Narquelië
A las estrellas dedicamos nuestro canto
Al viento elevamos nuestro espíritu
Y a nuestras sangre,
Suplicamos el perdón de nuestros pecados.
La voz de las ancianas cayó como suave lluvia, sobre su cuerpo mancillado y cansado, un espeso humo reinaba en la estancia, las mujeres tomaron su cabeza con cuidado y le dieron a beber un líquido rojo, tan espeso como su propia sangre. Poco a poco su cuerpo se sumergió en un letargo semejante al de las orugas, antes de convertirse en mariposas. Las ancianas ungieron su cuerpo en aceite mientras cantaban, una de ellas cerró la herida del torso y puso hierbas dentro, que retiraría cuando le curaran el espíritu. Sin embargo Narquelië ya no escuchaba sus voces, ni sentía el cuerpo, estaba sumergida en la más completa oscuridad.
¿Cuánto tiempo había pasado desde su muerte? Un año o dos tal vez; recordaba su cuerpo sobre sus brazos, su mirada tan serena, él, el único capaz de ver la bondad se su alma, se moría frente a sus ojos y no podía hacer nada… y después su cuerpo inerte sobre la tierra y el canto lejano de una elfa, que la esperaba con la ambición en sus ojos. Pero Eleanor no tenía la culpa de la muerte de aquel hombre, en todo caso, la culpa fue de ella, que lo arrastró hasta las mismísimas garras de Izilsurias.
Y su rostro regreso a su mente, una y otra vez, los recuerdos de la primavera de su vida vinieron como las olas del mar, sí tan sólo le hubiera dicho que ella también le amaba, que todo lo que había hecho era por su causa, que lo protegió siempre de su maldad y lo alejo de su persona por el bien de los dos; pero ¿a quién engañaba? ¡Era un error!, uno que nunca debió cometer. Mas eso ahora no importaba, él estaba muerto y ella lo estaría pronto, si los rituales no surtían efecto.
¡Ah! Pero no había muerto del todo y Narquelië lo sabía, porque lo veía cada vez que cargaba al niño en sus brazos y cuando el pequeño susurraba una palabra en su oído, lo escuchaba a él; fruto de una noche sin estrellas, de la ultima vez que le vio, la única ocasión en que se vieron como hombre y mujer y no como los amigos de la infancia.
Y ahora, ¿Qué pasaría con Nerion su hijo, sí ella no regresaba de la guerra?.... lo imaginó corriendo por el jardín de su casa de Ost-in Alassëa Ésde, escondido de la Orden del Lirio negro, libre de las cadenas que a ella Narquelië, le ataban a Izilsurias. Lo vislumbró jugando con la nodriza, una mujer regordeta que lo mimaba en exceso, lo vio dormido en su cama, con el cabello revuelto, soñando con las estrellas y con héroes que nunca existieron.
¿Era su riza lo que escuchaba? No, era una voz que la jalaba de nuevo a la realidad…
[…]
El humo, provocó que le lloraran los ojos, las ancianas abrieron las mantas que simulaban ventanas, una de ellas, le indicó que ya podía hablar con Narquelië, Bargabot vio a su señora, sentada en su cama, con cojines detrás de su espalda, puestos para que pudiera sentarse; su cabello estaba finamente peinado en dos trenzas y llevaba puesta una fina bata blanca de lino. Su aspecto había mejorado bastante, alcanzó a ver entre la fina tela, la herida de su torso, estaba perfectamente cerrada y su piel había recobrado su color habitual. Se sonrió, aún enferma, era una de las mujeres más bellas que conocía. La saludo con un gesto en la cabeza.
-Así que desobedeciste mis ordenes Bargabot- afirmó Quariel, un gesto de sorpresa cruzó sus ojos- Que no te sorprenda, mi aves me lo han dicho todo.
-Usted dijo: “vigílalos” y yo lo hice- La mujer sonrió complacida, él agregó inmediatamente después- Señora, esta vez los elfos de la reina se han sobrepasado y que decir de los capitanes de la Rosa…-no termino, fue interrumpido por Narquelië
-No Bargabot, no digas nada sobre ellos, deja que busquen su propia gloria. Además, pertenecen a un mundo distinto y sus reglas funcionan de diferente forma y si lo que buscas es un castigo para Featarya e Isilion, sabes que yo no puedo hacer nada.
El hombre asintió en silencio, Narquelië hizo un movimiento de mano y una de las ancianas se levantó, tomó un papel del escritorio y se lo dio a Bargabot.
-Necesito que mandes esta carta a la capital, tiene algunas instrucciones que deben ser entregadas al negociador, su nombre esta ahí- el hombre observo el sello- Sólo llama a uno de mis cuervos, él llevara la carta, dile lo que te dije.
La mirada de su primer oficial recorrió el cuarto.
-Respecto a Maikael, aquel elfo recibirá su castigo acorde a la falta que cometió y sus congéneres realizaran los trabajos forzados necesarios-El hombre lo agradeció con un gesto-Sin embargo, eso no pasara, hasta que yo este recuperada del todo, ¿entendiste?
-Si Señora-el hombre hizo una reverencia y salió de la carpa.
Un muchacho se asomó por las cortinas, saludo con la mano a Quariel, las mujeres se levantaron y cerraron la puerta, impidiéndole el paso al joven sirviente, que no veía a su señora, desde hacia días.
Las ancianas se movieron de aquí para allá, cerraron las ventanas, después revivieron el fuego y comenzaron a cocinar los alimentos de la tarde; sus movimientos eran pausados y perfectos, sus manos cortaban las verduras con una meticulosidad pasmosa, todo era una danza de ritmos lentos y regulares. Y ellas también eran un recuerdo, una imagen de su tierra, llevadas hasta aquellos parajes, sin la necesidad de pedírselos, habían oído el llanto de su espíritu, habían sentido la debilidad de su cuerpo y acudieron sin dudarlo, movidas por la inmensa fe de su regreso, un regreso que no llegaría nunca. Narquelië no deseaba pisar de nuevo las tierras de los Noliënar y ahora que estaba atada a su maldad y a la reina, eso se presentaba por de más imposible.
-Eril-susurró Quariel, la anciana de mayor edad volteó a verla-¿No me dirán nunca lo que vieron durante el ritual?
-El ritual aún no ha acabado Elenoriën-respondió la otra mujer.
-Pero eso no es un impedimento Aniel-replicó Narquelië, Eril le ofreció un plato lleno de caldo, que ella fue tomando lentamente- No quiero que partan, sin saber qué es lo que vieron.
-No nos vamos a ir Elenoriën-Eril le quitó el plato, le dio pan y un poco de vino- Nos quedaremos contigo, hasta que esta guerra termine; por tanto ya no necesitaras los servicios del joven al que salvaste.
-¿Y qué te hace pensar que no lo necesitare?-la voz de Quariel, sonó arrogante, después bajo su tono- Manik es más que un sirviente, soy lo único que tiene y es en los pocos en los que puedo confiar.
-Que así sea, Señora de los Noliënar- dijeron las dos ancianas, cada una comenzó con sus quehaceres, preparando la siguiente sesión.
Narquelië las miró un rato en silencio, sonrió por un momento y después volvió a hablar.
-No han contestado mi pregunta, ¿Qué es lo que han visto?
Las ancianas se miraron, Aniel negó con la cabeza, pero no le impidió a su hermana hablar.
-Hemos visto sombras y entre ellas, a un niño, un ser capaz de curar las heridas producidas por su madre, que no será ni de aquí ni de allá, y que llegara pronto bajo el nacimiento de la aurora.
-Se han equivocado-contestó Narquelië, había un deje de desilusión en sus ojos- Ese niño ya existe, es el hijo de Nerion y por él lleva su nombre, nació bajo las estrellas…-Aniel le interrumpió.
-Pero no será el hijo de los Nolienär el que remedie tus pecados Elenoriën- La anciana, quitó los almohadones de su espalda y le ayudó a recostarse- Este niño nacerá, antes de que el verano de tu vida termine, será todo lo contrario a ti en cuerpo y en mente, sus ojos destellaran el azul de los ríos y su cabello brillara como el trigo de los buenos tiempos.
Eril ya había encendido la mirra y un suave humo, comenzó a llenar la estancia, le quitaron las sabanas y la ropa, Aniel revisó la herida y Eril llevó a los labios de Narquelië, el mismo brebaje rojo.
-Mas ahora eso no importa, ya llegara el tiempo en la que tu estirpe rinda frutos, ahora debes terminar de recuperar las fuerzas perdidas, sueña con tu hijo Nerion, el de hermosos ojos, en una noche de primavera, bajo la hijas de Tintallë.
Quariel cerró los ojos de nuevo, las ancianas alzaron las manos y su canto de nuevo inundo la estancia, como suave lluvia.
A las estrellas dedicamos nuestro canto
Al viento elevamos nuestro espíritu
Y a nuestras sangre,
Suplicamos el perdón de nuestros pecados.
