Narquelië
Había comenzado la mañana de mi novena primavera. Mi madre, tras terminar de atender las labores diarias del a huerta, se ponía a preparar lo que ella llamaba “Los dos días llenos de dulzuras para mi niña” al cumplir yo los años a dos días después del cambio de estación.
Bajé hasta la mitad de las escaleras, y la vi ahí, cocinando un pastel. Por su color pude suponer que lo había hecho con alguna verdura que le proporcionaba ese tono anaranjado que tanto me gusta.
Había gracia en cada uno de los movimientos que realizaba, ese toque especial que le ponía a todo lo que hacía, de manera tan dulce y tranquila. Parecía mentira que hubiera vivido aquellas historias al lado de Etnad, llena de aventuras y riesgos, y ahora cuando la veía cortando las flores de una manera tan sutil que apenas entendía como lo lograba, o cuando la escuchaba suspirar porque había visto un atardecer…¡Cómo si no hubiera visto centenares ya!
Volví a subir sin hacer ruido y casi al entrar en mi habitación vi un pequeño paquete envuelto. Supuse que sería mi regalo y como nunca soy lo suficientemente paciente me acerqué a echar un vistazo.
Los regalos de mi madre siempre eran extraños y nunca podía adivinarse qué podrían ser, como el regalo de mis nueve años: me regaló un libro acerca de pociones y a mis diez años me regaló una daga silvana tallada por ella misma cuando aprendía aquél arte, según ella.
Me acerqué delicadamente, fui quitando las cintas memorizando la envoltura, para que al rehacerla, ella no sospechara mi pequeño desliz
Al abrirlo tan sólo encontré adentro una carta, la tomé con cuidado y la miré
El mensaje estaba en quenya y para mi sorpresa, el encabezado decía: "Te saludo aunque tu ya sepas quién soy, mi bien amado...”
Mi sorpresa fue en aumento y la dejé en su lugar .Rehice la envoltura con cuidado para que no se notara. Al terminar me puse a mirarle detenidamente para descubrir cualquier cosa que denotara aquella intromisión de mi parte.
En ese momento la voz de mi madre apareció, mi cuerpo se estremeció y dio un salto.
-¿Qué haces con eso?
Me di vuelta y la miré sonriendo
-Eh... es que estaba tratando de averiguar que contenía este...paquete. ¿No será mi regalo cierto?
-No lo sé, dímelo tú
Dudé un momento, pero inmediatamente le respondí
-¿A qué te refieres?
-¿Tengo que repetir mis frases?
-No, sólo me pareció que era mi regalo y quise saber si lo era..
-¿Leíste la carta?- preguntó acercándose y tomando aquél sobre.
-No, sólo el encabezado.. -respondí y tras mirarle un segundo le pregunté- ¿A quién te refieres con “mi bien amado” en esa carta? ¿A mi padre?
Los ojos de mi madre se oscurecieron, convirtiéndose un negro más oscuro que jamás imagine que existiera, nunca le había visto llorar, aunque, en ese momento, solo vi caer dos lágrimas de sus ojos.
-Lo lamento, no quise…
-Esta bien, querida. Sólo déjame hacerte entender que no es tan fácil. El desear buscar a tu padre, puede ser la peor decisión que tomes, te lo digo mi niña, porque me ha tocado vivirlo y nunca es bueno buscarles, sino encontrarse a uno mismo. Sólo eso vale...-suspiró- ¿Esta bien?
Asentí y me fui a la cocina.
Sobre la mesa hecha por mi madre y yo, estaba uno de mis platos preferidos, esperando por probarse.
Sonreí pensando todo el tiempo que costaba hacer eso y que ella invertía en mí, sin ningún pesar. Cuando en su pasado apenas se daba tiempo para si misma. En ese momento recordé las dos lágrimas de mi madre.
Ella siempre me dijo que los hombres solo hacían llorar, sí no se encontraba al correcto, aquél en el que se pueda confiar...
¿Porqué entonces mandarle una carta a un hombre que te hace llorar?
Una pregunta que me daba vueltas en la cabeza, supuse que la mejor manera de animar a mi madre, era buscar un par de flores y hacer esa poción que hacia ella tan a menudo para sus caballos, esa mezcla sólo le encantaba por su aroma y por el bien que le hacia a los animales, especialmente Dante.
Dante, que según mis propias cuentas, tendría cerca de 50 años o más, aunque mi madre decía que los de su raza viven mucho, supongo que la duración tan larga de su vida, depende mas por como se les alimenta y se les cuida.
[…]
Entré al bosque, maravillada observe como los árboles lograban que el ambiente fuese mas hermoso, el sol apenas tocaba mi rostro, pasaba lo mismo con cada centímetro de la tierra, aún, cuando el bosque estuviera tapizado de verde, sólo una poco luz, intangible y poderosa iluminaba el paisaje. Me interné bajo las luces de las hojas, que se desprendían en aquel momento del día e inhalé profundo, sentí como la belleza del lugar invadía todo mi ser. Fue entonces que al cerrar los ojos sentí un leve movimiento, que perturbo mi paz.
Evite hacer cualquier movimiento. Mi madre me había enseñado como defenderme y estaba segura de poder lograrlo, pero algo me decía que no precisamente iban tras de mi
Abrí los ojos lentamente como si nada hubiera sucedido, en ese momento me creí muñeca de algún ser que controlaba las cuerdas durante un segundo, cuerdas tan vitales que permitían mi existencia. Miré al frente, a unos pasos estaban las flores para mi madre. Hice ademán de moverme. Fue cuando lo escuché, ese sonido era extraño; no era de un animal, tampoco un aldeano, mas bien era parecido a los pasos de mi madre, pero ella no se movía tan rápido, porque sabia que yo le podría escuchar y tampoco se me aparecía por la espalda, excepto cuando practicábamos. Esos pasos eran distintos pero seguían la misma estrategia, tal vez fuera un elfo, uno demasiado rápido. Mire a mi derecha, de repente una sombra se abalanzó sobre mí; movida por un impulso salté hacia mi derecha y saqué mi daga.
Unos ojos celestes me miraron, era un elfo. Mi madre me había contado de ellos pero nunca había visto uno en persona y menos en aquel lugar, dónde los que pasaban eran comerciantes que buscaban un sitio barato y lejos del camino para dormir tranquilos.
-¿Quién eres?- susurré entre dientes, aún manteniendo la daga lista para defenderme y sosteniendo la mirada sobre los ojos de aquél sujeto
Él no respondió y se levantó
-Puedo hacer que te maten o puedes irte de aquí, niña
Me reí dejando caer la daga por la manga de donde la había sacado.
-Claro ¿Tú y cuantos más?
Él sonrió y levantó la mano en seguida apareció un gato que subió sobre su hombro
-¿Dónde esta tu madre?
-¿Por qué crees que tengo una?
-Porque sólo tu madre pondría de nombre "Allison" a su hija. Conozco a Eleanor y puedo buscarla por los límites de todo el bosque o mandar al felino a buscarla y esperar a que ella venga a mí. De todas maneras la encontrare ¿no crees?
-No creo que una mujer sensata caiga en su pequeña treta o que una antigua guerrera no pueda matarle. Así que podrá encontrarla, pero si veo al gato, señor, le mataré antes que le guié a la trampa o siquiera toque el bosque. Eleanor está lejos de estas tierras y mejor sépalo por boca certera que por hombre mal hablado, que para que un elfo sea así supongo que habrá conocido a muchos. Sí me disculpa, tengo cosas que hacer
No me molesté en escuchar lo que dijo después, simplemente corté las flores y me fui al pueblo. Entré en la posada y desde allí desaparecí de toda mirada indiscreta, yéndome a mi casa. Así, sí había mandado a que me siguieran, hubiera machado su plan, sin que éste rindiera frutos.
[...]
Comencé a caminar rápido por el conducto que me llevaría a casa, así, sí llegaban a notar mi treta no llegarían a tiempo...en ese preciso momento sentí algo extraño
El túnel ensordeció de pronto, sentí un dolor profundo en el pecho. Mi paso se detuvo de repente y fue entonces cuando una lágrima cayó de mis ojos.
En ese preciso instante mis piernas comenzaron a correr, jamás me sentí tan fuera de mi misma. Algo invisible me estaba moviendo, mas allá de lo que mi cuerpo estaba acostumbrado a hacer, acostumbrado a la caza y a la espera del momento oportuno. Jamás huía de los hechos, si no que me enfrentaba a ellos, mi madre así me lo enseñó. Subí por escalera y sellé el túnel.
Apenas lo hice caí al suelo, rendida, la pierna derecha me dolía como nunca antes, pero no me importó, así que me levanté. Aquél impulso que había sentido, se estaba desvaneciendo tan rápido como había llegado. Aún así, seguí corriendo hacia la casa. Era un corto trecho, apenas unos 20 pasos de distancia.
Al llegar vi que la puerta estaba abierta, caminé un par de pasos adentro y me di cuenta que las ventanas estaban cerradas mientras que con las puertas pasaba lo contrario. Viré hacia la escalera para ver el resto de la casa y entonces la vi.
Grité de horror al verla de aquella forma.
Mi madre tenía los ojos abiertos y el cuello cortado, por una daga seguramente. Su mirada era de asombro y pena, jamás había visto algo así y no lo entendía.
Ella decía que alguna vez alguien vendría a buscarla a encargarse de ella, cuando tuviera que pagar uno de sus tantos pecados con la venganza de alguien más, siempre se trató a sí misma como un monstruo, uno que intentaba vivir como le enseñaron en principio. Nunca le creí.
¿Cómo ibas a creer que mí madre iba a ser algo así? ¿Cómo creerías tú que fuera un monstruo, aquella mujer que siempre estaba sonriendo, regalando dulces a los niños, plantando y cuidando flores...?
Me dejé caer sobre ella, le tomé en brazos y le cerré los ojos, las lágrimas comenzaron a brotar. No creía que hubiera pasado eso, a esa mujer tan especial.... ¿Cómo pudieron haberla matado con tanta crueldad? ¿Cómo habían podido cortarle el cuello a la mujer que se dedicaba cada día a aprender una nueva manera de cocinar algún dulce para el niño que cumpliera años alguna vez?
Acaricié su rostro, estaba tan frío como una mañana de invierno, de aquellos inviernos de los que me contaba mama, que existían en algunos puertos lejanos a este sitio. Su cabello anaranjado se había vuelto amarillo y sus manos....
En ese momento lo noté, en una de sus manos llevaba un pequeño paquete.
Lo tomé y lo abrí. Había un pequeño papel adentro, junto con un dije de color oscuro, una piedra que mi madre había guardado según recuerdo. El papel decía "felices dieciocho años" y el dije de piedra era un pequeño gatito, seguramente tallado a mano por ella.
Las lágrimas volvieron a surgir y comencé a gritar.
Desde ese momento nunca más miré atrás. Tomé una capa oscura, un par de mudas de ropa, una suficiente provisión de hierbas y mis armas, la únicas pertenencias de utilidad.
Entonces escapé de aquel lugar y de aquella imagen.**
**Escrito por Eleanor Ronaele.
