Kelusse
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 11
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 13
Victoria para Lempë Ohtari.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:04:05:00:08:11
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 11
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 13
Victoria para Lempë Ohtari.
Draric se enfrentaba a su primera batalla como general. Había sido un suboficial durante gran parte de la guerra, pero su arrojo personal y la gran dirección de su batallón no habían pasado desapercibidos. Ahora era tratado como un igual por la dama Lisse.
Draric pensaba en todos lo cambios que estaba sufriendo su vida mientras sostenía su escudo y su martillo de guerra en primera línea de batalla. Recordó el trato recibido, el momento en que se le nombraba general, la presentación ante las tropas. Luego las reuniones en la tienda donde se tomaban las decisiones, las discusiones sobre la marcha y sobre el plan de batalla. Jamás lo reconocería abiertamente, pero el que finalmente se hubiera decidido por el plan que él había trazado lo tenía especialmente nervioso.
El enano apretó con fuerza el martillo, sacudió la cabeza y se centró en la batalla. Era importante, había visto como a pesar de llevar la guerra a la tierra del enemigo se habían ido perdiendo demasiados de los encuentros. El ejército estaba animado y motivado, había ganas de venganza. Aun así la dama Lisse tomó la palabra para exaltar a los hombres. Draric escuchó como un soldado más.
El ejército estaba dividido en cinco compañías. La central con mayor número que las demás y en la que formaba la infantería humana y que Draric dirigía en persona, dos laterales con la infantería élfica y aun más externas las dos compañías de caballería.
Llegado el momento el enano ordenó como un jefe de batallón, sólo que ahora sus órdenes se propagaron entre toda la sección central del ejército.
- Preparados, escudos en ristre, hombro con hombro. - Draric hubiera preferido tener enanos a su lado, pero era el único que quedaba en esta compañía. Los hombres reaccionaron bien. Adoptaron la formación cerrada, tan estrecha que el escudo de cada soldado servía para protegerse a si mismo y al soldado de al lado. Un auténtico muro. -¡Avanzad!
La nieve cubría la llanura entre ellos y el ejército de Helkelen Lara. El paso era lento, obligado para mantener la formación cerrada. El bloque central avanzaba en cabeza, mientras que los dos bloques laterales se mantenían varios metros más atrás. La reacción de Lara fue obvia; lluvias de flechas cayeron sobre las líneas Ohtari. Los escudos de las líneas posteriores se alzaron para recibirlas. Así continuó el lento ataque, paso a paso entre la nieve, hasta que los ejércitos estuvieron ya cerca.
Los comandantes de Lara tuvieron tiempo para observar al rival y vieron algo que les extrañó. Las lanzas de la primera fila no eran ni muy largas ni se las veía especialmente firmes; parecían algo improvisado. La decisión se tomó rápidamente, sus unidades de armas pesadas se colocaron en frente, les resultaría sencillo acabar con esas líneas de lanceros mal equipados. Una nueva victoria para Helkelen Lara.
Draric dio orden de detenerse cuando unos veinte metros separaban ambos ejércitos. Tanta era la tensión que sólo el viento sonaba entre los combatientes. Los de Lara comenzaron a gritar sus cantos de batalla. Era el momento. Hachas, mazas y grandes espadas salieron corriendo contra la línea de lanceros avanzando metro a metro entre la nieve. Las líneas Ohtari no se movían, parecía que esperaran que la muerte se les viniera encima.
-¡IMPARES!- la voz del enano se alzó por encima de los gritos de sus enemigos para dar tan extraña instrucción. No la hubieran entendido aun en el caso de oírla, y aun entendiéndola ya no tenían opción de reaccionar. Pero sus soldados la estaban esperando. Así la primera, tercera, quinta línea,… todas las impares se arrodillaron en el suelo dejando sus escudos como protección. Los soldados de Lara se encontraron con un enemigo arrodillado, y sólo unas décimas de segundo después vieron las ballestas que portaban los de la segunda fila.
- ¡SEGUNDA! ... ¡DISPAREN! ... ¡A TIERRA! ¡CUARTA! ... ¡DISPAREN! ... ¡A TIERRA! – Cinco descargas letales contra las tropas con mayor potencial ofensivo de Lara. Su carga se detuvo en seco, y el enano terminó de soltar su trampa.
- ¡PARES! ¡CARGAD!
Las líneas pares, que habían disparado sus ballestas, las habían tirado al cumplir la última instrucción y habían cogido sus armas. Ellos no llevaban esas lanzas flojas de las líneas impares, ni tampoco los escudos. Ellos llevaban las armas pesadas y éste era su momento. La línea de ataque de Lara estaba rota y separada de los posibles refuerzos. Sus hombres desconcertados ante el devastador ataque de las ballestas y enfrentados ante la nueva carga perecían rápidamente.
Un bloque de resistencia se formó en torno a Gmork, que se mantenía firme a pesar de las heridas. Los refuerzos de Lara se acercaban a gran velocidad mientras su diezmado batallón seguía luchando contra las líneas pares.
- ¡IMPARES! - volvió a gritar Draric. Fue entonces cuando se explicó el motivo de esas finas lanzas; eran jabalinas. No hicieron tanto daño como las ballestas pero sin duda refrenaron el ímpetu de los refuerzos. Las líneas impares desenvainaron sus armas de mano y les llegó el momento de cargar. - ¡Que la mano firme y segura de Mahal nos de fuerzas! ¡ADELANTE!
El enano entró con fiereza en la lucha como todos los soldados Ohtari. Había luchado junto con los demás, y había perdido a su lado, derramado su sangre y llorado a sus amigos. Ahora llegaba el momento de devolver los golpes.
La batalla perdió claridad para Draric. El nuevo general entró en una espiral de sangre, dolor e ira desatada. Su martillo se movía a diestro y siniestro acabando con el odiado enemigo. La razón y la estrategia quedaron atrás mientras el resto de unidades se unían al sangriento núcleo del combate. Los hombres fueron cayendo, las heridas hacían mella en unos y otros, pero el enano apenas las sentía.
Lempë Ohtari presionaba con todas sus fuerzas, y traía resultados. Las tropas de Lara estaban siendo diezmadas. Se negaban a ceder ni un metro de terreno, pero ni toda su determinación pudo evitar que retrocedieran. Había llegado el momento de que ambos ejércitos se reagruparan; reorganizarse para volver a luchar o dejarlo para otra ocasión. Pero los ánimos de los soldados de Lempë, tantas veces perdedores, habían subido hasta cotas inimaginables. Tanto que se les nubló la razón.
Secciones enteras del ejército atacante rompieron líneas en su ímpetu por continuar el ataque más allá de lo razonable. Los defensores aún mantenían tropas de refuerzo. Las tornas volvían a girar. Batallones de soldados Ohtari quedaron atrapados. Draric trataba de hacer formar en líneas ordenadas a las tropas cuando vio la maniobra suicida de parte de su ejército. El enano sabía lo que aquello significaba, y sabía lo que debía hacer como general. Aquellos estúpidos se estaban sentenciando a muerte e ir a salvarles supondría seguramente perder la batalla, o cuanto menos perder la ventaja que habían conseguido en el inicio. No tuvo que pensarlo más, y dio la orden de ataque. Había una opción de salvarles si cargaban, y él no podía dejarles morir sin hacer nada, por ilógico que fuera atacar. Tampoco pudo evitar que unas lágrimas aparecieran en sus ojos al pensar en cuantos hombres morirían en el desesperado intento de salvar a los que tan estúpidamente habían salido del orden de batalla.
Las horas fueron pasando. Los cadáveres se amontonaban allí donde había lucha, y entre los que seguían luchando se multiplicaban las heridas. Draric había recibido un fuerte golpe de un martillo de guerra en las costillas, por debajo del brazo que esgrimía el arma. Probablemente tendría varias rotas, pero no pensaba en ello, la vorágine del combate evitaba que sintiera ese dolor. Más le dolían, por contra, las muertes de sus compañeros de armas. Muchos habían caído, tanto que la batalla estaba igualada. Pero Lempë no había dicho su última palabra. La dama Lisse aún no había entrado en liza, ya que se había quedado con los refuerzos, muy en contra de su voluntad. Los Ohtari lanzaron su última oleada de tropas de refuerzo, y la sola visión de la dama luchando en persona volvió a encender el ánimo de los que luchaban ya fatigados.
Un rugido surgió entre los soldados al ver la demoledora carga de su general. Empujados por ella hicieron retroceder a los de Lara. El momento inspiró a Draric, y la tradición enana surgió de él embargando a los demás. Comenzó a cantar, con su voz alta y profunda, y poco a poco los que estaban junto a él lo siguieron, puesto que todos conocían la canción. Así el himno de Lempë Ohtari, la canción que recordaba a los cinco fundadores, la llama roja y la espada, se hizo escuchar en los helados campos que las gentes de Helkelen Lara llamaban hogar.
La batalla se decidió entonces, aunque los de Lara no se dieron por vencidos en ningún momento. Siguieron luchando por cada metro de terreno, sin dar ninguna vida por perdida y matando al morir si les era posible. Hubo varias cargas más, unas con mayor éxito, otras con menor, pero el resultado estaba decidido. Finalmente los dos generales Ohtari se reunieron con sus tropas en formación. Habían ganado la batalla, era lo importante, no el hacer huir al enemigo. Sus bajas eran muchas y el cansancio hacía mella en sus tropas, y en ellos mismos. Draric sangraba de varias heridas y ahora sí le dolían las costillas, pero eso no tuvo nada que ver con la decisión. No podían arriesgarse a peder esa batalla. La victoria valía doble por el valor anímico para las tropas. Habían ganado, era el momento de encargarse de los heridos y de los muertos, y luego de celebrarlo.
Draric aplaudió para sí mismo el valor mostrado por los generales de Lara, aunque, tal vez, no fuera valor, sino desprecio por la vida de sus soldados. Desechó rápidamente ese último pensamiento, no era digno de él. Tanto luchar contra alguien te hacía pensar lo peor de tu enemigo sin conocerlo. Aunque la duda quedó en la mente del enano, que deseó desde ese momento conocer mejor a su enemigo, más allá del campo de batalla.
“Recordad nuestra casa, recordad nuestros hijos, recordad nuestras mujeres, recordadlos, a todos. Hoy la sangre lempita regará el campo de batalla. No esperéis piedad, somos hijos de la muerte, padres de personas que ya se hayan en el más allá. No tengáis piedad, pues ellos no la tuvieron con nuestras familias. No lo han arrebatado todo. Es el momento de hacerles pagar por ello. ¡Por nuestras nieves! ,hoy el hielo será fuego y sangre.No importa cuantos muramos hoy! ¡Pero el enemigo correrá temeroso de nosotros!”
Gmork alentaba a sus tropas. Los había escogido tras curarse de sus heridas. Había buscado a todos los que habían perdido a sus seres queridos. A todos los que habían sufrido la carga de no tener más anclas que los hermanos de batalla, camaradas curtidos en la guerra, y que podrían depender de ellos. Desenvainó su espada y apuntó con ella allá donde se hallaban las tropas enemigas:
- Miradlos, nos temen. Saben que nos saciaremos de su sangre. Saben que no habrá piedad ni clemencia para ellos. Hoy sabrán que un alud de hielo puede ser tan peligroso como sus espadas de fuego.
Darker se acercó a caballo donde Gmork estaba dando su discurso. Puso su caballo junto al de su compañero y lo miró a los ojos. No quedaba nada que decir. En las casas de curación se hallaba el motivo de la locura e ira de Gmork, y Darker sabía que nada quedaba ya de paz en el interior de su amigo. Habían despertado a una bestia, y ahora lo pagarían. “ Ve en paz, hermano” susurró Darker, lo suficientemente alto para que Gmork lo oyera. Le sonrió y dijo:
- Vive libre, hombre del hielo. Que nuestros pasos se crucen en el más allá dentro de mucho tiempo.
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- ¡ADELANTE! –oyó Gmork a un enano rugir.
Observó una flecha que tenía clavada sobre su clavícula, y sin temor tiró de ella. La oleada lempita se acercaba, sus hombres habían sufrido varias heridas, más de dos tercios habían muerto, pese a ello, Gmork estaba feliz. En el fragor de la lucha, se sintió libre de culpas, redimido. Nada podría arrebatarle esa sensación, nada podría. Desenvainó un espadón y soltó el escudo. Sus hombres le imitaron, era un todo o nada. Vida y guerra, o muerte y gloria. Así lo decidieron, todos, cada uno de los hombres que Gmork había reunido y sabiéndolo necesario se lo recordó, a todos, el grito de los hombres del hielo surgió como un graznido y ni siquiera el que los caballeros de Darker no hubieran podido apoyarlos les atemorizó. “Aquí se viene a morir” gritó un hombre ya casi anciano antes de que sus camaradas se reunieran alrededor de él y lo siguieran en la carga.
La batalla continuó, solo unos cuantos grupos de guerreros quedaban vivos pese a ello, Gmork seguía en pie, rodeado de diez hombres, iban recorriendo la zona, intentando salvar a los que quedaban vivos, para unirlos a su grupo y formar de nuevo un pequeño batallón.
Habían llegado al número de noventa y un guerreros, y entonces lo vieron, un grupo de lempitas que estaban aislados, cargaron contra ellos y comenzaron a segar enemigos. No había piedad, no había vida, hoy no. Ya no. Toda una ciudad reducida a cenizas obligaban a morir matando. El ejército de Lempe se decidió a rescatar a ese batallón, y Gmork ordenó a sus hombres a adoptar una posición defensiva, siguieron matando, pero decidieron no avanzar. Entonces lo oyó, una dama guerrera se había unido a la lucha. Vio como sus enemigos se alegraban y luchaban con más ahínco y lo comprendió, eran la caballería. La batalla estaba acabada para ellos, ¿sería el fin? Uno de los hombres recogió un escudo de un muerto Ohtari. Gmork lo imitó, y los demás repitieron los movimientos. Era el momento de apretar los dientes, tirar del arado cual buey, y sangrar.
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Gmork aguantaba, rodeado de una treintena de hombres, su espada había quedado anclada en la armadura de un enemigo, tenía un brazo quebrado por el golpe de un martillo de guerra. Sin contar dos cortes en su rostro. Y solo podía defenderse con su escudo, que bastante estaba sirviéndole para romper rostros enemigos... y allí se acabó la batalla. El ejército enemigo se retiró. Gritos de alegría surgieron de las gargantas de los que quedaban vivos, mas dos personas en el ejército seguían mirando a los generales enemigos. Los estaban desgastando, eliminando los hombres que componían sus tropas. ¿Cuánto más podría aguantar el reino de Helkelen Lara? ¿Cuántos guerreros más daría la tierra del hielo? ¿Cuándo desistirían y volverían a sus tierras esos odiosos enemigos? ¿Cuándo tendría frente a él al causante de la muerte de su ciudad para poder agradecérselo con todo el respeto que merecía?
Momentos después, volvimos al campamento con las pocas tropas que nos quedaron. Algunos soldados heridos se dirigían hacia las casas de curación, otros a su tienda a descansar tras la dura batalla y otros charlaban sobre algo demasiado lejano a los oídos de Darker.
Fuera de la entrada de la tienda de Gmork, Darker comentaba con este la batalla.
-nuestras esperanzas perduraron hasta el final- dijo Darker dirigiéndose a Gmork, que no parecía contento. Gmork en su tienda sin contestar y sin hacerme caso alguno.
“Gmork ya no es el mismo que era antes, optimista y con una sonrisa en los momentos más duros. La ira de Gmork está consumiendo todo su ser, y pronto será una bestia” dije pensando para mis adentros. Ya en mi tienda, me disponía a descansar, pensando que mañana será otro día. Pero no podía dormir pensando en que Gmork ya tan solo sería un alma triste.
Sin pensarlo un momento, Darker se dirigió a la tienda de Gmork. El cielo estaba cubierto por un manto de estrellas bañadas en oro que relucían de una forma alegre.
Al entrar en la tienda de Gmork, todo era oscuridad. Cogió la antorcha que había en la esquina de todas las tiendas y entro alumbrado por el suave calor del fuego en aquella fría noche. Se veía la silueta de Gmork dando vueltas tumbado en el suelo. Gmork despertó a la luz del fuego y se aclareció los ojos. Todavía veía borroso, y no pudo distinguir el rostro de Darker.
Se frotó los ojos con sus manos para aclarecerse la vista.
-¿qué quieres?-preguntó Gmork bostezando.
-Nada-
Escrita por: darker (rhiorn) y Gmork (peregrinoscuro)
[Editado por percebal el 01-04-2007 22:40]
Resumen de la batalla.
Lempe Ohtari ha perdido 11 armadas x35= 385 puntos.
Recuperables: 308 puntos.
Valoraciones: 8.0+7.2= 7.6.
Recupera:234 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 25% de vida por lo que recuperan 87 puntos. Total recuperación: 308 puntos
Pierde 77 puntos.
Helkelen Lara ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.
Recuperables: 227 puntos.
Valoraciones: 7.8+7.2= 7.5
Recupera: 170 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 20% de vida por lo que recuperan 70 puntos. Total recuperación 227 puntos
Pierde: 228 puntos.
Lempe Ohtari percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.
Lempe Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por el abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.