La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 77. C1 Lempë Ohtari Vs C4 Helkelen Lara.

2007:03:16:18:28:28

Kelusse

Fin Guerra: Helkelen Lara se retira del Combate

Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 9

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 17

Victoria para Lempë Ohtari.

Aikanáro Tîwele

Sólo se percibía el delicado trazo de la pluma sobre el pergamino mientras unas delgadas manos hacían mover la pluma como si de una danza se tratase, llenando aquel papel de trazos delicados y refinados. Cuando terminó de escribir, guardó la pluma y enrolló el pergamino. Con estudiada delicadeza se levantó de la silla y se giró hacia atrás, dónde un soldado esperaba órdenes.

- Quiero que esta nota llegue lo más pronto posible a Yävetil. – le dijo mientras le entregaba el pergamino.- Y si en el consejo preguntan por su reina, decidles que se queda unos días más de lo previsto en las acogedoras tierras de Rilmaven.

El soldado tembló al escuchar las palabras de la dama de fuego, cuyos ojos lo retaban a rebatirle sus órdenes.

- …Pero señora… ¿Vamos a seguir luchando?…

- Sí. Y no te entretengas cuestionando mis órdenes, no hay tiempo que perder – dijo ella que empezaba a impacientarse.

El soldado se dio media vuelta y salió de la tienda. En ese momento se cruzó con el caballero Aikanáro Tîwele, que se dirigía a la tienda.

- ¿Qué les haces a tus soldados? Ninguno sale contento de tu tienda – le dijo sonriendo nada más entrar

- ¿Tú tampoco sales contento? – ella le guiñó un ojo al tiempo que se volvía a buscar en el armario de batalla. – Espero ya estés recuperado de tus heridas, principalmente de tu orgullo de guerrero vanidoso.

- Que tú vida sea perdonada tres veces seguidas por el rival no es algo que enorgullezca a ningún guerrero que se tercie. Aunque espero que nuestro plan funcione. No sabemos cuáles son los planes de Zirak, no podemos arriesgarnos a que lleve sus tropas a nuestras tierras.

- Si no ocurre algo imprevisto retendremos las tropas de Lara un poco más.

Aikanáro se acercó a Yárfalia la cual se estaba poniendo una esplendía armadura forjada por su amado pero que le estaba costando atar:

- No es tan fácil como parece ¿verdad?

Ella se giró y le acarició el mentón, sin decir palabra alguna se deslizó hacía la entrada de la tienda y, mirándolo, le dijo:

- ¿Vamos a la batalla, mi General? Démosle lo que merecen a los de Lara- le dijo tendiéndole la mano.

Aika sonrió y cogiendo su casco salió de la tienda junto a la Reina. Un clamor se propagó entre los batallones, sus armaduras brillaban como un mar dorado bajo el sol abrasador de esas tierras. Las banderas ondeaban cuando la Reina, levantando los brazos, hizo callarlos:

- Ha llegado la hora de vengar a los caídos, mis soldados. Los de Lara hoy probarán el filo de nuestras espadas. ¡Alzad las armas mis soldados! ¡A la batalla!

Las tropas formaron rápidamente, al frente la Reina y, a su lado, Aikanáro. Ninguna palabra intercambiaron hasta llegar a la gran planicie dónde se hallaban los ejércitos enemigos, el sol abrasador hacía que la tierra pareciera cubierta de agua. Aika miró a la Reina:

- Es la hora, abriremos una brecha en el ejército de Lara atacando el centro. Por la derecha la caballería evitara que nos aplasten al tiempo que la contra infantería atacará por la izquierda y hará que sus tropas se estiren. Entonces será cuando atacaréis con más fuerza.

- De acuerdo, pero ve con cuidado- le dijo Yárfalia

Aika hizo girar a su caballo y, tras él, se dividió el ejército. El batallón se encaminó al frente con el objetivo de ser el anzuelo de Lara. Aika mandó tocar las trompetas en señal de ataque alertando a los enemigos, los cuales no esperaban aquel ataque. Los dos ejércitos se lanzaron a la carga, el suelo retumbaba bajo los cascos de los caballos, el cielo se llenó de los gritos de guerra, muerte y destrucción. Y fue cuando un estruendo recorrió la planicie, justo en el momento en que los dos ejércitos se estrellaron. Las espadas entrechocaban con fuerza, Lempë venía a por todas, sus soldados estaban motivados pues tenían la convicción de que iban a ganar, de que los dioses les eran favorables. Aika luchaba con fuerza para abrir una brecha en el centro cuando, desde el flanco derecho, descendió la caballería atacando con fuerza a los de Lara al mismo tiempo que, desde el izquierdo, descendió Yárfalia con la contra infantería. Esto hizo que los hombres del frío tuvieran que defenderse de este triple ataque. La dama de fuego luchaba con ímpetu adentrándose cada vez más hacia el interior de las tropas de Helkelen Lara y se encaminó hacia el centro donde ya luchaba Aika. En el rostro de la Reina se iban dibujando sonrisas de placer cada vez que hundía su espada en las carnes enemigas. La sangre salpicaba su rostro escurriéndose en pequeños hilos por la armadura. Mostraba fiereza pero, a la vez, la agilidad y la belleza propia de los maiar. Mientras ella luchaba por abrirse camino por el flanco izquierdo, la caballería había logrado penetrar en las filas enemigas haciendo que éstas se tuviera que separar del grupo central del ejercito de Lara.

La estrategia estaba funcionando a la perfección, Lempë había logrado desmembrar al ejército de Lara y ahora sólo quedaba diezmarlo. Fue en ese momento cuando Aika vio a Zirak luchando contra un grupo de soldados, lo tenían cercado y éste blandía el hacha con gran fuerza haciendo que los soldados no se atrevieran a aproximarse muy cerca de sus embistes. El señor de Yävetil salió a la carrera, golpeando a diestro y siniestro con el martillo de Makar, sus golpes eran certeros, partiendo brazos y cabezas por igual. Ante él se plantó un soldado de Lara, en sus ojos vio el miedo y la certidumbre de que acababa de firmar su sentencia de muerte, y así fue, porque el martillo golpeó sin piedad al soldado lanzándolo por los aires. Y fue cuando impulsándose sobre el cuerpo caído de un soldado cayó sobre Zirak. Aika aterrizó de rodillas dentro del círculo ante el asombro de los allí presentes y, alzando la cabeza, dijo:

- Otra vez nos encontramos y, esta vez, no dejaré que me humilléis más, ¡luchemos viejo amigo!-gritó mientras se erguía- Vosotros luchad por Lempë de él me encargo yo- les dijo a los soldados.

- Luchemos otra vez si es lo que quieres- respondió Zirak

Una ardua batalla se había desencadenado, Aika golpeaba con gran poder usando el martillo y, a su vez, el enano blandía el hacha con la misma intensidad. Sin duda eran dos grandes oponentes. Zirak con un golpe rápido golpeó en las piernas de Aika haciendo que éste maldijera, la rabia encendió los ojos de Aika y se lanzó a la carga contra el enano, que quedó asombrado por la fuerza que usaba, sus golpes eran rápidos y le costaba zafarse de ellos. Aikanáro estaba marcando el compás de la lucha haciendo retroceder a Zirak

Y fue cuando un soldado de Lara le atacó por la espalda, el soldado le clavó una picota por la espalda atravesándole la armadura por los dos lados. Un grito resonó en la planicie llegando a oídos de Yárfalia, la cual temiendo lo peor incrementó su avance. Los soldados cayeron a su paso mientras en sus ojos el fuego de la ira hacía paralizar a los que encontraba a su paso antes de darles muerte. Seguida de cerca por su cohorte fue aproximándose hasta que Aika quedó a su vista. La dama vio como un soldado sujetaba la picota que atravesaba el cuerpo de Aika, una rabia interior se apoderó de la Reina haciéndola gritar:

- ¡¿Cómo osas atacar por la espalda?! ¡muere!

Yárfalia lanzó una gran bola de fuego que consumió a los soldados que tocaba a su paso, pero mantenía intactos a los soldados de Lempë. La gran bola estalló contra el soldado envolviéndolo a él y a Aika. Los gritos del soldado se alzaron haciendo estremecerse a aquellos que estaban cerca. El fuego consumía el cuerpo del soldado de Lara y el olor a carne quemada impregnaba el aire haciéndolo aparte de bochornoso, repugnante. Aika se llevó la mano al extremo de la picota y lo rompió al tiempo que miró a Yárfalia inclinando la cabeza en señal de gratitud antes de volver al ataque contra Zirak. El combate entre ellos se reanudó luchando de nuevo con fuerza pero esta vez fue Zirak quien tropezó y cayó de espaldas al suelo. Los dos contrincantes se miraron fijamente, Aika se acercó y su sombra cayó sobre el cuerpo del enano el cual lo miró fijamente intentando descubrir las intenciones de Aika, ¿le perdonaría la vida como había hecho él en tres ocasiones o lo mataría? La bota de Aika se apoyó en el pecho del enano, alzó el martillo y se dispuso a golpear al enano bajándolo con gran fuerza y rapidez, pero en el último segundo desvió el golpe hacía el suelo, golpeó la tierra que había al lado del enano con tal fuerza que el martillo creo un boquete. Aika miró entonces fijamente a Zirak:

- Me perdonaste la vida tres veces seguidas y yo no podía hacer menos, si te hubiera dado muerte mi honor hubiera sido mancillado. Alzate y regresa con tus hombres, marchaos Zirak estáis perdonado- dijo levantando la bota y extendiendo el brazo en dirección a las tropas de Lara que ya se batían en retirada.

Zirak se levantó y se alejó junto a sus tropas, Aika se erguía desafiante contemplando a las tropas enemigas que se iban alejando, Yárfalia se acercó y poniéndole la mano en el hombre:

- Hemos ganado y le has devuelto a Zirak el favor regresemos. Anda vamos a currarte eso no vaya a ser que te me desangres.

Hathol Karkar

La estancia estaba bien iluminada y ventilada, pues todas las ventanas estaban abiertas. En un rincón, una mujer sentada en un taburete lloraba desconsolada, en el centro de la estancia un lecho, y en él un hombre moribundo y un joven arrodillado ante él.

-"Aquí y ahora, hijo mío”- dijo con solemnidad el moribundo- “te lego a Fealóke, la espada que ha sido heredad de nuestro linaje durante innumerables siglos, fue un presente de Fingolfin, Rey Supremo de los Noldor, que concedió a nuestro antepasado Haleth el Valiente por su ayuda y amistad en la Dagor Aglareb. Es hermana de Ringil, y por tanto amiga de los elfos y enemiga de los orcos. Que ella te proteja de todos los peligros que acechan en este sombrío mundo del que ahora parto, con tristeza, pero con la certeza de que algún día nos reencontraremos, y recuerda que mi espíritu morará para siempre en esta espada, recuérdalo cuando te encuentres la más difícil de las situaciones, y yo acudiré a ayudarte. Adiós.”

Y murió.

[...]

Hathol despertó de repente y muy aturdido, no había pegado ojo en toda la noche, pues había tenido sueños extraños. Primero el "sueño" con su amada elfa...¿aún era amada?, y después el recuerdo de la muerte de su padre. ¿Qué significaba aquello? No tenía ni la más remota idea, así que decidió desperezarse y centrarse en el largo día que le quedaba por delante. Salió de la cama y se lavó la cara con el agua de un cuenco que había encima de la mesita, se puso los pantalones de cuero, sus botas de montar y una sencilla camisa de lino blanca. Salió de la tienda y se dirigió hacia la tienda del Rey, pues debían debatir la estrategia de la próxima batalla junto al resto de los oficiales. Hathol esperaba encontrar a todo el mundo allí, pues llegaba algo tarde, no obstante, cuando entró en la tienda y echó una ojeada a quiénes había allí reunidos discutiendo los pormenores de la estrategia, no encontró a quien buscaba.

-¿Dónde está el Rey?- preguntó Hathol, extrañado.

-No está aquí, mi señor- respondió Ahrys, uno de los oficiales, levantando la vista del mapa de Árador que había encima de la mesa central- Creo que está en la forja...terminando algo...no lo sé con certeza, mi señor.

-Gracias Ahrys- dijo Hathol. Y salió de la tienda en direacción a la barraca del herrero del campamento. ¿Qué estará tramando ese viejo zorro enano?, pensó Hathol mientras caminaba.

Al llegar a la pequeña barraca de madera en la que trabajaba el herrero del campamento, se encontró a Zirak, el Rey, de espaldas a él, golpeando con el martillo encima del yunque algo que parecía una espada. Hacía un calor insoportable dentro de la estancia, así que Zirak sólo vestía unas botas, pantalones de tela y un sencillo delantal de cuero, propio de los herreros, iba con el musculoso torso descubierto, perlado de sudor.

-Vaya- le espetó Hathol- veo que no has abandonado del todo tus viejas, y buenas, costumbres.

-Hmpf- gruñó el enano, sin volverse.

-Me preguntaba porqué no estás en la reunión de los oficiales, tendremos una dura batalla hoy- dijo Hathol.

-Esto es más importante- dijo el enano, dejando de golpear por momento.

Entonces, entró en la barraca un joven, parecía cansado pues estaba jadeando, y en sus ropas podían leerse las señales de un largo viaje. Era un Correo Real.

-Con permiso, Mejestad- dijo el joven, casi sin aliento- Traigo dos misivas urgentes para vos, una procede de un Heraldo de las lejanas tierras de Liantari Dimbar y la otra de vuestro Senescal, Apacen.

El enano metió la espada que estaba forjando en el agua, se limpió las manos con un trapo y el Correo le tendió los dos pergaminos enrollados y lacrados. Zirak los leyó con detenimiento y con una media sonrisa en los labios. Al terminar le hizo un gesto al joven.

-¿Mandáis alguna respuesta, Alteza?- preguntó el Correo.

-Sólo al Heraldo de Liantari Dimbar- respondió tranquilamente Zirak, guardando las cartas en el bolsillo de su delantal- Mi respuesta es "Sí".

-Como ordenéis Majestad- dijo el joven, que salió rápidamente de la barraca para ponerse de nuevo en camino.

-¿Se puede saber qué estás tramando?- inquirió Hathol al enano.

-Todo a su debido tiempo muchacho- dijo Zirak, enigmático- Ahora ven, tengo algo para ti.

Zirak, sacó la espada del agua. Era una espada corta, de gran belleza, y tenía inscritas en la hoja varias runas enanas. El enano la metió en una vaina de cuero repujado y se la tendió a Hathol.

-Vaya- dijo el humano, con una sonrisa- Muchas gracias, pero a estas alturas deberías saber que me manejo mejor con una espada larga.

-¿Acaso pensabas que era para ti?- respondió burlón el enano- Tú eres sólo el depositario, confío en que sabrás dársela a su destinatario a su debido momento.

-Hoy estás muy enigmático, amigo- dijo el humano, sorprendido y extrañado.

-Ahora, preparémonos, tenemos una batalla que librar- dijo Zirak, sin hacer caso de la observación de Hathol.

Hathol salió de la barraca en dirección a su tienda, dando vueltas al extraño comportamiento de su amigo. Tramaba algo, de eso estaba seguro...¿pero qué?

Al llegar a la tienda ordenó a un sirviente que le ayudar a ponerse la armadura. Había decidido ponerse su armadura de mithril y oro, pues algo le decía que aquella batalla sería diferente a las demás. Al finalizar, el humano tenía un aspecto imponente, la armadura le cubría de pies a cabeza, el yelmo con alas de dragón le confería un aspecto aterrador, además llevaba una preciosa capa azul oscuro con ribetes dorados formando el emblema de Helkelen Lara. Una vez listo, se ciñó a Fealóke a la cintura y el sirviente le tendió su escudo triangular, igualmente plateado y dorado, y salió de la tienda. El joven le ayudó a montar a su caballo, y Hathol de dirigió hacia donde se había reunido al ejército.

-Vaya- dijo Zirak, divertido, al verle- Hoy pareces tú el Rey.

Pues el enano llevaba su atuendo habitual de batalla: su armadura de cuero tachonado sobre una cota de malla, su casco con un solo cuerno, su hacha y su rodela. Hathol sonrió.

[...]

Los dos ejércitos se encontraban frente a frente en la llanura, los estandartes ondeaban al viento y las armaduras resplandecían bajo el sol, en un cielo límpido y azul. Zirak se adelantó unos pasos a lomos de su caballo, se encaró a sus soldados, y con su atronadora voz les arengó.

-¡Soldados de Helkelen Lara!- gritó- ¡Supongo que todos profesáis el mismo amor, respeto y honor hacia vuestra patria tanto como lo hago yo! ¡Un amor, un respeto y honor que ha sido macillados por aquellos que en su día nos tendieron la mano para después cortarnos la cabeza! ¡Así pues, hoy lucharemos y les aniquilaremos, y no os lo dice vuestro Rey, sino un helkeriano como vosotros! ¡Muerte a los traidores! ¡¡¡A la carga!!!

Zirak enarboló el hacha y se lanzó hacia el ejército enemigo. La colisión de los dos ejércitos fue brutal, y pronto se confundieron las armaduras y los estandartes en una marea de sangre y gritos. Zirak pronto perdió de vista al escuadrón de Hathol, así que se dedicó plenamente a cortar cabezas lemperilis. Los caballos habían caído y la lucha era ya a pie. De entre las filas lemperilis surgió un gigantón armado con un enorme espadón de hierro, que se encaró directamente con el Rey lanzándole un potente mandoble. Zirak lo esquivó ágilmente rodando por el suelo, y aprovechó para soltar un terrible hachazo a la pierna derecha del bruto, seccionándosela. El gigante cayó al suelo con un alarido, y Zirak, con un grito de rabia y placer, le cortó la cabeza en un limpio corte. La sangre manó a borbotones del cuello del soldado, empapando la coraza del Rey. Zirak levantó el hacha y gritó a sus hombres.

-¡Vamos!-.

En ese instante se oyó un grito estremecedor, proveniente de alguna parte del campo de batalla. Zirak enseguida reconoció esa voz.

[...]

Hathol luchaba con denuedo, intentando mantener a raya a los soldados lemperilis, no obstante, las cosas no le iban bien del todo, pues casi todo su escuadrón había sido aniquilado, ya que los lemperilis les superaban en número. Ahora sólo quedaba otro soldado junto con Hathol...pero fue atravesado por una lanza enemiga. Hathol se quedó solo, rodeado de enemigos, que no se atevían a atacarle decididamente, pues sabían que se trataba de uno de los Comandantes del ejército helkeriano. El humano luchaba con furia, pero las fuerzas se le acababan y los enemigos eran muchos. Una espada enemiga le había alcanzado en el brazo izquierdo, justo en un lugar no protegido por su guantelete, lo que le había obligado a soltar el escudo, su cabeza estaba descubierta pues había perdido el yelmo en la lucha, y la capa estaba totalmente desgarrada. La situación era verdaderamente desesperada. Inesperadamente, una lanza enemiga le alcanzó una pierna, y Hathol cayó de rodillas exhausto, su armadura estaba cubierta de sangre, la mayoría lemperili, pero también suya. Agachó la cabeza y se apoyó en el suelo con la espada. Fue un instante en el que los enemigos dejaron de atacar, sorprendidos al ver al gran Comandante helkeriano caer, pero reaccionaron, y con grandes gritos de júbilo se dispusieron a acabar con la vida de ese gran guerrero. Entonces, algo sucedió.

Hathol se incorporó como pudo, y alzando la espada profirió un grito estremecedor.

-¡¡Padre, yo te invoco, acude en mi ayuda!!-.

En ese instante un destello enceguecedor inundó el campo de batalla. De la hoja de Fealóke se desprendían pequeñas chispas, después empezó a crepitar, pero no eran llamas normales, sino unas llamas azuladas las que desprendía la hoja de la espada, unas llamas que quemaban...pero de frío. Hathol pareció cobrar fuerzas de repente, y se lanzó en una carga mortal contra sus sorprendidos y aterrorizados enemigos. Fealóke cortaba lanzas, espadas, escudos, piernas, brazos, cabezas... Pronto, el círculo de enemigos que rodeaba a Hathol se convirtió en un círculo de muerte. De repente, una voz sacó a Hathol de su estado de furia.

-¡Hathol, aquí!- gritó Zirak.

El humano se giró y corrió rápidamente en ayuda del Rey, que había conseguido repeler aquel escuadrón lemperili, pero a un alto precio, pues un brazo le colgaba inerte merced a un terrible corte en el hombro, otro corte le atravesaba la cara por encima de un ojo completamente ensangrentado, y la punta de una lanza sobresalía de uno de sus muslos.

-Veo que te has divertido- dijo Hathol a Zirak

-Me he encontrado con Aikanáro- dijo Zirak secamente- ¡Rápido, debemos irnos!- gritó. acto seguido, el enano- ¡Han aniquilado a la compañía! ¡Rápido, coged esos caballos!- ordenó a los pocos hombres que aún quedaban con él, pues otro escuadrón lemperili se acercaba muy deprisa. Los supervivientes saltaron a los caballos, huyendo del enemigo, pero Hathol quedó atrás.

-¡Enseguida os alcanzo!- gritó, ante la mirada de Zirak, que se alejaba.

Hathol dio media vuelta y se encaró a los soldados lemperilis, aún con la espada llameante alzada. Los enemigos se detuvieron de repente, aterrorizados.

-¡Yo os maldigo, malditos traidores, juro que a partir de ahora sólo viviré para daros muerte, y no cejaré hasta que haya eliminado hasta el último ohtari que quede con vida!- gritó Hathol, furioso.

El caballo se encabritó y se alzó, piafando ruidosamente. Después, Hathol cabalgó en pos del Rey y los supervivientes.

[...]

La tarde caía en la yerma llanura, y los supervivientes de la batalla cabalgaban rápidamente.

-¿Que haremos ahora, Zirak?- preguntó Hathol al Rey- Nuestra compañía ha sido casi aniquilada.

-Volvemos a casa muchacho, volvemos a casa- dijo el enano, mirando al frente.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Lempë Ohtari ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 252 puntos.

Valoraciones: 7,8+8+7,5+7,8= 7,775

Recupera: 196 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperación: 252 puntos.

Pierde: 63 puntos.

Helkelen Lara ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 446 puntos, al hacer uso de un poder especial.

Valoraciones: 8+7,8+8,4+8,8= 8

Recupera: 357 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 60%, por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperación: 446 puntos.

Pierde: 149 puntos.

Lempë Ohtari percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.

Helkelen Lara entrega 100 monedas a Lempë Ohtari por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.