La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 78. C1 Helkelen Lara Vs C2 Realengo De Farothdin.

2007:03:12:18:08:16

Kelusse

Fin Guerra: Realengo de Farothdin se retira del Combate

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 4

Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 8

Victoria para Helkelen Lara.

Apacen



Helkelen Lara tiene de plazo hasta la medianoche del 08 para publicar su historia. Realengo de Farothdin dispondrá de tres días a partir de la publicación rival.

El recluta Lebbenin, tras sufrir la vergüenza en clase, salió al patio de armas. Tenía ganas de soltar adrenalina en el fragor de la batalla para olvidar lo sucedido. Sin embargo el profesor le paró al salir de la armería y le sermoneó de nuevo:

-Cadete Lebbenin, ¿os dirigís al campo de guerra, verdad? Más os valdría pasaros por los archivos y tratar de aprender algo sobre la última clase en la que tan atento estuvisteis. La destreza con las armas es algo muy valioso en los capitanes y más en los de Gondor, pero no olvidéis que el no repetir los errores del pasado puede significar la salvación de sus tropas y su ciudad.

El cadete del pelo rojo se sintió sorprendido por las palabras del profesor; ya en años anteriores se conocía a este docto erudito por lanzar algunas indicaciones a sus alumnos sobre las principales preguntas que formularía en el tribunal de examen, por ello sus clases eran de obligada asistencia para todos. Esta pequeña charla sobre las batallas en las tierras de Helkelen Lara no podía significar más que otra advertencia.

- Magister, sin duda alguna tenéis razón, lamento mi comportamiento, y por ello os prometo que consultaré inmediatamente los archivos.- El cadete Lebbenin dio media vuelta para dejar las armas de entrenamiento colocadas y se dirigió a la biblioteca. Allí estaba el maestro bibliotecario, un bondadoso pero sordo anciano que llevaba años en su puesto pese a que su sordera impedía que el silencio reinara en sus dominios y que en algunas ocasiones este ruido superara al del fragor de la batalla. Pero debido a que era el único que conocía de memoria toda biblioteca seguía gobernando en estos lugares y hasta el senescal se dirigía a él con respeto y admiración.

- Ah, Lebbenin, venís sin duda a consultar los manuales de esgrima que hemos adquirido de la lejana Haldir para integrar sus golpes en vuestra guardia. ¿No? Bien, entonces no perdáis más el tiempo y escribidme que materia deseáis consultar.- El maestro bibliotecario le dio la hoja de peticiones y allí el pelirrojo intentó especificar la batalla a la que se refería.

- Ummm Batallas de Lara.... ummm sin duda alguna el profesor Saldon ha dado esa clase esta tarde... nadie más habla de esas batallas y menos desde un punto de vista tan favorable al vencedor. La historia la escriben los vencedores como bien dice el refrán, pero entre los vencidos hay también crónicas muy dignas y bien narradas, como ocurre en este caso, aunque son mucho menos conocidas. Bien os daré las dos versiones; aunque el profesor Saldon sólo considera la de los historiadores de Realengo hay un pequeño librito que narra esas batallas de un soldado de la propia hueste Helkeriana y si bien no es tan academicista es mucho más ameno y vívido que el de los historiadores.

El maestro bibliotecario se alejó y mientras tanto nuestro recluta se puso a hojear unos manuales de técnica de combate con hachas mientras llegaban sus peticiones. Al cabo de media hora regresó el bibliotecario con dos libros. Uno de ellos, ricamente forrado en piel negra de cordero y con sellos y cintas para señalar pasajes, y otro pequeño libro en papel amarillento por el tiempo y con una gran pátina de polvo.

- Bien, aquí tenéis, por un lado las crónicas de Realengo- dijo posando el pesado y gran libro negro- y por otro lado la vida, lucha de la Primera Compañía de Helkelen Lara - dijo posando el viejo y pequeño libro- Me ha costado encontrarle; hacía muchos años que no me venía a la mente y agradecería que los tratarais bien, pues me gustaría releerlo cuando lo entreguéis y recordar las viejas aventuras imaginarias de mi juventud.

El recluta agradeció al maestro bibliotecario la atención recibida y se dispuso a leer las peripecias de la Primera Compañía; la charla del bibliotecario le había dejado intrigado sobre el pequeño e insignificante libro.

"A todas las generaciones futuras y a aquellos que en el presente vieren y entendieren, escuchad el lamento por los hombres caídos en la épica batalla. Musas, sed favorables a este pobre poeta y permitid narrar con rigor y veracidad los hechos ocurridos frente al lago espejo, donde los capitanes Ezel y Herkeblam se enfrentaron contra sangre y fuego en la reconquista de su ciudad y su villa, de sus hombres y su honor. "

El comienzo, aunque un poco arcaico, era apasionado, y el recluta fue pasando páginas y leyendo por encima hasta llegar a la quinta batalla la reconquista de Ost-En-Aël.

Al amparo de la noche la hueste Helkeriana había llegado a las puertas de la capital. Los hombres yacían agotados, habían marchando durante largas jornadas a través de sus tierras. A medida que se desplazaban hacia el este, descubrían con horror y resignación el atroz saqueo que sus tierras sufrían por parte sus enemigos.

En sus cabezas resonaban las últimas palabras de Apacen Que cada uno de vosotros sea un ejercito, y que los espíritus guíen vuestros ataques hasta el corazón de nuestro enemigos y en su corazón ardía el fuego de la venganza.

Por suerte para ellos, las tropas de Realengo se habían apostado fuera de capital, entre Ferith Ar-Karáh y Ost-En-Aël, confiaban plenamente que sus aliados hicieran el trabajo sucio, mientras los soldados de Lempë luchaban contra las tropas de Helkelen Lara, los soldados de Realengo se repartían el botín Helkeriano, aquel que habían arrebatado a las viudas, niños y ancianos de las desprotegidas ciudades Helkerianas – ¡Admirar a tan valerosos señores!.

De la profundidad de la noche, un grupo de aguerridos soldados se dirigió al muro sur de la ciudadela, equipados tan solo con unos garfios y cuerdas, asaltaron los muros de la ciudadela, su objetivo abrir las puertas de la capital. En aquella noche sangrienta, la guarnición que Realengo tenía en la ciudadela fue aniquilada; sus hombres pasados a cuchillo, no hubo clemencia alguna, el fuego de la venganza se propago por toda la ciudad y ríos de sangre inundaron sus calles.

Aquella macabra noche no hubo vítores, ni celebración alguna, un aterrador silencio lo engullo todo, incluso las palabras que la dama Ezel dijo al atravesar el porton, le fueron arrebatas por los fríos aires procedentes de las Montañas de La Nieve Perenne.

- Tomarla fue fácil, lo difícil será conservarla

Kelusse

Narmince destacaba más blanca que los álamos mientras tañía su arpa en mitad de aquel bosque cercano a Farothdin, esperaba sentada en un tronco caído, con los ojos perdidos en sus pensamientos. Su pelo cobrizo perfectamente cuidado caía sobre los hombros y sus manos hacían música con el instrumento tomado del botín a una ciudad. Rasgaba las notas con mucha destreza, tanta que cautivaba a los pocos soldados que la acompañaban, haciendo que trabajasen lentamente. En cada melodía sacaba fuera las emociones que atormentaban su interior, dudas para las que no tenía respuesta, impotencia y rabia contenida. Aparentaba una máscara de tranquilidad con la que fue instruida para la guerra; gracias a la música mostraba a los suyos que también ella era de carne y hueso, en aquella ocasión había decidido relajarse y mostrar el derecho a expresar sus sentimientos. . Una guerrera como ella, una activa consejera una regente competente… ¿para que? Solo era un ruiseñor en una jaula de oro. Había sido confinada a regir la ciudad de Hrota Elerrina y a comandar una pequeña fuerza de asalto insuficiente a la hora de asaltar un castillo. Y ahora estaba allí una vez más, en los límites del bosque de Farothdin, esperando a entregar el botín que estaba a sus pies. Mientras esperaba se distraía en la música y no en el arte de la guerra que tanto añoraba.

No se veía la puesta de sol desde la floresta, pero la luz que se colaba entre las ramas desde el horizonte lo cubría todo de naranja y rojo. Dejó su arpa en el regazo y alisó su vestido, se quitó lentamente las briznas de hierba seca del camino, una a una mientras sus sentidos le devolvían el aroma del bosque mágico que daba paso a Farothdin. El paso del este no estaba lejos pero no había sido abierto para ella. Las órdenes fueron explicitas “en el Korie de álamos de la frontera” y allí estaba, fiel a su cita, representando bien el papel de una obediente mensajera del Reino. Se ríó de si misma en silencio compadeciéndose con humor de lo que habían conseguido hacer de ella “dentro de poco mis manos serán las de una trovadora”…

_Mi Dama, _interrumpió un infante de su guardia_ no tardarán en aparecer

_Si, tal y como había sido indicado de antemano. Coloca aquí cerca el resto de los cofres, acabaremos pronto, mientras, di que ensillen los caballos.

El arroyo cercano se agitó, Calilingwe, el pez mágico de Farothdin no apareció pero fue el quien abrió la magia que protegía el reino. Un viento suave levantó una cortina de hojarasca y en los límites del bosque donde los trocos eran gruesos, la neblina dió paso a un grupo de elfos con lámparas, caminando hacia ellos a buen paso, bajo capas verdes como el musgo.

Se pararon y rodearon a Narmince que permanecía impasible ante su presencia; con el leguaje de señas tranquilizó a sus guardias haciendo que volvieron a los preparativos del viaje. Entre los visitantes uno avanzó hacia ella con paso decidido, era de los jefes elfos de una tribu errante, los montaraces orgullosos que vigilan las fronteras por si la magia no es suficiente...

_ ¿Acaso han olvidado los Montaraces la cortesía hacia los señores de Farothdin? _dijo Narmince imprimiendo un tono de reproche_ instintivamente deslizó su mano hasta tocar la empuñadura de su espada

_ El jefe Montaraz se detuvo ante aquel dardo que silbó en sus oídos… “mi respetos y los de mi grupo son tuyos”..._dijo haciendo perfectamente el saludo ritual_

_ Narmince no ocultó su indiferencia y con un pié acercó uno de los cofres al elfo “el fruto de nuestra batalla se estima en seiscientas piezas de oro” este arpa no merece ser fundida y me la reservo en pago por mis servicios al Reino.

_ Mañana a estas horas recibirán su botín en las arcas de la capital. Transmitiré sus deseos al consejo mi Dama, con vuestro permiso…_todo ello dicho en un tono frío y meramente diplomático_

_ Si nos volvemos a encontrar, recuerda que desde la marcha de los Reyes formo parte de ese consejo y me cuentan entre las principales consejeras. Puedo tomarme ciertas libertades. A lo que me pregunto… ¿no han venido con vosotros los refuerzos que me prometieron?

_ Nos mandaron comunicarle que Arestel Vanimelde reorganizó las asignaciones de tropas. La mayoría marcharon para reforzar el frente del Sur a cargo de Narquelië…

Narmince se levantó airada como si ya hubiese escuchado todos los argumentos de aquel elfo. Pasó silenciosamente y se apartaron a su paso rozándola, como esperando que hablase; en cambio ella calló sus pensamientos y pasó por en medio sin mirarles a la cara sin dirigirles palabra. Se limitó a hacerse un recogido en el pelo y subir a su caballo. Una vez arriba miró a los presentes por encima del hombro y arengó a los suyos para salir de allí. Agitó las riendas de su caballo en dirección contraria, hacia el este, picando espuelas para alejarse de aquel revulsivo escenario...

( ….)

No muy lejos de donde se encontraba ahora Narmince, Ganfika había quedado al cargo del pequeño ejército. Estaba en su tienda, reclinada sobre una silla de madera de haya y tapizada en blanca lana. La estancia estaba tenuemente iluminada por unas lámparas de aceite que dejaban entrever una decoración sencilla pero suntuosa, caracterizada por muebles funcionales pero que a la vez revelaban una buena manufactura, señales inequívocas del rango de un capitán. Llevaba encima un uniforme de chaqueta y pantalón gris oscuro sin más adornos que el emblema de la rosa bordado en el costado, la unica arma que llevaba era un chuchillo enfundado con la empuñadura profusamente decorada en oro. Estaba ojeando unos pergaminos de fibra de lirio cuando una trompeta la sobresaltó, era la señal de la batalla.

¡Su primera batalla! apenas tenía tiempo para asimilar lo que se avecinaba. No hacía mucho que había salido de la academia de la Orden de la Rosa y ya estaba afrontando un inesperado ataque ”¡ en la guerra, el destino nos golpean donde menos se le espera ¡” _aquellas palabras del rey brotaron de su memoria como si fuera ayer el día en que fue investida capitana _. Pensó en todos aquellos consejeros del reino que le hablaron de aquel frente como un lugar aparentemente tranquilo, “formarás parte de una fuerza rápida de asalto dispuesta a saquear ciudades y poblados desprotegidos” ¿Cómo harían frente a un bien pertrechado ejercito de Helkelen Lara? Una victoria se le escapaba de las manos…y Narmince no estaba allí para aconsejarla, tenía que tomar decisiones rápidas y acertadas, una mezcla difícil.

Cuando el escudero entró en su tienda ella ya estaba pertrechada. Se limitó a hacer en la armadura los últimos ajustes de rigor. Ganfika se dedicó mirar su armadura, metalizándose de la inminente guerra, preparando sus músculos para la hazaña; cuando estuvo lista, tomó aire y bajó su alto yelmo con el penacho rojo hondeando al aire. Cuando salió a la multitud desenvainó su espada y el campamento le recibió levantando los pendones y las lanzas entre voces llenas de fanatismo. Ella correspondió arengando a los suyos con un discurso que rezumaba la rutina y la ausencia de espíritu. pero parece servir _se dijo a si misma_. Fue interrumpida en su discurso por un brillo que la cegaba desde el interior del ejército. Agradeció aquel paréntesis; era la luz del sol reflejada en la espada de Narmince que se acercaba a ella a la carrera y sin pertrechar. Una vez a su lado le dijo. “Sal al combate y dirígelos hasta que este preparada

(…)

Una y otra vez, era imposible, algo inaceptable. El rumor era cierto; por mucho que nos esforzáramos en luchar bien, por mucho que estuviésemos entrenados y bien pertrechados, éramos inferiores en número y por si fuera poco la batalla no estaba de nuestro lado. Helkelen Lara nos abrumaba una vez más y seguíamos ahí guardando las formas y encarándonos. Esta vez si me salió una arenga del corazón “ cerrad filas y luchad codo con codo” . Una vez dicho, las órdenes salían solas y surtían efecto para minimizar las pérdidas.

Narmince llegó al rato, encolerizada como nunca la había visto, repartiendo mandobles con movimientos circulares. no respetó la formación de combate y luchó por libre. Necesitó matar a muchos para conseguir llegar a mi lado. ¡ Ganfika,! ¡Préstame atención porque no lo repetiré!; somos muy inferiores y no voy a arriesgar la vida de mi ejército ni la mía propia en esta empresa, ¡no!. Somos inferiores y luchar solo nos llevaría a la destrucción que tanto anhela Helkelen Lara. No quiero pasar a la historia por perder honorablemente la vida en inferioridad frente al enemigo. Ordena a los tuyos la retirada porque no pienso luchar por un Reino que no me da tropas suficientes para hacerlo.” Quedé perpleja mirándola a los ojos inyectados de rabia e impotencia. Ella me miró aun más y emitió un grito ahogado, sus ojos se abrieron de par en par y lloraron como si saliesen de sus órbitas. Había sido alcanzada por una espada enemiga que había aprovechado que me hablaba. Cayó en mis brazos, y pase su cuerpo herido a otros que rápidamente la metieron a salvo entre nuestras filas. Ordene la retirada y sonaron los cuernos a lo lejos. El deseo de Narmince estaba hecho, nos retiraríamos con pocas pérdidas. Ahora tenía tiempo para encarar mi pequeña venganza: herir de muerte a aquel bellaco que había sido tan osado de alcanzar a mi capitana a traición. Miré su armadura de buena factura, tal vez un paladín de alguna importante familia. Sin apenas darle tiempo a reaccionar, hundí mi espada en su costado y de una patada volví a sacar mi hoja diciéndole mientras caía de rodillas “sufre ahora lo que ella y ojalá que mueras aquí mismo…”

Escrito por Ílimo (gorathion) el 08-03-2007 21:14

Clan: Realengo de Farothdin Raza: Maia

Kelusse

Resumen de la batalla.

Helkelen Lara ha perdido 4 armadas x35= 140 puntos.

Recuperables: 112 puntos.

Valoraciones: 0+5+6,6+0= 2,9

Recupera: 32 puntos.

Pierde: 108 puntos.

Realengo de Farothdin ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 140 puntos.

Valoraciones: 6,4+7,4+6,6+8,92= 7,33

Recupera: 103 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 140 puntos.

Pierde: 140 puntos.

Realengo de Farothdin entrega 100 monedas a Helkelen Lara por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.