Uzbad Kibil
Fin Guerra: Harad-Draugliante deja de Atacar
Armadas perdidas por "Harad-Draugliante" = 9
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 1
Victoria para Heren Fanyarëa

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:05:10:22:51:03
Fin Guerra: Harad-Draugliante deja de Atacar
Armadas perdidas por "Harad-Draugliante" = 9
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 1
Victoria para Heren Fanyarëa
Llegaba la noche, y la luna aún no se podía ver.
Sería la última carga contra Gathol-Keled.
La cruenta guerra entre Fanyarëa y Draugliante llegaba a sus puntos cúlmines. La insistencia de las gentes de las Aves por mantener a los “Lobos”-Bajo-la-Sombra-de-la-Araña sometidos bajo tierra, se había fortalecido. Más aún cuándo los pueblos del norte tenían bajo control la situación. Habría relativa paz. Si el lado oscuro de Draugliante se mantenía amansado, habría paz.
Heren Fanyarëa tenía un propósito, las últimas Revelaciones entre su pueblo, habían dado a entender que el mundo era mucho más que sus, en todo sentido, fecundas tierras. Y que ellos eran sólo una parte de toda la población de este continente, y si había algún otro, de él también. La nueva conciencia era: que sus actos, para bien o para mal afectarían al mundo; estaba en sus manos, en las de la Orden, decidir. El futuro estaba por delante, y el próximo advenimiento de un mal como el de antaño, exigía que toda la fuerza fuera puesta a disposición de contener la semilla de la destrucción.
“¡Pedimos una vez más su rendición...!- le hablaba Alsenot a las fuerzas formadas. -¡Seguirán resistiendo! ¡Muchos los han abandonado! ¡Sabemos, señores, que no ha sido por desprecio o cobardía! ¡Gathol-Keled es una plaza inexpugnable! ¡¿Oyeron inexpugnable?! ¡Sí, efectivamente, inexpugnable, invencible, inquebrantable, infranqueable! ¡El grueso de las fuerzas de las Tejedoras se formará en algún lugar distante y desde allí intentarán extender su veneno! ¡Pero les tomará su tiempo reorganizarse allí donde sea!- El Señor Varna Rámar caminaba de lado a lado, cruzando las caras de los heroicos humanos, elfos y enanos. - ¡Aquí sólo quedan enanos, unos pocos para nuestro ejercito! ¡Pero no vamos a darles la espalda! ¡Su existencia es necesaria para la fortaleza del resto, debemos reducirlos, derrotarles la moral! ¡Gathol-Keled deberá ser, sólo un refugio, un edificio inexpugnable pero vacío, uno del que jamás vuelva a salir otra alimaña ponzoñosa! ¡La única resistencia son aquellos naugrim! ¡Y los dirigen tres elfos, valientes, pero que pretenden hacer prevalecer las redes de Liantari... Draugliante! ¡Tienen dominio del territorio, pero nuestra fuerza es grande y hábil, no podrán con nosotros si actuamos como los mejores guerreros que somos, en fuerza, destreza y astucia! Y acabaremos con su prepotencia...”
Entretanto, un grupo de jóvenes enanos del ejército que servía a la Orden de los Cielos, se acercó a Alkalabrindeth, medioelfa, criada en el desierto, y fiel amiga del perecido rey de los Russan Rámar. Los que habían sobrevivido a la matanza querían y respetaban a todos los miembros de Heren, pero sin duda por sobre todos la honraban a ella.
- Ut-Rinn Dînwen, aquellos como nosotros que mantienen guardia allí... – le dijo el más animado.
- Sí, muchacho, dime.- le respondió Kala (reducción de Alkalabrindeth).
- ¿Los mataremos? ¿Qué daño han cometido?- respondió.
- Eso os preocupa... pues, tal vez no hayan cometido ningún daño. Y tal vez no vayan a morir. Veo vuestra preocupación por los de vuestra raza, y me conmueve. Pero... los naugrim de Liantari Dimbar no están exentos de culpa. En la guerra, a veces uno no daña directamente, pero da apoyo a quien lo hace.-
- ¿Ellos no defienden su hogar?- dijo otro.
- Sí, querido, hoy defienden su hogar. Y tal vez ellos no hayan tenido conciencia de los planes que apoyaron, pero quedaron involucrados en ellos. Intentamos dialogar, pero ha sido en vano. Por tozudos o lo que fuere, ellos pretenden defender a aquellos que son nuestro adversario. Sabéis que no es nuestra pretensión dominar territorios ni someter pueblos por despotismo. Conoces nuestra misión. ¿No? ¿Creéis que es justo?-
Ellos asintieron.
- Pues, nuestros hermanos naugrim se oponen a nuestra misión. Y, miren, si un día, en Felekgathol, vosotros murierais por haber apoyado a vuestros hermanos de Fanyarëa... ¿Creéis que sería injusto? ¿No habéis vosotros optado por la vida de un mundo del cual creíste que sus valores eran los correctos?
Todos bajaron la cabeza entendiendo lo que pretendía decir la medioelfa.
- Hermanos. Antes, como ahora, podrías retiraros. Sentir que Heren Fanyarëa lleva al espíritu del pueblo a la decadencia o a la perversión... Sois libres de obedecer a vuestro corazón. Felekgathol es vuestro hogar, pero está en vosotros, si creéis que Heren Fanyarëa obra para el mal, id allá donde sentáis que el corazón de los Naugrim, está en paz, y llevaros Felekgathol allí. Aquellos que aún defienden Gathol-Keled han decidido. Nadie los obliga, ni a vosotros.
- Somos de Fanyarëa, Ut-Rinn Alkalabrindeth.- dijeron varios del grupito.
- Te honro. Y entrego mi corazón a la buena fe de la Orden. Ojalá algún día tenga las condiciones para ser parte de vosotros.- dijo el que había comenzado la charla.
Entonces se despidieron y fueron en busca de sus hachas y artilugios de combate. Entre ellos, con el madrinazgo de la mujer, estaría el nuevo líder de los Russan Rámar.
La mínima brisa se había detenido. La noche sin luna caía sobre las antorchas que pululaban a la agradable frescura que los rodeaba. El paso a Gathol-Kheled había sido angostado con rocas de la misma montaña, detrás de las pilas de roca esperaban artefactos afilados y otros cargados con saetas listas para detener a quien se tomara el esfuerzo de escalar.
Entonces, los Liantari dieron muestra de su astucia y de su seguridad, lanzando una y otra escaramuzas contra las fuerzas formadas de los Fanyari. No hicieron mayor daño, pero los hicieron caer en la trampa. Que intentaran atropellarse contra el desfiladero, que se amontonaran allí, para reducirlos gradualmente.
Entonces avanzaron los hombres, elfos y enanos de Fanyarëa.
En el frente iban lanceros y jabalineros, dispuestos a dar en el blanco en el único tiro.
Los que llegaban detrás eran enanos armados con las mejores hachas construidas por el viejo Gimbur. Y con hachas de dos filos sin mango, preparadas para ser lanzadas como proyectiles incisivos.
Luego venía la caballería, con sables, cimitarras y látigos. La retaguardia estaba formada por arqueros a caballo.
Al principio fue difícil resistir las fuertes empellones de los enanos. Aunque luego, la marea cambió y se empezó a hacer posible penetrar aquella reducida calzada en que se había convertido el acceso al monte de la Ciudad. La mayoría dirigida por Heren Fanyarëa fue diezmando a los fuertes enanos bajo la orden de Orodril, que veían ir cayendo, aunque fuese de a uno a sus compañeros y hermanos. No hubo un ramalië que no recibiera heridas, todos participaron de alguna forma en el contraataque. Pero... sin embargo, la “muralla” seguía sin poder ser franqueada.
A la medianoche, Alsenot había desaparecido.
No tardaron en cruzar el cielo algunas sombras, indistinguibles, ora plumosas y tornasoladas, ora membranosas y absolutamente negras, a tal oscuridad que se de distinguían contra la bóveda de la noche. Salvo por sonidos y formas, poco pudo saberse de ellos.
Pero luego, Alsenot y otros aparecieron desde el lado interior, por el camino, pero desde la montaña. Su hija Hallen estaba entre ellos. Y cercaron por la retaguardia a los enanos que sobrevivían. Se mantuvieron allí, esperando reducirles el ánimo, sin atacar aún, sólo mostrándoles que estaban perdidos.
Alsenot emitió un grito a todas sus tropas. Los defensores de Gathol-Keled se detuvieron también. Hallen, sola, avanzó hacia el grupo enano. Aún con el riesgo de que la furia de batalla cayera contra ella. Habló con uno de los elfos.
Luego volvió y les dijo a los suyos.
- “Hemos cumplido nuestra misión aquí. Los secretos de Gathol-Kheled ya no guardan la semilla de la sombra.”
Tras hablar con su padre, éste dio la orden de retirada.
Y así fue que aquella ciudad permaneció invicta, con sus secretos. Y en paz.
El Final de la Guerra en Harad-Draugliante (I)
Los días se tornaron grises, el sol de semanas anteriores se ocultaba tras un plomizo velo escondiendo así su rostro a los habitantes de Árador; era el preludio de la Oscuridad que estaba por venir, pero esos días muy pocos eran los que presentían su llegada.
Orodril se encontraba acampado con sus hombres en el Rogrant, muy cerca de la orilla meridional del Nyellosire, cuando recibió la noticia del saqueo de Astan Neuma. La expresión del elfo ardió de ira y tardó bastante tiempo en decidir qué hacer; la noticia no dejaba en buen lugar a Uzbad Kibil, pero Orodril conocía lo suficientemente bien al enano como para creer cada palabra de lo que leía... aquel maldito enano le había traicionado, había permitido el saqueo de la capital para herirle en su orgullo... lo que no sabía aquel naugrim era que no se encontraba a salvo en su fortaleza de hielo, el Reino de Orod Níd no era inexpugnable para Orodril, que conocía la mayoría de sus pasadizos.
El elfo dejó a Tilmarion comandando las huestes de Draugliante y se encaminó a la no muy lejana ciudad de Gathol-Kheled. Conocedor de la mayor parte de la red de túneles y pasajes de Orod Níd, a Orodril no le costó mucho trabajo llegar hasta el Palacio Real en el centro de la ciudad enana.
Ya había caído la noche y Uzbad Kibil se encontraba sentado frente a los últimos informes de los vigías que rodeaban la capital y el resto de ciudades enanas, de momento todas las noticias eran favorables para los defensores.
-Parece que los Fanyari no están interesados en las ciudades menores, su único interés es entrar en la capital – la fría voz de Orodril sobresaltó al enano-. Crees inocentemente que el Laberinto de Espejos será suficiente como para desmoralizarlos, para que desistan en su ataque... es probable que así sea, pero no has tenido en cuenta un factor bastante importante: a mí.
El elfo salió de las sombras y se acercó a la mesa del Señor enano:
-¿Acaso no me crees capaz de combatir en una guerra con tres frentes? ¿No cabe en tu dura cabeza, que mi rencor hacia un enano traidor puede empujarme a dejar de lado los ataques de Fanyarëa y los del Matriarcado, para así centrarme en un mortal ataque a tu “nuevo reino”?
-Por supuesto que sí, te creo capaz de eso e incluso de llegar a un acuerdo con los Fanyari para atacar este reino. Pero lo que no creo es que tu tratado con “Draugliante del norte” sea capaz de soportar que llegues a un acuerdo con Heren Fanyarëa... por eso, sólo me dejé un pequeño cabo aparentemente suelto. Tenía que obligarte a reconquistar Astan Neuma y liberarla de sus atacantes cuanto antes, así ganaría tiempo para la defensa de Orod Níd.
-Pues ese ha sido tu error, mis tropas se dirigen hacia aquí, no hacia Astan Neuma... la reconstrucción de “mi” capital puede esperar a la destrucción de “tu” capital.
El enano se levantó de su asiento y comenzó a pasear por la habitación con aire pensativo:
-He de suponer que has recibido ya el informe detallado del último ataque a Astan Neuma, porque de otra forma no conocerías aún mi traición, sólo la derrota... bien, ¿has leído algo sobre el mortífero ataque de los trolls de las mazmorras?
No, por supuesto que no. Tus queridos trolls y tus preciados tesoros aún siguen enterrados bajo la ciudad en las “nunca bien ponderadas” mazmorras de Astan Neuma.
Los ejércitos de Farothdin no han encontrado nada... aún, si yo fuera tú, iría cuanto antes a recuperar, al menos, la parte de la ciudad que da paso a las mazmorras. Los trolls no son muy listos, los Farothdinitas serían capaces de engañarles para que atacaran a tus soldados y no a los enemigos.
El elfo desenvainó la espada y se acercó al enano:
-Maldigo la hora en que naciste Señor de Kibil. Estoy seguro de que incluso has dejado algún enano con orden de indicar a los soldados de Farothdin la entrada a las mazmorras. No podré destruir ahora tu reino pero al menos si le cortaré la cabeza al “Rey Ruín”.
-No te aconsejo que lo hagas. Nos conocemos bien, sabía que podrías alcanzar el palacio sin mucha dificultad, pero también sé que te gusta regodearte ante el enemigo antes del ataque final... hace un buen rato di la señal a los guardias, aunque consiguieras matarme, no podrías salir de la ciudad con vida, el edificio está rodeado por mis soldados.
-Ya me las arreglaré para salir de aquí...
Orodril se abalanzó sobre el enano que consiguió esquivar el golpe:
-También, podemos intentar llegar a un acuerdo... –Orodril detuvo su ataque por un instante, dando tiempo a Uzbad a hablar -. No siento mayor aprecio por ti que por esos Fanyari o Farothdinitas, pero al menos, a ti ya te conozco y puedo prever la mayoría de tus reacciones. Te propongo lo siguiente: tú no me atacas a mí y yo no te ataco a ti. Además, aceptaré el seguir formando parte de Draugliante y que tú seas el Consejero del reino del sur.
-Suena bien... me costaría mucho tiempo y esfuerzo el entrenar un nuevo comandante. Pero ¿qué pides a cambio enano?
-Mantener la independencia, nada de pagar tributos ni de tener que consultar al Consejo cuando quiera hacer algo en mis tierras. Nuestra unión será sólo defensiva, si alguien ataca cualquier región de Draugliante mis soldados acudirán en su defensa y espero que el resto de soldados de Draugliante haga lo mismo en caso de un ataque a Orod Níd. Y además... quiero el gobierno de la parte montañosa de la provincia de Carasalm... cuando la reconquistemos.
-Sería un buen acuerdo si pudiera fiarme de tu palabra...
-Firmaremos un acuerdo escrito, por el honor de nuestras familias, y se hará público en todos los rincones del Imperio. Y como muestra de mi buena voluntad, los artesanos enanos colaborarán en la reconstrucción de Astan Neuma.
-Supongo que más vale lo malo conocido... yo también sé de qué pie cojeas maestro enano, y si alguna vez intentas romper nuestro nuevo acuerdo, yo mismo torturaré a toda tu familia...
-Por supuesto, no esperaba menos del Consejero Orodril. Vamos a celebrar este acuerdo en la taberna más cercana. Mañana tendremos que discutir la estrategia que usaremos para expulsar de nuestras tierras a los Fanyari y Farothdinitas.
El día siguiente amaneció cálido, Orodril había sido hospedado en una de las lujosas habitaciones del Palacio, hacía ya un buen rato desde que le habían servido el desayuno pero no tenía prisa por levantarse. Se sentía extrañamente tranquilo, acababa de firmar un acuerdo con aquel enano traidor; acuerdo que le beneficiaba pues además de cerrar uno de los frentes de guerra, había conseguido consolidar la alianza de Draugliante en las tierras del sur... todo a cambio de ceder un puñado de montañas donde se decía había oculta una antigua civilización enana.
-Que el enano se quede con los tesoros enanos, si los encuentra – dijo para sí mismo.
Un poco antes de mediodía un joven enano entró en la habitación del elfo con un mensaje para que se reuniera con Uzbad Kibil en la Sala de los Mapas.
-Me tratas mejor ahora que cuando formábamos parte del Matriarcado –reprochó Orodril al entrar en la Sala.
-Antes eras un aliado impuesto por Illurë, ahora soy yo el que te ha elegido como compañero en la guerra.
Mientras llegan tus soldados deberíamos planificar cómo reconquistar Nasta Netula Men y Astan Neuma. Hay soldados enemigos cortando los pasos de Cirith Medëa y Cirith Annethiel... además de los que han tomado Astan Neuma.
-Yo también me preocuparía de los enemigos que rondan por estas montañas... son más numerosos que los que han tomado los pasos de montaña. En Cirith Medëa apenas queda un regimiento, incluso un grupo de Druedain con palos y piedras podría recuperar aquella plaza.
-Sí... pero los que rondan estas montañas aún tardarán unos días en atravesar los túneles y llegar hasta la muralla; y una vez en la muralla, necesitarían mucho esfuerzo y muchas vidas para tomar la ciudad. Yo iría primero a los pasos de montaña para luego recuperar Astan Neuma, los trolls pueden ser un arma muy poderosa y debemos recuperarlos.
-Si alguien no hubiera estado jugando a ser “el rey de los enanos” aún tendríamos a los trolls bajo nuestro control.
-Es cierto... asumo mi responsabilidad en esa pérdida, las arcas de Orod Níd ayudarán en la reconstrucción de Astan Neuma, ya te lo dije... además, yo mismo iré a recuperar el control de la ciudad. Tú quédate aquí, esperando la llegada de tu ejército. Cuando llegue, una vez liberadas las montañas, dirigíos a Cirith Annethiel y de allí a Astan Neuma, intentaremos atrapar a nuestros enemigos entre los ejércitos de Orod Níd y los de Astan Neuma.
La discusión continuó durante varias horas, Orodril aún desconfiaba de la buena voluntad de Uzbad Kibil, pero acabó aceptando su propuesta: el enano partiría a Astan Neuma a reorganizar la defensa de la capital, mientras él esperaría la llegada del ejército de Rogrant para poder limpiar Orod Níd de tropas enemigas.
Día tras día, Orodril recibía noticias del avance de las tropas Fanyari a través del Laberinto de Espejos, pero no se sabía nada de las tropas bajo el mando de Tilmarion.
-O estos enanos no consiguen ver a las tropas camufladas en el desierto, o algo está retrasando su avance... espero que el emperador de Lithaelin no haya intentado emular a Uzbad Kibil – los pensamientos de Orodril se volvían cada día más sombríos.
De improviso, una noche recibió la voz de alarma, las tropas de Fanyarëa habían conseguido alcanzar las puertas de Gathol-Kheled.
-Esto es fantástico, aquí estoy yo, por un lado rodeado de ceñudos enanos gruñones y por el otro rodeado de místicos Fanyari... no sé en qué bando depositar mi confianza. Mantendré el espíritu con el que se ideó Draugliante y organizaré la defensa enana de la ciudad... el Carnicero de Orniâth será conocido ahora como el Cuidador de Enanos –el humor de Orodril no se encontraba en sus mejores momentos.
Con ánimo de aprovechar la orografía del lugar, Orodril inició escaramuzas con los Fanyari antes de que estos alcanzaran las puertas de la ciudad. A lo largo de la noche continuaron las pequeñas escaramuzas, al principio las tropas Fanyari detuvieron su marcha, pero más tarde y con un lento avance consiguieron alcanzar las murallas de Gathol-Kheled.
El elfo no conseguía los objetivos que se había propuesto, no estaba acostumbrado a dirigir una compañía compuesta exclusivamente de enanos, hubiera preferido contar con algún batallón humano y con algún grupo de arqueros elfos; pero sólo tenía un montón de pequeños seres que movían frenéticamente su hacha de un lado a otro, y en vez de arqueros, desde la muralla unos cuantos enanos se dedicaban a lanzar grandes piedras a quien osaba acercarse.
La efectividad de los enanos no podía ponerse en duda, cualquier enemigo que tenía la desgracia de encontrarse dentro de la trayectoria de sus hachas o sus piedras, caía abatido, pero Orodril no conseguía organizar la defensa como él quería; ni siquiera conseguía organizar su propia defensa, pues además de recibir varios pisotones y golpes (intencionados o no) por parte de sus enanos, también sufrió varias heridas de parte Fanyari, heridas que redujeron su destreza pero no su ánimo, un par de estocadas en su brazo y espalda no era nada en comparación con lo sufrido en otras batalla.
Al filo de la medianoche, el elfo se encontraba junto con un grupo de enanos defendiendo las puertas a cierta distancia de la ciudad, cuando unas figuras atravesaron el cielo sobre ellos, los enanos no se percataron de su presencia, pero Orodril sí y se giró hacia ellas, viendo que se posaban en su retaguardia.
El elfo consiguió distinguir varias siluetas que se mantenían erguidas en la distancia, mientras los enanos ajenos a lo que ocurría a sus espaldas continuaban luchando. Finalmente una de las figuras comenzó a acercarse a Orodril que ordenó a los enanos que se detuvieran, al igual que hicieron los soldados de Fanyarëa. Nadie escuchó lo que hablaron los dos, pero tras una breve conversación, la batalla llegó a su fin, las tropas Fanyari abandonaron las montañas y los enanos regresaron a Gathol-Kheled.
Al día siguiente Orodril recibió dos mensajes, el primero anunciaba la llegada de sus tropas a la Puerta de los Siete Padres, la otra extrañó sobremanera al elfo:
Consejero Orodril,
Sin motivo aparente las huestes de Farothdin han abandonado nuestras tierras y la capital está de nuevo bajo el poder de Draugliante. Nuestros vigías sólo han encontrado un pequeño grupo de soldados Fanyari en Cirith Annethiel.
También llegan rumores de que el traidor enano ha regresado a las Montañas de la Brisa, pero aún no ha contactado con nosotros.
Siempre al servicio de Draugliante, Kael Al-Harad y Morë
-Bueno, parece que al señor Kibil no le costará trabajo la reconquista de Astan Neuma... Si ahora en lugar de atacar Cirith Annethiel se desvía a Carasalm, juro ante los Valar que me haré un morral con la piel de ese maldito enano.
Y esta vez, al menos cuento con el apoyo de los enanos de Gathol-Kheled, sin mis dotes curativas habrían muerto más del doble... tuvieron suerte de que me encontraron de buen humor y decidí ayudar a eso que llaman “curanderos enanos”...
Con cierta preocupación en el rostro, Orodril decidió bajar a la Puerta de los Siete Padres a recibir a Tilmarion con sus tropas; mientras, Uzbad Kibil se encontraba en algún lugar de las Montañas de la Brisa decidiendo si cumplía con el acuerdo hecho con Orodril o partía en busca de la Ciudad del Olmo y las grandes riquezas que descansaban en el corazón de Carasalm.
Resumen de la batalla.
Harad Draugliante ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 236 puntos al hacer uso de un poder especial.
Valoración: 7+8+9= 8.0
Recupera: 189 puntos. Los líderes de la Compañía pierden un 30% de vida por lo que recuperan 105 puntos. Total recuperación: 236 puntos
Pierden 79 puntos
Heren Fanyarea ha perdido 1 armada x35= 35 puntos.
Recuperables: 28 puntos.
Valoración: 9+7.6+8= 8.2
Recupera: 23 puntos.
Pierde: 12 puntos.
Harad Draugliante entrega 100 monedas a Heren Fanyarea por el abandono de la batalla.
Compañías disueltas