La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 81. C3 Realengo De Farothdin Vs C2 Liantari Dimbar. Saqueo De Iaur Abad.

2007:03:17:08:25:53

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar se retira del Combate

Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 75

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 97

Victoria para Realengo de Farothdin.

Saqueo de Iaur Abad.

[Editado por gaurwaith el 07-03-2007 21:49]

Featarya

El escenario había cambiado, ahora lo que él veía a su alrededor, eran montañas y un paisaje que se le antojaba inhóspito. Recordó los inmensos árboles de Heren y sintió nostalgia, no se comparaba en nada con las tierras del reino de Ilurë. Trató de no escuchar el ruido ocasionado por el campamento, pero era imposible, suspiró, sus días de meditación habían terminado. Giró sobre sus pies y observo la división de las dos ordenes, aquel era un espectáculo que no se cansaba de ver, dos mundos tan distintos conviviendo entre sí, le sorprendía ver como los elfos del Lirio no hablaban con los de la Rosa, aún cuando eran de la misma raza; en cambio los hombres del batallón rojo preferían hablar con gente de la Rosa, que tratar con la gente de su propia orden. No alcanzaban a comprender por qué repudiaban a sus iguales, prefiriendo a los elfos del rey. Probablemente era por la ideología de su señora, sin embargo Narquelië no solía hablar con los elfos más de lo debido y por lo general, las conversaciones eran secas y en extremo diplomáticas, entonces ¿por qué sus hombres se comportaban de esa manera?, tal vez fuera la forma de ser de los elfos de la Orden del Lirio Negro, pero no vio nada en el comportamiento de aquellos quendi fuera de lo normal, quizá eran retraídos, pero sólo eso. Isilion no sabía que esa era la apariencia más peligrosa de todas.

Desde ahí pudo vislumbrar a Quariel, la mujer caminaba lentamente. El noldo sabía que estaba muy débil; el movimiento del ejército a tierras enemigas le había afectado bastante. La herida de su torso no se curó del todo y el viaje sólo lo empeoró; su piel estaba pálida y sus ojos denotaban cansancio, sin embargo su rostro y templanza seguían siendo por de más orgullosos. Ahora estaba con los más jóvenes de su tropa, entrenándolos. Una sonrisa acudía a sus labios cuando los muchachos hacían exactamente lo que les pedía, era obvio que estaba contenta, Isilion tuvo la sensación de que la causa era la partida de Featarya al ejército de la IV Compañía del Realengo. El elfo tenía la esperanza de que su amigo regresara, Featarya controlaba mejor las decisiones de Narquelië, mientras que él podía llegar a tener demasiada paciencia con ella.

El sonido de un hermoso canto, interrumpió sus pensamientos, al voltear se encontró con un viajero caminando rápidamente, envuelto en una capa azul, llevaba al cinto una espada y en la espalda un carcaj lleno de flechas. Aminoró el paso hasta quedar a la par de Isilion, se quitó la capucha y una sonrisa asomó por el rostro de los dos. Era Featarya, que regresaba inesperadamente de las campañas de Thelidor y su mujer.

- ¡Featarya! Cuanto me alegra verte ¿Cómo es que has regresado tan pronto?

-El ejército de Arestel sólo necesitaba refuerzos, en cambio, aquí soy necesario- le contestó el elfo- Dime amigo mío, ¿Cómo van las cosas?

Caminaron por el campamento, en dirección a la tienda del elfo de negros y plateados cabellos, mientras avanzaban, muchos los miraron extrañados, no esperaban el regreso del comandante de la Orden de la Rosa, no después de la despedida que le diera Quariel, cuando partió semanas atrás.

Isilion seguía hablando, pero Featarya ya no le estaba prestando atención, antes de irse, había tenido una discusión muy acalorada con Narquelië. Él deseaba tener más poder sobre el ejército, quería llevar a su compañía a una verdadera victoria, no a las escaramuzas que hasta ahora había dirigido la mujer; ella se negó rotundamente y tomando la oportunidad de la necesidad de Arestel, le mandó a su ejército. Era una forma de evitar su petición que tarde o temprano tendría que aprobar.

Justo en ese momento, vieron a Narquelië que hablaba animadamente con su segundo oficial, el hombre le indicó que mirara hacía donde estaban los dos elfos, el rostro de la mujer pasó de la alegría al enojo y del enojo a la arrogancia.

-A mí también me alegra verte-le dijo Caladan-. Aunque si no mal recuerdo tú y yo aun tenemos un asunto que arreglar.

Quariel ni siquiera lo miró. Continuo con su camino hasta desaparecer por unas de las tiendas de la Orden hermana.

[…]

Los hombres veían como el ejército comenzaba a prepararse. Todos los elfos se movían de aquí para allá, organizándose rápidamente para una batalla. Bargabot les hizo una seña y ellos también se prepararon, pero con un deje de resentimiento en sus acciones. Sí su señora no había salido de la tienda en dos días, significaba (aparte de su debilidad) que nadie le había informado del ataque a la ciudad de Iaur Abad. Uno de los más jóvenes se movió por las tiendas hasta llegar a la de Narquelië e informarle de los planes de los elfos de la Orden de la Rosa. Al entrar se encontró con dos ancianas que preparaban extraños remedios, que después utilizarían para curar a la mujer, ésta revisaba unos papeles regados en su escritorio, el muchacho hablo rápido, tratando de resumir todo el mensaje de Bargabot. Quariel apretó las manos, hasta que las uñas se enterraron en su carne, las ancianas negaron con la cabeza, esta vez no iría a ninguna batalla, la mujer bufó y se puso un abrigo que la protegiera del frió que hacia afuera. Ahora lo único que podía hacer, era prevenirlos.

Narquelië buscó a Isilion, que ya estaba totalmente armado y llevaba de la mano las riendas del caballo. Quariel caminó lo más rápido que pudo y le detuvo agarrándole fuertemente del brazo. El elfo se giró y la miró.

-Escúchame- le dijo agitadamente- No dejes que los elfos del Lirio entren en batalla, mantenlos lejos lo máximo posible.

-¿Por qué razón no deben participar y sí tus hombres?

-Isilion, esos quendi son viles y ruines- la mujer cerró los ojos y trato de respirar-. Te diré que es lo que harán si entran a la ciudad: matarán a los heridos y enfermos sin compasión, a los ancianos los usarán de tiro al blanco, a los niños más pequeños los lanzarán de las murallas y a los más grandes los venderán al mercado de esclavos, junto a las mujeres que sobrevivan de las orgías que montarán después, de tomarlas como mancebas.

-No puede ser-Isilion tenía la cara un poco pálida-, un quendi no sería capaz de hacer tal cosa.

-Por favor Isilion hazme caso, sé de lo que hablo. No dejes que entren en batalla, una vez que lo hagan, serán incontrolables y créeme que lo único que causaran será una masacre. Y yo no estaré ahí para mantenerlos a raya.

Isilion suspiró.

-Lo tendré en cuenta Narquelië. Ahora debo irme, Featarya ya me espera… gracias por el consejo

Quariel le apretó el brazo y lo miró directamente a los ojos, después de un momento le soltó. El elfo caminó en pos del ejército. Los arqueros Rosarinos y los ents ya avanzaban, alejándose poco a poco del campamento, detrás iban los elfos del Lirio, la mujer apretó los dientes. Bargabot su segundo oficial se acercó a ella por detrás.

-Ve detrás de ellos y vigila que nuestros congéneres no entren en batalla.

El hombre asintió en silencio y desapareció de entre las carpas, la mujer dio media vuelta, sus cuervos sobrevolaron el ejército y se sintió más segura, caminó lentamente y se metió a su tienda sin mirar atrás.

[…]

El ejército avanzaba con prisa, Featarya se sentía entusiasmado. Sin duda tenía deseos de acabar de una vez con esta guerra. Ordenó a sus hombres tomar la ciudad y no retirarse por nada, al menos que la victoria se viera imposible (aunque el elfo estaba seguro de ganar esta batalla), pero no matar innecesariamente ni a civiles ni a los que se comportaran heroicamente, el siempre respetó a los valientes guerreros que daban todo por defender su territorio. Una vez tomada la ciudad tenia en mente darle las comodidades necesarias a los supervivientes hasta poder liberarlos.

-Narquelie me pidió que no dejemos que sus elfos intervengan en la batalla –dijo Isilion a Featarya que caminaba a su lado-; podrían descontrolarse y provocar una matanza.

-En ese caso se quedaran afuera de la ciudad y atacaran a los arqueros que estén en las murallas –contesto Featarya- a mi no me agradan mucho y no quiero pelear a su lado. En caso de que necesitemos ayuda nos apoyarán el batallón rojo.

Llegaron a la ciudad, el ejército de Liantari ya estaba preparado en las murallas. Realengo se detuvo antes de llegar a las murallas. Delante de todo se encontraba los hombres de Isilion y Featarya vestidos con hermosas armaduras y armados con arcos y espadas, sin duda estaban preparados para una verdadera batalla. En los dos flancos se encontraban los elfos del Lirio; Detrás del ejército de la Rosa se encontraban los ents y mas atrás la caballería conformada por el batallón rojo. Comenzaron a acercarse de a poco, hasta que fueron atacados por los arqueros enemigos, ellos respondieron de la misma forma. Aquello parecía un diluvio de flechas, con varios caídos de ambos lados. Los ents tiraban enormes rocas para debilitar el portón de la ciudad y causaron muchas muertes. Uno de los pastores avanzó y después de unos cuantos golpes abrió aquellas puertas. Los guerreros de la Rosa entraron a la ciudad encabezados por sus dos capitanes, pero fueron sorprendidos por arqueros, rápidamente reaccionaron y se echaron al suelo. Muchos elfos cayeron pero siguieron atacando. Salió la infantería de Dimbar al combate, los dos noldor se levantaron y avanzaron. Todo era un caos, toda una masa de multitud vociferando con una lluvia de flechas que no paraba de silbar y ríos de sangre que crecían y crecían. Las bajas eran impresionantes, pero era asombrosa la perseverancia de Liantari por no rendirse por razones desconocidas, mientras tanto los cuervos de Narquelie volaban alrededor en círculos observando aquel combate. Al fin el ejército de la Rosa había ocupado gran parte de la ciudad Liantari mando a sus refuerzos. Habían sido completamente sorprendidos. El ataque fue fuertísimo, sin embargo Realengo se mantuvo en el lugar como una montaña. La batalla cada vez se hacia mas feroz, era admirable los nobles deseos de cada lado por ganar aquella lucha.

Aquello se volvió interminable, había muchas bajas y no podían seguir mucho tiempo más. Featarya ordenó al batallón rojo a apoyarlos, pero para su sorpresa el batallón no respondió, el elfo indignado se dijo así mismo:

–Malditos resentidos ¿Qué otra cosa se podía esperar de los hombres de Narquelië?

Cuando sus esperanzas se borraron, los elfos del Lirio entraron a la ciudad y les brindaron gran ayuda al principio, pero al poco tiempo con furia comenzaron a incendiar todo y a matar s los sobrevivientes que Isilion y Featarya habían dejado con vida. El Noldo quedo horrorizado y les ordenó que se detuvieran, pero aquellos viles seres no respondieron y siguieron con lo suyo.

-En nombre de Ilimo e Izilzurias deteneos –dijo Isilion al no soportar semejante atrocidad.

-No, –respondió un elfo oscuro, perverso, con mirada de lunático y envuelto en sangre ajena- nosotros no recibimos órdenes de nadie. ¡Por Varda mataremos a todos!

En ese momento el enemigo mandó a sus últimas reservas, atacando con más intensidad y disparando flechas y flechas. Desgraciadamente varias de esas flechas cayeron sobre Isilion, tuvo muchas en el torso, los brazos y las piernas y como golpe final la infantería que se arrebataron con furia sobre ellos. Featarya vio a su compañero tendido en el suelo con todas aquellas heridas, se precipitó hacia él, pero fue detenido por un soldado del otro bando que le corto el tronco en diagonal, la herida no era muy profunda, pero le causaba grandes molestias, se deshizo de aquel infeliz y llegó hasta Isilion. Ordenó que se lo llevaran lejos de la batalla. No podían resistir ese ataque y controlar a los elfos del Lirio que destruían todo a su paso, era una tarea por de más imposible.

-Ya es suficiente -se dijo el elfo así mismo, y haciendo tributo a su nombre primitivo (Caladan) cuatro cuerpos de Luz aparecieron en su alrededor con la forma de cuatro guerreros de increíble tamaño y lanzando un grito avanzó junto con los cuerpos y detrás los elfos de la Rosa. Featarya no dejo la lucha hasta que por fin pudo expulsar al enemigo de la ciudad que se retiro después de la increíble batalla que había dado.

Featarya deseaba una ciudad, pero obtuvo una ciudad en llamas. Anhelaba tener el control en todo el ejército, pero fue engañado por un grupo de elfos que no mostraban obediencia a nadie y hombres indignados que no fueron capaces de prestar su ayuda, sabiendo que lo necesitaban. Una vez pasado el disturbio de la feroz batalla se acerco al líder de elfos del Lirio y le dijo:

-Mis informantes me dijeron que desobedeciste al capitán –el elfo oscuro lo miró con arrogancia- y que ensuciaste el nombre de Varda matando innecesariamente.

-Sí –respondió el elfo- ellos se lo merecían

-Te voy a decir una cosa –dijo Featarya furioso, mientras sus ojos claros tomaron un color rojo fuerte- en nombre de Featarya te caerá una maldición, en nombre de los reyes recibirás un castigo mortal y en nombre de los Ainur te prometo que sufrirás por toda la eternidad en las Estancias de Mandos –dio media vuelta y se retiro. Aquel elfo se mostró indiferente, pero en realidad estaba atemorizado por dentro.

Caladan se dirigió a una tienda donde estaban atendiendo a Isilion, entró y el curandero le dijo:

-Lo estamos perdiendo, tiene una fiebre muy alta, huesos rotos, ha perdido mucha sangre por las puñaladas, probablemente tenga heridas internas, algún órgano afectado y creemos que lo envenenaron.

Featarya miró una de las puntas de las flechas

–Sí, pero no se preocupen- se dirigió con decisión junto al moribundo, sacó un paquete de sus ropas que contenían hierbas, las trituró he hizo que Isilion las consumiera aunque solo fueran una miseria, posó su mano en su frente y se quedo en silencio unos minutos. Luego curó las heridas mas leves que tenía. Después dijo:

-Está muy grave necesitamos trasladarlo cuanto antes a la capital, tengo fe en que va a sobrevivir.

-Señor, su herida, ¿quiere que la revise? –le dijo el curandero viendo la sangre en el cuerpo del elfo- ¿acaso no le duele?

-Hace tiempo que no siento el dolor –dijo con un poco de melancolía.

-Alégrese señor, recuerde en la victoria de hoy

-Si, si es que a eso se le puede llamar victoria –se dijo así mismo mientras se retiraba de la tienda y un pensamiento cruzó por la mente del elfo: “Lo siento Isilion”.

[Editado por Elenmir el 10-03-2007 04:51]

[Editado por Elenmir el 10-03-2007 04:53]

Luiniel

Enormes humaredas subían desde los restos cenicientos de Iaur-Abad. La lluvia copiosa sólo aumentaba el volumen del humo puesto que las llamas mágicas no querían ceder. Los ecos de la locura todavía paseaban en las montañas: “¡Nunca será suya, traidores! ¡El fuego la devorará antes de cedérosla!” Para luego perderse en el tiempo. Los ojos de los sobrevivientes a menudo se volvían atrás pero ya no podían verla, a lo lejos, quedaba una nube negra como señal de donde había quedado, perdida, muerta y conquistada. Algunos se preguntaban: ¿Renacerá? y sus corazones respondían: Tal vez. Aunque su razón dijera: No, se quedará así para siempre jamás.

Anochecía, los restos de la casi aniquilada Compañía Segunda llegaron a las orillas del Morenen y bebieron hasta la saciedad. Para muchos fue su último trago antes de echarse a dormir y no despertar mas. La lluvia no se detuvo en la noche, ni en la mañana cuando emprendieron camino a Lothsír siguiendo el curso del río.

Cuando al fin llegaron a la vista de la ciudad, los ciudadanos se asustaron confundiéndoles con fantasmas. Al menos así fue hasta que se elevaron los estandartes desgarrados y sucios, y las gargantas roncas soplaron las trompetas anunciando su llegada. Fueron recibidos, ya sin dudar.

No eran más que un puñado de hombres y enanos, sus armaduras melladas, su ánimo por los suelos. Cargaban un par de heridos, que habían sobrevivido por la gracia de los Valar, dos de sus dirigentes que se negaban a abandonar esta vida: el vanya Vareldur, y el capitán Annäel. Al verlos la multitud se sintió desamparada, sus defensores caían y la esperanza se deslizaba entre sus dedos.

Se refugiaron en el cuartel de la ciudad para al fin descansar el cuerpo mientras que la recuperación ardua y lenta del espíritu roto a penas comenzaba.

Luiniel miraba la noche desde un balcón, la vista era hermosa el río y la llanura se extendían libremente hasta chocar contra las montañas. Permanecía en silencio, aunque en su mente todavía escuchaba los gritos de muerte. Las imágenes seguían demasiado frescas como un óleo recién terminado, lo tocaba y sentía la pintura roja en su piel: espesa y suave, y su peculiar olor. Ya había pasado la locura, ahora se preguntaba cómo fue que dejó pasar tanto horror... “¿Por qué no lo impedí?” pensó.

Acercó una pipa larga a sus labios y aspiró una bocanada de humo ¡Y pensar que su mal hábito lo adquirió en Iaur-Abad! Sin poder evitarlo, se vio a sí misma, algunos días atrás...

Miraba el horizonte desde los muros de la ciudad, el ejército de Heren Fanyarëa al fin había reconocido su derrota: se marchaban. La persistencia y el valor de los soldados liantaris había triunfado.

El orgullo bailaba en los ojos azules y fríos de la noldo. Todo aquel que la hubiera visto hubiese pensado que era una escultura: obra de un gran artista que cuando la hizo sólo podía pensar en la victoria.

Se distrajo al ver que se acercaba un grupo de hobbits llevando unas carretas. Venían de vez en cuando desde Coronthaur trayendo provisiones para sus tropas. Los vio cruzar las puertas y pensó: “Ahora todo volverá a ser como antes”

Las buenas nuevas se festejaron esa noche con música, deliciosos manjares y buen vino de las bodegas. La alegría se expandió entre todos: era una victoria. Se armó una gran fogata para animar la celebración, alrededor de ella bailaban algunos hobbits cantando, otros iban de una lado a otro animando a los soldados aunque no era muy necesario pues todos estaban con ánimo positivo.

El único que no parecía contento al respecto era Vareldur, se había obstinado en quedarse en los muros protegiendo la ciudad y consiguió algunos seguidores que lo acompañaran. Luiniel sabía que el vanya sólo amaba el luchar, ni la victoria ni la derrota. A pesar de que tenía razón en no dejar de lado la defensa, a la noldo no le gustaba que acabara con el ánimo de sus tropas diciendo que Heren Fanyarëa atacaría de nuevo y sólo esperaba un descuido.

- ¡Ah! ¿Fuma usted? –dijo un hobbit pelirrojo acercándose a Luiniel.

La elfa miró la pipa larga entre sus propios dedos.

- Es muy obvio –respondió.

- Si, si, me ha tomado por sorpresa... –dijo una tanto avergonzado- No sabía que los elfos fumaran.

- Tiene su “no-sé-que que ¿qué sé yo?” –respondió-. Pero no muchos elfos... –se interrumpió.

Un hombre encapuchado le hacía señas.

- Discúlpeme maese hobbit.

Fue a donde estaba el hombre. Se sorprendió cuando se quitó la capucha y se presentó como Annäel. Mucho había oído de él y sus hazañas, no obstante lo que más le sorprendía era verlo en pie. Su última batalla lo había dejado debatiéndose entre la vida y la muerte... y ahí estaba, listo para regresar al combate.

- Lamento ser portador de malas noticias –empezó a decir.

[...]

Ahí estaban de nuevo, en un escenario un tanto cansón. En la planicie se preparaba un gran ejército. Ondeaban los estandartes del Realengo de Farothdim desafiantemente. Por fortuna la ciudad seguía deshabitada desde la invasión fanyareana y sólo había sido cuestión de presentar una defensa firme.

En los muros estaban apostados varios arqueros y a sus pies tenían un fuego ardiente destinado a dañar la armadura natural de los ents que traía consigo el enemigo. Junto con los arqueros estaban Evna y Vareldur: la elfa vestida de blanco y con sus cabellos al viento, mientras que el vanya miraba lo que sería el campo de batalla cubierto por una capa de color verdoso.

Mientras el tiempo pasaba la temperatura descendió bruscamente, al tiempo que la humedad se adueñaba del ambiente. Lo cual, en lugares tan secos como aquel, sólo podía significar una cosa.

- Lloverá –dijo un soldado de rasgos casi élficos.

Frente al portón, protegidos por los muros, estaba toda la infantería. Luiniel miró al soldado a su derecha, su nombre era Galthor. “Tiene razón” pensó solamente. No iba bien con sus planes, pero tendría que arreglárselas, ya era muy tarde como para pensar en otra estrategia. Buscó con la mirada a Annäel. Lo encontró a la cabeza de un grupo de fieros enanos bien pegados a los muros junto al portón, llevaba una armadura que lo cubría de pies a cabeza, miraba al cielo gris. ”Ya lo ha notado”

De pronto cayeron flechas al interior y otras cuantas salían disparadas hacia fuera. Así empezaba la primera fase de una larga batalla.

Los arqueros luchaban, algunos caían desde sus puestos varios metros hasta chocar contra el suelo. Los capitanes liantaris esperaban que eso bastara para detener al enemigo pero no sería tan simple. Los ents lanzaron piedras enormes contra los muros y otros se acercaron para arremeter contra las puertas, detrás de ellos iba el grueso del ejército invasor. Las saetas de fuego surcaron el cielo.

Caían las primeras gotas

Parecieron años para los que esperaban adentro, era como si el tiempo se hubiera detenido. Ya comenzaban a inquietarse.

El portón se vino abajo y los segundos se aceleraron para equilibrar su anterior lentitud. El ent que había abierto la entrada estaba en el suelo y los enanos se lanzaron con sus hachas en mano.

Lanzas, espadas, hachas, flechas, todas chocaban entre sí en un gran estruendo hasta alcanzar su objetivo clavándose en la carne de sus oponentes como si esta fuera mantequilla. Se destrozaban unos a otros con furia y odio; un odio nacido de la ignorancia y el engaño.

Cada una llena de vida: roja y vibrante

Perdían la noción del tiempo, del dolor, de la lluvia que golpeaba sus cráneos suavemente. Sólo vivían la gloria en sus corazones, alimentada por sus ganas de vivir libremente, por su decisión más auténtica: elegir como morir.

Luiniel se encontró retrocediendo. Perdían la ciudad palmo a palmo. Los muros había sido tomados, la puerta estaba bloqueada. Los muertos llenaban las calles con su sangre. Y la lucha continuaba.

Debían retirarse. La noldo buscó a Annäel para organizar la retirada. Recorrió las calles que tanto había llegado a conocer, por todos lados había muerte. Lo vio finalmente, rodeado de enemigos, sangrando por una herida en su pecho. Corrió a ayudarlo, no sabía como lo haría pues los pocos que la habían seguido hace poco que habían desaparecido. En ese momento el capitán humano cayó por un golpe en la cabeza y por el recuerdo de una llaga anterior. Luiniel tomó su espada con ambas manos, decapitó al primer realengano que fue a su encuentro. Su cabeza voló por los aires mientras los otros la atacaban. Eran muchos.

De repente sintió que el tiempo se detuvo. Acababa de esquivar una estocada a sus piernas saltando. Un hacha la atacaba por el frente. Y escuchó la cortina de agua quebrándose a sus espaldas, una estocada dirigida a su cuello. Su final había llegado, ya no podía hacer nada.

Unas gotas rojas cayeron al suelo y se unieron con el charco rojo también. La elfa miró atrás y descubrió a su protector, por el cual a penas si había recibido algún rasguño en aquella matanza. Galthor cayó atravesado por una espada enemiga, moría como el deseaba: protegiendo a la persona que más quería. La miró por última vez y sonrió.

Luiniel lo vio caer, sin entender porqué había hecho algo así, para ella había muerto cuando podía haber continuado viviendo. Entretanto llegaron refuerzos, suficientes como para sacar a Annäel de ahí.

[...]

Cada vez se veían más acorralados, los heridos eran numerosos y ni hablar de los muertos. Su única salvación era huir por las cavernas que daban a las montañas. Sin embargo necesitaban una distracción.

- Yo lo haré –dijo Luiniel mientras la fuerza del ataque disminuían un poco-. Burim –le dijo a un enano de barba rojiza-, reúne a todos los que puedas lo más cerca de los túneles –la elfa miró a Vareldur que descansaba en una camilla atravesado por varias flechas-. Cuida de los heridos.

Ya nada quedaba en esa ciudad. Había muerto. “Y ahora a de perecer para que su muerte esté completa.” se dijo Luiniel. Tomó entre sus manos una antorcha de las que habían dejado los elfos dementes del Realengo.

Nár ar serkë nar atta. Súlë á caritat minë calima.

Botó la antorcha en el suelo inundado de sangre y este se prendió como si fuera combustible. La lluvia no pudo apagarlo. Salió corriendo mientras las llamas se expandían devorándolo todo a su paso. Pero no tuvo la suerte de salir impune: su pantalón se prendió de un lado, hasta poder apagarlo se había quemado la pantorrilla.

La ciudad ardía y sus defensores escapaban derrotados.

***

Luiniel apartó su mirada de las estrellas ¡Qué amargo sabor era el de aquella derrota!

Kelusse

Resumen de la batalla.

Realengo de Farothdin ha perdido 75 armadas x35= 2625 puntos.

Recuperables: 2625 puntos, al hacer uso de un poder especial.

Valoraciones: 8+8+9+10= 8,75

Recupera: 2297 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 110%, por este concepto recupera 385 puntos. Total recuperación: 2625 puntos.

No pierde puntos.

Liantari Dimbar ha perdido 97 armadas x35= 3395 puntos.

Recuperables: 2546 puntos, al hacer uso de un poder especial.

Valoraciones: 8+8,5+9+10= 8,875

Recupera: 2260 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 180%, por este concepto recupera 630 puntos. Total recuperacion: 2546 puntos.

Pierde: 849 puntos.

Realengo de Farothdin percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.

Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Realengo de Farothdin por el abandono de la batalla.

Liantari Dimbar entrega 300 monedas a Realengo de Farothdin por el saqueo de Iaur Abad.

Compañías actualizadas y listas.