La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos - Harad Draugliante - Dos Tronos

2007:05:10:23:05:35

Orodril

Tiempo ha pasado desde que los ejércitos de Eirë Esteldor, Heren Fanyarëa y Realengo de Farothdin invadieran las tierras sureñas de Draugliante, las que un día fueron conocidas bajo el nombre de Liantari Dimbar, y fueran expulsados definitivamente por el poder de los siete pueblos, seis en el caso de los dos últimos, pues se ha de recordar que por aquel entonces la amada provincia de Carasalm nos había sido robada. Tiempo ha pasado desde que Thrakglobash, quien había sembrado la ira y el odio por toda Arador, cayera dando así fin a la discordia entre los reinos de estas amadas Tierras de la Aurora. La cruenta guerra entre hermanos, conocida más tarde como la de las Seis Sierpes, había desde entonces cesado, pero no sin que su fin y el fin de la guerra llevada contra la Señora de los Orcos dejaran estas tierras libres de la pena. Duros han sido los trabajos desde entonces, y aún hace falta echar mano del recuerdo para ver en las ciudades levantadas hoy la gloria que tiempo atrás lograron atesorar.

Casi veinte años, y se dice pronto…

La inmensa luz bañaba las estancias reales de Isilost, la que durante los años del imperio había sido conocida como Cirith Illurë, en aquella maravillosa y calurosa mañana de Thrimidge.

Dyshira desayunaba aún en la cama delante de una bandeja de plata repleta de cuantiosa y deliciosa comida. El alba la había tomado aún dormida, y es que últimamente los trabajos habituales del día a día la agotaban más de lo debido y no veía la hora de abandonar las sabanas una vez se veía inmersa en ellas.

Un breve replicar de nudillos en la puerta la interrumpió de su desayuno y dejando la bandeja en la mesilla de noche se incorporó y avanzó descalza hacia la puerta.

Yazel aguardaba al otro lado con la mirada y gestos inquietos como tan solo recordaba haberlo visto una vez, el día que su primo Rael, rey por entonces de aquel reino, le había pedido que la matara.- Mi señora, acaba de llegar de manos de un viajero una carta para su esposo. Viene sellada con el escudo de la casa Telpaglar.-

El viejo temor, por tantos años ya casi olvidado, estremeció a la reina, latiendo de nuevo en su corazón muy vivo.

Deshaciéndose con vagas palabras de Yazel. Aguardó a quedarse de nuevo a solas. A sus espaldas el retumbar de pasos tras la puerta maciza moría al final de algún pasillo. Todos aquellos años de felicidad parecían desmoronarse ahora como un castillo de naipes, aquella carta podía significar la traición, la mentira, la confirmación de las sospechas que el tiempo había casi borrado o al menos solo en apariencia. El miedo, tan inusual en ella, la paralizaba mientras pensamientos contrapuestos luchaban por la hegemonía en su cabeza. Un palpitante miedo al dolor crecía en ella, pero no podía compararse a su curiosidad, a la necesidad de saber definitivamente. Maldita curiosidad.

El día había resultado estupendo. El ambiente políticamente tranquilo que reinaba en Arador había servido de sosiego a Orodril, quien aunque no había cejado en su empeño como camkiri, había dado una oportunidad para albergar en su negro y constreñido corazón una pizca de bondad, y de orgullo y amor paterno.

Aquella mañana Daedril y él habían marchado de caza al bosque del Gran Olmo y tras varias horas volvían no sin varias piezas, ya dejadas a buen recaudo en cocina. Ambos, parcialmente agotados, llegaron a las estancias reales y nada más abrir la puerta se toparon frente a frente con Dyshira.

La ranquendi levitaba a cuatro palmos de suelo sostenida por el nudo de una soga, bajo un taburete derribado en el suelo.

En una rápida maniobra Orodril alzó a su esposa tomándola por las rodillas, y mientras la sujetaba entre un brazo y el pecho, cortó con la espada la soga. Tomando con delicadeza el cuerpo liberado, la recostó sobre el suelo, desanudándole lo que quedaba de la soga, antiguo pañuelo de seda, e intentando inútilmente reanimarla.

Aún tembloroso y los ojos abiertos como platos Orodril se retiró finalmente, sin dejar de contemplar el rostro de su esposa con el tono liliáceo ahora de sus labios, ellos que habían sido siempre de un negror más apagado, y su mirada perdida en algún lugar del techo, vidriosa y sin vida.

Un frío tacto acarició su mejilla derecha, en su tacto afilado reconocía su propietario, y por ello se volvió, lentamente, ante el metal de su propia espada.

-¡TÚ! Maldito hijo de perra. Tú la has matado-

El rostro de su hijo estaba constreñido en una mezcla de dolor profundo, ira y tristeza. Su oscura tez había tornado aún más oscura dada la rojez de su rostro, mientras que de sus ojos se derramaba lagrimas que bañaban sus mejillas. Un impulso hizo que Orodril intentará rebatir aquellas palabras, pero pronto se vio con un puñado de papeles en el pecho arrojados con furias por hijo. Uno era una carta de despedida de su esposa en forma de triste poema, la otra una carta de la propia Illurë de ámbito claramente personal.

La boca se le seco entonces de seguida y un escalofrío le recorrió la espalda hasta la nuca. De poco y nada se enteraba de lo que su hijo le decía. Todo y más se lo tenía ganado. Nadie quedaba impune, tarde o temprano era alcanzado por su pasado, en forma de gigante y fría bola de nieve.

Tan solo el reflejo de largos años le permitió al camkiri esquivar la estocada de su hijo, arrebatarle el arma y dejarlo inconsciente en el suelo con un preciso pero justo golpe en el nacimiento del cuello. Solo el instinto paternal retuvo el acto instintivo de matarle. Era su hijo, y a fin de cuentas la muerte y más era lo que él se merecía.

Tomándose un breve tiempo en amordazarle y atarle firmemente, marchó de la habitación rápidamente sin parar en tomar nada que pudiera ser sospechoso. Bajo las escaleras y pasadizos hasta la puerta de palacio. Unas breves palabras le dieron como información que el viajero llegado desde el imperio había sido encarcelado en Lianthang, “donde si no”. Era a fin de cuentas lo más sensato en aquellos tiempos, desde que el antiguo matriarcado de Harniâth había cerrado sus puertas y había comenzado su camino solitario e independiente, todo antiguo viajero proveniente de Liantari era tomado por posible espía. Y aunque en todos aquellos años no había habido ninguno, siempre había sido claro cual habría sido su destino, a fin de cuentas ya tenía el nombre.

Tras abarcar rápidamente el camino de Isilost a Lianthang e imponer su autoridad fue llevado ante él velozmente el preso. Solo unas cuantas palabras más hicieron falta para que los dejaran a solas, permitiendo así una fácil marcha de aquel terrible lugar.

El preso, un humano de apariencia joven, no hizo comentario alguno, ni oposición al respecto. La estancia allí, por breve que hubiera sido el tiempo, le había bastado para que deseara poner tierra por medio entre él y aquel lugar, fuera bajo el motivo que fuere. Solo cuando la silueta de las Montañas de la Brisa y la silueta serpenteante del Calanen y Morenen comenzaban a perderse en el horizonte bajo el resguardo del Sorontarma, recuperó sus ganas de saber.

-¿A quien debo el cambio de mi suerte?-

-Al mismo a quien le habéis cambiado su suerte con una mísera carta. Orodril a su servicio.- El elfo miró por encima del hombro al hombre que montaba tras él en su mismo corcel.-¿A quien debo el cambio de mi suerte?-

Annazan era el hijo mayor de una familia de campesinos de Aldaelin, un pueblo a orillas del río Rojo, y hacía ya veinte años desde que una noche llegó a sus tierras una doncella real gravemente herida. Fue mediante ella por la cual había llegado a su poder la carta, y fue a ella misma a quien el joven dio su palabra de que se haría cargo de ésta y la llevaría a su destino por lejos que éste fuese. Fue por el respeto a esta palabra, por la que su padre, un buen hombre, seguramente no se opuso a su decisión por poco que ésta le gustase. Sin embargo, lo quisiera o no, Annazan era por entonces demasiado joven para realizar la empresa, y el peligro que por entonces se cernía era demasiado, más si se ponía en marcha sin pretexto alguno. Por ello aguardo a disponer de una edad suficiente para alzar una espada, y alzarla con habilidad y fuerza. Fue inútil que la doncella a la que habían recogido tan malherida recuperara su fuerza y se aferrara a la vida. El breve tiempo juntos había hecho crecer en ambos un sentimiento demasiado grande, tanto que dolía la idea de una separación, aún cuando la joven intento en más de una vez deshacerse del apego del muchacho y marchar a cumplir los designios de su difunta reina.

“Difunta”. La palabra de labios del hombre cayó sobre el elfo como un jarro de agua fría, nada decía de ello en su carta. Ciertamente poco quedaba de los sentimientos que había sentido por Illurë tiempo atrás, bien había puesto empeño en enterrarlos bajo muros de piedra cuando la humana había intentado utilizarlo mediante su deseo del Finirparma, pero aún así no pudo evitar que su estómago se le cayera hasta las rodillas. Narwen, Dyshira, Illurë, las mujeres que alguna vez le habían importado yacían muertas fuera o no ese su sino.

Pero Lilith, así se llamaba la joven doncella, jamás llego a marchar. Annazan siempre se adelantaba a sus deseos y siempre la esperaba en un recodo del camino donde la joven recaía de nuevo en el amor que se había empeñado a dejar, concluyendo así todos sus intentos hasta que ya no hubo.

Annazan y Lilith se desposaron y fueron felices hasta que Annazan se vio con fuerzas para desempeñar a fin su palabra. Era por entonces un soldado, y aunque le doliera mentir a su esposa, aprovechó la marcha de su regimiento al sur para desviarse y cumplir su palabra. Era así como el joven alcanzó con éxito las Montañas de la Brisa, no así sus entrañas sin ser descubierto.

Aldaelin era un bello pueblo de cabañas desperdigadas en un recodo del río. Guiado por Annazan marcharon a una de las cabañas más retiradas. De allí, ante el sonido de los cascos, salieron varios hombres a su encuentro. Allí estaba Lilith acompañada por la familia al completo de Annazan. Todos habían oído de la llegada de un viajero, y todos habían esperado con gran ánimo que fuera Annazan. Por lo visto la empresa llevada en las tierras del sur había terminado en descalabro y ya casi pensaban que no volverían a verlo nunca más. Solo Lilith, quien reconoció al elfo, comprendió que la suerte de su esposo hubiera podido acabar en una mucho peor.

Aunque dolida y a regañadientes, Lilith colaboró con Orodril y puso al elfo al corriente de los múltiples pasadizos que atravesaban Telpaglar, permitiendo que la trama de un plan por el cual el elfo haría su triunfal entrada en las mismas entrañas del imperio.

Así fue como aquella misma noche Orodril marchó rumbo a la capital. Las Colinas de Hierro se alzaban ya ante él.

Era curioso pensar en toda aquella travesía, para acabar encadenado de pies y manos, con los brazos enredados en un poste enmohecido, en una maldita celda. Su entrada había sido triunfal, pero más lo había sido la estratagema del ranquendi Curumaruth. Derrocarlo no había sido tan fácil como tiempo atrás, había aprendido la lección. Y obviamente poco había servido el intento desesperado de que su hijo, el rey Huor Fëfalas, le reconociera como su legítimo padre. Así pues allí esperaba, el inevitable fin de sus días, al menos como cuerpo andante, pues más que le pesara, el juramento de su pueblo le acompañaría hasta la tumba.

Poco se hubiera esperado entonces que de pronto se descorrieran los cerrojos de su celda y Huor entrará acompañado de sus hombres para soltarle. Tuvo que ser las noticias de cómo Daedril lo había perseguido con un regimiento de hombres desde Astan Neuma hasta las lindes de Telpaglar, y como aquella súbita presencia ranquendi había hecho renacer en Curumaruth miedos del pasado, permitiendo que su repentina debilidad diluyera sus mentiras, lo que permitió a Orodril concienciarse de que no soñaba. Aunque más que eso, era el sentido dolor que le provocaba recuperar sus retorcidos miembros.

De poco habría servido quedarse entonces allí, a fin y al cabo Orodril y Huor eran simples desconocidos. Su hijo debía defender su patria, él llevar a cabo el único propósito útil que le quedaba y que haría bien a ambos, acabar de una vez con la vida de Rael, a quien desde hacía tanto todos llamaban Curumaruth.

Así fue como comenzó una persecución de largos años. Hasta que finalmente tras fletar un bote en Losselen Tirion alcanzó la fortaleza del ranquendi, Thangistarion. Allí luchó y venció a Rael, allí quedo preso de su laberinto, hasta que años después fue encontrado por un hombre menguado, un mediano, de nombre Ian.

Anexo: La Batalla de los Mil Hijos

Año 19 de la Cuarta Edad

Allí se encontraba al final de una vida, lejos de su amada tierra, de pie ante las puertas de su última morada, consciente del destino que le deparaba. Quien le hubiera dicho que la empresa tan bien tramada fracasaría, que su intento de apoderarse de todo el Reino Unificado fracasaría. Si hubiera hecho uso de su último as quizás todo aquello no hubiera pasado. No consultó el oráculo de Nimril por puro orgullo, bajo la premisa de que buscar consejo en el futuro lo distraería de dar con la estrategia más efectiva, si lo hubiera consultado habría visto el ejercito que desde el oeste se le avecinaba. Quien le hubiera dicho que Sulhelka, hijo de una tribu de hombres perdida en las montañas, hijo suyo, a quien años atrás derrotó durante la destrucción de la fuente blanca, se alzaría al mando de no solo sus hombres sino de sus hermanos, sus hermanastros, los hijos de Orodril, y sus hombres.

Todo había marchado a la perfección hasta que el gran ejército de Sulhelka había llegado al reino. Antes de todo ello, Orodril había conseguido hacerse con buena parte del reino y había dejado rodeada Gulninque. Fue cuando lanzó el ataque sobre la torre del mago verde cuando el ejercito hizo acto de presencia, y entre éste y el de la resistencia provocaron la primera y gran derrota de Orodril, la más colosal de las que recordaba y recordaría jamás. Ahora estaba todo perdido y el oráculo era asediado.

Un canto oscuro se oyó desde el otro extremo del campo de batalla. Silme recitaba verso a verso un hechizo del Finirparma. Elendril, su primogénita hija, fruto perdido de su amor con Narwen, triste de ver en la profunda oscuridad que había caído su padre, triste de verlo seguir el mismo sino que el de su madre, se había reunido la noche anterior con su enemigo descubriéndoles aquel fácil blanco.

El último verso resonó sobre cada piedra de la montaña, cada hueso del elfo, deshaciendo el juramento sellado.

Blandiendo la espada se volvió hacia su hija. Triste, asustada, temerosa de lo que el poder de la fuente negra aun floreciente en él pudiera llevarlo a hacer, Elendril atravesó con su espada el pecho del elfo, escasos instantes después de que éste dejara resbalar la espada de su mano con una sonrisa.

-Esta vez no Narwen, esta vez haré lo correcto.-

El cuerpo de Elendril, viva imagen de su madre lo rodeo mientras ella caía en un llanto. Notó un dolor fuerte, pero ya sordo, en un costado, las palabras de odio de quien reconoció como Daedril, hijo suyo, tiempo atrás. Notó como éste era abatido por las flechas, y bajo la hoja de Elendril. Notó que era liberado por momentos de abrazos. A su alrededor todo era oscuro salvo puntos de luces. Bajo las escaleras, mientras que sobre su pecho se posaban dulces flechas. El momento de descansar había llegado, la paz se abría ante él, al igual que una imagen que durante tanto tiempo había esperado.

-Narwen-

Y cayó, pero tan solo su cuerpo, con una sonrisa. Al fin, al final de toda una vida, se encontraban de nuevo. Al fin juntos.

Uzbad Kibil

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