Isilion
Los curanderos estaban muy preocupados por Isilion, estaba extremadamente grave y no conseguía mantenerlo estable como para poder trasladarlo a la capital en donde dispondrían de más medios. Uno de ellos avisó a Narquelië y a Featarya de la situación crítica; después de una discusión un poco acalorada Featarya partió en busca de Arestel, que tenía amplios conocimientos de sanación y Narquelië se fue en dirección a la tienda de Isilion. Los elfos se quedaron sorprendidos cuando la vieron entrar y más cuando los echó sin contemplaciones, y por su mirada no tuvieron el valor de decir que no. La mujer se acercó al moribundo inconsciente y sintió como su alma se iba alejando, y si su alma se perdía no serviría de nada lo que estaban haciendo. Narquelië sacó unas hierbas de olor dulzón, las trituró y las echó en agua, luego acondicionó un poco el lugar para lo que pensaba hacer.
- Tranquilo Isilion, te curaremos.
Cogió la bebida y en un momento se la bebió de un golpe y cerró los ojos mientras la bebida le hacía efecto, una ligera euforia se fue apoderando de ella; cogió un cuchillo y en un cuenco se hizo un pequeño corte en el brazo y recogió un poco de su sangre, y cogiendo un poco de la sangre del noldo, las mezcló y se la dio de beber al elfo. De pronto la euforia se apoderó de ella y empezó a hacer una serie de gestos con las manos y un complicado baile mientras musitaba por lo bajo; el baile ganó en frenesí y conforme lo hacía sentía como el fëa de Isilion se quedaba aún, tal vez avivado por el ritual; y con un grito de la mujer acabó.
Narquelië se paró, descansando sus miembros del dinámico baile; mientras su alma estaba exhausta, como si estuviera inspirando, espirando, soplando, resoplando, en un movimiento lento y pesado. Hacía tiempo que no realizaba ese ritual veloz y frenético, lleno de vida y desenfreno, y no se encontraba en un momento adecuado para realizarlo. Se irguió y con paso vacilante y tambaleante se dirigió a fuera y se alejó pensando y meditando, dando actividad a una mente casi durmiente, suplicante de descanso, agotando su vitalidad, buscando un sueño que lo sane.
Isilion abrió los ojos y se irguió estaba en la oscuridad, sin saber dónde se encontraba; intentó pensar con frialdad y un montón de imágenes vinieron a su mente, la advertencia de Narquelië, la batalla… y cuando fue gravemente herido.
- ¡Ven!
De la oscuridad había surgido una voz autoritaria y sin saber por qué empezó a andar hacia el lugar por donde la había oído.
Dos días más tarde llegó Featarya con Arestel, trayendo consigo algunas hierbas, pomadas y pócimas. Los sanadores se alegraron mucho de su llegada porque ella había destacado en el campo de la curación, hasta se decía que había sido bendecida por Ëste y que veía a la Valië a veces en sus sueños. Sin detenerse por nada entró en la tienda y se puso a examinar como podía curar al quendu, comprobando las heridas que tenía tanto internas como externas con cara de preocupación creciente.
- Decidme ¿Cuánto lleva así?
- Ya lleva cerca de una semana, se mantiene muy inestable y sangra por bastantes heridas; la dama Narquelië hizo hace unos días algo a Isilion y cuando volvimos se le veía un poco más vivo, pero está volviendo a empeorar.
- Entiendo…-pensó para sí “será un milagro que llegue vivo a la capital en su estado”-; bien, quiero que me hagáis caso en todo lo que diga, es muy importante. Y ahora vamos a curar a este elfo.
Con una fatiga incansable empezó su trabajo. Mandó quitarle las vendas a Isilion y que las hirvieran en agua con unas gotas de un líquido verdoso que había traído, mientras uno estaba machacando con un mortero unas hierbas. Arestel extrajo un ungüento de color blanco y lo fue aplicando en todas las heridas con mucho cuidado y luego volvió a vendar las heridas con cuidado; parecía que daba resultado porque ninguna herida sangraba. Luego cogió la hierba y la echó en agua con otra pócima, esta vez de color transparente y dijo:
- Por favor salid, necesito concentración para terminar.
- Pero…
- Por favor.
Los sanadores salieron un poco molestos por ser la segunda vez que los echaban de su puesto; una vez Arestel se cercioró de que nadie los viera, cogió la bebida y se la dio de beber a Isilion con mucho tiento mientras repetía unas palabras:
- Que sanen las heridas, que los huesos de suelden, que la sangre vuelva a su sitio, en nombre de Ëste.
Así siguió un rato repitiendo las mismas palabras. Arestel abrió los ojos, mejor haberlos cerrados pues una espada larga y envenenada se clavó en su corazón, desgarrando y profanando su ánimo, un lento veneno de dolor y desesperación corría por sus venas humanas, y de sus labios sangraron agravios y gritos de amargura silenciados. La razón de su dolor era el mal estado que aún presentaba Isilion, las heridas apenas se habían cerrado; lo bueno y su único consuelo era que conseguiría llegar a la capital. Recompuso su gesto, y tranquilizando su gesto que podía delatarle salió y la salida se encontró con Featarya y Narquelië, ambos preocupados por el moribundo, y haciendo un gesto a estos les dijo en privado:
- No me andaré con rodeos, Isilion está muy grave, y si no fuera por la necesidad os prohibiría trasladarlo hasta que se pusiera mejor, pero el tiempo es vital.
- Me encargaré de hacer los preparativos ahora mismo-dijo Featarya.
- Muy bien- el noldo se retiró y se quedaron las dos solas-. Narquelië, gracias por lo que hiciste a Isilion, sea lo que sea.
- ¡Ven!
Isilion seguía avanzando por aquella oscuridad, preguntándose quien podía estar llamándolo… prefirió no hacerlo porque al punto le vino la respuesta y empezó a temblar porque nadie podía resistirse a la voz fría, dura y autoritaria de Mandos.
A la semana del viaje llegaron a la capital con mucha urgencia, Isilion había empeorado considerablemente y de nuevo su vida pendía de un hilo; por algún destino adverso no mejoraba, y todos sabían lo que pasaba, Isilion se moría prácticamente sin remedio. Lo llevaron de prisa a la Casa de Curación. Durante días estuvieron manteniéndolo estable, haciendo lo posible pero como pasaba las heridas internas y externas no cerraban, y cuando parecía que empezaban a cicatrizar las heridas se abrían y sangraban profusamente; y de todas ellas había una que empeoraba por momentos, una cicatriz en su mano izquierda que a los pocos días de llegar empezó a ennegrecerse y a exhalar un aire fétido; los sanadores estaban muy preocupados pues no lograban detenerlo. Uno de ellos, Gildor, propuso amputar la mano antes de que se extendiera, todos estaban de acuerdo menos uno:
- Si le amputáis la mano lo convertiréis en un desgraciado, y dudo que el elfo os lo agradezca por su gran amor por la arquería.
- Es necesario.
- ¡Lo estáis mutilando!
- No, le estamos salvando la vida, él lo entenderá.
…
La cama estaba preparada, con paños fueron tapando el lado izquierdo del cuerpo y el brazo hasta un poco por encima de la muñeca; en una mesa habían puesto muchas vendas cuidadosamente enrolladas después de haber sido hervidas, unos botes que exhalaban un fuerte aroma y una especie de cuchillos extremadamente afilados y duros. Los sanadores estaban preparados para intervenir, pero el día estaba radiante y había gente dispuesta a aprovecharla, como un leñador, que con el hacha al hombro se internó en un bosque cercano; de pronto vio un árbol ya maduro pero en decadencia. El leñador se frotó las manos y con un gesto certero clavó el hacha en el tronco, provocando una profunda hendidura; una y otra vez alejaba el hacha para volverlo a introducir en la madera sin preocuparse por si la madera se resistía o no a la brutalidad a la que estaba siendo sometida. Al final la voluntad del leñador se impuso a la de la madera y el árbol cedió y cayó al suelo, saliendo de sus ramas pájaros que volaron en busca de un nuevo hogar.
…
Featarya pasaba todos los días por la habitación, teniendo que irse al poco debido al peso de su culpa. Un día sin embargo se quedó tiempo pues notó como de nuevo el fëa de Isilion se estaba alejando a grandes pasos, y los curanderos lo notaban, pero eso escapaba a sus dominios, inmediatamente el elfo dio un paso adelante y con órdenes perentorias mando a uno de los sanadores a avisar al rey y a los otros que salieran provocando un monumental enfado que solo puedo reprimir el quendu por la fuerza y cerrando con llave la puerta.
Featarya se puso al lado de la cama, y con un ágil gesto sacó de su vaina su espada de Luz y con la otra mano la colocó en la frente del moribundo; durante unos minutos el elfo estaba en trance y los abrió, mostrando en sus profundos ojos un pozo de oscuridad, haciendo mirar con terror al moribundo y sintiendo como algo le embarga en su interior, era una negra noche que amenazaba con devorar su cordura. Sin saber bien por qué, ni que motivos lo empujaban, salió corriendo en busca de la luz del Sol pues las tinieblas parecían eclipsarle, llevándolo a la tenebrosidad más oscura, cayendo en un pozo profundo de lobreguez, haciendo olvidar quien era y encerrándolo en una prisión de culpa y remordimiento.
Un día por la tarde la puerta se abrió y los curanderos se arrodillaron pues por la puerta entraba el rey Ílimo y detrás, para asombro de todos, la reina Izilsurias, cuya belleza glaciar y poder eran legendarios; con un gesto los curanderos salieron casi en tropel dejando a los reyes solos con el moribundo. Izilsurias se acercó a Isilion, extendió las manos y las fue posando donde tenía las heridas internas mientras un brillo azulado cubría sus manos, pues estaba congelando ligeramente para que sanaran antes, mientras Ílimo mantenía el cuerpo de Isilion caliente y su corazón bombeando para evitar que el frío le afectara. Izilsurias retiró las manos y ambos vieron a ver si daba señal de mejoría, pero por unas heridas empezó a salir un líquido y de pronto borbotones de sangre, los reyes volvieron a curarlo, pero otra vez falló. En las entrañas de la reina se prendió un fuego helado, quemando y helando a partes iguales su ser. Irguió su alto rostro de Maia para intentar ocultar que tras su rostro casi hierático bullía un temor ardiente que amenazaba con manar de forma súbita y brusca; mientras, detrás de su incendiada contrariedad, brillaba álgida una furia que cubría con blancura mortal y violencia su corazón, congelándolo en un témpano de ira e irritación. Por su parte, Ílimo meditaba lo que ocurría, ordenaba sus pensamientos, uniendo con lógica sus pensamientos, pero descubría que sus pensamientos no le llevaban a ninguna parte; pensaba y pensaba, formando imágenes en su pensamiento que se desvanecían; meneaba la cabeza, volvía a sus pensamientos originales pero no los desarrollaba pues solo estaba el pensamiento de la muerte de Isilion, un pensamiento que iniciaba y acaba su pensar, sin avanzar ni retroceder, un pensamiento que se imponía sobre toda clase de pensamientos, sin pensar en otro pensamiento que no fuera eso; atando su pensamiento y su poder a una imagen casi real y veraz. Al final se rindió a su pensamiento único, pues no podía más, solo ese pensamiento lo llenaba y lo encerraba en un pensar de impotencia.
La reina se giró hacia el rey y le dijo:
- Ílimo, mantén su cuerpo vivo.
Izilsurias posó su mano sobre la frente de Isilion y cerró los ojos. Al cabo de un rato abrió los ojos y echando un leve vistazo al noldo dijo:
- Déjalo, no se puede salvar a quien ha sido llamado por Mandos.
Ambos reyes se miraron fijamente y asintieron; abrieron la puerta, afuera estaban los curanderos, la reina se adelantó y dijo:
- No tiene sentido preocuparse por Isilion; está casi muerto.
Un silencio sepulcral cayó, Ílimo hizo un leve gesto y añadió:
- Empezaré a preparar de inmediato el funeral, ahora por favor retiraos.
Isilion estaba pisando un suelo de piedra, estaba llegando a las Estancias de Mandos, sin embargo antes de que diera un solo paso una gran luz apareció detrás, proyectando una larga sombra delante de él.
- Vardarion, date la vuelta.
Era la primera vez que alguien lo llamaba así, pero sabía que se estaba refiriendo a él. Isilion se dio la vuelta con tranquilidad, para encontrarse delante a una mujer su rostro era un lucero de hermosura, luminosidad y vitalidad, sus ojos garzos eran dos pozos de recuerdos y sabiduría, su nariz, un proporcionado triángulo, sus labios, dos pequeños pétalos de rosa, su cuello, una torre ebúrnea, sus cabellos, una cascada protegida por una sutil neblina plateada. Cubría su cuerpo nieve blanquísima, ciñendo su cuerpo hasta las caderas, en donde prendía un rayo de luz, y desde ahí se abría formando una campana; las mangas eran dos ríos níveos. Envolvía sus espaldas un cielo azul en el que había prendido estrellas rutilantes. La reina, pues eso parecía, extendió su alba mano y dijo con una voz dulce y amorosa:
- Toma mi mano Vardarion, porque este no es tu sitio.
Isilion estaba extasiado por la belleza tan perfecta de la mujer, una belleza que no podía ser descrita con palabras; el noldo le dio la mano, sorprendiéndose por su calidez, la luz empezó a aumentar hasta tal punto que el elda encegueció, incapaz de ver a la mujer pero oyó estas palabras:
- Ven a mí, Vardarion, ven a mí a las Tierras de Valinor y yo te sanaré.
- Ya voy Madre Varda, ya voy.
El elfo abrió los ojos, un rayo de Luna entraba por la ventana, iluminando su rostro, se miró y se vio totalmente vendado, su mano derecha estaba intacta, sin embargo su mano izquierda había desaparecido, lo que para otros hubiera sido una tragedia para el quendu no era más que un contratiempo, pues no podía dejar de pensar en Varda y dijo por lo bajo:
- Iré, te lo prometo.
