Darlak Lórindol
Mucho tiempo hacía ya que los altos linajes de los Eldar habían emprendido el lejano viaje, muy lejos, hacía el oeste, con la esperanza de ver la luz de Valinor. De todos es sabido que hubo algunos Eldar que no lo hicieron, que prefirieron quedarse en la tierra que los había visto despertar. Los renuentes habían sido llamados, los que rechazaron la gracia y el ofrecimiento de los Valar, los que prefirieron la tierra donde habían nacido.
De los llamados renuentes, moriquendi o avari hubo algunos que también decidieron abandonar Cuiviénen pero no fueron al oeste como algunos de sus hermanos sino que decidieron partir hacia el sur. En aquellos días se hablaba de la existencia de una tierra más al sur del mundo, donde tierras fértiles y vírgenes se extendían para ellos. Largo fue entonces el peregrinaje a través de tierras inhóspitas, campos yermos, desiertos rojizos y calurosos, hasta que llegaron finalmente a las tierras que le habían sido prometidas; la Tierra de las Promesas la llamaron, debido a que para ellos se le abrían nuevas tierras donde instalarse, tierras productivas, extensas y templadas, escondidas en el sur de Arda.
Entre las maravillas que encontraron en aquellas tierras, los magníficos árboles que allí crecían fue lo que más hizo brillar sus miradas, altos, bellos y esbeltos que crecían en una tierra verde, llena de montañas y grandes ríos, de cataratas y grandes extensiones de praderas y estepas. Hijos de los árboles se consideraron entonces.
Aldakinni se llamaron, los “elfos de los árboles”, tan amantes de las hojas que se mecen al viento, gustosos de las flores que nacen en primavera y de los frutos que los árboles les proporcionan. Aquellos elfos vieron en los árboles no sólo la esencia de la vida sino el recurso para aprender de la naturaleza. Estudiaron los árboles hasta el detalle, desde sus raíces que se hundían en la tierra hasta su copa más o menos frondosa, manteniendo con ellos una relación vital muy estrecha. También encontraron allí un lago muy extenso que a algunos les recordó a Cuiviénen.
Durante muchos siglos los linajes de los aldakinni crecieron y aprendieron de los árboles nuevos conocimientos, entre ellos, la habilidad que tenían ciertos elfos de leer el futuro en los árboles, estos elfos fueron llamados los Hostari, los que recogen. Fueron ganando en reputación y en veneración hasta que los propios thain acabaron recurriendo a sus saberes para gobernar a su pueblo.
Se dice que, en algún momento de la Segundad Edad del Sol, a Balaral, el thain de uno de los linajes de los aldakinni, un hostar le reveló una aciaga profecía según la cual sería asesinado por su nieto.
Ahora bien, en esa época nuevos peligros amenazaban la Tierra de las Promesas, temibles barcos de hombres que venían de una lejana tierra llamada Númenor estaban asolando esos días las costas del sur. Balaral, con la aprobación del Consejo de Ancianos y de la Hermandad de los Hostari que anunciaban el éxito de los Aldakinni, preparó un ejército aglutinando a los otros linajes y algunos pueblos de hombres que habitaban unos valles situados al este. Encargó a Filiral, su único hijo, el mando de los ejércitos y los encaminó a las costas del sur. En su más profundo interior, Balaral tenía la secreta esperanza de que su hijo pereciera en la guerra.
Sucedió entonces que Filiral cayó y los earnéri arrasaron las costas de la Tierra de las Promesas, sin embargo se impidió que aquellos corsarios avanzaran por las tierras del interior. Dos años después, Elthara, esposa de Balaral, anunció que esperaba el nacimiento de otro hijo que había de paliar la pena por la pérdida de Filiral. El Thain disimuló alegría ante la buena nueva pero el temor por la profecía del hostar aún atemorizaba a su mente. Elthara tuvo una bella elfa, de cabellos de oro y con la belleza de los árboles, pero la esposa del thain pereció al dar a luz a la elfa, que recibió el nombre de Lienn.
Balaral quiso a su hija pues le recordaba la jovialidad de su esposa muerta y, por ello, durante años, el elfo se debatió entre el amor a Lienn y la profecía que años antes le había sido revelada. Finalmente, cuando Lienn era aún una niña, su padre decidió ocultarla y mandó a construir una alta torre en la que sería conocida como la Tol Brennil, en el Gran Lago. Balaral puso a la niña a cargo de veinte elfas nisvanni cuya misión era criar a la niña e impedir que viera jamás el rostro de un varón. Es más, durante los años en que la niña crecía en la isla, su padre jamás la visitó.
En esa época llegaron a aquella tierra otros pueblos desde lejanos rincones de Arda, entre ellos algunos que se hacían llamar los Mírdain, los elfos orfebres, los cuales se instalaron en las cercanías del Gran Lago. Entre ellos hubo en esa época uno de gran renombre, Angandil, de cuya fragua surgieron grandes armas y objetos de gran valor. Por aquel entonces, Lienn era ya una joven elfa muy bella que tenía los ojos verdes como las hojas de los árboles y el rostro puro como las aguas del Gran Lago. El rumor circulaba entonces por los alrededores, se decía que Balaral, el thain del linaje del roble, escondía una gran joya en una torre en el centro del Gran Lago. Angandil se sintió fascinado entonces con la leyenda de aquella princesa elfa que se escondía en la torre y, mientras trabajaba en su fragua, no dejaba de pensar en conseguir alguna vez contemplar aquella joya. Se dice que una vez se embarcó en una barquilla y atravesó las aguas del lago alcanzando la torre en el mismo día, donde pudo contemplar, sólo por unos momentos, el rostro de Lienn la cual en ese momento estaba asomada en la ventana del más alto nivel de la Torre. Desde entonces la belleza de la elfa tuvo fascinado al mírdan.
Mientras tanto, los hostari, los hechiceros aldakinni, supieron de aquellos elfos herreros y, en especial, de Angandil. Tan amantes eran ellos de la pureza de la naturaleza que les horrorizaba que abusaran de la madera de los árboles y de la materia de la tierra para crear armas, herramientas y productos de orfebrería. Sin embargo, los earnéri o corsarios de las costas volvían a ser una amenaza y los aldakinni tuvieron que aceptar las espléndidas armas que surgían de las fraguas de los mírdain. Una nueva victoria sobre los corsarios hizo que Balaral le ofreciera a Angandil elegir el presente más apropiado por ayudarles en su lucha contra los corsarios. Entonces, el elfo habló:
– Thain de uno de los más importantes linajes de estos bosques, aceptaré gustosamente el presente que me ofreces y puesto que de mí depende la naturaleza del mismo y mía es la elección, me hago merecedor de la joya de la torre, la que escondes en el Gran Lago-
Balaral enfureció entonces y se negó rotundamente a aquella petición considerando una ofensa contra los aldakinni que ellos conocieran siquiera la existencia de la sagrada joya. El thain había intentado durante muchos años que no se supiera la existencia de su única hija y, por ello, el escuchar que los extranjeros sabían de Lienn, vio aumentar la rabia y, con la aprobación gustosa de los hostari y del resto de los aldakinni, acusó a los mírdain de ser enemigos de los bosques.
Angandil decidió entonces vengarse del thain y fue entonces cuando extraña anciana que se hacía llamar Ulyane llegó a su hogar una tarde de verano ofreciéndole la posibilidad de conseguir ver a Lienn. Vistiéndolo de doncella, tomaron entonces una barca y cruzaron las aguas del Gran Lago hasta la Isla de la Princesa donde se hallaba Mindonmir, la Torre de la Joya. Engañaron a las nisvanni y, con la excusa de que buscaban refugio, consiguieron entrar en la Torre. Cuando Angandil vio por segunda vez a Lienn, sintió que era mucho más maravillosa que cualquier espléndida arma, hechizante objeto o brillante hierro que él pudiera haber forjado o fabricado jamás. Angandil y Lienn se entregaron entonces uno al otro, olvidando las diferencias que les separaban.
Sin embargo, la verdadera naturaleza del elfo fue descubierta. No obstante, las nisvanni se apiadaron de los amantes y no revelaron nada a Balaral. Sólo le pidieron al elfo orfebre que volviera a sus fraguas y olvidara el rostro de la joven princesa. Pero ella había quedado encinta y, tiempo después, Lienn dio a luz a un hermoso bebé. Aquella noticia llegó a oídos del thain que, enfurecido, maldijo a las nisvanni por no haber cumplido su misión, mandó matar al bebé y encerró a su hija en un nuevo calabozo, donde no vería jamás la luz del sol y donde murió de pena varios años después.
Ahora bien, había ordenado que el bebé fuera muerto y el encargado de aquella misión decidió viajar a las costas del sur para arrojar al nieto de Balaral al mar del sur. En ese tiempo la antigua profecía que había sido revelada al más importante de los thain era conocida en todos los rincones de la Tierra de las Promesas. Por ello, los corsarios apresaron al encargado de dar muerte al bebé cuando iba a cumplir su misión y se quedaron con el niño al que llamaron Dûrthalion, el “héroe oscuro”, pues cuando fuera mayor cumpliría la profecía y asesinaría a su abuelo. Y así fue como sucedió porque, cuando el joven elfo tuvo edad de dirigir los ejércitos de los earnéri, avanzó hacia el corazón de las Tierras de las Promesas con el objetivo de conquistar aquellas tierras. En la batalla de los Numerosos se enfrentaron nuevamente los aldakinni y los earnéri, que resultaron ser más numerosos que los elfos del bosque. Los mírdain habían desestimado ofrecer ayuda entonces a los aldakinni pues debido al suceso acaecido hacía años a Angandil ambos pueblos élficos se habían alejado en sus relaciones. De esta manera, en una llanura, los corsarios consiguieron derrotar a los aldakinni y Dûrthalion se enfrentó a Balaral sin saber que eran nieto y abuelo respectivamente. Y se cumplió entonces la profecía que tantos años atrás le había sido revelada al thain, su nieto le dio muerte en el campo de batalla.
Cuando Balaral estaba agonizando hubo una voz que gritó la terrible verdad en aquel día funesto:
¡Balaral, thain del linaje del roble, el que te acaba de herir de muerte es el hijo de tu hija Lienn que mandaste matar! ¡La profecía se ha cumplido, tu nieto te ha asesinado!
Balaral murió entonces sabiendo que no había podido escapar de la fatal profecía y Dúrthalion enloqueció al saber la verdad de su origen. Se cuenta que sus gritos de pavor asustaron a todos los animales de los alrededores, y aquella llanura fue entonces bautizada como “La llanura del pavor enloquecido”.
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Nota:
Aldakinni, los "elfos de los árboles", elfos avari.
Hostari, una especie de druidas o adivinos
Nisvanni, antiguas elfas que cuidaban de los primogénitos de los thain pero que fueron malditas por uno de ellos, Balaral.
Mírdain, elfos que les gustaban la orfebrería, la herrería y la artesanía, provenían posiblemente de Eregion en el oeste de la Tierra Media.
Earnéri, descendientes de numenoreanos que llegaron a las costas en los tiempos que viajaban por todos los rincones de Arda. Dominaron las costas y se volvieron peligrosos corsarios
