Alkalabrindeth
EL SACRIFICIO DE FRESNOFRESCO. UN NACIMIENTO INESPERADO.
Los anales de la historia llevan tantos y largos años en su peregrinaje; que ni la tierra, ni las costas, ni los bosques son ya los mismos. Nadie en la tierra media recuerda todas las edades, ni todas las razas, ni todos los pesares. Éstos son tantos, que resulta más fácil y ligero contar las innumerables conchas del mar.
Se dice que los Valar vieron en una pequeña porción de tiempo todo el devenir de Eä. Empero, es posible que detalles mínimos escaparan ante sus ojos, o bien los ignoraron, o tal vez no los recuerden, o les restaron mérito a causa de sufrimientos mayores. Lo relevante es que nunca labios algunos refirieron estos hechos, ni mucho menos se encuentran impregnados sobre papel, roca, madera o material alguno. Se conservan… sólo en mi memoria.
¡Hum! ¡Hum! Aunque a menudo me pregunto si no sería un sueño.
La tierra era virgen y fértil; los grandes poderes de Arda hicieron visible su presencia con hermosos ropajes, pero sus plantas sagradas jamás mancillaron suelo alguno. Aquélla de hermosa vestidura verde nos donó la vida entre la gloria de su canto y el danzar de sus pies ligeros; en su larga y acompasada canción nos dio altura y fuerza con su llanto dulce ¡Ah! Es la savia más exquisita que haya probado jamás; con el roce de sus largos y suaves dedos nos abrió la ventana de luz por donde penetra el mundo con su color y sus formas, el soplo de su aliento nos arrancó de la tierra otorgándonos el movimiento a nuestro andar.
¡Hum!
Por gracia de Eru disponemos de pensamiento y habla propia. Se nos ordenó proteger al resto de criaturas elaboradas y amadas por nuestra hacedora; al principio de los días no entendimos el mandato, vivíamos en suprema armonía, tanto los Olvar como los Kelvar. Pero no siempre sería así, no. Conocimos lo que algunas razas denominaban “muerte” con la llegada de los hijos adoptivos de Ilúvatar, hacedores de hachas, y la deforme progenie de Melkor principalmente, masacradores despiadados.
¡HUM! ¡Hum! Entonces comprendimos nuestra tarea…
Pero no hablaré de las penas que nos acechan, sería una enorme pérdida de tiempo, y no me alcanzaría éste ni aunque viviera el doble de edades que llevo cumplidas ¡Hum! Ya ni recuerdo cuántas son…
¿En qué me quedé? ¡humm! Sí, recuerdo. En la época en que los valar llegaron y nosotros nacimos, la maldad de Melkor no llegó a nuestros oídos. Mi hermano Fresnofresco jugueteaba con Raicilla y Roblecón a la ramaleada; quizá el juego más antiguo creado en Arda ¡hum! ¡hum! Y fue inventado por nosotros.
Volviendo. El juego consistía en enredar tus ramas con las del otro, sosteniendo en el centro un gran nido de aves; cada uno debía avanzar girando y hacer girar sus ramas para evitar la caída del nido, y a su vez, protegerlo del arrebato de la madre que sobrevolaba entre ellos intentando rescatar a sus crías. Al otro extremo un tercer jugador esperaba la llegada del nido para ocupar el puesto de alguno de sus compañeros, entonces daban otra vuelta procurando preservar el equilibrio, de tal forma que cada jugador daba dos vueltas antes de un descanso. Perdían los jugadores a los que se les arrebataba el nido, o en el peor de los casos, se les caía; entonces sí que sufrían con los picotazos de la madre… ¡hum! Lo reconozco, era un juego no apropiado para quienes juramos ser guardianes de los bosques, pero éramos sólo unos pequeños entabos y, casi nulos los accidentes…
Aquel día, mi hermano terminó con mucha sed, diario recorríamos largas millas para llegar a las rugientes y frías aguas de un río; ahí refrescábamos juncos, musgos y raíces. En nuestro trayecto, saludábamos a los abedules, a los robles, a los pinos, a los abetos y a los ébanos. Todos ellos árboles amigables y alegres.
¡Hum! ¡Hum!
Ese día, una ola de viento helado venida del norte se cernió sobre nosotros, nuestro espíritu era más fuerte, resistimos el embate; mas nuestros pequeños amigos y vecinos empezaron a flaquear, sus hojas se secaron y caían una tras otra. Fue nuestra primera preocupación, al poco tiempo descubrimos que el motivo de aquello se debía a la ira de Melkor arrojada sobre los demás Poderes.
Debíamos actuar con emergencia o sus raíces también quedarían desérticas a causa del congelamiento. Roblecón fue el primero en tener una buena idea, corrió lo más presuroso que se le ha podido ver a un ent desde la creación de Eä hasta nuestros días; y sumergió sus ramas en el río para llevarles de beber. Lo grave, fue que al llegar sólo unas cuantas gotas de rocío cayeron sobre sus cortezas; pero aún así vimos que tomaban un tenue color; entonces todos corrimos a hacer lo mismo.
En nuestra desesperación, Roblecón cayó de bruces a mitad del río, como era el más ancho ent de toda Arda, la impetuosa corriente vio en él un obstáculo que tuvo que saltar o rodear. De ahí, Raicilla tuvo la éntica idea de atravesar el río con cualquier objeto que encontrásemos para detener su cauce y después, dirigirlo hacia donde necesitábamos que fuese.
Todos tomamos piedras enormes ¡hum! Y las lanzamos una y otra vez en un ¡hum! ¡hum! Vimos con sorpresa que la idea funcionó. Otras razas en la posteridad imitaron nuestra hazaña construyendo lo que ellos llamaron “presas”.
¡Hum! Pero eso no nos sorprende. Lo que ocurrió, es que logramos hacerles llegar el agua y reanimarlos un poco. No obstante, el viento traía en su esencia voces malignas que superaban nuestros esfuerzos, lo cual nos era desconocido. Los árboles decaían y con ellos nuestros ánimos también. Mas la gracia de mi hermano siempre fue no rendirse, y poseyendo una inteligencia mayor, dedujo que nuestra resistencia se debía a los dones que nuestra hacedora nos había brindado, cuya esencia consagrada se vitalizaba en nuestra savia…
¡HUM! ¡HUMMM!
En el acto más memorable de todos los elaborados por los Pastores de árboles, Fresnofresco decidió compartir su vid; se sumergió a las aguas, no sin antes despedirse de mí. Yo no comprendía nada, en mi ingenuidad, creí que partiría en un acto cobarde para no ver desfallecer a los amigos. Pero lo que hizo, fue, un acto de virtud, que aunque las nuevas generaciones de ents lo desconozcan; él logró la gloria y la inmortalidad.
Fue tanta la fuerza que dominó su cuerpo, que éste se resquebrajó a su voluntad, en miles de pedazos.
Enmudecimos ante el acto, vimos los trozos de madera joven y crujiente dejarse llevar por la corriente, y ésta a su vez arrastraba un bello líquido del color de la miel que resplandecía y brillaba aún en la oscuridad; era la savia que él donaba a nuestros protegidos, es el primer caso de “sangre” propia derramada que alguien hace por sus hermanos.
¡Hum! ¡Ham! ¡Hum!
Aquél día conocimos el dolor y la pérdida de la muerte; lloramos y compusimos el lamento más bello en éntico antiguo. Ese día, lo perdí…Pero gané no sólo la vida de todos los decaídos, sino el renacimiento de ellos a una nueva y mejorada especie. Aquella que años después, algunos bautizaron como… Ucornos.
