Uzbad Kibil
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 17
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 15
Victoria para Lempë Ohtari

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:04:28:12:12:26
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 17
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 15
Victoria para Lempë Ohtari
Pese a los pocos inviernos que había contemplado, el joven Nargoth era ya un curtido soldado. Aquellas duras batallas en el helado norte robaban la juventud y la inocencia a los que conseguían conservar la vida. Sólo era un chaval imberbe cuando se había unido a la compañía tres de Lempë, ahora era un veterano de guerra y aún no había llegado a afeitarse nunca. Sólo la suerte lo había mantenido con vida en las primeras batallas, aquellas en las que había visto caer a muchos de sus buenos amigos, chavales como él que habían crecido en su aldea. Luego había sido el odio por el enemigo, la sed de venganza por dichas muertes las que le habían dado el plus de fuerza necesaria para sobrevivir. Ahora todo eso se había acabado; el horror de la guerra había dado paso al hastío de aquél que ha visto demasiadas muertes. Sus pensamientos volvían una y otra vez a su pueblo y al único pensamiento alegre que mantenía su mente. Un recuerdo tal vez ya idealizado entre tanto horror, de alguien que le producía sentimientos de alegría; Ioreth, aquel ángel rubio del que se había enamorado a los diez años, y de quien se había despedido sin atreverse a confesarle su amor. Ahora vivía para volver, vivía por ella; y para regresar debía sobrevivir a esta batalla.
El nuevo general de la compañía, Draric, estaba obsesionado con la estrategia. Aunque sin duda en la batalla anterior les había ido bien, ahora les había tenido toda la noche trabajando en fortificar la colina sobre la que se habían asentado, supervisando las defensas personalmente e incluso trabajando en ellas. Por lo visto esta vez estarían a la defensiva desde una situación ventajosa, reforzados con la llegada de la general Yarfaila y una buena hueste de soldados. Sin duda, cada metro de la cumbre de esa colina se cubriría con la sangre del enemigo antes de que fueran capaces de tomarla.
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La mañana avanzaba fría, como no podía ser de otra manera en esas latitudes, y la lluvia golpeaba con fuerza las posiciones defensivas de Lempë Ohtari. Abajo formaba el ejército de Formen-Draugliante, sus cuernos comenzaron a sonar. La batalla era inminente cuando Yarfalia se alzó sobre uno de los muretes defensivos y se dirigió a sus tropas:
“¡Lemperianos! ¡Hemos venido aquí a luchar por la salvación de Árador, a impedir que una vez más que la tierra que Eru nos dio se manche de negro!
¡Sé que es difícil, que el cansancio corre por vuestras venas, pero debéis pensar en todo lo que amáis, y qué ocurriría si la Oscuridad se adueñara de vuestros sueños y vuestra gente!
¡No creáis que son más fuertes, pues nosotros tenemos de nuestra parte a la Luz! ¡Al Bosque! ¡Al Agua y el Viento! ¡Al Fuego! ¡Ahora dejad que todo esto penetre en vuestro interior, y salga por vuestras espadas en forma de ira, valor, coraje, fuerza! ¡Por Árador, Lemperianos!”
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Las tropas de Formen cargaron con el vigor de aquellos que ya no tienen nada que perder. Sus generales les acompañaban en aquella carga frontal, casi suicida, contra las fortificadas posiciones de Lempë. En sus ascensos fueron recibidos por oleadas devastadoras de saetas lanzadas con precisión desde los muros bajos, pero eso no les detuvo. Formen estaban en un momento de vencer o morir, y eso les daba una fuerza y un coraje especial a los ya de por sí duros hombres de la tierra del hielo.
Como en la última batalla, a las saetas les siguieron las jabalinas. Nargoth, llegado el momento, la lanzó con todas sus fuerzas y vio como caía un enemigo antes de desenvainar su espada y recoger su escudo, preparado para el cuerpo a cuerpo. Por encima de su cabeza, desde la segunda línea defensiva, surgió una bola de fuego que devastó un batallón de enemigos que se dirigía hacia él. Sin duda, contar con la dama Yarfalia en su compañía era una bendición. Sus enemigos estaban encima de él, y sólo pudo dirigir un último pensamiento a Ioreth y al deseo de volver a verla antes de sumergirse en el caos de la batalla.
El asalto contra la primera línea defensiva fue demoledor. Los hombres del hielo descargaron su rabia contra los primeros defensores saltando los muros y rompiendo las defensas. Pero pronto llegó el contraataque; la segunda línea salió de sus posiciones y devolvió la superioridad a la defensa. Nargoth no se percató de ello en el fragor de la lucha pero proyectiles incendiaros caían por detrás del frente principal del ataque de Formen, diezmando a los refuerzos.
El joven humano luchaba por su vida esquivando y deteniendo los ataques destinados a matarle y causando muertes con su espada cada vez que podía. Sin embargo el empuje rival no podía detenerse y se vio a si mismo retrocediendo contra su voluntad. Arrastrado de un lado a otro por la fuerza del combate, acabó en un momento luchando junto al general Draric. Rítmicamente el enano mataba a diestro y siniestro sin detener su arma, y aunque Nargoth pudo ver que sangraba por varias partes, no parecía que fuera a detenerse salvo que la muerte le alcanzara.
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“La muerte venía hacia mí en cada momento, me agaché bajo un golpe circular y levanté mi arma para acabar con mi enemigo, su sangre calentó mi rostro, puede parecer una de las sensaciones más repugnantes que un hombre puede vivir pero en ese momento de frenesí resulta incluso inspirador. Corté una lanza que venía hacía mi y golpee con mi escudo al lancero en su rostro; el sonido del crujir de huesos también me resultó agradable. El calor del fuego me invadió la general volvía a hacer uso de sus poderes abrasando enemigos. Me volvía hacia ella y la vi allí en lo alto, con los otros dos generales a sus lados. La dama Sonyariel tenía una flecha clavada en su muslo derecho, pero eso no la había amilanado, como tampoco se frenaba el ímpetu del enano por sus heridas. Grité frenético, fuera de mí y volví a cargar contra lo primero que encontré a mi paso. Rajé un abdomen, seccioné un brazo, una pierna tal vez una cabeza, todo pasaba demasiado deprisa como para recordarlo, demasiado deprisa incluso para vivirlo. Mi escudo paró muchos golpes destinados a matarme y mi cota frenó otros evitando heridas mortales mientras me movía por el caos de la batalla.
Retrocedimos, y volvimos a retroceder impulsados por el suicida empeño de los hombres del hielo. Tenían más bajas que nosotros pero aun así no parecía que pudiéramos ganar esa batalla. Llegó entonces lo peor, Yarfalia se quedó aislada entre enemigos y uno consiguió clavarle una lanza por la espalda. Llegué hasta ella atravesando cuanto estaba en mi camino, sin saber siquiera lo que hacía destrocé a aquel que se había atrevido a herirla. Ella mató a cuantos nos rodeaban, y me agradeció la ayuda con una sonrisa. Entonces me creí inmortal. Avancé contra el centro del ataque de Formen, y vi a aquel que más daño nos estaba haciendo y decidí acabar con la guerra de un solo golpe. Frontalmente, nada de ataques por la espalda. Sí, frontalmente encaré al Rey Zirak y tirándome a fondo ataqué directamente al rostro del enano gritando el nombre de mi amada
-Ioreth!!!.
Con parsimonia, como si tuviera todo el tiempo del mundo, el enano se apartó de mi mejor golpe, me esquivó como si de un ataque de entrenamiento se tratara y con el mismo gesto de apartarse me golpeó con su hacha y la batalla acabó para mí. Sentí como mis costillas se rompían bajo el peso del golpe, el dolor de mil estacas atravesándome duró sólo unos segundos, luego sólo podía ver el rostro de Ioreth, iluminado con la luz del sol al atardecer, más hermoso que las estrellas de Varda, me sonreía por última vez y así con una sonrisa en mis labios me hundí en la oscuridad”.
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La furia de Formen-Draugliante fue contenida una y otra vez por la defensa de Lempë Ohtari. Muchas fueron las bajas sufridas por ambos bandos. La victoria pertenecía a los Ohtari, pero una vez más los generales de Formen estaban dispuestos a sacrificar hasta el último hombre. Heridos pero vencedores los del sur no iban a permitir eso, no tendrían más bajas innecesarias. Se retirarían recogiendo a sus heridos y los curarían para luchar otro día y volver a vencer. Ordenadamente aprovechando un alto en las hostilidades registraron la zona recogiendo a todos los que se mantenían con vida. Yarfaila reconoció personalmente a aquel joven que la había ayudado. Tenía una fea herida de hacha y estaba inconsciente, pero aun vivía. Tardaría unos días en despertar después de soñar con su amada, y sabría qué debería hacer una vez volviera al hogar.
[Editado por Dalin el 21-04-2007 20:58]
Tanto odio…
Una y otra vez, aquellas dos palabras resonaban en la mente de Laureon, como lúgubres campanadas en un día de cementerio. La actividad en el campamento era frenética; el ambiente, silencioso y hosco; la mirada de los hombres, furibunda. Se estremeció. Aquellas gentes lo habían dado todo por su país, y todo lo habían perdido. El rencor era tal entre los soldados que servía para alimentarles, darles calor y reposo. Qué tiempos en los que eran ellas gentes sencillas y amantes de la vida tranquila. Recordó un día en que un soldado de su ejército respondió a un comentario suyo con las palabras “El nuestro es un odio justificado. Ellos han quemado nuestras casas, han matado nuestras familias, nos lo han robado todo”. A su alrededor, todos asintieron con gruñidos y miradas siniestras. Laureon no dijo nada, pero no pudo evitar pensar que ellos lo habían hecho primero. Las personas —hasta la más bondadosa— cometían atrocidades cuando se veían sometidas a situaciones límite. “Cualquier odio es injustificado” respondió Laureon, por el contrario, “es darle una importancia que no merece a la persona a la que odias”. Pero nadie le hizo demasiado caso.
Poco antes de que recibieran instrucciones de atacar al ejército cercano de Lempë Ohtari, Zirak el Enano apareció junto con refuerzos. Su llegada fue bien recibida por todos, y coordinadamente prepararon el ejército para la marcha. Laureon relegó la estrategia al rey y él, por su parte, se encargó de administrar los suministros y distribuir las provisiones para la marcha; camino que no sería, por otra parte, muy largo.
Un cuervo se posó en el hombro de Alalmë y graznó muchas veces.
— ¿Qué dice? —preguntó Laureon, mirándola.
—Nada que podamos aprovechar. Han organizado sus hombres de la manera típica, fortalecidos en una colina, y hace un minuto habían estado arengando a los hombres.
—Las arengas me aburren —comentó Laureon frunciendo el ceño—; son tópicas: siempre iguales.
— Pero los hombres las necesitan —dijo Zirak, que estaba cerca.
Alalmë alzó las cejas, sorprendida.
— ¡Vaya! Hemos pasado de bárbaros a demonios. Parece ser que somos una amenaza para las Tierras de la Aurora, porque gritaban que derrotándonos las salvarían.
Laureon soltó una carcajada.
— ¿En serio? Supongo que no se referirían a nosotros. Me hace gracia eso que dice todo el mundo, en especial aquellos con poder o renombre. ¡Salvemos el mundo! Me gustaría saber qué es eso. Mejor. Me gustaría que me dijeran ellos qué es eso. Porque creo que es la excusa que han puesto todos los dictadores y tiranos de nuestra historia. Estoy seguro de que Morgoth pensaba que estaba salvando el mundo cuando casi lo destruyó.
Alalmë lo miró sorprendida.
— Tienes unas ideas extrañas —comentó.
El enano, por su parte, no dijo nada, pero frunció el ceño y gruñó malhumorado.
—Atacaremos de frente—afirmó Zirak después, con solemnidad y un brillo fiero en los ojos. Laureon lo miró, sorprendido.
— ¿De frente? ¿No es un poco arriesgado?
—La vida es un riesgo. Y no quiero decir nada de la guerra. No se lo esperarán, y creo que sentará bien a los hombres un poco de acción barata, nada de frías organizaciones.
Laureon suspiró y encogió los hombros.
—Si tú lo dices…
Zirak frunció el ceño con disgusto.
—Un poco más de carácter, hombre. Ellos han cometido atrocidades en nuestro país. Es nuestro derecho y deber echarlos de una vez por todas.
Sorprendentemente, Laureon se echó a reír.
—Es curioso: los Elfos dicen que tengo demasiado carácter, y los Enanos que demasiado poco. Soy más un Hombre que otra cosa, supongo—sus ojos brillaron con cierta picardía—. En cualquier caso, soy muy sabio (a veces pienso que demasiado) para catalogar las cosas como “blancas” o “negras”. No hay nada blanco o negro, todo es gris, solía decir mi amigo Olórin—añadió, de nuevo, con tono burlesco.
—Al menos combate bien mañana, ¿quieres?—gruñó Zirak. Entonces Laureon sonrió con amargura.
—Eso por supuesto—y su tono sonó de una tristeza siniestra.
Aunque en aquella ocasión no organizaron grandes parafernalias estratégicas, sí que se permitieron algunas licencias. Durante un cierto tiempo hostigaron al campamento sobre la colina con la artillería (en la que se incluían los arqueros de procedencia, sobre todo, élfica), pero su maquinaria era rudimentaria y estaba estropeada por el uso y las adversidades. Los ents causaron buenas bajas entre los hombres de Lempë con sus piedras y grandes objetos; convenientemente cubiertos de agua (una idea de Alalmë), pocos se prendieron cuando las flechas incendiadas de los lempërianos cayeron sobre ellos. La infantería del ejército (hombres y enanos, fundamentalmente; también algún Caballero de la Rosa que hubiera perdido su montura) se organizó en tres grandes batallones —uno tras otro, frente a la fortificada colina—; la Caballería se colocó a los flancos, como era habitual, y Laureon frente a ella. Alalmë quedó al frente del segundo batallón para poder tanto combatir como socorrer a los heridos. Al frente de la compañía, los grandes comandantes y Zirak, espléndidamente armado con objetos que bien valdrían en tiempos venideros medio pequeño reino.
Zirak arengó a sus gentes con fuertes y altivas palabras; los corazones heridos y petrificados de los soldados que lo rodeaban se incendiaron. Laureon no pudo dejar de admitir con una media sonrisa que hasta él sintió cierta excitación escuchando sus elocuentes oraciones.
En fin, el rey hizo sonar los cuernos de guerra soplados por aguerridos enanos (que tenían buenos pulmones para aquellas cosas) y, tras un rugido que sonó como “¡Por nuestro país! ¡Por nuestro pueblo!”, el primer batallón se arrojó como una exhalación sobre las empalizadas de la colina. Los otros dos, por su parte, avanzaron un trecho y se cubrieron con sus amplios escudos de posibles lluvias de saetas. Los arqueros, que ya habían gastado todas sus flechas, se distribuyeron entre las tres divisiones como tropas auxiliares.
Los hombres, a pesar de todas las acometidas que sufrieron, continuaron con su desenfrenada carrera y chocaron con la primera línea de defensores fuera de la empalizada, en su mayoría lanceros pesados. La batalla arreció.
Laureon, por su parte, condujo a tres cuartos de su caballería —los demás quedaron para socorrer a la infantería en cuanto se abriera un paso por donde pudieran cargar— y comenzaron a cabalgar con cierta velocidad alrededor del campamento, que tenía forma circular; armados con arcos y jabalinas, los jinetes hostigaron a las tropas en el interior de la empalizada. Laureon, por su parte, no se había olvidado de Vaiwára, su arco; cada flecha que tomaba en sus manos se tornaba dorada, y sus disparos parecían más bien rayos de luz hiriente, de modo que pronto muchos de los arqueros se encontraron demasiado cegados y aturdidos como para continuar hostigando a los hombres del frío norte.
La contienda era increíblemente encarnizada frente a la puerta del campamento, y las pérdidas eran enormes por allí en ambos bandos. Los soldados de Lempë estaban consiguiendo dividir en varios grupos aislados a los atacantes de Formen y Zirak se encontraba en apuros. Laureon, al verlo, tomó en sus labios un cuerno y lo sopló con fuerza, de modo que el segundo batallón de infantería entró en combate. Al darse cuenta de que la línea de lanceros de Lempë había sido superada, Laureon hizo cargar su caballería y, con un tremendo fragor que sonó como el rugido de un balrog enloquecido, los jinetes barrieron la línea de guardia de la puerta.
Se trajeron arietes y los hombres lograron derribar tanto las puertas como algunos puntos de la empalizada; como hormigas, penetraron en el interior, y allí fueron recibidos con una fiera descarga de flechas. Muchos cayeron; Laureon sufrió una fea herida en la cara —y dio gracias, porque a punto estuvo su cabeza de ser convertida en una excelente diana— y los hombres de Formen retrocedieron. Aprovechando el momento de confusión, los soldados del sur tomaron a sus heridos y con una rapidez que sorprendió al Maia desaparecieron del campamento. Una niebla espesa de color dorado se cernió sobre todos y los hombres se sintieron fortalecidos. Puesto que todos sabían lo que podía suponer una persecución, las gentes de Formen se detuvieron, registraron todo cuanto pudieron y retiraron a los heridos. Los prisioneros de Lempë fueron liberados bajo juramento de no volver a las filas de su ejército. Lo cierto es que esto sorprendió a muchos lempërianos, prevenidos acerca de la crueldad de los perversos soldados del norte, cuyo corazón se había helado con el frío del invierno. La verdad es que la propaganda era un fenómeno tristemente habitual en la guerra.
Aquella noche durmieron —o lo intentaron— en el campamento que tan bien habían preparado los hombres de Lempë. Económico, había dicho Zirak acerca de la decisión. Laureon y Alalmë pasaron toda la noche apoyando a los enfermos y heridos y, una hora después, hecho el recuento de muertos y sus nombres —algunos hubo que deducirlos, dado el alto grado de decapitados, amputados, lisiados, descuartizados y demás—, los cuerpos fueron incinerados tras una oración fúnebre. No hubo canto más elocuente que el llanto y las lágrimas de aquellos que habían perdido seres queridos. Laureon se estremeció al pensar en todo el dolor que se había causado. No eran los cientos de muertos; eran los cientos de miles de afectados debido a esos muertos. Aquello era el Dolor. Con mayúscula.
Resumen de la batalla.
Lempe Ohtari ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 525 puntos al hacer uso de un poder especial.
Valoración: 7.6
Recupera: 399 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 40% de vida por lo que recuperan 140 puntos. Total recuperación: 525 puntos
No pierden puntos
Formen Draugliante ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.
Recuperables: 446 puntos al hacer uso de un poder especial.
Valoración: 6.8
Recupera: 303 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 50% de vida por lo que recuperan 175 puntos. Total recuperación 446 puntos
Pierde: 149 puntos.
Lempe Ohtari entrega 100 monedas a Formen Draugliante por el abandono de la batalla.
Lempe Ohtari percibe 300 monedas por la victoria de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.