La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Lempë Ohtari. Odio E Ira; Sangre Y Lágrimas.

2007:03:17:19:27:59

Draric

Odio e Ira; Sangre y Lágrimas

El graznido de los cuervos llenaba el vacío dejado por los aullidos de dolor de los moribundos que a su vez habían sustituido a los gritos de guerra de los combatientes.

La batalla había terminado. Un bando había conseguido una abrumadora ventaja y el otro había acabado por huir, salvo los más fanáticos que se habían mantenido hasta el último momento, para ser exterminados por su causa. El ejército vencedor también se había retirado del campo, las cuadrillas de búsqueda ya habían acabado de llevarse a los heridos. Muertos, cuervos y buitres era todo lo que quedaba en aquel lugar de muerte, salvo por una estatua. Una estatua que se agarraba a su hacha en el campo de batalla. Con fiereza lo empuñaba, tanto que sus nudillos se habían vuelto blancos. La sangre manchaba sus ropas, su rostro, su barba, y poco a poco se ennegrecía al secarse.

Un cuervo se posó sobre su hombro y empezó a comerse los restos que la habían embadurnado, y la estatua se mantuvo ahí, quieta como le correspondía, sólo que no era una estatua.

Las lágrimas caían de sus ojos mezclándose con la sangre del rostro, y entre la neblina que se formaba frente a sus pupilas, él podía ver los cuerpos salvajemente mutilados de los enanos que había a sus pies. Lloró por cada khuzd muerto ese día, por cada vida sesgada, ¡Mahal los recoja en las estancias que ha preparado para ellos!

Bwalin había participado en aquella batalla, y lo había hecho lo mejor posible, pero había ido a luchar en contra de su voluntad. Se había opuesto rotundamente, porque sabía que fuera cual fuese el vencedor de la batalla al final el resultado sería el mismo, cientos de enanos muertos; cientos de enanos que podían haber seguido vivos, que podrían haber seguido creando obras, teniendo familias, amigos,…, vidas.

La mente de Bwalin divagaba, en las primeras horas solo el odio y la ira la habían invadido. Odio hacia los promotores de esa guerra, hacia los propios soldados, hacia el enemigo, y hacia sí mismo; ira contra una sociedad que entendía que ciertas disputas sólo podían solucionarse en el campo de batalla, contra unos líderes codiciosos incapaces de solucionar sus diferencias.

Luego llegó el asco, asqueado de seguir vivo mientras otros habían muerto, asqueado de su sociedad; asqueado de los absurdos motivos que les habían llevado a una guerra entre hermanos.

Al asco le siguió la nostalgia, y la mente de Bwalin divagó hacia tiempos mejores, hacia momentos de la vida cotidiana en tiempos de paz. Volvió a las colinas de su tierra natal, a las casas, a los trabajos rutinarios, viendo como los enanos pasaban su día a día en armonía unos con otros. Pudo ver como en las diversas forjas se repetía el mismo trabajo con pequeñas variantes; maestros templando el duro metal para hacer obras de verdadero arte, aprendices esforzándose en cumplir con objetos más sencillos pero útiles, clavos, juntas, bisagras, pomos, picos y palas, que otros enanos necesitaban para su trabajo. Vio las cuadrillas de mineros avanzando en total camaradería hacia las peligrosas profundidades, y luego el trabajo constante serio y decidido, incansables e inmutables ante las dificultades que les daba la roca.

Su mente siguió perdida entre los diferentes trabajos, vio a los comerciantes regateando con dureza, a los cerveceros elaborando sus caldos con la precisión y casi el culto que puede tener un alquimista, vio a los cazadores, consiguiendo la carne que todos necesitaban para comer. También rememoró momentos malos, una viga partida que enterraba a los mineros, un jabalí que se revolvía y hería a un cazador, múltiples accidentes que llevaban a heridas y a la muerte, pero eso eran muertes dignas. Los guerreros siempre decían que la muerte digna era aquella que te llega en la batalla, pero mentían, la muerte digna es la que te llega cuando has aportado todo lo tuyo a tu comunidad. Sería digno morir luchando por la defensa de tu hogar, cuando otros te invadían con el propósito de matar a los tuyos y destruir tu vida, pero no cuando lo único que motivaba a luchar era la ambición.

Bwalin maldijo de nuevo a los señores enanos por todas estas muertes absurdas, y maldijo a su pueblo por no tener la fuerza de oponerse a luchar, y se maldijo a si mismo por no quedarse en su casa en lugar de venir aquí. ¿Honor? ¿Qué honor había en matar por una disputa referida al orgullo de tu señor? ¿Qué honor había en matar a otros enanos, sólo porque sus líderes se hubieran ofendido? Ruin es casi siempre la guerra pero nunca tanto como cuando es entre hermanos.

La desesperación se adueñó del enano. Tantas horas después su mano dejó de agarrar el hacha, el cual se negó a soltarse, y durante unos instantes se mantuvo en su sitio. Se desestabilizó sólo unos milímetros, despegando la sangre que había entre la mano y el metal. Entonces cayó con todo su peso sobre el suelo, y casi al instante Bwalin se derrumbó también, primero sus rodillas y luego su tronco acabaron sobre el charco de barro y sangre. Un curtido enano que casi había visto doscientos inviernos, lloraba y sollozaba como un niño pequeño. “¿Por qué?, ¿por qué? ¡¡¿POR QUÉ?!!” Resonaba en su cabeza y gritaba entre los sollozos.

Y así, llorando, agotado por la frustración, harto de todo, incluso de estar consciente, Bwalin se quedó dormido, en aquel asqueroso charco formado con la sangre de los caídos, mezclada con la tierra del campo de batalla, y su último pensamiento antes de caer dormido no fue de odio, ni de ira, ni de asco ni de desesperación, ni siquiera de sangre,…fue a un recuerdo de juventud:

“Muchos enanos se agolpaban para poder ver al protagonista de la acción. Un joven y aguerrido Bwalin, que sujetaba una bola de roble en la mano. A un metro de él treinta pequeños bolos levantaban un palmo sobre una plataforma de piedra. Bwalin se concentró, respiró profundamente y lanzó la bola. Los bolos salieron disparados, algunos de ellos especialmente lejos. No hacía falta comprobarlo; la mitad del público gritaba de admiración y el resto de decepción. La victoria era suya, el honor para su clan; así se solucionaban las disputas antaño,…, así deberían solucionarse siempre.”

Naredhel Anariel

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Saludos desde Valinor!