La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 83. C2 Lempë Ohtari Vs C2 Helkelen Lara.

2007:04:01:15:53:00

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar

Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 6

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 8

Victoria para Lempë Ohtari.

Darlak Lórindol

Todas las guerras, desde el momento en que se vierte sangre, se vuelven iguales, sólo las diferencian o las asemejan las razones de los soldados por dar su vida en el campo de batalla

Cuando espero ansioso a que llegue el amanecer, ¿sabes lo que escucho en el silencio del alba? Sólo el débil canturreo del ruiseñor, únicamente me llega el ruido que produce el viento al golpear las hojas de los árboles. Y sólo una cosa me queda clara, que estoy aquí en representación de mi pueblo, aquél que anhela mi regreso impaciente, aquél que confía en un capitán la defensa y la paz de sus tierras.

Muchas veces la guerra es irracional, diría incluso que la mayoría de las ocasiones no hay una razón de peso para verter tanta sangre en el campo de batalla. Pero muchas cosas tienen en común muchos soldados que se prestan a dar su vida en lugares alejados de sus hogares con la convicción de que con ello están protegiendo a su pueblo.

De ello me he dado cuenta hoy durante una de las numerosas batallas que estamos teniendo con nuestros vecinos del norte. A pesar de ser enemigos en las armas muchas cosas tenemos en común los miembros de las segundas compañías de Helkelen Lára y de Lempë Ohtari, estamos protegiendo nuestros respectivos pueblos luchando en su nombre y por su permanencia en los aciagos tiempos de guerra. No dudo que, llegado el momento, Alalmë y Laureon, los capitanes enemigos, estarían dispuestos a dar sus vidas por su patria. Esto es lo que nos une a ellos a Eleth y a mí, el saber que al levantar nuestras armas estamos dando todo de nosotros por nuestros familiares, amigos y paisanos.

Mi mente sigue pasando una y otra vez por la batalla de hoy, los soldados maniobrando, las espadas entrechocando, el combate avanzando. Ha empezado muy temprano, los dos ejércitos nos hemos encontrado otra vez en las cercanías del bosque mientras el viento azotaba con gran fuerza los estandartes de nuestras tierras. Así ha sido cuando ha comenzado el combate. La vanguardia de nuestra compañía ha descendido desde una colina cercana mientras la caballería pesada entraba a la compañía enemiga por los flancos. Eleth y sus arqueros se han quedado en la retaguardia esperando el inicio de la batalla. Siguiendo mis órdenes nuestra compañía ha cargado por un terreno cubierto de monte bajo y salpicado de encinas y alcornoques. Las avanzadas enemigas han respondido entonces y el primer choque ha resultado equilibrado pero, con bastante impulso, hemos logrado atravesar la segunda línea enemiga sin problemas consiguiendo llegar al grueso de las tropas de Helkelen, que nos han recibido en alto y nos han contenido, devolviendo ellos mismos el golpe.

De pronto, el grueso de nuestro ejército se ha visto rodeados por las tropas enemigas, que se han organizado de tal manera que han conseguido hábilmente tener el control de la situación. Las dos primeras filas estaban en peor situación, blanco fácil como estaban de los arqueros enemigos, así es que han recibido una lluvia de flechas mientras los soldados en el grueso se veían luchando con dos enemigos cada uno.

Han entrechocado las armas, sí, y algunos han caído bajo ellas. Una lucha equilibrada en la que apenas han caído hombres, afortunadamente, pero que ha servido para darnos cuenta de la magnitud de esta guerra. Allí, mientras el viento rozaba mi rostro, mientras mi espada tenía que esquivar uno y otro de los hombres que intentaban hacerme caer, allí he comprendido que la razón verdadera de la guerra no es ganar o perder sino demostrar que nuestro honor está por encima de todas las cosas, que el pueblo por el que luchamos merece cada una de las gotas de sangre que se pueda verter. Pero también es cierto que muchas veces se nos escapa que para mantener el honor y la paz de nuestras tierras hay ocasiones en las que no es necesario luchar, en las que el entendimiento puede más que mil batallas.

Hoy he visto los rostros de mis enemigos, he leído en sus facciones y he comprendido que no desfallecen gracias a que confían en estar defendiendo sus tierras.Y me ha entristecido sus miradas apenadas, el ver sus tierras arder y sus compañeros caer sumerge en un afligido estado a todos los corazones. Yo les comprendo, también he visto con impotencia arder las tierras de mi pueblo y sé que es duro no poder hacer nada por evitarlo. Pero eso no les hace desfallecer sino que les fortalece su defensa, volviéndose como una piedra ante los ataques.

Así, en mis pensamientos, he descuidado la defensa de mí mismo y, en un momento, me he visto rodeado de unos cuantos hombres, difícil he visto entonces poder salir victorioso, estaba rodeado. ¿Sería ese mi fin? He mirado a mí alrededor, los arqueros dirigidos por Eleth lanzaban lluvias de saetas a las filas más retardadas de los enemigos. Es entonces cuando he escuchado una voz, la de Valandil Súleglîn, como aquella lejana vez que llegué desde el oeste.

- Has demostrado valentía y en ella nos basamos cuando fuiste nombrado Senescal. Has de seguir conduciendo a tu pueblo a la victoria y no será hoy el día en el que caigas. El poder que me fue concedido servirá hoy de protección

- Gracias , le he dicho mientras la palabra ha volado muy lejos, hacia el bosque Taurëruin. He sentido entonces una humedad a mí alrededor mientras mi espada estaba deteniendo hachas y otras armas. He mirado hacia atrás y he confiado que mi mensaje llegara a Eleth.

– Haz que tus arqueros lancen una lluvia de flechas hacia aquí

Sabía que mi fiel compañera dudaría al verme en medio de tantos hombres, de los que estaba pidiendo que fueran el objetivo de las flechas. Seguro ha pensado que estaba loco, y que la cordura se había ido muy lejos de este lugar. Supongo que Valandil le habrá hablado porque, de pronto, una lluvia de flechas ha surcado los aires llegando hasta nosotros.

– ¡¡¡Alejaos!!! , he gritado a mis hombres.

Las flechas han impactado en mis atacantes y podría haber sucedido lo mismo conmigo. Pero ya estaba precavido y, como he podido, he intentado escabullirme entre mis enemigos, agachándome por debajo de sus pies mientras Envinyanta ha rasgado los tobillos de mi atacante más cercano. Un par de flechas han silbado cerca de mi cara, pero ninguna ha logrado impactarme.

Nuestras filas han tomado entonces el curso de la batalla y hemos conseguido imponernos sobre la batalla. Pero no ha sido mi deseo que haya muchas muertes, la congoja de esta tierra que he sentido en mi interior me ha llegado muy adentro.

La tercera batalla de mi compañía en tierras enemigas ha terminado sin grandes pérdidas. Un nuevo día se está levantado en el horizonte.

Lo que nos deparará este nuevo día aún no lo sé.

Darlak Lórindol.

[Editado por aratir el 25-03-2007 19:04]

Laureon

Doscientos… doscientos uno… doscientos dos… doscientos tres… doscientos cuatro… doscientos cinco… doscientos seis…

Contar muertos nunca ha sido una tarea agradable. Pongámonos en el lugar de un médico que tiene que hacer un recuento rápido y provisional de las bajas de una batalla. Ah, ese es mi hermano. Sus piernas, mejor dicho. Y ése, el soldado que me salvó la vida aportando su cabeza. Allí mi mejor amigo, en cuyo pecho puede verse un agujero que parece las mismísimas puertas del infierno. Y ésa, mi amante. No sé dónde la besaré a partir de ahora, sin labios ni dientes. Los Valar me libren de que nuestras aventuras se descubran…

Es curioso, macabramente curioso, lo buenos soldados que serían nuestros carniceros. Quizá podría proponerse tropas auxiliares constituidas por sus férreos brazos…

Laureon Ontarwë, carta sin fecha ni destino, cuyo hallazgo supuso una maravillosa casualidad

Cambiar el frío del Aeglos por la campiña y el bosque implicó un alivio para los hombres; no tanto para el reino, pues algo así significaba un retroceso del frente de batalla. El cerco se estrechaba.

Por supuesto, como es legítimo en todas las guerras que han existido, existen y existirán en Arda u otros mundos, el avance de Lempë Ohtari supuso el saqueo de medio Helkelen, la pobreza, la miseria y la crueldad de un bello mundo que se tornaba, a pasos cada vez más rápidos, enrarecido y vacío.

Como decíamos, la Segunda Compañía se trasladó al interior del país y su zona más poblada, a Helkelen Central, y sus aguerridos componentes, junto con los Caballeros de la Rosa —cada vez más diezmados—, se prepararon a defenderse del invasor que, anteriormente, había sido invadido. Círculos viciosos.

Pergamino antiquísimo de un historiador anónimo

Alalmë contemplaba el crepúsculo —que, en aquellas épocas, resultaba hermoso— cuando sintió en su hombro la leve caricia de una mano cálida. No sintió sorpresa ni se sobresaltó, pues era virtud de las manos de Laureon: calmaban el corazón.

No se giró ni saludó a su amigo pues, por una parte, no toleraba perderse aquellas vistas; su vida era efímera como la de todos los Hombres y quería disfrutar del momento; por otra parte, sabía que el Maia no precisaba de saludos.

Ambos permanecieron en silencio durante unos momentos; cuando el sol se ocultó por completo tras las montañas del noroeste, Laureon decidió hablar.

—Hemos avistado exploradores de Lempë hacia el sureste, internándose en el bosque. Los espías han localizado una gran hueste dirigiéndose al norte. Ya hemos recibido órdenes del Consejo.

Alalmë sonrió con amargura. Ya se imaginaba cuáles iban a ser esas órdenes.

—Les esperaremos en el camino de las lindes del bosque, y pediremos que se retiren. Si no lo hacen, tenemos derecho y deber de combatir—concluyó.

— ¿Esta vez no gritas de furia? —preguntó Alalmë tras un momento de silencio. Laureon rió levemente.

—Uno aprende a resignarse… y ya he gritado suficiente—añadió, con un brillo divertido en sus ojos. Su amiga se rió también, algo más animada.

— ¿Los de tu… clase, incluso con su poder, se resignan ante las decisiones de otros?

—Me sobreestimas. Puede que sea poderoso y quizá, sólo quizá, pudiera cambiar algo las cosas. Pero mi poder no alcanza a tales designios. El don del gobierno sólo lo reciben los sirvientes de Manwë, o de Morgoth, aunque éste sería taimado y retorcido. Como ya dije una vez, hace poco —sus ojos brillaron—, yo fabrico tronos, no me siento en ellos.

Alalmë sonrió, comprendiendo, al ver la expresión de Laureon.

—Y la presencia de… alicientes… en tu vida, ¿no te hace valorarla más?

—Quizá —concedió el Maia—, pero creo que la vida de un hombre como yo no debería estar atada mientras pueda salvar a las gentes a las que sirve. Todo a su momento —concluyó, y se alejó hacia el campamento.

Las Guerras de Árador, de Vhorad Nera, escritor y erudito de Helkelen Lára

Se apostaron arqueros escondidos en el bosque y los pocos ents del diezmado ejército se camuflaron entre los árboles, esperando poder sorprender al invasor. El grueso de la infantería se colocó en el camino, dividido en tres batallones —el primero, formado por las tropas más inexpertas, portadoras de jabalinas pesadas que lanzarían a corta distancia; el segundo, lo integrarían soldados ligeros profesionales y adiestrados; el tercero, la infantería pesada del ejército, hombres aguerridos y con experiencia—; la Caballería de la Rosa se situó a los flancos. En la retaguardia se posicionaron arqueros (suficientes para no hacer sospechar al enemigo de una posible trampa) y las tropas auxiliares, junto a los médicos y Alalmë. Por su parte, Laureon se colocó al frente de una de las dos divisiones de caballeros, junto con su escolta.

Hubo arenga y gritos de fervor; pero Laureon no sentía lo que decía. Aquellas eran gentes sencillas que necesitaban palabras de ánimo y consuelo. Lucha por la patria. Lucha por tu familia. Aquello resultaba ya demasiado insulso y desprovisto de sentido para un hombre —si él lo era— que llevaba casi seiscientos años en guerra. Unas buenas vacaciones. Eso era lo que necesitaba el Maia.

Ni siquiera hubo diálogo. Los emisarios de ambos bandos volvieron con las manos vacías. Tampoco es que se hicieran demasiados esfuerzos por alcanzar un entendimiento. Meses de frío y ardiente odio —curiosa contraposición— habían distanciado tanto a los dos pueblos, que ya solo se deseaban destrucción mutua.

Cuando los ejércitos chocaron —cuando el ejército de Lempë chocó contra el de Helkelen, mejor dicho, pues éste último se mantuvo en posición—, Laureon logró mantener unido el frente y ordenó la carga de su caballería en el otro flanco, lo cual provocó conmoción entre los invasores, tal y como el propio Maia pretendía; lo que supuso las mayores pérdidas para Helkelen fue una curiosa coincidencia, y es que los estrategas enemigos habían pensado igual, aunque la jugada le salió mejor aquella vez a Lempë Ohtari: arqueros enemigos se acercaron sigilosos por el bosque y, de pronto, se encontraron con que una hueste de elfos de Helkelen ya estaban allí disparando a sus compañeros; los lempitas no dudaron y pasaron a muchos de ellos a cuchillo.

Cuando la batalla terminó —los hombres de Lempë optaron por retirarse, a pesar de que habían muerto menos de sus hombres—, se rehizo el campamento en el bosque. Laureon se encargó de administrarlo todo —a pesar de que estaba agotado, sucio y herido— y, tras esto, corrió a la enfermería en busca de Alalmë. Para su alivio, su amiga se encontraba bien y curaría pronto. Cuando observó a su alrededor, le dieron ganas de llorar. Toda una ópera se estaba desarrollando en la amplia tienda de campaña. Los solistas moribundos cantando y emitiendo agudísimas notas; todo un coro de voces y gemidos como acompañamiento. De música de fondo, la orquesta de los gemidos, los pasos apresurados de los médicos y sus rápidos murmullos, las toses, alaridos, estertores, sollozos, quejidos, lamentos, llantos y súplicas a los dioses de aquellos que veían su muerte cercana. En una esquina pésimamente iluminada, un hombre siniestro apuntaba números en un cuaderno lúgubre.

Trescientos catorce… trescientos quince… trescientos dieciséis…

[Editado por Thirian el 28-03-2007 23:22]

Uzbad Kibil

Resumen de la batalla.

Lempe Ohtari ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.

Recuperables: 210 puntos, al hacer uso de un poder especial.

Valoraciones: 9.3+8.6+8.7= 8,9

Recupera: 187 puntos.

Pierde 23 puntos.

Helkelen ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 140 puntos.

Valoraciones: 8.2+8.8+7.1= 8.0

Recupera: 112 puntos.

Pierde: 168 puntos.

Lempe Ohtari no percibe monedas por la victoria en la batalla.

Lempe Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por el abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.

[Editado por Cudesas el 01-04-2007 16:09]