Vanadessë Nissëlor
Una suave brisa mecía las ramas de los árboles en aquel lugar. El Teurëruin, uno de los más antiguos bosques que había en tierras de Lempë Ohtari, conservaba la hermosura de antaño.
[...]
-Baja de allí Elêth!!.
Unos enormes ojos castaños miraban con intriga hacia la copa de un gran roble.
-Ya sabes que el abuelo siempre nos dice que no debemos maltratar a los árboles, ellos sienten todo, como nosotras.
La voz de una pequeña elfa enfadada hacia eco en aquel claro, y unas risitas burlonas llegaban a los oídos de esta, provenientes del árbol.
-No seas gruñona, Vana... sólo estoy entrenándome, pues cuando sea mayor quiero pelear en un ejercito.
La voz era dulce, pero firme en sus palabras, una pequeña dunadan estaba en la copa de aquel árbol y vigilaba los alrededores.
-Cuidas Taurëruin mejor que un soldado, Elêth- dijo al elfa mientras sonreía y ayudaba a bajar a su amiga. – Así que no es necesario que te metas en un ejército para poder luchar.
-Eso lo sé, pero nunca está demás entrenarse un poco- dijo la pequeña humana mientras corría hacia unos arbustos con pasos tan sigilosos como si de un hobbit se tratara.
-Qué haces ahora, Elêth?- susurraba la pequeña elfa mientras trataba de seguirle el paso a la dunadan.
-Shh!... no metas bulla, Vana... no ves que trato de espiar al abuelo?.
Cuando la elfa llegó a los arbustos se dio cuenta que su bisabuelo, Celeval, hablaba con otros elfos tan viejos como él, pero a la vez tan jóvenes de aspecto, que cualquiera que los viera allí, diría que pasaban de los 50 años.
-Dé que crees que hablan?- preguntó la elfa intrigada, dando una mirada de interrogación a su pequeña amiga.
-No lo sé, pero si cerraras la boca podría oír bien- dijo la pequeña dunadan dando una mirada de reproche a la elfa, quien se ruborizó y comprendió que estorbaba el trabajo de la pequeña.
-Está bien, Elêth, pero no seas gruñona, por Eru!- dijo a regañadientes Vanadessë, al tiempo que aguzaba el oído para tratar de oír mejor.
...
-He podido ver en mis sueños que se avecinan tiempos de guerra y aunque tratemos de impedirlo, las pequeñas se verá involucradas en ella irremediablemente.
La armoniosa voz de Celeval se imponía en aquel improvisado consejo en el Taurëruin. Hubo un silencio incómodo entre los presentes y luego las aguda voz de Telmethar pidió finalizar el consejo allí, pues sentía que alguien los vigilaba....
[...]
Vanadessë creía oír nuevamente la voz de su bisabuelo, desde allí, el mismo lugar desde donde lo espiara junto a Elêth, hacía muchos años atrás. Ahora entendía a que guerra se referían en aquel consejo y también de que pequeñas hablaban en el mismo.
Mientras iba entrando al bosque sobre su caballo, los recuerdos llegaron de golpe a su cabeza
[...]
-Nos dejas, Elêth!... no te marches, somos como hermanas... Tú, Melel y el bisabuelo son mi única familia ahora... no me hagas esto, por favor!.
La elfa lloraba mientras su amiga la abrazaba, cumplidos los 18 años, había decidido partir sin rumbo fijo, pues sentía que no estaba destinada a pasar el resto de su vida en el Taurëruin, junto a los elfos.
-Nunca dejaré de recordarte, Vanadessë, pues eres mi mejor amiga, casi mi hermana, crecimos juntas y siempre estaré contigo, aunque no sea físicamente.
La joven dunadan ahogaba los sollozos, pero no podía contener las lágrimas que escapaban de sus bellos ojos marrones. Sentía que aquel abrazo con la joven elfa, sería el último, pues su amiga viviría todas las edades y aún así conservaría su aspecto, pero ella no lograría vivir ni la mitad de eso y su cuerpo poco a poco le pasaría la cuenta.
-Entiende que no soportaría ver como pasan los años y no hacer nada bueno de mi vida, siento que el destino me tiene algo más preparado, Vana, pero no lo sabré si me quedo aquí.
La elfa en ese instante comprendió a lo que su amiga se refería y le dio un último abrazo antes de verla perderse en los lindes del bosque.
[...]
Era increíble como aquellos parajes de su vida, estaban volviendo nuevamente, tan vívidos y reales como la primera vez. El Taurëruin era tan mágico y especial, que en cada rincón de él, había momentos felices y tristes de la vida de la elfa.
A medida que se adentraba en el bosque, junto con la comitiva de su compañía, creía oír las risas y voces de su infancia junto a la dunadan y a su prima Melel.
Cuando ya se acercaban a Mirianost, la elfa salió por un momento de sus recuerdos y vió a lo lejos las siluetas conocidas de sus amigos, trató de enfocar bien aquellos rostros tan queridos, pero un nuevo recuerdo invadió sus pensamientos.
[...]
-Vanadessë, alguien desea verte.
Celeval había ido a buscar a su bisnieta, que estaba sentada en el suelo, apoyando su espalda contra un hermoso árbol de hojas aterciopeladas.
-No creo que alguien quiera hablar conmigo, abuelo, Elêth se fue hace mucho y Mêlel no está.
-No seas pesimista y ven conmigo.
El elfo la ayudó a ponerse de pie y la llevó tomada del brazo por los senderos de vuelta a la casa, en la entrada había un rostro conocido. No fue necesario decir una sola palabra para que Vanadessë supiera de quien se trataba.
-Tantos años han pasado, Elêth- dijo la elfa mientras corría a abrazar a su amiga, con los ojos nublados por las lágrimas.
-Muchísimos, Vana, y tu sigues igual a como te recordaba.
La dunadan la abrazaba fuerte y trataba de cicatrizar todas las pequeñas heridas que el tiempo había dejado en la vida de ambas.
[...]
Con aquel abrazo la elfa volvió a la entrada de Mirianost, adelante iba Sonyariel en su caballo, a su lado, un soldado la acompañaba y hacia atrás, una pequeña comitiva que se dirigía al encuentro con el capitán Darlak y Elêth.
Vanadessë al ver el rostro de su amiga, se alegró enormemente, mas al ver en aquellos ojos marrones un dejo de tristeza por la destrucción de la ciudad, hizo volver a vivir aquellos horrorosos días de guerra en las heladas tierras del norte y le hizo recordar todos los momentos vividos con aquel humano en tierras Helkerianas, con tristeza se llevó una mano a la barriga y pudo sentir una pequeña patada de su bebé, en las entrañas.
Cuando llegaron al lugar, ambas capitanas, humana y elfa, bajaron con dificultad de los caballos, pues cada una mostabra un evidente estado de embarazo, la barriga de Sonyariel era más abultada, pues ya estaba casi en el término de la gestación, la de Vanadessë era aún pequeña, a pesar de que ya contaba con casi 6 meses.
Elêth la ayudó a bajar y le dio un abrazo reconfortante, aquella joven dunadan que había llegado al Taurëruin, hacía tantos años atrás se había convertido en su gran amiga y sabía que su alegría característica, le ayudaría a curar en parte su dolor por la distancia que había ahora entre Hathol y ella. Así como había ayudado a curar las heridas propias, que la distancia había dejado entre la dunadan y la elfa, hacía varios años atrás.
FIN.
