La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Heren Fanyarëa. Carta De Despedida.

2007:03:16:19:29:21

Wëthan Bohr

Escribo estas líneas sin ninguna esperanza de que alguien llegue a leerlas algún día.

Sólo deseo desahogarme, liberar el dolor y la vergüenza que me aplastan el corazón, ese es mi único anhelo.

Ahora que me veo obligado a permanecer en el lecho sé que se acerca mi hora, pero la acojo con gozo y la espero con ansia. Por fin el tan esperado momento ha llegado y sólo deseo librarme de este mal que me persigue desde que tengo recuerdo.

Después de innumerables batallas, tras infinitos sufrimientos infligidos por el enemigo en mi propio cuerpo solo una duda me corroe y me produce el mayor daño jamás sentido: “¿Qué habrá sido de mi pequeña? , ¿estará a salvo? , ¿continuará con vida?”

´ Solo si hubiera tenido el valor de enfrentarme al destino, si hubiera sido hombre de honor…pero no lo fui y la dejé marchar. Ahora la incertidumbre me quema el alma, y únicamente puedo pensar que obtengo lo merecido. `

Dejaré mis divagaciones para quien quiera escucharlas en el momento de la agonía, ahora me limitaré a expulsar mi daño y a limpiar lo que de mi alma quede.

…. ….

Ella era hermosa, dulce y amable. Su sonrisa bañaba mis ojos como el cálido sol de la mañana. Me inundaba de alegría por tenerla a mi lado cada vez que me dedicaba una mirada con sus almendrados ojos. La amé con todo mi ser y todas mis fuerzas pero mi amor no fue el suficiente para sacarla de la oscuridad en que se sumía.

Lhesa, ese era su nombre, y yo Roleus, su marido, elfa y hombre.

Nuestra unión se consolidó con su embarazado, y para mi desgracia, aquel dichoso momento significaría el principio del fin.

Largos días padeció de graves fiebres que la consumían. Inexplicablemente había enfermado, temí por su vida y por la del bebé que esperaba. Sufrió de horribles pesadillas los días en que su enfermedad la diezmó, su rostro pálido y cansado expresaba el sufrimiento que experimentaba, y yo nada podía hacer por ella. La impotencia me consumía día a día, hasta que llegué a perder la esperanza de volver a tenerla conmigo.

Una fría mañana me desperté y al incorporarme del lecho comprobé que ella no estaba. Un sentimiento jubiloso me inundó al principio al imaginar que habría despertado, al momento éste se desvaneció al descubrir que no la encontraba por ninguna parte.

Salí al exterior y grité su nombre, pero nadie me contestó. Corrí de un lado a otro desesperado por encontrarla hasta llegar a un pequeño arroyo cercano a nuestra cabaña y allí la encontré. Sus ropas estaban esparcidas por el suelo y ella estaba en el agua.

La llamé por su nombre pero no contestó. Presto corrí a su encuentro solo para descubrir su cuerpo inerte en el agua.

Corrí hacia a ella y la traje hacia mi. La abracé con fuerza y lloré desconsolado su muerte; tan afligido estaba que no me percaté de la débil respiración que emitía.

De repente tosió, hizo un débil esfuerzo por abrir los ojos y volvió a toser.

“-¡Por Eru bendito!,¡estás viva!-“grité. Y el llanto se tornó en felicidad.

Poco a poco se fue recuperando, temí por su salud y por la del bebé, su estado era muy avanzado y se encontraba débil y sin fuerzas. Constantemente rehuía mi mirada y mis caricias, negándose siempre a contestar a mis preguntas. Cambiaba de tema siempre que le preguntaba por lo sucedido, y disimulaba si comprobaba que me inmiscuía demasiado.

… …

La guerra volvía a nuestras tierras una vez más y me tocó seguirla. Con pesar y dolor en mi corazón me despedí de mi bien amada y marché en pos de la batalla.

Ella no se conformó, me quería a su lado.

“- Si te vas que sea para siempre”- me había dicho entre gritos-“ te maldigo,¡te maldigo una y mil veces a vagar perdido!”

Nunca en mi vida había sentido tanto dolor, ni las heridas sufridas en la batalla podían compararse al sufrido aquel amargo día.

Cerré la puerta tras de mi, y aún seguía escuchando sus gritos.

Pasaron varias semanas antes de que pudiera regresar a casa. La guerra había llegado a nuestras fronteras y amenazaba con destruir nuestras casas. Teníamos por misión avisar a nuestras familias, ayudarlas a escapar y regresar al campamento para continuar con la encarnizada lucha.

La puerta estaba abierta cuando llegué, la casa, a oscuras. Escuché un lamento y un gemido de dolor y corrí a nuestra habitación asustado. Lo que encontré allí fue la peor escena jamás vivida.

Mi mujer yacía en el lecho mortalmente pálida, su hermana Charma, la de los rizos color fuego permanecía a su lado. Ésta me miró y negó con la cabeza –“Aún no ha muerto, pero le queda poco”- fueron sus palabras, que sonaron apagadas por los gritos agónicos de Lhesa.

“-¡No!, no dejaré que me la arrebatéis”-gritó desesperada-“¡No!”

“-Está así desde que empezaron las contracciones Roleus, no deja de gritar que no se la arrebatarán; dice que es una niña-una triste sonrisa apareció en sus labios- dice que la llamemos Niëlúne, así se llamaba nuestra tatarabuela.”

Asentí y sujeté con fuerza la mano de mi mujer. El tacto era frío, casi podía notar cómo la vida la abandonaba poco a poco, ya estaba cerca…

Unos gritos se escucharon en el exterior.”¡Ya están aquí, han llegado! ¡A las armas!”

Me incorporé de un salto y me puse alerta. Charma me miró angustiada; había leído mis pensamientos.

“-Me la llevaré, nos iremos lejos de aquí, donde la guerra no haya llegado y la criaré.”

Debí negarme en ese momento, pero no me atreví. En el fondo de mi corazón sabía que no era posible, una locura… Estaba abatido, en un mismo instante me arrebataban las dos cosas que más amaba, mi mujer y mi hija. No me permití pensarlo dos veces así que asentí.

Un fuerte llanto sonó en la habitación, por fin mi hija había nacido, Niëlúne…Melyanna, “Don de amor”…un amor roto, corrompido.

La estreché fuertemente entre mis brazos y la acuné con dulzura. Las lágrimas pugnaban por salir de mis ojos pero las rechacé, debía ser fuerte por ella…por los dos. Miré al lecho de mi mujer pero ella ya había dejado de respirar. Su último aliento se disipó con el primer llanto de nuestra hija.

… …

Expío mis penas y mis culpas y las reflejo en estas hojas, con la vana esperanza de ser perdonado. Ahora consigo recordar el bello rostro de mi amada con total nitidez, después de largos años sumido en la negrura. Sé que me espera y que ella me ha perdonado. Espero que algún día mi hija…nuestra pequeña, pueda llegar a concederlo…

Kelusse

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