La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Realengo De Farothdin. Cuentos De Farothdin.

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Ílimo

Cuentos de Farothdin II

La flor de Tiare

Hace mucho tiempo, en un lugar que ya solo vive en las memorias de los que aún sueñan con un mundo de fantasía, de donde solo unos pocos conservan recuerdos maravillosos, hubo una playa de fina arena que serpenteaba y acariciaba el cauce de un manso río, y era en verdad un lugar mágico y afortunado porque allí era donde Tiare Apetahi bailaba al susurro de los sonidos del río, y todos los que soñaban con ella decían que era la misma Vana la que dejaba la impronta de sus pasos en la arena, día tras día, mañana tras mañana, noche tras noche; porque muy pocas protagonistas en las historias de Arda acumularon tanta gracia en sus movimientos como ella ; y era tal su gracia que cuando Tiare Apetahi brincaba lentamente en las playas de arena blanca, el río amansaba su corriente para verla a través de sus ojos turquesa.

Así fué que entre las criaturas de la tierra de Farothdin, Tiare Apetahi era como la perla más preciada de aquellos parajes. Y el río se deleitaba con su compañía más que con otra cosa de las que conociese, y en secreto la reverenciaba y arrancaba para ella la arena mas fina del fondo de su lecho rocoso para que sus pies danzasen a gusto, o le arrullaba con el eco profundo de sus aguas con el fin de hechizarla para que nunca se desenamorase de aquel lugar y siguiera bailando para él en aquellas playas. Cuando ella caminaba los lirios amarillos se abrían a su paso y a Tiare no le hacía falta cogerlos porque la corriente se los acercaba ya cortados a sus pies, y ella solo tenía que acercarse a recogerlos porque le gustaba trenzarlos y hacerse una diadema con ellos, y el río enmudecía al verla y se volvía de mármol verde, y ya la corriente no eran rápida si no que acariciaba los pedruscos ronroneando. Porque sin saberlo Tiare Apetahi era la novia del río y sólo con alzar sus brazos delicadamente, el río enviaba un soplo húmedo para alborotar su melena de ónice; y cuando ella hacía una cabriola sobre las aguas con sus blancos miembros, él le regalaba una corriente de agua cálida bajo sus pies.

¡Ahí Tiare Apetahi!, benditos los pasos que te trajeron a este lugar y nos hicieron dichosos con tu presencia. El destino caprichoso se merecería estar aquí y ver la gracia de su regalo. Mi pequeña Tiare, ¡ Tiare!, el lenguaje del río es brusco pero tú lo amansas como si fueses una hebra del cabello de Uinien. Solo necesito una mirada perdida hacia mi pupila turquesa para rendirme a tus pies. ¡Oh Tiare!, ¡blanca flor de mis orillas que me agradas con cada paso!, siento una punzada deliciosa cada vez que tus dedos se hunden en la arena, porque desde el día en que te ví extiendo agua bajo ella para no perderme cada presión que ejerces en la blanca alfombra de arena,.. Porque cuando descansas sobre ella no sabes que tus mejillas rozan las mías ¡ Tiare!, no lo sabes..Pero a veces te miro y me río pensando si no te cansas de hacerme feliz con tu danza ¡ Ojalá la luminosidad de tus ojos no acabase nunca y tus miembros no se cansasen de hacerme dichoso con tu gracia! ¡ Oh Tiare!, desde que paseas a mi lado no me hacen mella los pesares; los ciervos me vadean burlándose de mi mansedumbre y las nutrias y las garzas me arrebatan los peces de coral… Pero ya no me importan si te tengo cerca. Por tí hace mucho que decidí no probar la sal del mar donde desembocan mis aguas si puedo recoger de tus ojos una lágrima de felicidad. Tiare, ni pudieses renunciar a tus padres como yo renuncio a mi vasallaje por estar contigo..Tiare..ya ni el calor ni el frío me hieren tanto como cuando tus labios se acercan a beberme y te beso, como cada vez que te bañas en los tramos que estanco para ti., y que recubro primorosamente de guijarros suaves para que tus pies no se lastimen; para tí guardo mejores peces cuando te bañas conmigo, les pido que bailen delicadamente para nosotros y que te miren, porque si supieses el lenguaje de los peces les oirías mofarse de que me haya enamorado de tí; más lo comprenden cuando clavas tus pupilas en ellos y les enamoras con tus manos de alabastro; también ellos son presa de tu encanto y se acercan a la orilla a verte como danzas, y las garzas y las nutrias y las libélulas cesan en sus quehaceres para pensar cuando te ven: “ahí esta la hermosa novia del río, inundando de gracia allí por donde pasa”. Ya todos comprenden que merece la pena renunciar a cuanto renuncio por sentirte al extender mis brazos y rozarte invisible

Tiare Apetahi resonaba en las melodías de las golondrinas que se deslizaban muy cerca de mis tranquilas aguas para acariciarme con sus picos y beber. Cantaban tu nombre mirando a los mismísimos ojos turquesa del señor del río, y cuando lo pronunciaban era como una melodía, porque no había lengua conocida en Arda que no tuviese reservada una pronunciación hermosa del nombre Tiare Apetahi…

Durante innumerables días, meses y años, Tiare acudió a bailar en soledad por mis playas y cuando lo hacía aquellos parajes le devolvían música a cada cual mas bella, para que sus pies se moviesen con gracilidad y sus piruetas delicadas parasen el tiempo de los que la miraban. Y cuando ella atravesaba la arena portaba en su rostro el sol de la primavera, en sus miembros anidaba la patina el rocío de las estrellas y en sus ojos se reflejaba el agua turquesa de su amado río. Ella se sentía a gusto y se leía en su semblante cuando bailaba. Tal vez sospechaba los caprichos que le brindaban aquellos lugares, o tal vez no; puede que entendiese el lenguaje del río y de los animales, o tal vez no; y por eso a medida que se la mimaba más, ella bailaba aún mejor para ellos y el hechizo de amor era mutuo. Fue tal aquella intima relación que duró por mucho tiempo, hasta que los vientos fríos bajaron de las montañas del norte y helaron el río como nunca había pasado. Desde aquel día ya no volvió el invierno a ceñirse con violencia sobre aquellos parajes, porque nunca le fue perdonado que por su culpa le arrebatase la vida a Tiare Apetahi, la flor de un solo lado. Aquellos lugares ya no volvieron a ser los mismos desde que una mañana el río hubiese amanecido helado por la mansedumbre de sus aguas; así fué que Tiare, viendo que el río era un mármol de malaquita se sintió cautivada por su belleza y se sumergió en un frenesí danzarín que duró hasta el mediodía. Absorta en su música interior se deleitaba en los peces de colores que se arremolinaban bajo el cristal de hielo, que esta vez no acudían a verla; tampoco lo hacían las aves canoras que se arremolinaban en torno suyo y le trinaban; y el señor del río la miraba allí donde iba, siguiéndola bajo el hielo en cada pirueta, bailando junto a ella con el corazón lleno de pena, tocando el cristal que recibía el contacto de sus pies, avisándola en silencio del peligro. En el mediodía el sol se hizo fuerte y el hielo se quebró bajo los pies de Tiare. Su grito se ahogó entre los cristales de hielo que magullaron sus miembros; el señor del río la levantó en sus brazos pero eran tan fríos que marchitaron a la delicada bailarina. En brazos del río murió de frío y en un arrebato su amado recogió con una oleada las playas de fina arena y las amontonó en un islote donde depositó el cuerpo de su amada, para así rodearla siempre con sus brazos. La dejó sobre la arena como si fuera espuma sobre las rocas con sus trajes de tela bordada hondeando en la arena y su rostro sereno estaba enmarcado por una corona de lirios sobre el azabache de sus cabellos. El señor del río reunió las piedras mas hermosas y tapizó con ellas el fondo de aquellas aguas y los lirios más hermosos recubrieron sus orillas de la isla, y las aves canoras iban allí a cantar en memoria de Tiare Apetahi, y los peces multicolores siempre nadarían alrededor de aquella isla, al abrigo de las corrientes más calidas que siempre guardaría para su princesa el señor del río. En el nicho de arena donde fué dejada, Tiare regaló al río una flor que brotó de su corazón; una flor de cinco pétalos como si fuera los dedos de una mano tendidos hacia arriba. Cada mañana nuevos brotes se abrían justo antes del amanecer con un “pop” claramente audible. Y así esta flor es ahora como la mano que tiende Tiare Apetahi diciendo al morir en brazos de su amor: “cada mañana, cuando acudas a la isla a abrazarme, te tenderé mi mano para que la acaricies".

Kelusse

La historia le reporta a Realengo de Farothdin 240 puntos.