Hathol Karkar
La puerta de la estancia se abrió lentamente, era la Sala de Mapas del Palacio Real de Ost-En Äel, capital del nuevo reino de Fromen-Draugliante. En la chimenea ardía el fuego con intensidad, iluminando y calentando toda la estancia. Inclinado sobre la mesa central, y estudiando los mapas, se encontraba Zirak, el Rey de Formen. La puerta se cerró, y una figura quedó en la sombra, dentro de la habitación.
-Vaya, ¿tú tampoco puedes dormir?- dijo Zirak, sin levantar la vista de los mapas. La figura avanzó hasta quedar dentro del círculo de luz de la chimenea.
-No, mi señor- dijo Hathol, titubeando- Desde hace meses algo atormenta mi alma...creo que os debo una disculpa- El humano se arrodilló ante el enano y agachó la cabeza- Os pido perdón por mi egoísmo, yo...
-Vamos, vamos- dijo Zirak, con una sonrisa- No pasa nada muchacho, levántate. ¿Sabes? Te entiendo perfectamente, y sé que actuaste de buena fe, pero también debes entender que soy el Rey, y que debo mirar más allá del interés de mis amigos. Pues ahora te hablo como amigo y no como Rey.
-Yo...no sé que decir...-balbuceó Hathol, desconcertado ante la reacción de Zirak. El humano esperaba una reprimenda de su soberano, pero en vez de eso se encontró con el calor de un amigo.
-No digas nada...amigo. Ven.- dijo Zirak, abriendo los brazos, y los dos amigos se fundieron en un largo abrazo que disipaba cualquier enfado o discordia que pudiera haber habido entre ellos.
-Bueno- dijo el enano, una vez que los dos se hubieron sentado alrededor de la mesa de los mapas- y ahora...¿qué piensas hacer con respecto a Vanadessë y a vuestro hijo? Que supongo habrá nacido ya...
-Pues no lo sé- dijo Hathol, suspirando- yo quiero estar con ellos, quiero que vivamos juntos en Algalord, pero no sé cómo llegar hasta ellos. Creo que han apartado a Vanadessë de su compañía y la han escondido en algún lugar...de verdad no sé qué hacer, Zirak.
-Bien- dijo Zirak, juntando las manos y entrecerrando los ojos- se me está ocurriendo una idea...- de pronto, el enano saltó de la silla y se dirigió hacia la puerta, la abrió y ordenó al guardia apostado fuera que avisara a los Capitanes Gmork y Herkeblam.
-¿Qué te propones?- preguntó Hathol con curiosidad.
-En cuanto lleguen Gmork y Herkeblam lo sabrás- respondió Zirak, volviendo a su asiento- Por otro lado...ya conoces mis condiciones para la entrada de Vanadessë en Formen...
[...]
El grupo avanzaba en la oscuridad del bosque, iban todos en silencio y conteniendo la respiración. Eran diez hombres, todos con ropas oscuras, menos uno que llevaba una gran capa roja. Avanzaban agapazados bajo la luz de la luna y las estrellas y al amparo de la espesura del bosque.
-¿Seguro que es la dirección correcta?- preguntó indeciso uno de los hombres.
-Por supuesto- respondió Herkeblam, malhumorado- Fue el propio Senescal Apacen quien nos indicó la situación exacta del poblado escondido donde se refugia Vanadessë.
-Sí...pero...- continuó el hombre-...llevamos mucho tiempo caminando por el bosque...
-No pongas en duda las visiones del Senescal- dijo Gmork, empezando a impacientarse por las dudas del soldado- pues ha contactado con los espíritus del bosque y ellos le han revelado el emplazamiento exacto del poblado escondido. ¡Y ahora silencio!.
Siguieron avanzando durante una hora más, y al fin llegaron al borde de un gran claro que se abría en el bosque. En él se observaban las siluetas y contornos de cabañas y casas de madera, y luces titilando en su interior.
-Por fin hemos llegado- susurró Hathol, sonriendo- Apacen tenía razón, aquí está el Taurëruin.
Hathol ordenó a los siete soldados que se quedaran en el borde del claro, vigilando, y pidió a Herkeblam y a Gmork que lo acompañaran. Los tres humanos avanzaron en la oscuridad, entre las casas del poblado. Mientras se arrastraban Hathol susurró.
-Muchas gracias por acompañarme, muchachos, os debo una-.
-No te preocupes- dijo Herkeblam- ahora que estamos en la misma compañía debemos ayudarnos mutuamente. Además, se trata de tu amada y de tu hijo. ¿Hay algo más importante para un hombre?
-Además- dijo maliciosamente Gmork- existe la posibilidad de cortar algunas cabezas lemperilis, que nunca está de más.
-Ojalá no haga falta...- susurró Hathol, pero los otros dos no le oyeron.
De repente, oyeron el llanto de un bebé.
-Por aquí, vamos- dijo Hathol, impaciente.
[...]
Llegaron a la parte trasera de una pequeña cabaña, había una ventana y dentro se oía una voz femenina cantando, probablemente para dormir al bebé.
-Quedaos aquí muchachos- dijo Hathol a sus dos camaradas- No entréis a menos que me oigáis llamaros.
Gmork y Herkeblam asintieron al unísono, y Hathol entró en la ventana de un salto.
Vanadessë se quedó petrificada al ver al humano.
Hathol...-acertó a decir la elfa- ¿eres tú? ¿qué...haces aquí?
Vanadessë, mi amor- dijo Hathol, emocionado- te he echado tanto de menos...- el humano avanzó hacia ella, pero su vista se desvió hacia la cuna que mecía la elfa- ¿Es ése nuestro hijo?- Vanadessë asintió con una sonrisa.
Hathol cogió al niño de la cuna y lo observó, los cabellos dorados y la tez algo morena como su padre, pero el rostro era anguloso como su madre, además, sus orejitas eran ligeramente puntiagudas. Era un semielfo.
-Es precioso- dijo Hathol, conteniendo las lágrimas, y volviéndose hacia la elfa dijo- Vana, querida, he venido a buscarte, a buscaros, ven conmigo a Formen, vivamos juntos en Algalord, podemos...
-No puedo- dijo la elfa, levantándose- el Consejo de Lempë de matará si descubre que he parido un hijo de un enemigo, aquí estoy segura...
-Razón de más para que vengas conmigo- dijo Hathol- En Formen nadie podrá hacerte daño, el Rey y el Consejo te protegerán, reniega de Lempë y ven conmigo.
-¿Cómo has dicho?- dijo la elfa, iracunda- ¿Qué reniegue de mi patria? No me vengas con ésas Hathol Karkar, ya no soy la niña inocente que conociste un día, lo sé todo, sé que tu Rey iba a traicionarnos cuando firmamos la paz con vosotros hace tiempo, íbais a a aliaros con el Matriarcado y a traicionarnos, por eso decidimos unirnos a Farothdin y a Heren. Nos adelantamos a vuestra traición, así que no me digas cómo hacéis las cosas en tu país.
-Mentiras, mentiras y más mentiras- dijo Hathol, con tranquilidad- has de saber que fuimos nosotros los que os ofrecimos la paz, una paz que vosotros firmasteis, engañándonos, pues al cabo de poco tiempo la rompisteis aliándoos con Farothdin y Heren. Nosotros no íbamos a traicionaros en nada, pues es por todos sabido que siempre hemos mantenido una buena relación con el Matriarcado. De todos modos...eso ya no importa.
-¡Mientes!- gritó la elfa.
-Cree lo que quieras- dijo Hathol- Te he ofrecido una vida segura a mi lado en Formen, y la has rechazado. Ahora me voy.
-Suelta a mi hijo- dijo la elfa con dureza.
-Es tan tuyo como mío- dijo el humano- este niño debe criarse en Formen.
-Eso nunca...¡Guardias!- gritó Vanadessë, fuera de sí.
-¡Gmork, Herkeblam!- gritó Hathol. Los dos hombres saltaron a la habitación, al tiempo que entraban cinco guardias lemperilis. Herkeblam y Gmork desenvainaron sus espadas y se pusieron delante de Hathol y su hijo, protegiéndolos.
-¡Vete Hathol!- gritó Herkeblam- Nosotros nos encargamos.
-¡Vamos, huye!- dijo Gmork, parando una estocada de un guardia lemperili, y clavándole su daga en el muslo- Nos encontraremos en el bosque.
Hathol echó una última mirada a Vanadessë por encima de la lucha entre sus dos amigos y los guardias lemperilis. La elfa también le miró, pero ya no con rabia, sino con tristeza y lágrimas en los ojos.
-Lo siento- susurró Hathol, las lágrimas también inundaban su rostro.
Entonces el humano, con su hijo envuelto en la manta en brazos, saltó por la ventana y huyó hacia el bosque, mientras los sonidos de la lucha se iban alejando.
[...]
Hathol llegó al borde del claro y se encontró con el resto de los hombres del grupo.
-¿Dónde están los Capitanes Gmork y Herkeblam?- preguntó uno de ellos.
-No os preocupéis- dijo Hathol- no tardarán mucho. Vamos a esperarles.
Al rato aparecieron los dos Capitanes, resoplando por el cansancio.
-¿Cómo estáis?- preguntó Hathol, preocupado.
-Hemos matado a tres y los otros dos se han rendido- respondió Gmork, casi sin aliento.
-¿Y Vanadessë?- siguió preguntando Hathol.
-No lo sabemos- dijo Herkeblam, envainando su espada, manchada de sangre- cuando nos hemos marchado los dos guardias que han sobrevivido se la han llevado.
Hathol miró a su hijo con tristeza. "Vamos"- dijo.
[...]
La luz de la mañana se filtraba a través de los enormes ventanales de los aposentos privados del Rey Zirak, éste se había levantado hacía rato y se había vestido con una túnica púrpura ante la inminente visita que esperaba. Al rato un guardia entró.
-Majestad, ya están aquí.
-Hazlos pasar, vamos- dijo Zirak impaciente.
El guardia se retiró y acto seguido entró Hathol con su hijo en brazos. El humano llevaba sus mejores galas, una túnica larga de color morado, ribeteada con filigranas doradas, las mangas azules y el emblema del nuevo reino de Formen-Draugliante bordado en el pecho con hilo de oro, los pantalones negros de tela y las botas marrones también de tela. Hathol llevaba también el pelo lavado y recogido, y la barba recién afeitada. El niño iba igualmente vestido de color morado, y miraba alrededor con ojos vivaraces.
-Vaya- dijo Zirak, satsifecho- veo que mis órdenes de que te asearan como es debido se han cumplido a rajatabla. Ahora, déjame ver a tu hijo.
Hathol le tendió su hijo a Zirak, y éste lo cogió con ternura, el niño agarró con su manita uno de los grandes dedos del enano. Zirak sonrió.
-Para ser un Enano gruñón se te dan muy bien los niños- rió Hathol.
-¿Acaso lo dudas? De hecho, él no es el único niño que hay en esta sala, mi querido Hathol- dijo Zirak riendo también- Bien, ahora ya sabes a quién dar la espada que forjé y que te di para que custodiaras.
-Se la daré, y le enseñaré a usarla para defender a su patria y a los seres que ame- dijo Hathol.
-No lo dudo- dijo Zirak- Ahora vamos, hemos de presentar el niño al Consejo, por cierto, ¿qué nombre vas a ponerle?
-Aiwëndil- respondió enseguida el humano.
-Me gusta- dijo el enano.
Al poco llegaron a las puertas de la Sala del Consejo, se detuvieron.
-¿Preparado?- dijo Zirak.
-Sí- respondió Hathol con firmeza.
Las puertas de la sala se abrieron, Zirak entró primero, seguido de Hathol. Los Consejeros se levantaron y miraron con curiosidad al niño que llevaba Hathol en brazos.
-Señores- dijo el Rey con solemnidad- por fin está entre nosotros el hijo de uno de uno de nuestros mejores hombres, rescatado de tierras lemperilis, donde le tenían escondido por miedo a que le mataran. Pero los "bárbaros del norte" no hacemos ese tipo de cosas, una vida nueva siempre es bienvenida y recibida con alegría en nuestras tierras. Así pues, aquí os presento a Aiwëndil, hijo de Hathol Karkar, Comandante de los ejércitos y Consejero del Reino Unificado de Draugliante. Él es el futuro del nuevo Reino.
Y Hathol elevó a su hijo por encima de su cabeza, mostrándolo a los ojos del Consejo. Aiwëndil empezó a reír.
[...]
