Gmork
La música retumbaba en las estancias del templo como si fueran los mismísimos lamentos de Santa Aurora los que llamaban a recogimiento y duelo. Demasiados hijos de Lara habían caído en las últimas batallas y los monjes y sacerdotisas se dedicaban a dar un último adiós a los que se iban para no volver.
La gente se hallaba en silencio y alguna vez se oían lamentos sofocados. Lo último que tenía que oír un héroe era música o fiesta, no llantos y entrechocar de aceros.
Un largo rato más tarde, cuando todos se hallaban dentro el cielo pareció entristecerse también, y comenzó a caer una lluvia fina y poco pesada, que seguía el ritmo de los cánticos. Las puertas no se habían cerrado, pues a veces salían personas para hablar y tomar el aire un rato.
Una de las personas que salieron era una joven que no tendría más de veintipocos años y cuya melena morena ondeaba con el viento. No era muy alta y sus ojos color miel reflejaban los pocos rayos de sol que atrevíanse a atravesar las nubes del cielo. Se acercó a un hombre y lo abrazó, dejando que desfilarán por su rostro dos ríos salados de lágrimas. Deseaba no haberlo perdido. Que siguiera con vida. Que no se lo hubiera arrebatado la blanca dama aún. Mas sabía que ya nada podía hacerse. “¿Cómo ocurrió?” preguntó aun con los ojos enrojecidos llenos de lagrimas, el hombre negó con la cabeza y retuvo entre sus manos la cara de la joven la miró a los ojos y cerró los suyos.
- Tu hermano ha sido un buen hombre. Su muerte fue semejante a su vida. Intensa –volvió a abrir los ojos y la miró de nuevo – Sadra, no necesitas saber más de su fin. Es mejor que parta uno a que la pena te arrastre junto a él.
- ¿Por qué? Sin él ya no me queda nada. No soy un apoyo para nadie más. Ni tengo nada por lo que luchar.
- Te quedan los niños del pueblo. Eres un apoyo para ellos. Lucha por el futuro. U futuro en el que Lara podría sobrevivir, un futuro esperanzador si tú estás en él –el guerrero, que por respeto a los difuntos solo llevaba su capa roja sobre unos sobrios ropajes, la volvió a abrazar –. Algún día podremos dejar estas tierras de nieve y sangre para encontrar verdes praderas cubiertas solo por las flores rojas, que nos harán recordar estos momentos como los peores de nuestra vida, pero también nos recordarán que gracias a ellos la amaremos mucho más que la muerte.
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Gmork entró en la ciudad a lomos de un viejo y tranquilo caballo. En su mente aún estaba la conversación que había mantenido durante el duelo por la última batalla de la compañía tres del reino, se llevó una mano al pecho, intentando tocar un colgante que llevaba, regalo de la muchacha, más no pudo tocarlo. Los sanadores le habían hecho un entablillado especial para poder montar y este bloqueaba cualquier modo de llegar con las manos de Gmork a su propio pecho.
Espoleó al caballo, deseaba ver qué quedaba en pie de su amada ciudad, así como a las gentes que seguían con vida allí. Más al atravesar las puertas se confirmó lo que su olfato le había estado advirtiendo. Muerte y dolor se juntaron al llegar al foco del olor. Un edificio, tapiado y cayéndose entre cenizas era lo único que quedaba de la población. Los niños que allí se encontraban aun vivos estaban al borde de la muerte, pues sus manos ya no se hallaban pegadas a los brazos. La crueldad de los dirigentes de la compañía lempita que había invadido la ciudad no tenía límites... mas Gmork sabía que eso había tenido un culpable. Aunque ellos habían encendido la leña, él había chasqueado las piedras, prendiendo la chispa de las llamas que habían devorado a la población. Desenvainó su daga delicadamente y casi a escondidas y se la puso en los riñones, tras lo cual cogió a uno de los niños que estaban aun vivos. Lo envolvió en su capa y lo dejó junto al edificio que había servido de pira común. E hizo lo mismo con los demás supervivientes que había encontrado. Entonces les hizo cerrar los ojos y les cantó una vieja historia de cuando la tierra no era más que una idea del creador, y ni siquiera había nacido la patrona de su pueblo. Entonces a medida que la historia avanzaba fue acabando silenciosamente con los jóvenes hasta llegar al último. Acarició sus cabellos y observó sus delicados rasgos. Rápidamente movió un brazo de derecha a izquierda, y con lágrimas en los ojos rezó a los dioses implorando un perdón, que sabía, se hallaba demasiado lejos.
Fijo la vista en un cuerpo que había en una entrada a una casa y se acercó para saber si seguía con vida esa persona, cuando la vio fue demasiado para él. Allí, inconsciente se hallaba Sadra, la hermana de la que había sido su escudero. El vestido que llevaba estaba rasgado y apenas le cubría parte del vientre. Se acercó y la tapó con la capa que llevaba mientras la acunaba entre sus brazos. Las lágrimas se convirtieron en un dolorido rugido, el llanto en un lamento y la tristeza en locura. La estrechó contra él y siguió meciéndola. Pedía, imploraba, suplicaba perdón. Pues su conciencia no podía dárselo ya.
Subió a su caballo con la joven entre sus brazos y los ojos cuajados de lágrimas. Volvió al campamento donde la dejó entre los sanadores. Hizo llamar a Darker y lo llevó a una tienda de campaña a solas. Una vez allí se quitó el entablillado que llevaba alrededor del tronco y le tendió una espada a su compañero. “¿Qué quieres que haga con esto?” preguntó sorprendido este, con la espada en su mano izquierda, pues aún tenía en cabestrillo el brazo diestro, y Gmork, con la mirada perdida, se inclino de rodillas y le dijo con un tono de alguien que no parecía ser él:
Mátame.
