. Mi alma sufriría largamente los recuerdos de aquel día amargo, sabiendo las vidas que había costado mi incapacidad para tomar la decisión adecuada. Muchos murieron, por muy poco. Otros perecerían por nada.

Mi ayudante, Horacio, se había quitado la vida tres días después de concluir la batalla. No había podido soportar la impotencia, la inutilidad, y la fuerza del impacto. Se sabía inútil, y su orgullo no había podido soportarlo. Otros corrieron suertes peores. No habría retirada para muchos, pero yo me marchaba: para siempre, me iría lejos, lejos de Árador, de mi hogar y de mi profesión. Moriría en paz, en algún lugar lejano, con medallas de héroe en una tierra que no volvería a pisar. Ya no me interesaba. Nada valía la pena, y nada lo valdría en adelante.

Antes de marcharme, recordé una cosa. Me volví hacia mi señor, o al menos hacia el que hasta entonces lo había sido, y le dirigí unas últimas palabras:

- Elenya perdió la espada que le regalaste durante la contienda. Supongo que eso herirá el orgullo de Heren, si es que alguien la encuentra.

- Nadie la hallará a tiempo, Laknor.

- Bien. Entonces Adiós, Alsenot.

[Editado por Radagast_III el 22-02-2007 22:58]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Liantari Dimbar ha perdido 27 armadas x35= 945 puntos.

Recuperables: 945 puntos, al hacer uso de un poder especial.

Valoraciones: 8+8,4+9= 8,47

Recupera: 800 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 945 puntos.

No pierde puntos.

Heren Fanyarëa ha perdido 29 armadas x35= 1015 puntos.

Recuperables: 508 puntos.

Valoraciones: 7,8+9+9= 8,6

Recupera: 437 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 190%, por este concepto recupera 665 puntos. Total recuperación: 508 puntos.

Pierde: 507 puntos.

Liantari Dimbar percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.

Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.