Uzbad Kibil
Fin de la batalla
Armadas perdidas por Realengo 29
Armadas perdidas por Helkelen 29
Helkelen se retira del combate
Victoria para Realengo
Se produce el saqueo de la capital

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:04:20:11:43:00
Fin de la batalla
Armadas perdidas por Realengo 29
Armadas perdidas por Helkelen 29
Helkelen se retira del combate
Victoria para Realengo
Se produce el saqueo de la capital
“Blandiremos nuestro acero helado y encumbraremos a nuestra mentora sobre alfombras de lirios que se alimentan de la sangre del pueblo caído del norte. (…) Revestiremos su nuevo trono de hielo con la piel de los lobos caídos…”
Proclama guerrera de la Orden del Lirio.
La falsa primavera había llegado a aquellas tierras del noreste. Se abría paso a través de los torrentes de agua helada que horadaban la nieve. Se veía en los chapiteles que goteaban desde las alturas de los árboles, se oía por boca de los ruiseñores cantarines, se olía en la humedad del pasto que verdeaba recién salido de entre las nieves. Las aves migratorias atravesaban las llanuras y algunos caballos sin preocupación ni amo ramoneaban la pradera. En ese momento un silbido cruzó rayando la inmensidad de la planicie y unos cascos batieron la tierra húmeda como si fuera hueca. Un meara de guerra, pelaje marrón y crines rubias, apareció en la llanura con una figura misteriosa a lomos. Tras él vino el estrépito de una marea de caballeros de oscuro semblante, de carácter frío salvo por el fervor de la batalla que ardía en sus miradas. La Caballería de la Orden del Lirio Negro invadió en un santiamén la llanura, como una holeada de negra muerte que machacaba bajo sus monturas a todo aquel amigo o enemigo que no tuviese la fuerza necesaria para apartarse. Los desafortunados que no cayeron bajo las pezuñas de los caballos de guerra lo hicieron a manos de las lanzas y hachas que sesgaban vidas y dispensaban una muerte rápida entre los hombres de las nieves que aun quedaban. La venganza por aquellas batallas perdidas acrecentaba su deseo de lucha y se traducía en una superioridad a campo abierto. El estrépito fue sobrecogedor, los elfos oscuros del Lirio Negro no tenían sentimientos al dar o recibir la muerte porque eran muertos en vida. Elfos y hombres de la peor calaña, antes proscritos y ahora mercenarios al servicio de una reina dulce y a la vez despiadada a la que seguían con una devoción que sólo ella supo inculcarles. Reverenciaban sobre todas las cosas a Izilsurias, su maestre y mentora; su acicate en la ira y su consuelo en los tormentos que arrastraban en sus memorias. Su reina estaba siempre con ellos; su nombre en tatuajes, banderas y espadas, y su voz hablándoles desde el interior. A ella se consagraban antes de la batalla, por ella daban su tan poco preciada vida, y la llamaban “Coan ten”, “E l espíritu femenino de la muerte que camina sin pies”, y para ellos, su palabra era ley.
Fanáticos deshumanizados.
El fanatismo se alimentaba de la sangre de los que custodiaban Ost en Aël. Bullía en regueros que se derramaban por la muralla. En los muros de la fortaleza, Nameless era con diferencia el ser más oscuro de todos los de la Orden del Lirio. Nahanma, la otra dirigente, podría ser reservada y fría, pero era agradecida cuando le mostraban ayuda. Quariel podría ser rebelde y sin escrúpulos, pero se apreciaban atisbos humanidad con sus subordinados y hasta con Narmince. ¿Pero Nameless?. No, él era la oscuridad sempiterna, la crueldad personificada en cada tortura, el respeto incondicional a sus superiores y el general inflexible con sus subordinados. Se decía que para Ílimo era el ser más desconcertante de todos los apadrinados por Izilsurias. Desaprobaba sus métodos, su carácter, su modo de lucha, su estrategia… pero era innegable su eficacia y su limpieza en llevar a cabo los asuntos de mas dudosa moralidad. Nameless era uno de esos hombres intrigantes, una rienda firme, una calma inquieta, un atisbo de perfección en sus formas, y un cruel asesino al que encomendar una difícil misión. Tal vez por eso, el fanático más prometedor de Izilsurias.
Inspiraba temor en muchos y decían de él que su sola presencia en un consejo mitigaba las lenguas más críticas contra la reina. Sobre él se escribió y se dijo mucho, porque era el brazo ejecutor de Izilsurias, la muerte callada, el tigre agazapado dispuesto a saltar a un ademán de su guardiana. Pero Ílimo marcaba las distancias en su presencia, y le evitaba en cierto modo, ¿tal vez lo temía?, sí, le temía más que a cualquier mortal de Farothdin, pero lo callaba en secreto, porque él había leído muy profundo en su corazón, y temía que aquellas barreras psíquicas que ataban su subconsciente se desmoronasen y dejasen libre un ser sin escrúpulos, a merced de sus bajas pasiones y sus traumas, como un Carcharot sembrando la muerte en tierras de Doriath.
Ílimo se detuvo fuera de las murallas, en la llanura salpicada de cuerpos desfigurados, donde la primavera tardaría en llegar más de lo previsto. Sorteó los cuerpos de rostros congelados, enfocó sus ojos en dirección a las murallas y le vio. Nameless seguía allí, de riguroso uniforme negro con el único adorno de un Lirio bordado en rojo sobre su pecho. Destacaba con su yelmo de penacho negro sobre la muralla. Su sola presencia intimidaba. “Su mirada te hiela y su espada te remata”- dijo el rey recitando las palabras de Izilsurias-. Se le veía aun luchando, infringiendo heridas a destajo, tan profundas que pocos cuerpos llegaban al suelo sin haberse desmembrado en la caída. Sólo respetaba a los que llevaban el emblema de su bando, todo el que no, era la semilla de la esperanza para el enemigo. Había que asegurar el dominio acabando con todos ellos.
aún que hacia rato que había terminado con la vida del hombre que le había causado la terrible herida en la pierna, que le hacia avanzar con dificultad, y en el costado. El dolor de las costillas rotas clavándose en los pulmones con cada inspiración, causaba en Nameless una ira inconmensurable que se liberaba a través de los sablazos que profería a los enemigos.
Y llegó el momento de acabar con aquello, Ílimo recordó las palabras del consejo en las que se le aconsejaba retirarse cuando la ventaja fuese para ellos. Concretamente la intervención de Arestel “Las penalizaciones de luchar en territorio desconocido nos están costando debilitar a los hombres del norte. Nuestra estrategia será la cautelosa perseverancia”. Suspiró aliviado cuando notó el sonido de las trompetas brotando hacia la ciudad y más allá. Llamaba a los sensatos con vida a retirarse. Esta vez, habíamos ganado una buena parte de la ciudad con bajas recuperables, una victoria ajustada de la que gustosamente informaría al senescal Darlak y a la regente Naredhel. Desde la llanura y con todo en calma, se pudo ver los pendones del Lirio hondeando desde las almenas, puertas y torres capturadas.
Un elfo de semblante frío se presentó en silencio.
- Mi señor…
- Sí Capitán, podéis ordenar el pillaje._ dijo Ílimo con resignación.
A continuación unos tambores indicaron que los supervivientes podían tomar el botín de los cuerpos caídos. Pasarían al tesoro todas las alianzas, amuletos, collares, armaduras, caballos y armas que pudiesen fundirse o alcanzar un precio razonable en algún mercado. La joya mas preciada iría a manos de la reina, tal vez el collar que alguna mujer regalara a su amante como recuerdo suyo en batalla.
El Meara marrón y rubio relinchó sacando a Ílimo de sus interminables pensamientos. Resopló entre los cuerpos, escarbaba con las pezuñas y volvió a relinchar. Resopló y se apartó trotando muy lejos allí.“Ve amigo, tomate tu tiempo y llora lejos por tu hijo caído” tarareó Ílimo con pena. El caballo había reconocido a uno de los mearas de su prole, a su hijo. El que había sido asignado a Nahanma estaba allí, desfigurado, congelado, casi irreconocible; el rey se acercó y arrancó la rienda con el lirio bordado en oro. A pocos metros estaba la lanza de la señora de Farothdin, clavada en el cuerpo de un enorme bárbaro de las nieves. Había atravesado su cota, sus pieles y su bajo armadura de cuero como si fuera mantequilla. La extrajo con un siseo, limpia y sin ningún resto de sangre.
Nahanma… no estaba lejos, la encontró con ayuda de unos porteadores que se acercaron. Yacía a pocos metros, con el pelo ensangrentado sobre el rostro pálido y tembloroso, surcado de costras de sangre reseca con cortes infectados supurando, y en el aire el frío y el hedor de las vísceras, pero por suerte aun quedaba vida en aquella mirada perdida, rodeada de los cuerpos de su guardia personal , pero no de todos, “abandonaron a su señora por salvar su pellejo, merecen ser denunciados a Ízilsurias” rabió Ílimo mientras se llevaba un pañuelo a la boca.
-Nahanma, ¿puede escucharme? - repitió con una voz suave y reconfortante.
- Ílimo, tu voz siempre es esperanza… ¿ cómo es que te apareces en mi sueños?¿acaso estoy ya muerta?
- No, aún no llegó tu hora. No hagas esfuerzos señora del Lirio Negro - dijo tomándola por el cuello suavidad y posando su cabeza en el cuerpo de lo que hasta hace poco había sido uno de los hombres de su guardia - Para mí no hay distancias en esta tierra de Arador, y menos cuando se trata de salvar la vida a nuestra Nahanma.
- No siento mi espalda, no siento mi brazo, sólo noto las piernas dormidas ¿Ílimo, dime que ves alrededor…¿Hemos sufrido muchas bajas?
-Quedan muchos, Nahanma, puedes estar tranquila porque tu cuerpo de lanceros está casi intacto, cuando llegué con la caballería se habían puesto bajo las órdenes de Nameless y su infantería. Encargué a la artillería que llevase heridos al campamento. ¿Oíste las trompetas? Todo ha acabado Nahanma, habéis ganado una victoria para vuestra reina, estará orgullosa de ti y del resto. "Y a pesar de todo se preocupa por sus soldados ", pensó Ílimo.
_ La batalla fue larga pero si las pérdidas han sido pocas…dime ¿El Consejo nos asignará tropas de reemplazo? - dijo con dificultad tosiendo la sangre coagulada que le impedía hablar con fluidez .
- Cuando estemos en el campamento haré el recuento de las tropas que se necesitan para la próxima batalla. Tengo nuevos planes que contaros cuando estemos todos, pero antes hay que celebrar la victoria.
Las manos de Ílimo aflojaron los cierres de la coraza rota, una maza había machacado alguna que otra costilla. Cuando separó la cota de malla, un moratón verde azulado había inundado todo su costado. Su carne estaba helada al tacto. Situó sus manos sobre el inmenso moretón y entonó un antiguo cántico aprendido en su estancia en Aman para la protección del cuerpo y del alma, tras eso volvió a resguardar la herida de la intemperie. Llamó a sus porteadores y se levantó ajustándose la visera del yelmo.
- Nahanma, necesito que te lleven al campamento inmediatamente -dijo sin poder ocultar un tono de preocupación - Te han golpeado muy fuerte y el frío me hace imposible trabajar. Te veré dentro de unas horas y me ocuparé personalmente de tus cuidados.- y tras decir esto se despidió y avanzó hacia la fortaleza.
(…)
- Nameless- una voz siseó entre los congregados en círculo bajo las puertas- ¡He dicho basta! ¡Basta por hoy de tanta muerte!
Los guerreros ya no se apretaban unos contra otros sino que abrieron un camino y dejaron que el rey apareciese. Se desabrochó los cierres de la capa a su paso y bajo ella apareció Ílimo con una armadura sobredorada, impoluta, tocado de una tiara de brillantes esmeraldas ajustada al yelmo, con el rostro endurecido, desaprobando con sus ademanes lo que veía.
Nameless, el fanático desposeído de sentimientos pero no de una misteriosa furia estaba alterado, tocado de una falta de control que nadie había visto antes en él. Temblaba de ira y sujetaba con muchísima fuerza una daga. Estaba fuera de sí.
Ílimo se mantuvo cauto, calló por seguridad y en silencio tuvo que tragarse su bilis por aquel espectáculo. Ver como Nameless torturaba en público; agarraba fuertemente la mandíbula de una joven guerrera, tal vez una amazona recién reclutada. Sus ojos estaban lívidos de ira, llorosos, llenos de espanto, balbuceando aún palabras hirientes que debían haber tocado alguna fibra sensible del engranaje psíquico de aquel asesino de la Orden del Lirio. Aquella mujer había sobrepasado la frontera; abriendo en él algún recuerdo reprimido que le atormentó en el pasado. ¿Qué le habría dicho?, nadie lo supo jamás, porque Nameless le cortó la lengua lentamente junto a parte de sus labios. Un borbotón de sangre fue a parar al uniforme negro del torturador, la mujer aulló de dolor y su lengua también calló al suelo, rebanada. Nameless la tomó del pelo y la tiró por tierra. Un espectáculo humillante que el rey tuvo que tolerar por su seguridad. El asesino desató un hacha de su cinto y cortó las manos de la muchacha entre gritos de espanto, sin que a esta le hubiese dado tiempo aún de lamentarse por su primera amputación. Terminó escupiéndola, solo así pareció volver a la calma, una vez que se hubo vengado. Nadie osaría rematarla.
Nameless se acercó a Ílimo buscando sus palabras, fueran cual fueran. Este rehusaba mirarle a los ojos y giró su cabeza cuando pasó cerca de él. Aún así, se detuvo al lado del rey y este restalló:
-¡Fuera de mi camino, Nameless!, traes el hedor del sadismo contigo. Ve lejos a reordenar tus traumas. ¡Lejos de mí! - y le dirigió una mirada llena de dureza - En lo que yo dirija esta misión no quiero verte perder el control o Izilsurias sabrá las debilidades de su torturador.- le susurró antes de verlo ir.
Nameless no levantó la voz, ni una palabra, ni hizo un gesto de reprobación. Calló en silencio como había sido enseñado. Ambos sabían que había pasado. Algo que tenía que haber ocurrido tarde o temprano
Entonces Ílimo, una vez que se hubo alejado el asesino, se acercó a la joven yaciente que se desangraba en su propio charco de sangre. Cerró sus oídos al llanto, su mente a lo que había pasado, respiró hondo y se relajó. Tomó una aguja de su manga y la clavó con destreza en un punto indefinido del cuello de la mujer, ésta se desplomó sin vida. Ya no volvió a gritar más.
[Editado por gorathion el 15-04-2007 23:58]
Cascos, teñidos del negro de la sangre de los orcos, retumbaban contra el suelo. Eldacar se revolvió sobre su silla para mirar hacia atrás y una flecha silbó junto a su oreja impactando a pocos metros de su cabeza.
A su espalda, Eldacar pudo ver cómo los supervivientes de su compañía luchaban para quitarse de encima a los orcos. Los feroces gritos de los guerreros a caballo y los gruñidos graves de los Orcos eran apenas audibles en el fragor de la batalla.
Un instante más tarde, todos los Orcos habían muerto o huían por salvar sus vidas; sus guturales gritos de guerra se habían transformado en angustiados gemidos de desesperación que el viento se llevaba.
Los jinetes obligaron a sus monturas a dar media vuelta y abandonaron la persecución. Los caballos resoplaban con enloquecida frustración mientras cedían a los tirones de las riendas. Eldacar lanzó un grito de victoria y elevó su lanza por encima de sus cabezas, haciendo señales a su compañía para que se unieran a él. El sol se reflejó en la brillante y afilada punta de su lanza; su corazón latía con la seguridad de la victoria final. Ante él se extendían las verdes praderas del Atardecer Azulado y a sus espaldas cabalgaban los jinetes más feroces del reino.
Eldacar volvió en sí, un único pensamiento inundaba su mente.
-Es verdad que cuando estás a punto de morir toda tu vida pasa ante tus ojos- se dijo Eldacar-Eran otros tiempos más gloriosos. Ojala pudiéramos luchar a campo abierto- dejó escapar un leve suspiro- Lastarz, Muammar, Thórel, pronto me reuniré con vosotros y entonaremos las viejas canciones:
"Un día más cerca de la batalla,
Así que bebed camaradas y sed valientes.
Porque cada día más cerca de la batalla,
Es otro día más cerca de la tumba."
Canturreó para sí Eldacar.
Eldacar, ensimismado, siguió entonando esos versos en voz baja, dejando que se los llevara el viento, el mismo que ondeaba su larga melena hacia atrás. Lentamente, iba caminando por el desolado campo de batalla, entre cadáveres de amigos de la infancia, camaradas, compañeros… ¡Hermanos!
Entonces, su vista se desvió hacia dos figuras tendidas en el suelo, muy juntas la una de la otra, eran dos de los oficiales heridos en la batalla, la Capitana Ezel y el Capitán Herkeblam, los dos presentaban numerosas y profundas heridas en brazos, piernas y partes del torso. Herkeblam tenía una fea brecha en la cabeza que sangraba abundantemente, el brazo derecho le colgaba inerte a un lado, con el hombro totalmente desgarrado, y varias flechas sobresalían de sus muslos y pantorrillas. Por su parte, Ezel presentaba un profundo corte en el estómago, y otro en el interior del muslo derecho, así como varias flechas clavadas en sus brazos. Había sido una lucha encarnizada...una matanza. Un gran charco de sangre se había formado alrededor de los dos humanos, con la sangre de los dos mezclándose. No obstante, las heridas no parecían haber alcanzado ningún órgano vital, pues aún respiraban levemente, pero estaban inconscientes.
Eldacar se arrodilló ante los dos cuerpos depositados en el frío suelo y les dijo:
”Sé que lo que habéis visto os ha encogido el corazón, y que el miedo también se ha apoderado de vosotros. Miedo de acabar como aquellos pobres desdichados soldados de nuestro ejército y del enemigo que ahora ya no respiran. Pero que el miedo abandone vuestros corazones. Estamos aquí porque representamos a la Justicia en esta Tierra en la que moramos. Realengo ha cometido atroces y horrendos crímenes, y por ello deben pagar. Los Espíritus han hablado y nos han pedido que les hagamos pagar por todo el dolor que nos han causado. Además, debemos luchar para evitar que todo lo que nuestro corazón ama acabe destruido por esas sucias criaturas del averno. No temáis a la muerte... luchad por vuestro Honor.
Adelante, ¡por el Reino, y por la Justicia!"
No esperó respuesta, sus ojos llenos de rabia y de lágrimas. Se dirigió a un soldado que tenía a su derecha:
-Hamlas, ven, coge al joven, yo me encargo de la muchacha, necesitan cuidados urgentes-.
Hamlas asintió e inmediatamente se agachó para levantar a Herkeblam, se lo echó al hombro y empezaron a caminar en dirección a las Casas de Curación de la ciudad.
Llegaron al amplio recinto, y rápidamente atravesaron diversos pasillos, hasta penetrar en el principal, que se ramificaba en otros muchos pasillos secundarios.
-El de la derecha, Hamlas- dijo Eldacar con seguridad, para que Hamlas se dirigiera hacia él.
Se detuvieron ante la puerta de la Sanadora Superior, y llamaron golpeándola con impaciencia.
-Pasen, no se queden quietos-. dijo una voz femenina desde dentro.
-Disculpe, les traemos dos oficiales heridos de gravedad, intente hacer todo lo posible por ellos, tienen que sobrevivir-. dijo Eldecar, con gesto serio.
-No se preocupen señores, haré todo lo que esté en mi mano para salvarlos-respondió la Sanadora.
En ese instante, un soldado entró como una exhalación por la puerta, miró inquieto hacia todos lados, fijando finalmente la vista en Eldacar.
-Mi señor, Realengo ataca de nuevo, son muchos...en la puerta norte...debéis venir inmediatamente-dijo el soldado, entrecortadamente.
Hamlas y Eldacar, junto con el soldado, salieron raudos hacia la puerta norte, donde el enemigo se apostaba ya justo delante.
Un ataque masivo por parte de Realengo comenzó en ese instante, las piedras de las catapultas de Realengo hacían estragos en los torreones de la capital de Formen-Draugliante, la puerta retumbaba al son de los tambores enemigos.
-¡Arqueros, a la muralla!-dijo una voz cercana -¡Que vengan soldados y jóvenes que tengan suficiente fuerza para aguantar el portón!- terminó de gritar la voz.
Unas decenas de soldados, junto con Hamlas y Eldacar, acudieron proteger el portón, mientras los arqueros aniquilaban con sus flechas a todo enemigo que deseaba llegar a la puerta. Pero todo eso…fue inútil…la puerta fue derribada a base de continuos ataques con arietes, las murallas inundadas de enemigos, que habían subido con escalas apoyadas en las murallas..
-Todo está…perdido-se dijo Eldacar, y en un suspiro terminó gritando con voz atronadora y cargada de rabia –¡Hermanos del Frío, os llamo a combatir, a luchar por vuestra tierra, por vuestra familia, por vuestros amigos muertos en batalla!, yo… ¡os llamo!
Ese último aliento les dio fuerza a los draugliantiri para seguir luchando contra las fuerzas enemigas...pero todo fue inútil. El enemigo era superior en número, no obstante, por cada draugliantiri que caía tres soldados de Realengo eran abatidos, pero eso parecía no bastar, las tropas del enemigo eran infinitas. Sólo el Mal puede estar detrás de ellos, pensó Eldacar con rabia. El suelo se tiñó de sangre, roja y espesa, y se llenó de miembros mutilados y cadáveres de ambos bandos. La derrota de los draugliantiri se había consumado.
Un cuerno sonó. El enemigo se retiraba, había logrado su objetivo, y ya pocas fuerzas les quedaban a los dos bandos…Así terminó aquella batalla, por el momento...
“Historia del Reino de Formen-Draugliante. Volumen I. Capítulo IV”. Según Compilación realizada por Solus Duncirc, Escriba Real.
Resumen de la batalla.
Realengo de Farothdin ha perdido 29 armadas x35= 1015 puntos.
Recuperables: 1015 puntos al hacer uso del poder especial.
Valoraciones: 5.64+9= 7.3
Recupera:741 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 80% de vida por lo que recuperan 280 puntos. Total recuperación: 1021 puntos
No pierden puntos.
Formen Draugliante ha perdido 29 armadas x35= 1015 puntos.
Recuperables: 508 puntos.
Valoraciones: 5.71+8.4= 7.1
Recupera: 361 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 60% de vida por lo que recuperan 210 puntos. Total recuperación 508 puntos
Pierde: 507 puntos.
Realengo de Farothdin percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.
Formen Draugliante entrega 100 monedas a Realengo de Farothdin por el abandono de la batalla.
Realengo de Farothdin saquea la capital de Formen Draugliante y recibe 600 monedas
Compañías actualizadas e inmersas en la Batalla 89.