La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 80. C3 Heren Fanyarëa Vs C4 Liantari Dimbar.

2007:03:16:18:55:46

Kelusse

Fin Guerra: Heren Fanyarëa deja de Atacar

Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 15

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 17

Victoria para Heren Fanyarëa.

Naredhel Anariel

- ¿Recuerdas la leyenda, Bohr?

- ¿Cuál de ellas, Reina? Tú sabes que son incontables las leyendas que adornan vuestro pueblo – pregunta, mientras me mira con una ligera sonrisa. Su rostro ha cambiado apenas. No así su mirada. El tiempo, la guerra. Quien sabe quizás qué otros pesares, han logrado hacer madurar al Hijo del Águila. Y yo todavía no logro acostumbrarme a un cambio tan evidente, después de permanecer durante tanto tiempo lejos de él, y de tantos otros. Lejos de mi pueblo.

- No obstante, Bohr, tú sabes que siempre hay unas más importantes que otras. ¿Recuerdas entonces la Espada?

Un velo de un dolor lejano y oscuro empaña su mirada. Recuerda. Y recuerda más que eso, lo sé.

- Mi madre me la contaba... de niño. Y nunca me cansaba de oírla en sus labios, cada noche, mientras me acariciaba los cabellos hasta hacerme dormir. – Muchos años han pasado desde que ella se marchó, pero el dolor permanece. Y me temo que aún será así por mucho tiempo. Asiento levemente con la cabeza, y acaricio su mano en un gesto de consuelo. Pero él la retira como si quisiera esconder su debilidad.

- Es una hermosa leyenda ¿no es así? Ha perdurado en el tiempo, transmitida de madres a hijos, de generación en generación. Y así debe ser. Y la he escuchado miles de veces, siempre con sutiles cambios, pues como todas las leyendas, cambia en función de la experiencia de aquél que narra la historia. Es por eso que te la contaré hoy de nuevo, en este desierto, tal como fue en un principio.

Recostada sobre el diván, mi mirada se pierde sobre la lona blanca de la tienda, y más allá. Mi voz recupera entonces el eco de tiempos lejanos, citando unas palabras lejanas.

- Y entonces salió otro caballo, que era rojo; y se le dio poder para que a partir de allí eliminara la paz de la tierra y se mataran unos a otros; y se le dio un gran espada. Y el nombre de la espada era Sar... Venganza, la Espada Roja de la Retribución.

“Cuenta la leyenda, quizás una de las más antiguas leyendas que se conservan en Fanyarëa, que la Sangre del Águila y del Vampiro protegerá siempre a los ramalië.

Y son muchos los ramalië que afirman que esa Sangre Sagrada y Protectora corre por sus venas, transmitida a lo largo de las generaciones a través de la Tanna. Y es cierto.

La Batalla de los Cielos cubrió las estrellas durante siete días y siete noches, cuando las Sagradas Águilas y los Sagrados Vampiros lucharon en el cielo. Y durante siete días y siete noches los Primeros se escondieron en cuevas, temerosos de aquella batalla. El Poder Sagrado era incomprensible aún para ellos, y la furia y la fuerza de la batalla derribaba las montañas, y enviaba lluvias de fuego y nieve, y huracanes de viento ardiente y helado, y los cielos se cubrieron de nubes negras y rojas, y rayos como espadas caían sobre la tierra, devastándolo todo.

Fue entonces cuando Melyë salió de las cuevas. Nadie sabe qué fue lo que le impulsó a salir entonces, a pesar de todo. Era un hombre, un niño por aquél entonces, pero sigilosamente subió las enormes montañas, pues la curiosidad en él era más fuerte que el miedo. Melyë alcanzó la cima más alta, después de vagar durante tres días a través de escarpados caminos, ocultándose como podía de la destrucción que descendía sobre él.

Y él fue el primero en ver a Los Sagrados, y en su corazón se encendió una llama, y el fuego sagrado prendió en él. Ante sus ojos, las Doradas Águilas, y sus ojos de oro y zafiro. Y los Negros Vampiros, de ojos de rubí. Picos como garfios se hundían en la carne negra, y colmillos como dagas se hundían así mismo en la carne dorada.

Y desde los cielos, enormes plumas doradas y trozos de piel negra caían al suelo, y sangre. Litros de sangre que se derramaba como lluvia roja.

Y Melyë entendió que aquello que descendía a la tierra era un Don, y debía ser conservado. Y recogió de los cielos los dones, durante el tiempo que duró la batalla.

Fue poco después que finalmente la batalla terminó, sin vencedores ni vencidos. Y fueron sin embargo los Elfos los primeros que los veneraron, y por ello, quienes después organizaron la organización especial que siempre conservaron los ramalië.

Pero más de diez lunas pasaron antes de que Melyë regresara, y los dones que trajo con él se conservaron como Reliquias Sagradas, más apreciadas para los ramalië que la vida misma.

Así fue como entonces Melyë se convirtió con el tiempo en el Señor de los Hombres, y a través de muchas generaciones, la Llama fue transmitida a sus descendientes. Pero entre los Dones que aquél trajo de la Cima, uno de ellos era especial. Porque fue poco antes de que descendiera de la montaña cuando desde los cielos cayó una espada. Era una espada sencilla, de la forma de una katana, y sin embargo, algo totalmente desconocido para él. El filo parecía de plata, adornada con grabados de símbolos extraños, más aún para alguien como él, que no conocía la palabra escrita. Y la empuñadura era de malaquita verde, de un tono oscuro casi negro. Y él la conservó, y la introdujo en una tinaja de barro negro, en la que había recogido la Sangre Sagrada. Pero cuando la espada se deslizó a través de la Sangre, lanzó un destello rojizo, y pareció como si ese fuera el lugar destinado para ella.

Desde entonces se la llamó La Espada de Sangre. Y muchos otros nombres más le dieron. Serecÿr fue para los Elfos. Sâr para los Hombres. Los Enanos la llamaron Sâkkr, aunque era más bien una derivación del nombre anterior. Y su poder cambia según sea el ánimo o la intención de quien cuenta su historia, pero se dice que su destino último aún no ha sido descubierto. La Espada Roja de la Retribución, la llaman también. Pues se dice que será esa Espada la que eliminará a todos los enemigos de los ramalië, y la que finalmente establecerá la Gran Unión.”

Mis últimas palabras permanecen aún en el aire, pero yo aún permanezco en el mundo de los recuerdos. Bohr emite un ligero suspiro.

- Muchas veces escuché la historia. Pero nunca de la forma en que la has contado ésta noche. Es la misma, pero al mismo tiempo, es muy diferente. Pero aún así, Reina, no entiendo tu propósito, como suele suceder. ¿Por qué el recuerdo?

- El recuerdo es importante, Bohr. Siempre lo es. Pero lo que te he contado no es una leyenda. Lo que hoy has escuchado, y nunca más volverás a escuchar, es la historia tal como ocurrió hace mucho tiempo. Cuando el Sol y la Luna todavía no recorrían los cielos de Arda. Ésta es la historia tal como la contaron los cronistas de entonces, después de escucharla de labios de Melyë, el primer Señor de los Hombres. Y la Espada, Bohr, existe.

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El laberinto de espejos devuelve mi reflejo desde distintos ángulos. Las escarpadas paredes talladas en el hielo se elevan a nuestro alrededor, cada vez más altas a medida que nos acercamos a Gathol-Kheled. El sendero que transcurre entre ellas es estrecho. La mayor parte de los caballos han debido quedar en el llano, al borde de las montañas, al cuidado de unos pocos Elfos. También hemos debido prescindir de muchos ents, poco acostumbrados a avanzar sobre hielo y roca. Es por eso que habremos de llegar a la ciudad con menos efectivos de los necesarios. Es por eso que sé que no hemos de tomar la ciudad en éste día.

Todavía no amanece. La noche nos encubre aún. La Danza de Espejos nos acompaña durante todo el trayecto. Los guías apenas se adelantan lo suficiente para encontrar el camino entre el laberinto de hielo. Los cascos de Daedeloth apenas dejan huella en el camino. Detrás de nosotros, cientos de hombres avanzan en respetuoso silencio.

El ulular lúgubre del viento acompaña los primeros rayos del amanecer mientras llegamos a las puertas de la ciudad. Las grandes puertas permanecen cerradas, envueltas en silencio. Ante ellas un amplio páramo de hielo barrido por el viento.

- Ordena avanzar a los ents, Bohr. Ellos se encargarán de las puertas.

Asiente levemente mientras caballo y jinete giran hacia la retaguardia. Poco después, el retumbar del suelo bajo las pisadas de los ents inunda mis sentidos. Su caminar es lento. Su fuerza, incontenible. Apenas se detienen junto a las puertas, golpeando, tirando, estrujando. Nada puede detenerlos. Las puertas crujen y se resienten, intentando permanecer. Intentando resistir. Es entonces cuando cientos de flechas incendiadas vuelan hacia ellos. Pero no desisten. El fuego devora madera y rama, pero no es suficiente. Enfurecidos, se agolpan ante las puertas, y finalmente, con un bramido, éstas terminan por caer.

Los rayos de sol que se reflejan en la ciudad nos ciegan entonces. Con ellos, cientos de soldados atraviesan las puertas lanzando un grito de guerra estremecedor, devuelto por el eco de las montañas.

Pero nosotros también avanzamos, con las espadas alzadas al cielo. La Batalla Brillante, la llamaremos después. El brillo del sol se refleja en el hielo y el metal. Las armaduras de plata ciegan nuestros ojos, pero el brillo de nuestras espadas devuelve su fulgor. Pronto el suelo se tiñe de rojo. La sangre caliente se derrama sobre el hielo desde cuerpos inertes. Runyacîr se eleva desde el suelo cercenando el brazo de un enano, y su sangre salpica la brillante pared con cientos de gotas rojas. Cae al suelo, y clavo la espada en su pecho un segundo, mientras paso por encima de él buscando al siguiente enemigo.

Ecos de las montañas engrandecen si cabe el estruendo de la batalla. El hielo parece fundirse poco a poco, empapándonos. Pero la suerte no es propicia. Yo sabía que no tomaríamos la ciudad. Pero no lo esperaba a él. Siento el suelo temblar bajo mis pies, mientras busco confusa a mi alrededor. Un dolor agudo penetra entonces en mí. Desde el suelo, un hombre tendido en el suelo ha clavado su daga en mi muslo, arrancando de mis labios un gemido de dolor. Y antes de que mi espada se clave con saña en su cuello, logra asestar una segunda puñalada. Después, su mano cae inerte sobre el hielo.

Un dolor ardiente me acompaña entonces. Mis ojos se nublan un segundo, pero consigo avanzar cojeando, mientras siento como la sangre corre hacia abajo. Lo veo entonces a lo lejos. Bohr permanece de pie frente a un enorme troll de las cavernas. Parece pequeño frente a él, como si se enfrentara al mismísimo Morgoth. El vellocino que lleva a la espalda ondea levemente. Sus negros cabellos revolotean a su alrededor. Lleva en su interior todo el valor de los ramalië, pero no será suficiente. Intento echar a correr hacia él, pero no puedo vencer al dolor.

El martillo del troll cae sobre Bohr una y otra vez, pero a pesar de todo, lo esquiva de un modo u otro. Y yo a pesar de todo sigo andando. Le grito que se aleje hasta quedarme casi sin voz, pero el fragor de la batalla apaga su sonido. En un último intento desesperado ordeno la retirada. Pero no sirve de nada. En la distancia, la imagen de Bohr se adelanta hacia el troll intentando herirlo en el vientre con la espada. Pero la hoja apenas llega a arañar la dura piel gris. En cambio, su martillo golpea con fuerza el costado del hombre, haciéndolo caer de bruces sobre el hielo. Un segundo golpe cae sobre sus piernas. Escucho el sonido de los huesos al romperse a pesar de la distancia. Pero a pesar del dolor, Bohr se gira despacio y clava la espada en el vientre del troll, mientras yo busco a alrededor algo que arrojar en la distancia. Una lanza ensangrentada es lo único que encuentro. La arranco de las manos de un hombre caído, y la lanzo con una fuerza que sólo la desesperación otorga. Antes de que el troll deje caer su golpe mortal, se clava en su axila, y éste emite un aullido prolongado.

El enemigo, derrotado pero no vencido, se repliega detrás de las puertas rotas. Ante ellas, sólo quedan cuerpos caídos. Entre ellos, el cuerpo quebrado de Bohr. Mientras lo sostengo entre mis brazos noto su respiración débil, y observo su mirada ausente.

- ¡Respira, muchacho, respira!

Y mientras espero que vengan a ayudarnos, sólo puedo acunar su cuerpo entre sollozos.

[Editado por Indil el 10-03-2007 01:21]

Tilmarion

En la Gathol Kheled tras la anterior batalla...

Las tropas liantaris se encuentran tras las grandes puertas de la gran capital enana, y Tilmarion, a su mando junto a Ohtaránë, se encuentra sobre uno de los grande muros de la cuidad y contempla su entorno de roca, hielo y nieve, entorno que suscitan en él una gran serie de recuerdos…

En tiempos de la guerra contra Morgoth, Tilmarion partió por el paso de hielo, dejando atrás a su gente en busca de algo. Todos sus amigos habían perecido en aquella guerra, habían caído bajo el fuego de los Dragones, bajo el fuego oscuro de los Barlogs, o no soportaron el torrente innumerable de hordas negras de orcos. Había sido una gran guerra, pero él nunca hablaba de ello con nadie siempre, fue un extraño en un mundo de extraños, aun para los elfos, ya que no habían más vanyars como él, solo en Valinor…

Los recuerdo de Valinor regresaban como vistazos de un pasado, un pasado lleno de felicidad y de dolor. Ahora estaba en una guerra de la cual no conocía la razón principal, había llegado a esas tierras cuando la guerra ya había comenzado, era un extranjero en tierras extrañas, con gente extraña, - miro hacia la parte baja - estos enanos… no son muy diferentes a los que había conocido antes. Gente pequeña, testarudos y codiciosos, aunque también muy hábiles artesanos y orgullosos de su forma de vida, y sabían que morirían todos antes de que su capital cayera en manos de sus enemigo. Aulë estaría orgulloso de sus hijos. En ese momento una voz se escucho llamándole.

-Tilmarion, vamos baja de ahí deja, de soñar despierto- las palabras de Ohtaránë le sacaron de su ensimismamiento avisándole que la espera había acabado, las tropas de Heren se acercaban a la cuidad.

Ohtaránë: -En que pensabas dime.-

Tilmarion: -No se, en esta guerra supongo…-

Ohtaránë: -Que cosas piensas. Estamos en guerra y tenemos que defender esta cuidad aún con nuestras vidas. No me digas que estas pensado en irte o abandonar esta guerra.-

Tilmarion: -Claro que no. ¿Me tomas por un traidor?-

Ohtaránë: -Claro que no, pero esta no es tu guerra, y aun no entiendes bien las razones de la misma – pero antes que Ohtaránë terminara de hablar un enano se acerco diciendo que las tropas de Heren se encontraban ya al otro lado de las puertas de la cuidad. -Todo esta listo ya para la batalla, vamos a tomar posiciones.- Ohtaránë miró a Tilmarion con una sonrisa- no dejes que te maten.-

Tilmarion: -Claro que no, recuerda que tú has visitado las casas de curación más veces que yo – dijo esto mientras sonreía. Ambos se habían hecho muy buenos amigos desde que Tilmarion se había unido a la Harad-Morloth, la cuarta compañía imperial, a pesar de que eran muy diferentes. Ohtaránë, un elfo criado por orcos con el cuerpo lleno de cicatrices de su vida en común con ellos y las guerras vividas por los designios de su destino. Con el pelo castaño del todo descuidado. Vestido siempre de gris y de uso frecuente de unas dagas que de viejas parecían estar próximas a romperse. Tilmarion, un vanyar que despertó en Cuivienen que había dejado el ejército de los Valar hacía mucho tiempo, nunca hablaba de su pasado. Vestía, como de costumbre, con una cota muy bien preparada la cual le había salvado la vida en innumerables ocasiones, y armado con su par de dagas y su espada. Ambos eran elfos, pero muy distintos el uno del otro, solo unidos por la amistad y la camaradería que solo se puede formar entre compañeros de armas. Solo entre aquellos que han visto tanta muerte y dolor, solo entre aquellos que han compartido un hueco en el suelo para dormir y protegerse de la lluvia, entre aquellos que en momentos padecieron hambre y penas, pero también alegrías.

Ohtaránë iba a estar con los orcos en la parte baja detrás de la puerta. Si las tropas fanyaresas lograban atravesar la puerta ellos se encargarían de hacerlos retroceder. Tilmarion, por su parte, estaría en los muros con un pequeño grupo de arqueros.

Los fanyareses habían enviando al frente a los poderosos y imponentes ents, y estos golpeaban fuertemente las puertas de la cuidad. El sonido de sus golpes resonaba por todo el campo de batalla. Pero como dijo entonces un enano -¿qué pueden hacer los ents contra las puertas de la ciudad, hechas de los mejor materiales y tan resistentes comos los cimientos del mundo.

Los arqueros lanzaban su primera lluvia de flechas sobre los ents. Éstos ardieron, pero no se evito que siguieran atacando. Arrojaron sobre ellos una gran cantidad de metal fundido, causando en gran número de ellos dolor y muerte. “Ni aún la mejor madera puede resistir el metal fundido” pensó Tilmarion. Pero la gran puerta no pudo resistir mucho más y por fin, para nuestra mala suerte, una de las grandes bisagras de la puerta cedió, haciendo caer una parte de la puerta a su paso, dando así comienzo a la verdadera batalla.

Las tropas fanyaresas comandadas por sus capitanes se acercaban de manera rápida. Sobre la puerta gran cantidad de elfos y hombres fanyareses perecieron ya que aún el metal y los restos de los ent quemados quedaban aún allí. Pero aún así sus tropas, superiores en número a las nuestras, avanzaron. Unas pocas pérdidas no les detendrían.

Ohtaránë había ordenado a los orcos que esperasen a que los invasores entraran a la cuidad, pero los enanos testarudos como ellos solos, no iban a permitir que ningún enemigo pusiera un pie dentro de su capital. Y así, actuando por su libre cuenta, salieron como un torrente, blandiendo sus pesadas hachas, mazos y martillos, con sus barbas blancas que no se distinguían ahora de la nieve. La nieve… blanca, ahora llena de sangre. Sangre fanyaresa pero también liantari. Sangre oscura de orcos, sangre escarlata de hombres, elfos y enanos, rociada de los restos de los pastores de árboles.

Ohtaránë: -Vamos, tenemos que ayudar a esa panda de testarudos antes de que seamos sin remedio derrotados.-

Ohtaránë dirigió a los orcos a las puertas mientras que Tilmarion ordenaba a los hombres que siguieran atacando con las fechas desde los muros a la vez que bajaba en compañía de algunos pocos que eran más hábiles con la espada que con las fechas.

En plena batalla Tilmarion observó a una mujer que tenía en brazos el cuerpo de un joven. Desde aquella posición, parecía reconocerla como Naredhel Anariel, la reina y señora de Heren Fanyarëa, y esto hacía que lamentará haber gastado todas sus flechas en la muralla. Una oportunidad así, una venganza tan al alcance de la mano…

Los cuernos de Heren Fanyarëa sonaron, llamando a la retirada. Tilmarion miró atrás, observando a las tropas liantaris exhaustas. Nada más podía pedirles, y el mismo se encontraba lejos de estas posibilidades. Estaba herido con un golpe que había recibido en la rodilla izquierda, y aprovechando que ya no tenían ejercito al cual más vencer, ordenó a las tropas replegarse dentro de las murallas y llevar a los heridos hasta las casas de curación.

Ohtaránë camina, cojeando por las heridas de su pierna derecha, por las puertas de la cuidad, en busca Tilmarion, y al encontrarlo parado junto a una de ellas se abalanza sobre él. -¿Qué cosas estas pensado dime?-

Tilmarion: -Que prefiero morir aquí defendiendo esta cuidad con mi amigo a seguir viajando, ¿qué me dices?-

Ohtaránë, colocando su mano sobre el hombro de Tilmarion ríe: -Hahahaha. Que estoy de acuerdo contigo.-

En aquel momento las piernas de Tilmarion se debilitaron por el golpe recibido en su rodilla, cayendo ambos el suelo sobre la nieve y sangre. Se miraron con sus caras llenas de sudor y sangre con restos de nieve. La rugir de las risas fue lo único que se escucho en ese momento de parte de las tropas de Liantari. Tilmarion y Ohtaránë se levantaron rompiendo también en sonoras carcajas uniéndose así al coro de risas. Risas de Hombres, de Orcos, de Enanos y de ambos dos elfos, en las puertas caídas de la Capital. Risas de Liantari Dimbar

[Editado por tyrael200 el 12-03-2007 19:32]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Heren Fanyarëa ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.

Recuperables: 420 puntos.

Valoraciones: 9+9,2+9= 9,067

Recupera: 381 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 100%, por este concepto recupera 350 puntos. Total recuperación: 420 puntos.

Pierde: 105 puntos.

Liantari Dimbar ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 298 puntos.

Valoraciones: 8+8+8= 8

Recupera: 238 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 298 puntos.

Pierde: 297 puntos.

Heren Fanyarëa percibe 300 monedas por la victoria en la batalla.

Heren Fanyarëa entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.