Wëthan Bohr
Libro 1
La Tierra ha cambiado. El hombre ya ha levantado su propio mundo sobre la vasta creación de los Ainu. Siglos ha que Eldarion Telcontar se ha ido, cumpliendo con el don de los Segundos Nacidos. La decadencia furtiva en la expansión del esplendor humano hoy se disipa entre la proliferación de pueblos, aldeas y ciudades aquí y allá. Aún hoy, cuando nada queda de lo antiguo, lo antiguo sigue filtrándose en la vida cotidiana de unos pocos en uno u otro sitio, con profundos matices de languidez.
Yo que aún recuerdo, he vislumbrado aquí la presencia de un hecho de los Feanturi. Comenzó en Zarbad...No, mejor dicho comenzó antes, en una ciudad en una isla de un lago de los pueblos de oriente cercano, Cuivea:
“Como ha sido siempre, tocar el cielo con las manos es la meta, y muchos, ellos entre estos, lo han intentado, literalmente. Allí, excelentes arquitectos construyeron una firme construcción, una torre, un pilar, que cada vez van extendiendo más hacia las nubes. Se cuenta que, Silicio, un orfebre alquimista, desarrolló Arsilda Mahycal, una hermosa espada de cristal. Al menos eso parecía a la vista de todos. Y se cuenta también que para su terminación pretendía el disparate de darle un baño de estrellas, por lo que debía ascender la torre y esperar a que su pináculo alcanzara el firmamento. Así que luego de más de un año, con la colaboración de sus seguidores, Silicio se estableció en lo más alto del monumento. Fue entonces que la congregación de los Gûl pareció despertar sobre Cuivea.”
Y en Zarbad, tres noches después que los Gûl hubieran vencido las resistencias de los cuiveanos, soñé, y mis vecinos tuvieron el mismo sueño, y luego todo el pueblo recordaba haber soñado algo similar...
Hacía calor, y el pueblo todavía estaba despierto. Desde poniente, además de alcanzarse a ver el residuo del sol escondiéndose, llegaron cabalgando unos extraños visitantes. Unos seres vestidos con largas capas negras y el rostro escondido en sombras. Alcancé a suponer que eran hombres. Yo conté dieciocho, y mi recuento coincidió con la de varios otros paisanos conocidos. Los cuatro primeros tuvieron una conversación y eso bastó para darme cuenta de que esto estaba más allá de la vigilia:
- Bien, los lugareños nos temen.- dijo una voz profunda.
- ¿Descansaremos los caballos aquí, “Temerario del Fuerte de Linhir”?- dijo otra voz más disfónica.
- Sí, “Mediasangre de Rohan y Dunland”, que beban y descansen, no se metan con la gente del pueblo. “Reconquistador de Edoras”, busca el abrevadero y avísanos. “Jinete Matador del Dragón”, ve con él.- dijo el capitán.
- Bien, “Temerario del Fuerte de Linhir, Aliado de los Muertos”, nos encontraremos en esta plaza.- respondió el que se llamaba Fram “Jinete Matador...”. Y movieron sus caballos lentamente, andando por donde no había nadie que les preguntara nada.
- Es aquí donde ha dicho el augur. Siguen siendo extraños los designios. Zarbad, punto de encuentro de caminos, aún...- dijo Wulf “Mediasangre...”
- Así parece,... no van a tardar en llegar. Mientras tanto, tenemos cosas que hacer. Los otros, que los caballos descansen.- respondió Angbor “Temerario...” siempre pensando en el paso siguiente, y fueron hacia donde estaba el resto agrupado.
Del grupo, sólo uno había desmontado, y se encontraba pintando un gran libro que había descargado de una alforja a sus espaldas. No era pintar, pero las extrañas runas que trazaba sobre esa hoja de lienzo tampoco me parecieron “escribir”.
-----------------------------------------
Supe que... Un alto arquero de arco reluciente conversaba con uno de porte pesaroso sobre cuánto el primero perdonaría a quien le mató con su propia espada, y cuánto el segundo sería perdonado por el más joven de a quienes traicionó por amor. Llegaban a la conclusión de que el perdón y la vergúenza eran cuestiones que sus entidades ya daban por aprendidas y superadas.
“Ya no habrá resentimientos, no son eternos afortunadamente. Yo también he comprendido como tú, Cuthalion. Ojalá hubiera podido ser distinto, pero no lo fue. No he sido mal hombre, sino no estaría aquí.” Un tercer encapuchado se acercó sorpresivamente dirigiendo su majestuosa voz hacia ellos. Los dos primeros manifestaron una reverencia. La figura noble, que había sido el hijo de Huor, les reprochó la deferencia.
“Si sabios somos deberíamos tratarnos como iguales, porque a la luz de El Creador siempre ha sido así y siempre lo será”.
El que pintaba las runas permanecía aún callado. Cerca de él se hallaba el augur meditando. Los demás conversaban, cada uno cerca de los otros, aunque cada uno sumido en su personal éxtasis.
-----------------------------------------
Supe que... el jefe de ellos, manteniendo todas las circunstancias bajo su control, envió a Vorondil y a Grimbeorn a buscar señales en los alrededores. Angbor seguía impartiendo órdenes, sería él el capitán por un rato más. Sus compañeros aceptaban las órdenes complacientemente.
-----------------------------------------
Supe que... dos que se mantenían de espaldas a la ciudad se daban compañía con las palabras:
Hablaban del Oriente, ambos provenían de allí, Bereg se había quedado allí en tiempo de la marcha de los hombre, y el otro había nacido más tarde y había sido leal a los que se mantuvieron firmes ante el mal. Recordaban sus parajes y pensaban en si quedaría algo allí que siguiera en pie como lo conocían.
“Beleriand... supongo que mi padre, mis hermanos y yo estuvimos ahí porque así era el mundo entonces, y debíamos estar. Tal vez en tu tiempo, Bereg, nuestro corazón nos hubiese llevado contigo”
[I]“Por supuesto, querido Borhtand. De todas formas, hoy la guerra va en la dirección opuesta, y fíjate que aquellos del oeste están entre nosotros. El mundo es así hoy, y aquí y así debemos estar, nosotros y ellos. Lo que ha sido y lo que ha cambiado es respetado por todos como uno sólo... Tal vez hubiese sido bueno conocer la costa del lejano océano... Pero aunque yo hubiese gozado, tal vez tú no hubieses estado en mi tierra, y no habrías cumplido tu parte, y no estaríamos aquí hoy cumpliendo el resto.”[I]
Ambos asintieron como camaradas.
-----------------------------------------
Entonces, uno de ellos se me acercó. Lamentablemente no pude verle el rostro.
- ...Necesitamos tu ayuda. Vamos de camino a la laguna fecunda, donde está la torre. Hay un peligro allí y pronto partiremos a ayudar. Otros se nos unirán, aquí en tu pueblo, y tenemos que darles una muestra, una señal para que comprendan ciertas cosas. Será sencillo... ¿nos ayudarás?
No pude más que aceptar.
- Ohtar, acércate.- voceó.
Otro de los misteriosos visitantes se había aproximado también, pero yo no lo había notado antes. Sólo cuando estuvo justo frente a mí desveló su presencia, saludando con un gesto. Tomó un bulto que llevaba y descubrió una espada. Asombrado, pude ver unos destellos azules. La espada parecía tornasolarse como el hielo por el efecto de las antorchas que me rodeaban, pero era metal.
- Oye, hijo, voy a explicarte algo. Esta espada no puede ser portada por cualquier mano. Pero su hoja necesita del toque de alguien como tú para ser útil en batalla. Te advierto, tomará algo de ti, tal vez algo de tiempo, tal vez algo de dolor. Mi nombre es Mahtan, vengo de los Salones de Mandos. ¿Has oído alguna vez sobre ellos?-
Asentí. Sí había oído cuentos de niño. Pero estaba soñando así que... ¿Por qué habría de sorprenderme? Lo que sí me sorprendió fue ver las manos de Mahtan, porque jamás había visto algo así. Lo que parecían arrugas eran surcos por donde se habían desplazado metales y minerales. Los dedos parecían crear formas, bellas y sólidas formas sólo con modelar el aire, y aún así, percibiendo el desgaste del artesano, sus manos brillaban con una luz distinta, tuve que mirar mis manos para ver si no era un engaño visual.
- Gracias hijo. – En ese momento no entendí que lo que él agradecía eran mis pensamientos. – Ahora dime... ¿pondrás tu mano sobre la hoja? –
Asentí levemente y lo hice. No dudé. No sentí nada en mí. Pero algo me pareció ver que cambió en la espada, pues de pronto dejé de verla simplemente como algo hermoso, y la vi como un arma. Algo que podía cortar realmente, herir realmente.
- Has hecho lo correcto.- Dijo otro más que se acercaba, con un peculiar andar animado. Ohtar “Depositario de la Flama...” lo había llamado Gelmir “Emisario...”–Y comprobarás, cuando el tiempo pase, que tu recompensa vendrá.- Tomó la espada por la empuñadura, y comprendí que debía ser uno de esos que según Mahtan podía ser un portador.
- Gracias.- dije, sin saber lo que decía.
Wëthan Bohr
Libro 2
Angbor y Glirhuin, el vidente, esperaban más adelante. El de las runas había dejado de escribir y hablaba con el que parecía de alcurnia más noble.
El de la espada se acercó al líder. Frealaf trajo dos monturas, y se subió a un esbelto y fuerte corcel.
- Sí, Gelmir ”Emisario”, Vorondil ha hecho sonar el Cuerno.- dijo seriamente Angbor.
- Un aullido llega del sudeste. Y ardor del noroeste.- dijo el clarividente, disimulando bien la emoción.
- ¡Frealaf, despliega el estandarte, y tú, Gelmir, muestra la hoja de Ringil alrededor de la ciudad. Ellos los verán... y comprenderán!- Esas serían las últimas palabras del actual capitán como tal...
-----------------------------------------
Desde el Noroeste un fulano de capa negra andaba hacia la vieja Zarbad.
Allí llevó su caballo Frealaf, y Gelmir cabalgó hacia él con desenvoltura. Habiendo hecho ya un trecho, el segundo desenvainó e hizo resplandecer hacia el cielo la incandescencia azul de la espada.
El que venía por el noroeste siguió la luz, aturdido, no comprendía bien aún... había sido de los último en despertar. Y era antes de tiempo...
-----------------------------------------
Al Sudoeste, se extendía un amplio bosque. Internarse por los caminos al mismo tiempo que el otro último llegaba a su a través, hubiese sido espeluznante para cualquier otro. Feroces aullidos rodeaban al ser, combinando ira y aflicción, dispuestos para que nadie se acerque sin que las venas se le hielen antes de que el corazón le vuelva a hacer fluir la sangre.
Éste, el tipo del bosque, veía más clara la situación. Había visto acercarse a los otros tres jinetes, ya que los anteriores habían interceptado al otro, venían a por él. Contempló el brumoso aura rojo flameante que emanaba del último de capa negra. Y la admiró.
No pasó mucho tiempo más hasta que se encontraran cara a cara.
-----------------------------------------
Ya habiéndose reunido los cuatro, el de la capa negra iba despabilando. El último, el del bosque, hablaba con Gelmir sobre la espada, iban al frente. Frealaf iba a la par del otro y le hacía entrar en tema.
Los primeros concertaron algo, miraron atrás con un gesto, y el “Reconquistador de Edoras” se les acercó. Luego él y el “Emisario” regresarían por los atajos hasta la ciudad.
El último de todos no podía entrar a Zarbad, aterraría a todos los ciudadanos con la demoníaca protección que lo guarecía, se encontrarían todos más tarde en un punto cercano camino a Cuivea.
Esto lo supe cuando lo hablaron con el resto, de quienes yo, por cierta atracción que aún no comprendo, me mantenía cerca.
El del ardor, y el del aullido, avanzaron... a solas.
-----------------------------------------
Supe que... el encapuchado del aullido y el del ardor se presentaron a solas:
- El bosque parece crecer. Aunque algo se ha perdido. – dijo el más templado.
- ... recuerdo... a mí madre... qué... – dijo el otro.
- Tienes ese pensamiento presente... – le preguntó su compañero.
- ...sí... ¿Tú tienes algo así también? – contestó, quizás queriendo no sentirse solo.
- Tengo otros recuerdos, pero sí... Recuerdo también a mi madre, joven, peleando a la par de mi padre, con mi pueblo. – decía orgulloso el noble.- Ella conoció a tu madre.
- Tú... ¿Cómo sabes de ella? – le dijo el otro, inquietado.
- He estado mucho tiempo, mucho sé. El padre de tu madre fue mi amigo, hijo del hermano de mi padre. – rió entonces confiadamente - Pareces un muchacho... – añadió.
- Oh, no. Disculpa, no quise parecer bruto. Es que no entender es tortuoso para mí. Y esta situación...- respondió aflojando un poco su capa negra, avergonzado. – Pensé que... como tú... Disculpa. – dijo haciendo una seña reverenciosa.
- Tranquilo chico, ya tu perspectiva se hará perfectamente cristalina. Tal vez si has convivido con elfos no has adquirido suficiente de ellos, así que sólo tardarás un poco más en ver bien. Pero finalmente verás, lo sé.-
- Te creo.-
-----------------------------------------
Supe que... avanzado el trayecto, hablaron de mi época, que parecía no ser la de ellos:
- Ahora lo percibo... Ya no hay dragones.- decía el muchacho, más calmo.
- Ni balrogs, ni vampiros, ni muchas cosas, malas y buenas. Pero paz... ojalá hubiera paz.- respondió el mayor con rastros de pena.
- Pues, para eso estamos aquí.- reafirmó seriamente el joven, que comenzaba a arder en su espíritu de justicia.
- Sí, aunque ha habido y habrá muchos otros. Los Valar se han ido. Y la sombra ha quedado, el mismo Eru ha esparcido sus cenizas. Muy difícil es de comprender para nosotros mortales, pero él escribió el mundo, y lo hizo como es, así que si la sombra debe estar junto con la Creación... así debe ser.-
- Entiendo. De todas maneras nosotros seguimos eligiendo un solo lado.
- ¿En realidad? No lo logramos todo lo que pretendemos. A pesar de nuestro esfuerzo, tal vez el enemigo haya actuado por nuestro intermedio en algunas pequeñas ocasiones.- dijo con crudeza el que había parecido más maduro, ahora empequeñeciéndose.
- Mi Señor... Amigo... está bien que tú y yo tenemos mucho en común, pero me niego a creer que siquiera alguno de tus errores haya sido manipulado por la oscuridad. Y sé de lo que hablo. Yo sí que he debido arrepentirme de cosas que no he cometido yo mismo. Si tú no hubieras sido absoluta y puramente noble ya estaríamos perdidos hace tiempo. Esto no existiría, te lo aseguro.- respondió el otro con convicción.
- Creería que ya te estás aclarando, amigo de los hombres. Tu vida, haya sido como haya sido, emerge de tu corazón, de tu espíritu. Es y sigue siendo virtuosa, y valiente, Domador. Además de sentirlo en tu presencia, lo he sabido por los dichos de otras razas más sabias. No tienes mancha, compañero, sólo han sido fantasmas.
- Gracias, campeón. Será un placer esta oportunidad de servir a tu lado.- No quiso mirar, solo lo hizo de reojo, pero la espada que llevaba a la cintura, ya no estaba ennegrecida.
- ¡Igualmente muchacho! ¡¡¡Ea!!!- dijo el mayor, levantando su brazo manco como si fuera un puño que inspirara más bríos y braveza que cualquier otro.
Espolearon los caballos...
-----------------------------------------
Supe que... poco después, habiendo roto un poco más el hielo, profundizaban en sus sentimientos:
- Amor... – exhaló Turambar. – Es algo que no sabría explicar... sí, lo he sentido, pero cuando pienso en amor, pienso en mi familia, en mi madre. Si no me hubiera enviado lejos para protegerme... mi padre... la amaba, nos amaba. Yo no pude salvarlos.-
- Tampoco pude salvarlos yo. A mi madre, la dejamos ir... Pero no, ella se llevó a la gente, mi padre y yo intentamos resistir... y mi madre partió, la dejé partir. Corazón de Hombre le decían, no es que no fuera una dama, es que cuando hacía falta cargaba con las necesidades y sufrimientos de todos los nuestros, sin vacilar. Yo ya era mayor, para decidir quedarme con mi padre... lamento mucho lo de Húrin. Tal vez... dejarla ir, hijo, eso me permitió liberar el corazón, para amar, para amar de otra forma... ¡Ay, mi ruiseñor! - Acompañó el gallardo.
- ...La hija de Melian..., ella era bella... casi no tengo que preguntártelo. No tendría alma si no me sintiera encantado sólo con lo que he oído de ella. No amé así, no. Mi corazón viajó por rumbos... parecidos pero intrincados. No creas que no te envidio. Lamento que mi...-
- ¿Te lamentas por tu sino? Hijo, donde sea que descansas, has aprendido. No cambiaría por nada haberla encontrado, pero yo fui yo, tú fuiste tú. Envídiame, sí, pero ya sabrás que no debe haber nada en ti que se asemeje al sufrimiento. No creas que no admiro yo tus logros, y tu espíritu. Mi lugar fue más fácil de transitar que tus obstáculos de ser superados. Y aún así, aunque hayas creído alguna vez que hubiste fracasado, sabes bien que no. – Reverenció Erchamion. – Yo en tu lugar... yo habría dado todo de mí... –
- Mi Señor Beren, con mi respeto, pero no juguemos a ser piadosos rebajándonos, ambos sabemos que en mi lugar, tu espíritu también habría vencido al Enemigo recorriéndote por dentro. Tal vez, en eso no seamos tan distintos. Y es un honor que le des valor a mi vida. Sí, supongo que de alguna manera, ha sido un triunfo.-
- Ni sabes todavía cuánto has nacido para triunfar, Turin. Cómo sea, sería un placer si Eru así lo signara de alguna manera, servir a tu orden.-
- Pues. ¡Y a mí servir a la tuya! - se detuvo y calló un instante. – Aunque permíteme lamentarme, de haberos conocido a ti solo, y no a tu esposa también.- El hirsuto señor de Dor-Lómin le guiñó un ojo a su compañero y rió.
Su semejante de Ladros de Dorthonion le devolvió el gesto ruidosa y amistosamente.
- Mi “esposa”, su belleza no me colmará nunca... así que supongo que la habría de sobra para prestaros una gran vista gentil, compañero. ....’prestárosla’, afortunadamente eso significa que de alguna manera, aunque tanto me supere, es mía, que me espera, y que estará conmigo por siempre.-
- Brindo por que así sea. Y velaré por ello también las veces que sea despertado. Tu alegría es mi alegría también. –
Beren sonrió.
- El don de mi madre... sabes cargar con lo malo, pero también con lo bueno de tu gente, de tu pueblo, y tu pueblo es el mundo, hijo... - Se miraron. - ¡Que nuestras alegrías sean compartidas, brindo por ello!-
-----------------------------------------
Ya llegaban a la confluencia de caminos al este de Zarbad. Acompañé a la comitiva hasta cerca de allí, y allí los vi reunirse. Angbor “Temerario del Fuerte de Linhir, Aliado de los Muertos” le cedió la capitanía al máximo descendiente de Marach. Y Ringil fue puesta en manos del máximo heredero de Beor.
...Todo fue registrado por el escriba de Tirion.
Supe que... entre ellos había algunos que nuestra mitología dice que no podían haber regresado, que si fue lo que fue, fue una trasgresión a todo lo dicho por los ancianos. Supe que el sueño y el destino se conjugaron. Lo que no sé es si fue sólo sueño colectivo y fantasía de mi gente. Tampoco sé si fue algo que tuviera que ver con la vida o con la muerte. Sólo sé... lo que he querido creer, aunque me lo reservo.
Una espada con resabios de la ciencia de los árboles, una torre que intentaba alcanzar las estrellas de los dioses, y un enemigo tan peligroso como nunca había vuelto a oírse desde los tiempos en que todos ellos realizaron sus proezas, requerían su presencia, aun después del último descanso.