La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 71. C2 Helkelen Lara Vs C2 Lempë Ohtari.

2007:03:09:19:02:46

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 9

Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 15

Victoria para Helkelen Lara.

Alalmë

Desde hace ya mucho tiempo, antes de que la sombra del olvido se hubiera extendido por las llanuras norteñas, antes incluso de que floreciera un Imperio de los Hombres, grupos de Avari habían recalado en el Bosque del Manto Susurrante. Aquella era aún una época joven, en la que el frío extremo no había llegado a orillas del mar, y la masa de árboles cubría como un cinturón verde toda la costa. Nada amaba aquel grupo de elfos más que los árboles: quizá sólo las estrellas alumbradas por su reverenciada Gilthoniel, pero aun así no les importaba vivir bajo sus copas y no poder disfrutarlas.

A pesar de que muchas aldeas humanas existían cerca de ellos, incluso grandes núcleos como Aeron Mir, pocos helkerianos habían tenido ocasión de conocer en persona a los habitantes del bosque, ni aún los Eldar exiliados. Desinteresados de todo lo que ocurría fuera de su territorio, que había sido respetado por los poderes de Helkelen en todos los tiempos, sólo formalmente se podían considerar habitantes del clan. No tenían representantes en el Consejo, ni consideraban que fuera necesario, mientras no se les molestara.

Y en aquel territorio desconocido para propios y extraños, se iba a librar una de las últimas batallas de una tierra agotada.

En una pequeña colina tenían su posición las gentes de Lára. Los exploradores habían divisado el avance de las tropas de Lempë desde hacía algunas horas, pero la masa de árboles alrededor de aquel claro impedía su visión. Todo estaba preparado para el ataque, y, por la mañana sucedió.

Al pie de la colina avanzaban entre los árboles las primeras tropas, escudadas en ellos para evitar las flechas enemigas. Entonces, el capitán Laureon ordenó a las huestes avanzar hacia la lucha, para caer sobre ellos como águilas con las espadas desnudas y los escudos vigorosos.

Fue Hegur, de la aldea de Arandanera, veterano guerrero, quien primero derramó la sangre enemiga. Recio veterano, caminaba siempre a la vanguardia de la compañía, y nunca aflojaba su empuje. Más de ocho cayeron en su primer avance, mientras sus grandes manos empuñaban con fuerza su hacha. Detrás de él y sus bravos montañeses, Alalmë ordenaba a los soldados a su cargo que mantuvieran la formación de escudos, para defenderse de los venablos enemigos.

En un momento, los montañeses se encontraron separados del avance del grupo principal por una muralla humana. Todos se defendieron con uñas y dientes de sus adversarios, que les acorralaban, y espalda con espalda luchaban, mientras cantaban con su jefe la vieja canción montañera:

Más ve el águila en su yerma piedra

Que el conejo en su limpia madriguera

Y puede más el hombre de la montaña

Aunque le acosen con hierro, piedra y madera.

Y el que caía, lo hacía con esa canción en los labios. Decidido a no perder a su gente, Laureon llamó a sus más fieles soldados, y les pidió que le siguieran al centro del campo, donde resistían. Bajaron las tropas, lanza en mano, de la colina por el lado occidental, arrollando todo lo que encontraban a su paso con sus monturas. Por el flanco oriental, los soldados a pie resistían sin miedo la lluvia de flechas, que era más escasa que otras veces por el impedimento de los árboles. Caían la flor de la juventud de ambos lados, se quebraban los escudos en los brazos, pero el sol seguía impasible su curso en el cielo, y nada tenía visos de acabar.

Llegó por fin Laureon y sus hombres a la vera de Hegur, que aún resistía con dos docenas de montañeses, cubiertos de sangre propia y ajena. Los jinetes se dispusieron en formación para proteger a los hombres, pero Hegur, cuyo padre había sido representante de su aldea en el Consejo, al igual que él, se negó a retirarse. “Si he de morir entre los bosques, no será mal lugar, quizá sirva para proteger los altos.” Y allí siguió luchando, al costado del maia, hasta que una lanza enemiga quebró su coraza y su valiente corazón.

Al otro lado del campo, las tropas de Alalmë habían hecho retroceder al enemigo unas decenas de metros. No obstante, al lado de la mujer, que luchaba denodadamente con su espada corta, habían caído dos de sus jóvenes compañeros, dos muchachos que llevaban menos de un año en el servicio. Alalmë, a diferencia de la mayoría de los helkerianos, conocía el bosque y sus habitantes. Sabía que la batalla se desarrollaba aún cerca de la linde, y que no estaban cerca de los asentamientos élficos; no era que esperara ningún tipo de ayuda de los elfos del bosque, que ante todo eran pacíficos; pero en el fondo confiaba en ellos más que cualquier otro presente.

Cuando Laureon vio a Hegur a su lado, caído por la lanza, su corazón se empañó de dolor e ira, porque aunque su fëa era el de un Ainu, su encarnación le exponía al sentir de los hijos de los Hombres. Y ese dolor y esa ira le hicieron crecerse, hasta el punto que los que estaban al lado pensaban que era otro, y no el meditabundo y afable señor que conocían, sino un espíritu de la venganza; y gritó, arengando a los suyos y a los montañeses, para que vengaran a un hombre bueno, un hombre valiente que no había temido a nada y había dejado su sangre por su tierra, lejos de su aldea. Todos a su lado sintieron las fuerzas renovadas, como si hubieran estado descansando todo el día, y se lanzaron a la batalla con redobladas fuerzas. Los compañeros de Hegur protegían su cadáver, para poderlo llevar entero a su aldea.

Pero nada de esto hubiera sido suficiente, si, cuando las fuerzas de ambos bandos estaban igualadas, no hubiera ocurrido lo impensable. Se oyó, desde la profundidad del bosque, un cuerno apagado, a pesar del fragor de la batalla. Unos minutos después, el cuerno sonó más cerca, y era inequívoco: un cuerno de caza. Más tarde, los avari le contarían a Alalmë que habían salido en una expedición de caza, y no les había sido difícil escuchar el fragor la batalla ni percibir que los animales huían en dirección opuesta al claro.

Las flechas hasta ese momento habían sido poco provechosas, pero los elfos del bosque sabían apuntar entre toda la maraña de árboles, como si combatieran a campo abierto. Las flechas destinadas a los ciervos y zorros fueron esa vez para los enemigos de Lára, cuyo estandarte ondeaba en lo alto de la colina. Avanzaban cada vez con mayor premura hacia el claro, atrapando a casi todos los soldados de Lempe que encontraban en su camino, y la compañía del clan del Oeste se encontró aprisionada entre dos fuerzas enemigas, como lo habían estado antes Hegur y sus hombres. El destino de la batalla estaba sellado, mientras todas las armadas de Lára que quedaban en pie avanzaban bajo la cubierta de pino, hasta que Lempë no tuvo más remedio que retirarse. El claro era ahora un lugar sombrío, en el que se mezclaba el olor de los pinos con el de la sangre derramada.

Darlak Lórindol

Oh, maia del viento

Me sientes en tu piel

Oh, bella Súlesse

Me sientes en tus manos

El aire sopla sobre las copas de los árboles, tan antiguos que su esencia susurra lamentos ancestrales.

Annamel aprehende el viento que discurre entre las ramas de los sauces, que azota las hojas de los abedules y que golpea los troncos de los robles.

Hace frío en el Taurëruin pero más frío hace en el Bosque del Manto Susurrante.

– Mi querido esposo, ¿por qué tengo este pesar? El viento ha venido desde el norte y no me deja consuelo alguno. – Annamel abraza a Súleglîn y se refugia en sus brazos, tiene dolor, pena y congoja.

Pero cuando la joven elfa despierta ya no encuentra a su esposo junto a ella. Nota su ausencia en su lado de la alcoba. Tal y como vino de la guerra del norte volvió a marcharse hacia el sur, a la inhóspita tierra de Rilmaven.

Oh, maia del viento

Camina hoy sin pesares

Oh, bella Súlesse

Olvida hoy los dolores

Esa noche ha salido a caminar aprovechando que la luna brilla con fuerte fulgor. Sin embargo, el viento frío sigue soplando desde las tierras heladas del norte. El bosque la arropa y le abre los caminos que ocultan a los demás. Ella es la esposa del señor del bosque y no pueden sentir por ella sino respecto y especial consideración.

Hay malestar en el Taureruin pero más malestar hay en el Bosque del Manto Susurrante.

¿Qué importa haber conquistado dos ciudades enemigas si a causa de ello han caído tantas personas en el campo de batalla? ¿Qué importa el honor de un reino cuando tanta sangre se vierte para lograr una gloria fugaz?

Ella camina, intentando escuchar el tenue murmullo de cada uno de los árboles. En su mente aparecen imágenes: otro bosque en otro lugar, los rostros cansados de los soldados de la segunda compañía, en tierras enemigas desde hace algunas semanas. Es entonces cuando se encuentra con las miradas de Darlak y Eleth, los capitanes de la compañía, miradas perdidas y cansadas pero decididas al manejo de la espada y al verter de la sangre. Ve la angustia del capitán, el desconsuelo de saber que aquella guerra está trayendo más pesares que recompensas. Pero él sabe que la guerra ya no se puede parar. La mayoría del ejército ohtari se halla ahora en el norte y el orgullo puede más que la misericordia.

- ¿Cómo vamos a tener piedad ahora con Helkelen cuando sus ejércitos no lo tuvieron cuando atacaban nuestras ciudades? , dijeron algunos en la última reunión del consejo.

Ahora sólo queda ella de los altos cargos del Consejo de Caballeros. Aikanaro, Yárfaila y Súleglîn se hallan protegiendo las fronteras del sur mientras que Sonyariel, Vanadessë, Aratan, Darlak y Eleth se hallan en el norte, en una ofensiva dirigida contra los hombres del frío y originada por su alianza con el matriarcado.

– ¿No se puede intentar solucionar pacíficamente el conflicto con nuestros vecinos? , preguntaron algunos. Esta guerra es irreversible, respondieron otros.

Annamel contempla las apagadas luces de Ostova y, a su mente, vienen las imágenes de cuando aquella ciudad sufría el asedio de los que ahora eran asediados. Muchos cayeron entonces y muchos los están haciendo ahora.

Se sienta en la orilla del Aelin Lindalë mientras contempla sus aguas tranquilas, plateadas a la luz de la luna. Pero todo cambia en un momento. Las aguas empiezan a agitarse, débilmente primero, y fuertemente después.

Oh, maia del viento

¿Qué ves en mis aguas?

Oh, bella Súlesse

¿Qué ves con tus ojos?

Veo una batalla, veo la barbarie de la guerra con mis propios ojos. Veo el dolor de un bosque

[…]

Las aguas del lago proyectan unas imágenes en la mente de la maia y, al mismo tiempo, elfa. Es entonces cuando ve caer al suelo a valerosos caballeros obligados a blandir espadas, a manejar hachas, a lanzar saetas y a matar enemigos.

Ve las fuerzas ohtari ser atacadas por un ejército de Helkelen, ambos defendiendo su honor con el ímpetu del vigor, con la valentía inculcada y con la fuerza de sus armas. Flechas silbantes cruzando los aires, hachas cortando miembros, espadas sesgando vidas. Los soldados de la segunda compañía acorralando a los enemigos, haciendo caer a los fornidos hombres de las montañas, curtidos por el frío más intenso y poco benevolente. Ve armas que apagan vidas y cantos de valentía e impenetrable coraje.

[…]

Las imágenes proyectadas por las aguas del lago cambian.

Se vislumbra ahora la llegada de más fuerzas enemigas a socorrer a los diezmados compañeros, que se disponen en filas decididos a no dejarse dominar. Las tropas de Darlak y Eleth hacen lo propio, se reorganizan y, al grito de su senescal, inician una nueva embestida. Tras ellos, los árboles de la linde del bosque comunican las desgracias de la batalla murmurando a los otros árboles. Así se transmiten las malas nuevas hasta que llegan al corazón del agotado bosque. Pero más lejos aún llegan los lamentos, éstos ahora en forma de canto forestal alcanzando el bosque que muy al sur esconde la ciudad ohtari de Ostova Lorë. Allí, Annamel llora por tantos caídos y tanta angustia.

Son sus lágrimas las que enturbian sus ojos mientras que las tropas enemigas cogen el control. Caen muchos elfos, y también hombres y enanos, bajo las armas enemigas. La contienda está equilibrada y ninguno parece desfallecer. Los árboles se agitan y las hojas susurran. El viento sopla aún más fuerte en el Taurëruin, pero el sol brilla débilmente en las tierras heladas.

El Bosque del Manto Susurrante se agita entonces y de él surgen nuevos cuernos que suenan desde el interior de la masa de árboles, desde el corazón dolorido del bosque. Una lluvia de flechas cae entonces sobre los hijos del bosque Taurëruin. Dos bosques hoy se enfrentan, dos antiguas y lejanas florestas se unen de la peor forma posible mediante la frágil y penosa unión que ofrece la guerra.

Eleth grita pero su voz se vuelve opaca ante el ruidoso fragor de la batalla. Darlak está muy lejos para escucharla, afanado en hacer caer al enemigo. Las filas de la humana criada por elfos van cayendo a causa de las multitudes de flechas que vienen del bosque. Varias de ellas caen sobre la capitana, impactando algunas de ellas sobre varias partes de su cuerpo. La herida joven cae al suelo desde lo más alto del árbol donde está encaramada.

¡¡¡Eleth!!!

Annamel llora arrodillada ahora en la orilla del lago, el dolor de dos bosques comunicados por la guerra la inunda de una forma exponencial. En su propia piel siente el padecimiento que les produce a los árboles ver a sus hijos caer en el campo de batalla.

Hay doloroso llanto en el Taureruin pero más dolor hay en el Bosque del Manto Susurrante.

[Editado por aratir el 06-03-2007 23:28]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Helkelen Lara ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 252 puntos.

Valoraciones: 7,4+8+8,3+8,4= 8,025

Recupera: 202 puntos.

Pierde: 113 puntos.

Lempë Ohtari ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.

Recuperables: 394 puntos, al hacer uso del poder especial.

Valoraciones: 8+7+8,6+7,8= 7,85

Recupera: 309 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 394 puntos.

Pierde: 131 puntos.

Helkelen Lara percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.