La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos - Realengo De Farothdin - Sólo Naceran Flores Amarillas

2007:05:10:23:20:47

Eleanor Ronaele

“Cerró los ojos, sabía que él se lo pediría llegado el momento pero no lo hizo por él. Era su mano, suave y lentamente, subiendo por su muslo en aquella instancia lejana a todo sonido, a todo aroma, a toda mirada… sólo existía su palma en aquél instante. Cuando el amor consumía a la locura de la que ambos formaban parte y sólo se volverían cuerdos cuando aquella instancia pasaba… sólo sus ojos permanecían en el otro con aquella huella de perfume que la noche solía dejar en ellos.

El grito súbito calló dejando el silencio apoderarse de la piel ya mojada por el rocío que tocaba tierra antes del amanecer. Él deslizo sus manos por la espalda de la elfa y cerró los ojos al besarle.

Algo era distinto, lo sintieron y aún así no pudieron entenderlo hasta muy tarde…”

La elfa miró hacia atrás dejando que aquella cabellera blanca le rodeara por un instante, mientras miraba a su compañera

- ¿Se supone que nos toca cruzar un río tan lejos de todo? Porque sentido no le encuentro, podríamos cruzarlo dónde hubiera un puente, aunque esté lejos según el mapa

- El puente no es una buena idea, nos desviaríamos mucho del camino-tomó el mapa y lo observo un momento-Sin embargo, no podemos cruzarlo por aquí, la corriente es muy fuerte.

Le regreso el papel, se paso las manos por la cabeza y trató de pensar, entonces recordó que no muy lejos, hacia el norte, había un estrecho, donde la corriente no era tan fuerte y el agua no rebasaba un metro cincuenta de profundidad. Se lo comentó a Eleanor y ella asintió en silencio, llenaron las cantimploras de agua y reanudaron la marcha.

Habían pasado solo tres días, desde su encuentro en Hrota Elerrina; la guerra había terminado hacia tiempo y ahora se reunían otra vez para viajar, pero era diferente, no buscaban la piedra, esta vez, entregarían un paquete. Narquelië miró a su compañera de nuevo, ella no debería estar ahí, sin embargo y por el enorme cariño que le tenía a la elfa, decidió acompañarla. El viaje ahora era mucho mas tranquilo, no tenían que preocuparse por los reyes y mucho menos por posibles ataques enemigos.

Y mientras más avanzaban, una sospecha iba surgiendo en los pensamientos de Quariel, la forma de ser de Eleanor había cambiado, no mucho, pero lo suficiente para que ella lo notará. Su rostro se mostraba mas alegre y su manera de andar…sí, era diferente, por un momento creyó recordar la época de la gestación de su hijo Nerion, mas despejo esa idea de su cabeza.



-Estás muy callada- le dijo la elfa, tomando una manzana de su bolsa-¿En qué piensas?

-En que últimamente hablas demasiado-contestó la mujer en tono irónico, después miró la manzana-¿Tienes hambre?-Eleanor asintió en silencio- Descansemos entonces, ya se acerca la hora de comer, qué más da que la adelantemos un poco.



Se sentaron a la sombra de un árbol y sacaron un poco de las provisiones para el viaje. Narquelië encendió un pequeño fuego y preparó un caldo con verduras y un poco de carne salada, mientras cocinaba, desviaron las conversaciones a temas del pasado, se contaron lo que vivieron en la guerra. Después, cuando comían, Narquelië le habló de su planes ha futuro y de la extraña profecía de las ancianas.



- Ellas dijeron, que no será ni de aquí ni de ella-y señalo el pequeño broche de la rosa, que Eleanor portaba en el pecho-No pertenecerá a ninguna orden-un brillo de esperanza apareció en sus ojos-Mi hijo será libre Eleanor… ¡libre! Tendrá un poder al que yo no puedo aspirar y será su propia libertad, la que limpie la sangre de todos mis pecados.



La elfa miró los ojos de la humana y en otra ocasión, hubiera tomado su mano y apretado con fuerza mientras le sonreía, mas su espíritu estaba colmado con otros pensamientos. Sólo bajó el rostro, lo suficiente para que no se vieran sus ojos, dejando caer una lágrima en silencio.



- Entonces enséñale a valorar esa virtud con la que hemos de nacer o morir. Porque también ese aquí o allá puede que sea algo más que sólo éstas órdenes. Dudo mucho que tu alma muera con estas o la tuya sola, Quariel. Eres digna hija de los más gloriosos reinos pasados y venideros, tu sangre siempre llevara tu porte y algo más que tu bravura- dijo sonriendo y tomando con fuerza la mano izquierda de la mujer.- Hay mucho más en esa profecía de lo que podamos ver tu y yo.



Quariel desvió los ojos hacia el horizonte, no le contestó, pero sus palabras le calaron el alma, como el frío invierno que desgarra los huesos y un miedo se instaló en su espíritu, un temor que tenía que ver con su odio hacia los quendi. Y no sabía que ese temor tomaría pronto una forma física y que la haría suya hasta lo mas profundo de su ser.

Se quedaron en silencio por un buen rato, cada una sumida en sus propios pensamientos, pronto la barca del sol comenzó a desaparecer en el horizonte, sin que se dieran cuenta, la estrella de la tarde surco el cielo una vez más y un momento después las hijas de Varda le hicieron compañía, en su eterna travesía sin fin.



“Pronto una suave brisa fría recorrió sus cuerpos apenas erizando la piel de ambos. Eleanor besó los labios de Cuevas y pronto sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

- ¿Qué sucede, Narmince?

- No lo sé, amor- dijo con los ojos abiertos, llenos de un vacío particular que sería la primera de las señales antes del parto que ella nunca esperaría.

Simplemente cerró los ojos y le dijo en silencio, que le abrazara y salieran de allí tan rápido como pudieran, le daba mala espina aquella sensación…”



Aquél momento volvía a su mente cada vez que miraba las estrellas, el de su separación en el siguiente atardecer a ese suceso. Y de eso ya habían pasado ocho meses.

Poco le preocupaba esa lejanía aunque día a día se le hacía más pesada, como su propio cuerpo, que había crecido de maneras que nunca hubiera reconocido la elfa druida. Su panza estaba hinchada desde hacía semanas, sus primeros dolores durante tres meses le hicieron tener que pasar tiempo dando vueltas vomitando sin poder comer… al principio se creyó maldecida, luego pidió ayuda a los curanderos que tampoco hallaron explicación. Y eso había enfurecido tanto a la elfa desde aquella consulta, que dejó de andar por aquellos lugares, de aprovisionarles con pociones y algunos elementos que solían pedirle y ella gustosa entregaba.

Sus manos se tensaron y apretaron más fuertes las riendas del caballo, aquél recuerdo en el que se sentía impotente sólo le enfurecía más. Aquella enfermedad que no lograba curar le sonaba a acertijo y encontró solución en el reposo y en los rezos que solía hacer a su madre en silencio segundos antes de caer la noche.



- Quariel… necesito preguntarte algo- dijo rompiendo aquél silencio, mirándole fijamente.

La humana la miró

- Es cierto que en muchas cosas eres mucho más sabia que yo y quiero recurrir a ella puesto que me creo maldita ya… desde hace más que meses, sin embargo no te conté antes a causa de querer encontrar yo la manera, pero no la he encontrado.



Fue entonces cuando Eleanor comenzó a contar como su vida se había trastornado sin necesidad alguna, sus nauseas en la mañana, tarde y noche, sus mareos en momentos claves y no tan importantes, el silencio de su compañía acerca de aquello. Además contó lo que le dijeran los curanderos y su impotencia ante aquellas palabras.

- Realmente me asusta esto, Quariel... deja de sonreírte.

Pero Narquelië no dejo de sonreír, se bajo del caballo y la instó a ser lo mismo, le apartó la túnica del cuerpo y distinguió entre el pliegue de la camisa y el pantalón, un vientre albultado, lo tocó con su mano.

-¿Sientes algún movimiento?-le preguntó, la elfa negó con la cabeza-¿has escuchado algún tum tum, que no provenga de tu corazón, aquí?- y toco un punto en su vientre, Eleanor esta vez asintió.

La sonrisa de Narquelië se convirtió en una risa, limpia y sincera, subió a su caballo. Eleanor la miro enojada.

-Creo que es mejor que sigamos avanzando-dijo, al tiempo en que su risa disminuía.

-¿Qué te hace gracia, tú sabes que tengo verdad?- le preguntó Eleanor, subió a su corcel consternada.

-Hubo una vez, que alguien me dijo que existía algo, que tenía que descubrir sola-contestó ella-Y esto lo tienes que descubrir tú misma, sí te lo digo… lo arruinaría- se acerco a ella y posó una mano sobre su hombro, rió de buena gana otra vez, antes de continuar- Lo que sí te puedo decir, es que no es una maldición…Es un don Eleanor, la bendición mas grande a la que podemos aspirar como hijas de Eru.



Aporreo al caballo y éste avanzo un poco más rápido de lo normal y mientras avanzaba, rió y recordó los tiempos en los que descubrió que iba a ser madre.

La elfa se quedó en silencio viendo avanzar a su compañera, Dante no se movió percibiendo aquella mirada oscura de su ama y señora. Etnad, felino y también animal de Eleanor, saltó del bolso, dónde le habían guardado y se dirigió al agua.

La inmortal bajó de Dante y se acercó a aquélla corriente de agua. Se arrodilló para que la punta de los dedos de su mano alcanzara a tocar la tierra húmeda.

Otro escalofrío recorrió su espalda antes que un viento suave moviera su melena blanca y trajera aquella voz de Cuevas que siempre le tranquilizaba. Deseaba tanto poder abrazarle en aquél momento, volver a él tan sólo un segundo y recobrar el aliento en sus labios.

Una mirada le devolvió a aquella soledad, Etnad sentía esa pena y en sus ojos se veían esas lágrimas que nunca lloraría, pero que hubiera llorado de poder hacerlo. Eleanor acarició a su felino y se incorporó, la humana había retrocedido y al parecer, todavía no le había visto.

Eleanor subió a Dante con Etnad en brazos y el caballo comenzó a andar en aquella dirección, con una velocidad que pocos animales podían superar.

La doncella cuervo sintió aquél polvo que le invadió poco después de que Dante comenzara aquella carrera y dejándose llevar por cierto presentimiento siguió aquella bruma hasta que comenzó a desaparecer.

Las estrellas aumentaron su brillo y su luz al dejarse ver la elfa. Estaba sobre Dante, en silencio dejando caer una lágrima y por otro lado estaba Quariel mirándole en silencio sin entender lo que sucedía. La elfa tampoco, pero estaba demasiado abstraída en aquél pensamiento, que no tuvo tiempo de pensarlo o llegar a sentirlo del todo

-Narmince-le llamo la mujer, pero la elfa no respondió- Eleanor-volvió a llamar-¿Quieres qué… -pero no termino su pregunta a sabiendas de que no le respondería.

Entonces se acercó a ella y toco su mano delicadamente. La nandor reacciono, tembló un segundo y después le miró.

Eleanor bajó del caballo cuando sintió como agua comenzaba a caer de su entrepierna, miró asustada a Quariel. La mujer reacciono rápido y se bajo del caballo, era obvio que la nandor no entendía nada de lo que estaba pasando. Se acercó a la elfa.

- Es la fuente Eleanor, se ha roto-le dijo, después le quitó la túnica - Ven necesito que te sumerjas en el agua.

Le indicó que se quitara la ropa, Eleanor aun asustada, pero sin vacilar, lo hizo. Las dos mujeres se sumergieron en el agua. En ese momento la elfa sintió una punzada de dolor, que iba de su sacro hasta la nuca, otra más apareció en el vientre y un tercero en su entrepierna No cayó por que Quariel la tomó en brazos.

Un cúmulo de emociones, sensaciones y dolor, se mezclo en el cuerpo de Narmince, poco a poco fue presintiendo lo que venia en camino, una fuerza surgió entonces de su espíritu y por alguna razón aun desconocida para ella, supo que era lo que tenia que hacer. Narquelië se poso detrás de ella y paso sus manos por sus axilas, Eleanor flexiono muy poco sus piernas al tiempo que las colocaba en forma abierta.

El agua le llegaba al externon y sin embargo ya estaba empapada en sudor, un grito salio de su boca y le siguió una contracción muchísimo mas fuerte que la anterior.

- Escúchame-le dijo la mujer, tratando de calmarla y guiarla- Tienes que respirar, inhala el aire por la nariz y llévalo a tu vientre-ella hizo lo mismo, a sabiendas que la sensibilidad de la elfa, esta a flor de piel y que sentiría el movimiento de su cuerpo-Así está bien, exhala por la boca pausadamente.



Estuvieron así por un buen rato, hasta que Eleanor sintió un dolor inmenso en su sexo, gritó y Narquelië supo que aquel era el momento, le instó con palabras dulces y fuertes, que pujará una y otra vez, le guió como nadie lo hizo con ella. Narmince experimentó una tensión en todo su cuerpo, las palabras de la mujer resonaban en su cabeza, todo terminaría pronto, solo, un poco más.

De repente el dolor y la tensión desparecieron, vio con sus propios ojos, como un pequeño ser salía de su vientre y subía como por inercia hacia la superficie, Narquelië la soltó y se puso en frente de ella, entonces la elfa tomó a la pequeña en sus brazos, había una incredulidad en sus ojos.



Aquellos ojos le recordaban a su madre, ese verde intenso que también se desataba en los ojos de aquél humano... Una lágrima se fundió con aquellas aguas y un beso en silencio bendijo a la niña. Aquél regalo podría contradecir hasta su propia existencia, pero era aquello que provenía de aquél instante de desenfreno, de aquél amor que tantas veces le hubiera endulzado y purificado ante sus ojos, sólo esos ojos verdes que ahora le observaban desde aquella mirada inocente, de aquél pecado y muchos más de los que nunca sabría en vida o tras la muerte.



Narquelië se quitó los listones que traía en el pelo y los amarró fuertemente en el cordón umbilical (por los dos lados, para no causar una hemorragia), después sacó una daga y lo cortó, un llanto se escuchó y de un momento a otro comenzó a callarse.

La sangre había llenado el agua y la corriente comenzaba a llevársela lejos, la mujer sonrió de buena gana.



- Es una niña, Eleanor-le dijo, le indicó como debía tomarla en brazos, para no lastimarla- Muy hermosa por cierto, ven tienes que recostarte.



“..Muy hermosa... ”, se repitió aquella frase para sus adentros...

Sería una frase que luego recordaría cada vez que viera los ojos de su madre en ella, cada vez que sonriera teniendo esa sonrisa de él, tan suya y propia como ella hizo suya sin conocerle pero llevando aquélla sangre más allá de la misma piel…

Uzbad Kibil

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