Wëthan Bohr
“Siento... dolor... uff... siento algo al menos.”
Fui encomendado a dirigir a los Ents. Y ellos fueron mi familia en esta batalla. Mientras dormí me di cuenta de muchas cosas. Una de ellas fue cuánto tomo yo de mis “familias”. Los Ents son pastores de árboles, como pude aprender, y yo estuve siendo pastor de Ents... ¿Cómo no sentirme uno más de ellos?
¿Si eso me sirvió para enfrentar al Troll? Estoy seguro que sí, los primeros golpes fueron dignos de un enfrentamiento Ent-Troll, pero con el correr de la batalla no quedó de mí más que el joven humano. Casi muero en los brazos de Náredhel, bonita forma de morir, pero aún me faltaba decirle que no habría nada de qué preocuparse. En fin, estuve inconsciente algún tiempo. E irónicamente, a partir de allí fue que mi vida cambió rotundamente.
Siempre creí ser un hombre de fe, pero fue más practicismo que otra cosa, inercia, justificativos, caprichos. Mi sobrino segundo, el príncipe de la patria a la que pertenezco, habla de otra fe. Y he comenzado a creerle...
Lo que viví mientras estuve inconsciente fue como el viaje de un corcel recorriendo el resto de mi vida, si es que ese nombre, vida, se ajusta a lo que será:
Comenzó llegando a la vejez. He sido Señor desde que Alsenot enloqueció, y luego Rey, rey de hombres en las montañas. He sido también un gran jinete. Mi caballo, si bien nació en el desierto fue el mejor en las alturas, se adaptó con gusto a las variadas superficies montañosas y aprendió a hacer las mejores maniobras para no salir herido en todos los terrenos difíciles. Mi caballo nunca fue un caballo normal. En el Este aún se nos conoce por nuestras aventuras por los riscos y pendientes. A él lo dibujan con Alas, a mí con un aura vivaz. He sido feliz. Y hay una mujer a mi lado, la conocí antes de ser Señor de los Varna Rámar, y ha sido mi amante y compañera desde entonces; no sólo eso, ha sido también el alimento de una parte de mí, una gran parte de mí, una importante parte de mí. He sido feliz, hasta un momento, difuso momento, en que debía seguir envejeciendo, y mi vejez no llegó... el día en que medí que mi tiempo se había cumplido, el día en que debí haber dejado la vida, y, aunque no pareciera correcto, seguí viviendo.
Soy Thorntor, tal y cómo, en Amaurenori, conocí a aquel hombre que habría de ser yo. Y deseé serlo. Y entregué mi alma para ser un líder justo y apreciado, el carnero de la manada, un guía, un pastor. Sé que, aunque quiera negarlo, esa vez hice un pacto, con un viejo débil y temeroso, pero un pacto negro, que algún día debería pagar. No me culpo, era muy ingenuo por ese entonces, no sabía lo que era realmente mi fëa, lo puse como garantía y precio, y el poder que había en ese sitio, en ese ser débil y obsequioso, no me permitió dar vuelta atrás. He tenido el momento para detenerme y negarme a pagar, pero... no hice nada, lo dejé pasar.
Esa larga vida duró más de mil años. Pero no fue como la larga vida de un elfo. Mucho tiempo me enorgullecí de llevar la vida noble, austera y querida que tenía. Pero todo comenzó a desvanecerse, mis amigos, mis hermanos, mis compañeros murieron, murió mi caballo también, incluso vi morir a mis hijos. Las nuevas generaciones siguieron queriéndome y aceptándome, pero el paso del tiempo les hizo considerarme cada vez más extraño. Y por una ciega desconfianza fueron alejándose de mí. Aún ella siguió conmigo mucho tiempo. Me acompañó incluso mientras los inocentes se iban yendo y los pecaminosos se me acercaban y me adoraban. Ella fue lo más grande y lo último que valió para mí. A partir de ese día resistirse a la oscuridad comenzó a hacerse día a día más duro. Pero aún me quedaba la memoria, y la voluntad.
Alejé, conmigo, a esa lacra de gente de las tierras que habían sido mi reino. Todavía ellos no eran mi familia. Agradezco la terquedad que cultivé de joven, me ayudó a evitar ceder. En su mayoría eran renuentes e intentos de nigromantes. Hice mi mayor esfuerzo por llevarlos hacia la gloria de la virtud noble, pero no he logrado ser más fuerte que otras miserias que intoxican el espíritu. Lo veía venir, una vez estuve vacío, y ahora tanta pérdida, y la última pérdida, me llevaban nuevamente allí, y eso me aterraba, no volvería a estar vacío, era una sensación que no volvería a repetir, no. Aún me quedaba lo vivido, y eso lo conservaría por siempre si fuera necesario. Aunque “siempre” no existe para un mortal.
- No has deseado morir.- me dijo el monstruo, sólo yo lo veía como tal.
- Fíjate, que incluso hoy mismo deseo no haber nacido. Y ayer, y cada día. Tú no sabes nada de mí, Annatar.- le espeté.
- Si hubieras querido morir, te hubieras matado, te hubieras dejado morir en combate, o te hubieras abandonado. Pero no lo has hecho.- replicó el muy artero.
- No me he hecho mi propia muerte, no... porque... lo que no ocurre no debe ocurrir.- repliqué intentando usar como defensa la fe que el último rey al que serví me inculcó, sobre la Música que aún suena y nos determina.
- Sabes que yo te he mantenido vivo. Fíjate, no ha ocurrido lo que debía, ha ocurrido lo que yo deseé, lo que tú deseaste.- dijo poniendo su mejor voz de amigo.
- Esto no es lo que deseé.- insistí.
- Eres un gran rey, pastor, y amado por generaciones, y sigues siéndolo...- no mentía, pero esa verdad no era sana para nada.
- Esos que son mi pueblo, no son..., son tu... – Le discutía, pero en el fondo yo ya estaba cansado, me había empezado a costar discutirle. Y junto con el cansancio, llegó el olvido.
Empecé a dejar de recordar, primero algunas cosas, pequeñas, pero importantes en mi vida: palabras, imágenes, ideas, rostros... Ese día murió el “siempre”, y todas las cosas comenzaron a desaparecer de mí.
- Acepta este anillo, representa todo lo que has sido, lo que has logrado.- fue casi lo último que recuerdo fuera de su voluntad. Ya no recordaba tanto como para negarme. Ya casi me daba igual. Luego, tuve de nuevo lo que había vivido, un instante, y se consumió para siempre.
Seguí siendo rey un tiempo más. Rey de esos miserables. Aquellos que se volvieron mi última familia. Y de quienes comencé a beber yo. Era rey, pastor y querido, pero por la peor ruina de gente que haya pisado mis tiempos.
Los conduje a distintos sitios de la Tierra Media, pero terminé trepando a las Montañas de Ceniza. Y caminé por el Morgai y por las Montañas de la Sombra. Allí en Mordor, nos asentamos algún tiempo. Creo haber estado también en Angmar, de visita. Y luego... volveríamos...
“¿Han... pasado muchas horas?”
“Siete días, Wëthan, sólo siete días.” Niëlúne estaba allí, llorando. Ella no estaba mucho más recuperada que yo, pero estaba ahí. Vi que alguien se movió, iban a avisarle a Náredhel que yo había despertado. Supe que la reina había estado preocupada también. “Tu pierna... sanará. Y tus costillas, las que quedan, están en su lugar, mejorando.” Dijo sonriendo y conteniendo el llanto.
Yo recordaba aún lo que había transcurrido en mi inconsciencia. Podría haber sido una pesadilla.
“Niel”
“¿Hmmm?”
“Acércate, abrázame, sólo... besarte.”
La besé, y olvidé todo lo que habría de venir.
