La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Liantari Dimbar. Draugliante.

2007:04:03:22:32:53

Orodril

Orodril dormía, de nuevo parecía sufrir en sueños. Envuelto en ellos se estremecía y agitaba, despertándola. Y a bien seguro con la fuerte respiración que tenía tardaría en volverse a dormir. Casi deseaba despertarlo, en venganza, y así sufriera también su desvelo, pero estaba muy agotado por aquellas heridas, por aquellas preocupaciones, además, estaba tan mono en sueños… Cuando estaba así parecía un remanso de paz. Cómo lo adoraba en ese estado.

Pasó la mano con la palma abierta sobre el pecho de su esposo surcándolo desde el esternón hasta la clavícula, y de allí hasta el corazón. Notando su calor, notando la suave y firme piel, notando como retumbaban en el pecho los latidos de su corazón.

Cuánto tiempo había pasado desde que la había asaltado en los pasillos de aquel mismo palacio para, cual caballero andante, ponerla a salvo de una guerra civil que amenazaba sobre su cabeza. “Cuánto tiempo, ¿verdad?”. Sonrió. Habían pasado del noviazgo al matrimonio, habían tenido un hijo, un fuerte hijo al cual habían criado juntos con esmero. Y cómo no, habían sangrado juntos. Sonrió de nuevo y abrazó con fuerza el cuerpo durmiente de su marido, estrechando su rostro contra su torso. Era feliz, tan feliz…

Le había hablado aquella noche al fin de sus planes para independizar el Matriarcado de Harniâth del resto del imperio Liantari, le había hablado de sus reuniones con los diferentes señores de las provincias, sobre todo con Uzbad con el cuan tenia mayor trato, y había podido ver como le daba su respaldo sin reflejo alguno en sus ojos de engaño. Había temido desde el primer momento que él se opusiera, que defendiera y protegiera a Illurë por delante de ella. Lo había temido, como había temido descubrir que las habladurías de los escarceos con Illurë eran verdad. Había temido que hubiera otra, u otras. Que tonta había sido. “Tonta, tonta, tonta”.

Cómo lo había echado de menos, cómo se habían alargado los días hasta volverlo a tener entre sus brazos. Parecía quizás una niña, pero cuán feliz era.

El cuerpo de Orodril volvió a agitarse en sus brazos.”Vuelves a soñar con ella ¿verdad?”

Narwen, su anterior esposa, su anterior amor ¿su gran amor? Aquel nombre se le clavaba en el corazón. ¿Hasta qué punto seguía queriéndola? ¿Hasta qué punto sería su amor un mero sustituto? ¿Pensaría en ella cuando recorría en cueros su piel? ¿Sería en ella en quien pesaba cada vez que ella se entregaba a él por completo?

Narwen había sido hermosa, fuerte, dulce… Había visto cómo el rostro de su esposo cambiaba cada vez que hablaba de ella. Al principio sólo reflejaba dolor, sí, pero a medida que las palabras se intercalaban su rostro se iluminaba, resplandecía. Y a ella le dolía, por Eru cuánto le dolía. Y se mortificaba por haber sido ella quien preguntó, por ser quien había querido saber. Pero siempre volvía a preguntar, siempre, aunque doliese, necesitaba saber. ¿Era ella acaso su sustituta? No era justo, ella estaba muerta, ¡muerta!, ¡¡muerta!! Había tenido su oportunidad y la había perdido, ahora le tocaba a ella.

Le quería, y no permitiría que no fuera suyo. Y abrazándolo fuertemente, apretando su mejilla contra sus costillas volvió a quedarse de nuevo dormida. Lágrimas secas recorrían sus mejillas.

Anar brotaba de nuevo sobre la tierra y atravesaba con sus rayos los grandes ventanales de Cirith Illurë iluminando la gran mesa que presidía el salón real. Cientos de figuras posicionadas bajo el sol se erguían sobre el amplio mapa que absorbía la mesa, sola en un rincón una bandeja de plata con el desayuno real parecía hacer frente, desde su posición en Lamanlië, a las legiones representadas.

Orodril contemplaba el panorama bélico con ambas manos apoyadas sobre la mesa aguantando su peso. Su propia sombra inundaba el mapa, caía sobre gran parte de sus dominios dejando irónicamente la provincia de Carasalm fuera. La había perdido. Carasalm le había sido arrebatada finalmente, su primera derrota relevante tras largos años, su primera gran derrota.

Notó como los suaves brazos de su esposa se cernían a sus espaldas en un abrazo y un beso era posado sobre su hombro. “¿Tan abatido parezco?”. La respuesta se la dio a sí mismo al descubrir con sorpresa que los nudillos se hallaban blancos de la fuerza con la que se aferraba a la mesa. Se irguió de nuevo y devolvió el abrazo en una caricia, volviendo a lo que quedaba de su desayuno, dejando su ira para desmembrar el tierno bollo en partes.

-La reconquistaremos. - La voz de su esposa, sin embargo, no parecía ser una firme confirmación, podía vislumbrar el trasfondo de apoyo y ánimo que aquellas palabras pretendían trasmitir.

-No, o por lo menos, no por ahora.- Sentenció. -Ha ocurrido, quizás, lo inevitable dadas las circunstancias, ahora sólo nos podemos contentar con apostar nuestras tropas junto al Calanen y defender este lado de la orilla. Rojas se volverán nuestras aguas antes de que caiga el reino.-

-Mi señor.- Las puertas de la habitación se habían abierto, apareciendo en su umbral uno de los soldados de la guardia real.- Su hijo ha regresado.-

-Bien, hazle pasar.-

Hacía ya un par de semanas desde que había enviado a su hijo a las tierras aliadas de Helkelen Lara, y ahora ante las actuales derrotas sufridas, la necesidad de aquellas nuevas favorables era aún más apremiante. Traicionaría a Illurë de la misma forma que ella lo había traicionado al servirse de sus débiles flancos para utilizarlo. Si ella había jugado con él, él demostraría que no era la única que podía hacerlo, pero no podía jugárselo todo, sin tener garantías de nada.

Daedril apareció finalmente por la puerta y entró en los aposentos. Sus ropajes daban señal de su acelerada travesía, así como de él mismo colgaba aún la salada fragancia de mar. Su mirada pasó rápidamente de la figura de su padre sentado ante la mesa cubierta por el extenso mapa a la bandeja de desayuno, por lo que hambriento por el viaje fue directo a ésta, tomando uno de los bollos abandonado por sus padres, y acomodándose en la silla dispuesta frente a la de su padre. -Han aceptado-.

Orodril pasó su mirada de su hijo a su esposa, y de ésta al mapa. Sus ojos de nuevo brillaban.

Los lazos con el imperio de Liantari estaban destruidos, ya poco le quedaba a Orodril de sus días de gloria, ahora sólo podía contentarse con el poder que le otorgaba ser el cónyuge real de la reina Dyshira, y el renombre y prestigio de lo que aún gozaba en el ejército. Sin duda muchos de sus retractores estarían ahora disfrutando de su suerte, solo que quizás estimaban su poder por debajo de lo que en realidad era. Viajando a solas, Orodril llegó al fin a su destino, el pozo orco se abría ante él.

Dejando su montura, tomando de ellas una serie de pergaminos, bajó andando el largo puente de hierro, dejando que poco a poco el ruido de las canteras y herrerías orcas inundasen sus oídos. Una nación nueva, ha de nacer de sus bases, de un escudo, de una bandera. Draugliante.

[…]

Más allá de Arador, en la ciudad sobre las Colinas de Hierro de Telpaglar

Como tantas veces, se descubrió con la mirada vuelta al sur, quizás porque sus aposentos se encontraban en la cara sur de la torre, quizás porque había pocas más cosas que hacer desde la cama, aunque ambas eran quizá mentiras, pues ni tantos días llevaba postrada en aquella cama, ni muchos más días encerrada entre aquellas cuatro paredes.

Era curioso cómo se echaba de menos aquello que ya no se tiene, y la tendencia incesante de abusar de ciertas cosas hasta que ya es demasiado tarde.

Illurë recostó de nuevo su cabeza sobre la almohada, liberando su negra melena de la pinza de nácar. No daría a luz con aquella cosa incrustándose en su cabeza todo el tiempo. Observó con mirada dulce su vientre hinchado, posando a su vez la mano y acariciándolo tiernamente. “¿Y ahora qué?”. Una contracción estalló desde su vientre a modo de respuesta, haciéndole curvar la columna de puro dolor, haciéndole cerrar los ojos de miel, y dejando de escapar de sus labios y dientes apretados un gemido desgarrado.

-Y bien, ¿sabes algo ya?-

Curumaruth dejó de apoyar su mentón en el cayado y se giró para contemplar el rostro arrugado del rey Hallôth. La faz llena de arrugas y manchas, la cabellera y barba blancas, lo contemplaba de manera entusiasta a través de aquellos ojos azul claro, casi blancos. A la muerte de su hijo Daêthor le había seguido la de su esposa, quizás de pena, quizás porque la muerte había decidido pasarse al fin a por ella, ahora la llegada al mundo de su único nieto y familia, lo tenía sobrecogido. No solo era su nieto, era quizás la certeza de un futuro para la casa Fúfalas y para su amado reino.

-No mucho más que usted, aún no ha nacido. Estas cosas pueden llevar su tiempo, más cuando se trata de primerizas.-

Juntos esperaron pacientemente ante la puerta del dormitorio de la reina mientras que sus damas de compañía salían y entraban de vez en cuando, siempre ajetreadas. Pasaron quizás lo que llegó a ser una hora, y el ritmo frenético amainó al fin con el llanto del recién nacido.

Las puertas se abrieron y las damas de compañía dejaron paso a la visita. Illurë sobre la cama descansaba, con los ojos cerrados, extenuada. La comadrona y sanadora jefa de la ciudad le tomaba con cariño la mano, mientras que miraba a los recién llegados con pesar; su mano derecha a su vera sostenía firme y suavemente a la criatura.

-El niño es de gran fortaleza y vigor, tanto quizás que la llama con la que su fuego arde no es tan solo la suya si no la que le ha robado a su madre. La reina, no ha podido resistirlo, ni nosotras hemos podido hacer nada para que aguantara y se quedase más tiempo con nosotros.-

Las palabras de la comadrona no tuvieron quizás el efecto esperado. Hallôth aunque aparentó afligirse por la noticia tenía todo el ánimo dirigido hacia la hermosa criatura, Curumaruth por su parte era completamente inexpresivo, aún sin contar con aquella mascara de piel humana con que llevaba siempre cubierto el rostro.

Al fin todo en cuanto había trabajado daba sus esperados frutos. Ahora la última pieza del tablero caía a sus pies, por sus propias artes. Sin Illurë, sin Daethor, sin ellos, y sin el entrometido de Orodril por medio, el camino hacia el poder estaba desierto. Él volvería a sentarse al trono como valido, lo deseara o no aquel vejestorio, al que más le valía no oponerse si no quería adelantar más su muerte. Pero cómo oponerse cuando era él el gran Auditor Real, cuando era considerado el más sabio e ilustre. ¿Cómo oponerse a concederle a él la tutela del muchacho?

Una sonrisa comenzaba a izarse tras la macabra máscara mientras que el ranquendi deambulaba de un lado a otro de la habitación con zancadas largas y golpes de cayado. Sólo el choque con una de las chicas que daban servicio a la reina lo separó un instante de sus pensamientos. Pero la chiquilla acelerada pareció temer alguna reprimenda por su parte, aunque no la obtuvo dado su regocijo, saliendo por lo tanto con el mismo ritmo de la estancia, dejándolo solo, de nuevo con sus pensamientos.

-Hombres de Telplagar contemplad a vuestro nuevo rey. ¡Huor Fëfalas!-

Las palabras de Hallôth llegaban desde el balcón del dormitorio. El viejo había tomado al recién nacido y lo exhibía a la rugiente plebe alzándolo por las axilas.

Daêthor poseía ojos azules,

reflejo de mar y cielo,

reflejo de su gran temple.

Los de su esposa Illurë eran dorados,

reflejo del mismo Anar,

reflejo de su ímpetu y valor.

De la unión de ambos,

nace nuestro futuro, nuestra esperanza,

sus ojos son verdes.

Los ojos rojos del auditor se abrieron de par en par. “¡VERDES!”

[…]

El viento soplaba con fuerza sobre la costa, alborotando el mar con sus olas, y haciendo que el olor a sal calara hasta lo más hondo.

El puerto de Lingwilóce estaba como siempre ajetreado, gracias al buen viento. Sólo un barco se salía de la norma habitual de pesqueros y mercantes.

Orodril dejó el último de los paquetes, y quizás el de mayor importancia, en el pequeño velero. Él y su hijo no viajarían con grandes lujos (más bien con ninguno), pero lo harían con rapidez, en aquel barco capaz de ser pilotado por sólo dos hombres y con gran capacidad de maniobrar.

-Ha llegado la hora de partir.-

Las palabras del elfo, ex-siervo real, desencadenó el comienzo de las despedidas comenzado por el fuerte abrazo entre madre e hijo, al cual le sustituyó él mismo, propinándole como variación un beso en los labios de la ranquendi. Las despedidas por el contrario para Luiniel fueron de lo más formal. La noldo se haría cargo del gobierno, al menos en cuanto al ejército se refería, en su ausencia. Lo que decidiera más tarde el gobierno de la nueva nación, en caso de que los lazos de ambos reinos finalmente se unieran, era algo que el futuro ya proveería.

Y aquella mañana, al amparo de un tímido sol y un mar algo encabritado, a la vigilia de las dos mujeres que contemplaban el inmenso mar desde el puerto, desapareció en el horizonte el pequeño velero, último baluarte quizás de la posible esperanza.

[…]

Una vez más de vuelta en las Colinas de Hierro

-Esperemos que podamos hacer unos buenos tratos para esta feria.-

Erent miró a su taciturna esposa, con una sonrisa y un brillo en la mirada que hacía plegar sus arrugas -Mientras que mis hijos no cambien mis cerdos por un par de judías, las cosas irán bien-

Melibea no puedo evitar sonreír, a fin de cuentas no se podía decir que la comida le faltará, la mesa con la cena que tenía delante era mejor que la de muchos vecinos suyos, y aunque vivía en una modesta cabaña y cargada del trabajo de la tierra y los hijos (más sobre todo por el nuevo recién nacido), era feliz. Erent era un buen hombre, buen padre y un dulce esposo; no carente de un espíritu vivaz, alegre e ingenioso, pues ella aún recordaba como había conseguido su mano cuando era novios, tras demostrarle a su padre que era bien capaz de mantener a su hija al sumar varias veces más sus tierras y cabezas de ganado, llegando a sobrepasar en estos a su padre cuando Erent había partido de mucho menos, casi nada.

Ahora esperaban a que sus dos hijos mayores regresaran de los estables de dar de comer a los animales. Al fin la puerta de la casa se abrió, pero para la sorpresa de la pareja y su hija menor, los dos hermanos no llegaban solos. A los hombros traían una joven mujer de vestimentas gastadas, la cuál parecía casi inconsciente e incapaz de andar. Rápidamente la familia se apresuró en dejarla con delicadeza en un lecho de paja, y a la luz escasa de las velas de la mesa de la cocina, pudieron vislumbrar el resto de ropas que llevaba la muchacha tras las gastadas.

Erent y Melibea se miraron con reflejo de puro pánico en sus ojos. Los atuendos, más allá de las ropas sucias eran difíciles de no reconocer, aún para aquellos que solo los conozcan por oídos. La joven que descansaba malherida en su casa, no era otra que una de las damas de compañía de la reina, y que una de ellas deambulará fuera del abrigo de la corte y fuera herida daba muchos puntos a un pecado de alta traición. Y no había pecado alguno sin el castigo del omnipresente auditor.

Los ojos de la doncella se abrieron un poco, descubriendo que ahora no se hallaba sola, y notando el calor de su propia sangre bañando sus ropas, hurgó en sus ropajes, hallando al final una nota. Ensuciando con su propia sangre la carta, la entregó en su breve momento de lucidez al mayor de los presentes, un alto hombre de no más de una treinta de años. Era una carta sin gran belleza, sólo el sello real y un nombre, “Orodril”.

Uzbad Kibil

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