La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

La Sala Del Consejo

2007:05:18:22:44:47

Alalmë

Antes de que el breve verano del norte toque a su fin, después de la cosecha, se celebra desde tiempos inmemoriales un gran encuentro junto al Lago Espejo. Incluso en épocas de división, miembros de todas las aldeas del antiguo Helkelen Lára se reunían para intercambiar productos, ver parientes alejados, ponerse al día de las noticias, incluso organizar acuerdos económicos y matrimonios... y por supuesto, disfrutar de unos días de fiesta antes de la inmovilidad del invierno.

En el marco de esa celebración, según afirman los que saben de ello, los representantes de las aldeas se reunían en las ruinas de la antigua fortaleza para tratar temas que atañían a todo el territorio, y poco a poco se instituyó el Consejo de Ancianos, reunido cada año.

Habían cambiado ya muchas cosas: grandes ciudades habían surgido, gente nueva había llegado del Oeste, y un estado unificado había reconstruído Ost-en-Aël y hecho de ella su capital. Pero la sesión plenaria, cuando hasta los miembros de las aldeas más remotas asistían para exponer sus propuestas en la gran Sala del Consejo, seguía coincidiendo con la gran feria del Lago Espejo.

Y era precisamente ese día cuando Alalmë entró por la doble puerta de la Sala con un asunto especial entre manos, un asunto que era lo bastante importante para que todas las aldeas de Formen Draugliante, desde el Oeste hasta las praderas del Amanecer, de la costa al frío glaciar, tuvieran derecho a saberlo. Así que cuando llegó su turno y el Rey le dio la palabra, se acercó al círculo que constituía el centro del recinto, y sacó una bolsa bordada. Se inclinó ante el Rey y el Secretario (el más anciano del Consejo, el mentor de Apacen), y comenzó su discurso:

- Mucho se desconoce del pasado de estas tierras, y mucho quedará aún por conocer; pero el viaje que Apacen y yo emprendimos al Sur nos descubrió una parte de la antigua historia del antiguo Helkelen, y de Árador en general. Hace tiempo, los reinos existentes realizaron un pacto, en prenda del cual recibieron una joya- y del saquito sacó un hermoso brazalete en forma de serpiente, que sostuvo para que todos lo vieran.- Al igual que el recuerdo de esa unión, y de los señores que la crearon, este brazalete estuvo perdido durante siglos; pero estaba escrito que volviera a manos de quien descendiera de ellos- A su alrededor surgieron unos murmullos.

- Es el momento de que esta reliquia vuelva, junto con la memoria de los hechos, al lugar que le corresponde- entonces, volvió a inclinarse ante el Rey y le ofreció el brazalete:- Entrego este brazalete, símbolo del Imperio de Helkelen en su unión con el resto de los pueblos de Árador, al Consejo en la persona del Rey, y con él renuncio a todos mis derechos, como descendiente de los antiguos caudillos, en beneficio del poder supremo de dicho Consejo. Aceptadlo y que se haga uso de él de la manera que dicte el poder de los pueblos de Formen Draugliante.

Zirakzirak

Zirak se encontraba desde primera hora de la mañana en la Sala del Consejo. Ya era un viejo que se reconfortaba en los primeros rayos de sol y en la soledad de sus pensamientos.

Ese día había un cenáculo especial. La festividad del Lago Espejo. La reunión del Consejo del Antiguo Helkelen Lara.

Fueron llegando todos los miembros del Consejo a la cámara. Alalmë acompañada de Apacen, Hathol, Ezel,…todos fueron llegando. “Sus pequeños” como el los llamaba y los caudillos de todas las tierras de Formen. La sesión comenzó sin mayores sorpresas. Uno a uno fueron exponiendo sus quejas, soluciones y comentarios a todo lo que allí se decía.

Llego el turno de Alamë y Zirak le dio el turno de palabra. La mujer comenzó a hablar:

Mucho se desconoce del pasado de estas tierras, y mucho quedará aún por conocer; pero el viaje que Apacen y yo emprendimos al Sur nos descubrió una parte de la antigua historia del antiguo Helkelen, y de Árador en general. Hace tiempo, los reinos existentes realizaron un pacto, en prenda del cual recibieron una joya-

Zirak, observo la joya. De manufactura elfica seguramente. De líneas curvas. Alamë prosiguió:

- Es el momento de que esta reliquia vuelva, junto con la memoria de los hechos, al lugar que le corresponde- La mujer se arrodillo ante el enano y levanto los brazos y con ellos el brazalete- Entrego este brazalete, símbolo del Imperio de Helkelen en su unión con el resto de los pueblos de Árador, al Consejo en la persona del Rey, y con él renuncio a todos mis derechos, como descendiente de los antiguos caudillos, en beneficio del poder supremo de dicho Consejo. Aceptadlo y que se haga uso de él de la manera que dicte el poder de los pueblos de Formen Draugliante.

Zirak se levanto y no tomo directamente el brazalete, sino que tocando los brazos de la mujer la hizo levantarse.

-No hay hombre, enano, elfo o mediano en todo este Consejo que merezca que ningún otro se arrodille ante el.- aquella mujer de espíritu implacable, pero amable y justa a la vez siempre había impresionado al enano.- Acepto dicho presente que os pertenece por derecho a vos, a todo Helkelen Lara y a los futuros hijos de esta tierra. Por Helkelen Lara, por Formen Draugliante y por cada una de las personas de esta región prometo utilizar lo que significa este brazalete y con la ayuda del Consejo de la mejor manera posible.

Alalmë entrego el brazalete al enano que lo dispuso en su brazo. Unificando el pasando y el presente para un nuevo futuro.

[Editado por Valandin el 10-05-2007 09:59]

Laureon

Laureon contempló la escena con una media sonrisa, ligeramente conmovido. Aquella escena tenía una belleza en su solemnidad e importancia, en la postura e incluso los gestos de los dos grandes protagonistas, que no podía dejar de admirar. Dejó que terminaran los aplausos y las ovaciones por parte de todos los integrantes del Consejo —especialmente los jóvenes— y, entonces, se levantó, apoyándose en un pequeño bastón de madera. Últimamente había adoptado la costumbre de apoyarse con un cetro negro tallado —por él mismo, como era lo habitual—. Esperó a que el moderador del Consejo le cediera la palabra (un hombre ya anciano y bonachón que siempre había caído bien a Laureon).

—Escuchemos lo que Laureon de los Exiliados tiene que decir—dijo con solemnidad. El Maia hizo una leve inclinación de respeto y miró a todos a los ojos con atención. Se fijó especialmente en el rostro de los representantes de los Exiliados en el Consejo —no sólo estaba él, el número de Ancianos era proporcional a la población de cada conjunto— y todos quedaron de acuerdo en silencio. Era una práctica habitual para el Maia.

—El Brazalete es un símbolo de la prosperidad que este pueblo alcanzó en el pasado—comenzó—, y la decisión que ha tomado Alalmë, a pesar de su derecho legítimo, me parece la más correcta y honorable. Es lo que debía ocurrir; dos focos de poder nunca son buenos y, más que nunca, el país necesita ser uno, el pueblo necesita estar unido. Ahora bien, como es mi costumbre, me gustaría precisar los términos de este importante suceso —se extendieron sonrisas por la sala—; creo que nadie de nosotros ni de este país debería portar el Brazalete, ni siquiera nuestro barbudo Representante, por dos motivos principales: el primero, porque es un símbolo del pueblo y la historia, y creo que un objeto que perteneció a una Casa Real representaría, simbólicamente, por supuesto, un mayor poder hacia nuestro líder del consejo, lo cual no sería bien visto por todos. En mi opinión, podríamos ponerlo en el centro de esta misma sala, donde todos podamos contemplarla. No tiene gran importancia, pero necesitamos unidad total. El segundo motivo... —sonrío socarronamente— Creo que el brazo de nuestro magnánimo enano es demasiado grueso para un objeto tan delicado. ¿Qué opina el Consejo?

Las risas se extendieron por la sala. Era una virtud de aquellas sesiones. El ambiente festivo lo contagiaba todo.

Zirakzirak

Zirak, volvió a su sitio y se sentó. La reunión debía de seguir. Zirak observo a sus compañeros. Apacen sentado a su diestra. El humano se había convertido en uno de los pilares del reino. Gmork y Darker habían luchado como héroes y como héroes les recordaran las generaciones. Ezel y Herkeblam, tan jóvenes y ya habían presenciado tanto sufrimiento y desolación; pero aun así se han convertido en valerosos helkerianos, Zirak se sentía orgulloso de ellos. Si mirada paso sobre Hathol, su joven Hathol. El hijo que nunca hay tenido. Le quería como un padre, le cuidaría como un amigo y le protegería como rey. <<¿Cuánta veces te sacare las castañas del fuego Hathol?>> se pregunto Zirak y no puedo evitar una sonrisa.

Las veces que haga falta muchacho. dijo en un susurro.

Y miro al Laureon, un maia. Pero no un maia del Hacedor. Ese muchacho había luchado con valentía. Pero que viviera en una torre lejos de toda ciudad, que sus relaciones con todo el consejo se redujeran a Alamë y ahora a el por estar en la misma Compañía no le gustaba nada al enano. Y que decir de los rumores de sus amoríos con una capitana de Heren. Zirak había hecho oídos sordos a eso. <<Él sabe de que lado esta…la juventud es alocada…>> varias veces le había justificado. Aunque no terminaba de fiarse. Y eso de la orden de caballería. Creada sin consultar. Podía tratarse de un maia, pero vivía en una tierra de humanos y debía atenerse a las leyes de estos.

Una mano toco el hombro del rey sacándole de sus pensamientos. Era un mensajero, le entrego una nota cerrada con un lacre con runas. Zirak sonrió. Noticias de Moria, noticias de sus padres. Abrió la carta despacio y comenzó a leer.

Querido hijo:

Nos alegra tener noticias tuya, tu madre esta muy contenta de lo alto que has llegado. El grupo que venia de Formen ha llegado bien. Hace unas horas que los humanos han partido.

Tu madre esta encantada con el bebe, los lugares de guerra no son convenientes para los bebes, sean humanos, elfos o enanos. Lo defenderemos como uno de los nuestros. Haber cuando vienes a vernos.

Tu padre.

Zirak, miro a Hathol. Este giro la cabeza y se encontró con la mirada del enano. Que sonriendo le asintió con la cabeza. Hathol suspiro aliviado y sonrio.

En ese momento Laureon comenzó a hablar.

—El Brazalete es un símbolo de la prosperidad…..[...]

Zirak escucho impasible. Cuando el maia hubo terminado toco el brazo del anciano a modo de tomar la palabra.

-Mi querido Laureon. ¿Ostentar mas poder? Creo que siempre he sido un consejero justo, honrado y ecuánime. ¿Deberíamos poner el brazalete en un cámara? Para que termine como empezó todo. Encerrado en una cámara donde las generaciones se olviden de el. No mi querido amigo. Fui elegido por vosotros como Gran Consejero. He luchado codo con codo con vosotros. He sangrado con vosotros. No he engordado en palacio mientras otros morían por mi. Los herederos de las antiguas tribus de Helkelen Lara han decidido que el portador del brazalete es el Gran Consejero, como lo soy yo ahora como lo fuiste anteriormente y como lo será otro.-en la sale se había hecho el silencio por las palabras del enano.- No quiero mas poder del que tenéis todos y cada uno de los miembros del Consejo. Ni nunca he querido mas.- Zirak hizo una pausa.- La unidad de este pueblo ya esta de sobra comprobada mi amigo. La unidad y la valentía de los helkerianos no reside en un brazalete, símbolo de la antigüedad. Reside en todos y cada uno de los corazones de los hombres, elfos, enanos, medianos que crecen, viven y descienden esta bella tierra. Ahí es donde esta la verdadera esencia de este pueblo y de sus gentes.-Zirak sonrió.- Y respecto a que no me entra, no soy tan robusto como mis hermanos de la casa de Durin o Sindi.-rió el enano

[Editado por Valandin el 11-05-2007 11:39]

Herkeblam

Herkeblam observaba atónito a todos los que hablaban al consejo, sentado a la izquierda de su gran amigo Apacen, estaba Zirak el Gran Consejero, al que no veía desde la destrucción de la cuarta compañía de Formen. <<Muchas batallas han pasado ya viejo amigo>>. Pensó para si el muchacho.

—El Brazalete es un símbolo de la prosperidad que este pueblo alcanzó en el pasado y la decisión que ha tomado Alalmë, a pesar de su derecho legítimo, me parece la más correcta y honorable. Es lo que debía ocurrir; dos focos de poder nunca son buenos y, más que nunca, el país necesita ser uno, el pueblo necesita estar unido. Ahora bien, como es mi costumbre, me gustaría precisar los términos de este importante suceso —se extendieron sonrisas por la sala—; creo que nadie de nosotros ni de este país debería portar el Brazalete, ni siquiera nuestro barbudo Representante, por dos motivos principales: el primero, porque es un símbolo del pueblo y la historia, y creo que un objeto que perteneció a una Casa Real representaría, simbólicamente, por supuesto, un mayor poder hacia nuestro líder del consejo, lo cual no sería bien visto por todos. En mi opinión, podríamos ponerlo en el centro de esta misma sala, donde todos podamos contemplarla. No tiene gran importancia, pero necesitamos unidad total. El segundo motivo…. Creo que el brazo de nuestro magnánimo enano es demasiado grueso para un objeto tan delicado. ¿Qué opina el Consejo?- Terminó así de hablar Laureon, con el que pocas veces Herkeblam había intercambiado palabras, pues estaban en diferentes compañías y no se veían apenas.

Muchas cosas le pasaban a Herkeblam por la cabeza, pues hasta hace poco no conocía la existencia de ese brazalete.

Se levantó entonces Zirak, tocó el brazo del maia para tomar la palabra y dijo:

-Mi querido Laureon. ¿Ostentar mas poder? Creo que siempre he sido un consejero justo, honrado y ecuánime. ¿Deberíamos poner el brazalete en una cámara? Para que termine como empezó todo. Encerrado en una cámara donde las generaciones se olviden de el. No mi querido amigo. Fui elegido por vosotros como Gran Consejero. He luchado codo con codo con vosotros. He sangrado con vosotros. No he engordado en palacio mientras otros morían por mí. Los herederos de las antiguas tribus de Helkelen Lara han decidido que el portador del brazalete es el Gran Consejero, como lo soy yo ahora como lo fuiste anteriormente y como lo será otro.-en la sale se había hecho el silencio por las palabras del enano.- No quiero mas poder del que tenéis todos y cada uno de los miembros del Consejo. Ni nunca he querido mas.- Zirak hizo una pausa.- La unidad de este pueblo ya esta de sobra comprobada mi amigo. La unidad y la valentía de los Helkerianos no reside en un brazalete, símbolo de la antigüedad. Reside en todos y cada uno de los corazones de los hombres, elfos, enanos, medianos que crecen, viven y descienden esta bella tierra. Ahí es donde esta la verdadera esencia de este pueblo y de sus gentes.-Zirak sonrió.- Y respecto a que no me entra, no soy tan robusto como mis hermanos de la casa de Durin o Sindi.-rió el enano.

Sentado ya el enano, Herkeblam le hizo un ademán para tomar la palabra, y este se lo devolvió con una grata sonrisa.

-La guerra se ha acabado, ya no habrá mas reyertas ni asquerosas escaramuzas entre pueblos vecinos, ni grandes batallas en las que nuestras familias peligra, nuestros camaradas regresan ya de las tierras lejanas de dar su vida por Helkelen. No, no veo mejor símbolo para unificar nuestra paz, demostrar nuestra unidad y valentía que este brazalete, dejarlo en una cámara para que se pierda en la posteridad, no, no, y quien mejor para llevarlo que nuestro Gran Consejero, ya que Alalmë su dueña legitima ha renunciado a él-Concluyó así Herkeblam, dando su opinión al consejo.

Laureon

Laureon sonrió. Sabía que su propuesta no sería aceptada con facilidad. Las dos partes, los dos puntos de vista eran comprensibles, de modo que no podía recriminarle nada. Siempre solía hacerlo; siempre solía dar su opinión —muchas veces, de no mucho agrado para los demás integrantes del consejo— para que, al menos, se escucharan otros puntos de vista. Él no siempre permanecería allí, en aquel lugar que había amado tanto, y quizá llegaría un día en que llegaran tiempos malos para Formen. De hecho, estaba seguro.

—Entiendo la postura de todos vosotros —dijo— pero no me malinterpretéis. Jamás cuestionaría, Eru mediante, la honestidad del Gran Consejero. Te he conocido y hemos compartido alguna batalla juntos, Zirak, y creo que ambos nos comprendemos y toleramos bien. No me refería a eso.

»Muchos de los aquí presentes saben que yo no soy normal. No soy un humano ni tampoco un elfo; mucho menos un enano (¡Eru me libre! :P). Unos me llaman Maia en la lengua de los elfos, otros espíritu de la tierra. En cualquier caso, eso no importa. Pero soy inmortal. Y como tal, tiendo a ver las cosas a largo plazo. Me atrevo a aventurar que este país vivirá prosperidad en tu época, Zirak, aunque en cualquier caso eso debería serle preguntado a Apacen —sonrió—; pero vendrán nuevos Consejeros. Los enanos son duros de roer, pero finalmente mueren. Vendrán nuevos tiempos. Nuevos peligros. Y, por desgracia, el carácter de hombres y enanos es tan variable que habrá buenos y malos gobernantes. El problema de un objeto de este calibre es que, quizá, sólo quizá, pueda ser usado para suprimir este Consejo. No hablo de cien años. Hablo de quinientos, mil, dos mil años. En tanto tiempo pasan muchas cosas. El Brazalete es un símbolo. Un símbolo de lo que fue esta tierra en el pasado. Y los símbolos pueden ser usados para bien, como propone este consejo, o para mal, lo cual no ocurrirá hasta dentro de mucho tiempo; es mi obligación mirar más allá. No nos engañemos. Draugliante caerá, como todos los reinos de Hombres, tarde o temprano. Por mi parte, preferiría conservar el más tiempo posible las bellezas de esta nación. Es un tema complejo e interesante. Como todo —concluyó con una sonrisa.

Cómo le gustaba aquello. Desquiciar al Consejo era una de sus mayores aficiones. Aunque, si de sus palabras podía salir algo bueno, tenía que intentarlo. Por el pasado, Helkelen Lára; por el futuro, Draugliante. Cuando algo no le parecía del todo bien, era bueno que lo manifestara, aunque no gustara a todos. Si se callaba o le obligaran a callar, Laureon habría entendido el fin de un lugar tan bello y de su libertad, tan mal vista por sus enemigos.

Gmork

Gmork miraba a todos los que ya habían hablado y exhaló un suspiro de resignación. Se pasó una manó por el pelo, que ya rondaba sus hombros y llevaba ajustado con una cinta carmesí sobre la frente e hizo ademán de tomar la palabra. Cuando todos se hallaban esperando una respuesta habló.

- En mi más humilde y modesta opinión... Creo que ese brazalete debería haberse quedado en las tripas de la piedra donde estaba y no haber vuelto de allí –los demás consejeros le miraron sorprendidos – Ya que este brazalete, creo, acabará trayendo nuevos problemas. Comprendo el punto de vista de quienes aquí se hallan. E incluso, apoyaría las palabras de nuestro Gran Consejero encerrado en una cámara donde las generaciones se olviden de él no es el mejor lugar para guardarlo... pero apoyo más las de Laureon. En un futuro, quizás demasiado lejano, este brazalete podría ser usado para destruir nuestro consejo. Este que entre sangre y espadas hemos defendido de las amenazas del exterior... –Gmork acentuó sus palabras siguientes – Y que podría terminar siendo amenazado desde el interior. Por muchos guardias, o nobles capitanes que pusieramos para defender el objeto. Si alguien quisiera obtenerlo, acabaría consiguiéndolo. Y eso, podría significar no el fin de nuestro consejo, si no, el fin de nuestro reino. Pues una guerra entre hermanos, rompe mucho más un ideal, un compañerismo, una hermandad, que cientos... ¡que digo! Miles de invasiones. Dioses... no hemos dejado aún el objeto en manos de nadie, y ya se está separando la opinión de nuestro consejo. Es lógico, pues para eso lo formamos tantas personas, y es normal que tengamos diferentes puntos de opinión... pero, cuando ninguna parte cede... al final se pierden los modos, al perderse los modos, solo queda el respeto a los demás... sinceramente, esto no parece ser más que una votación sobre qué hacer con el brazalete. Yo, debido al tiempo que he pasado en batalla, ignoro sus poderes, pero como mero símbolo, ya está creando división de opiniones...

Gmork dirgió su mirada al público que le oía. Carraspeó un poco bebió de su copa y rascó su nuca, algunos de los allí presentes parecian no haberle comprendido, y el capitán pareció deducirlo. Y añadió:

- Este brazalete, traerá más daños que las curas que nos ha proporcionado.

Apacen

Apacen permaneció en silencio, atento a todo lo que ocurría a su alrededor; captando cada palabra, cada movimiento. Aquello para lo que sus maestros le habían enseñados, a leer entre líneas, a conocer las motivaciones de los interlocutores.

“Si tan solo conocieran la verdad sobre ese objeto”-pensó para sí Apacen.

Apacen sonrió, se levantó de su asiento y se adelanto unos pasos, después se apoyo sobre su bastón, se sentía cansado.

Los símbolos tienen el valor que les da la gente, por sí solo un símbolo no significa nada. – Sentenció Apacen, para luego continuar - Por ahora este brazalete ha cumplido su propósito, así que no tenéis nada que temer querido Laureon, su poder esta agotado. Aunque pronto tendremos que enfrentarnos de nuevo a un antiguo poder ….

Después dio media vuelta y volvió a su sitio. Lo último que dijo al consejo fue:

"No hay escapatoria... pagamos por la violencia de nuestros antepasados." –

Alalmë

Alalmë asistía impertérrita a la discusión, sólo dijo al oído de Apacen cuando se sentó:

Si llego a saber esto, lo entierro por el camino.

Y se aguantó por una vez las ganas de polemizar.

Hathol Karkar

Hathol observaba distraído y con fingida atención la discusión que mantenían sus camaradas a cuenta del dichoso Brazalate, pues su mente vagaba muy distante de esa sala y de lo que allí acontecía...

[...]

Jardines del Palacio de Ost-En Äel, cinco días después del rapto de Aiwëndil.

Hacía una mañana espléndida, no había ni una nube en aquel cielo azul y límpido, la atmósfera era cálida pero no agobiante, y un fresco aroma de flores inundaba aquel recinto tan bello en medio de unas tierras tan frías. El Jardín, también llamado Jardín de la Fuente, no era muy grande, estaba dividido en callejuelas empedradas que se cruzaban unas con otras, a los lados crecían flores, setos y varios tipos de árboles, no obstante, todas las callejuelas desembocaban en el centro del Jardín, donde se encontraba la fuente que le daba nombre, conocida como la Fuente de la Doncella. La Fuente era un pequeño estanque circular, lleno de agua y nenúfares, en cuyo centro de alzaba la figura, esculpida en piedra, de una bella doncella de cabellos largos y rostro angelical, la figura iba ataviada con una sencilla túnica sin mangas que le llegaba hasta los tobillos, y sobre su hombro derecho portaba un pequeño cántaro, del cual brotaba agua constantemente hacia el estanque, en una eterna renovación de las aguas de esa fuente. Nadie conocía el artificio que hacía posible ese hecho, mas tampoco nadie nunca se había molestado en averiguarlo.

Esa mañana, Hathol paseaba tranquilamente por el Jardín, vestía una sencilla túnica larga con los colores de Formen (morado y azul), ceñida a la cintura por un cinturón del que colgaba Fealóke, de la cual nunca se separaba. Al rato llegó a la Fuente de la Doncella, la contempló largamente, era muy hermosa. Después, se sentó en el borde del estanque, observando las aguas cristalinas.

-Si no vas con cuidado te vas a caer al estanque- gruñó una voz a su espalda. Hathol sonrió.

-Veo que te has despertado de buen humor esta mañana- dijo el humano, volviéndose hacia el enano.

-Por el contrario, no se puede decir lo mismo de ti, mi joven amigo- dijo Zirak, sentándose al lado de Hathol- Veo tristeza en tu mirada, ¿qué es lo que te aflige?-.

-Mi hijo- dijo Hathol.

-¿Tu hijo?- dijo sorprendido el Rey- Aquí está mejor atendido que en ningún sitio, vamos, no te preocupes.

Hathol calló y siguió observando las aguas por unos instantes, que brillaban con intensidad bajo los rayos del sol, y a través de ellas podían verse pequeños pececillos de varios colores que nadaban lentamente bajo aquella misteriosa fuente.

-No es eso- dijo al fin el humano- Por supuesto que sé que aquí está muy bien atendido, no le falta de nada, eso puedo asegurártelo. Lo que me preocupa es otra cosa. Estamos en guerra, y la guerra no es lugar para un niño tan pequeño.

-Bien- dijo Zirak- pero ten en cuenta que el final de la guerra ya está cerca, para bien o para mal, pero la guerra termina.

-Es cierto- dijo Hathol- y precisamente por eso temo por él, no quisiera que en el último momento le ocurriera nada, ¿comprendes?

-Te entiendo- dijo Zirak- pero...¿qué propones que hagamos con él?

-Bueno...-dijo Hathol, dubitativo- mi idea es alejarlo de aquí tanto como sea posible, incluso alejarlo de Árador misma, el problema es que no sé ni a dónde ni con quién mandarlo.

-Eso podría tener una solución más fácil de lo que crees- dijo Zirak, mesándose la barba, pensativo- ¿Te suena el nombre de Moria?

-Moria...- repitió el humano- Sí, en mi tierra, en Dor-Lómin, allá lejos en Beleriand, se cuenta que en algún lugar de las Montañas Nubladas se esconde un reino enano de grandes dimensiones, habitado por cientos de Enanos, que esconde muchas y preciosas riquezas. Khazad-dûm la llaman en tu lengua. ¿Por qué me preguntas eso?

-Porque allí viven mis padres- respondió Zirak. Hathol lo miró estupefacto- ¿Qué te parece si enviamos allí a tu hijo? Mi gente lo atenderá más que bien y lo defenderán con su propia vida si es necesario, pues los Enanos somos así con nuestros niños. Además, le vendrá bien pasar una temporada criándose con Enanos. ¿Y bien, qué dices?

-Yo...no sé qué decir- balbuceó Hathol, aturdido.

-Bah, no digas nada- gruñó Zirak- Está decidido, el niño irá a Moria y no se hable más. Siempre dices que soy como un padre para ti, pues buen, mis padres son como tus abuelos y del mismo modo son los bisabuelos de Aiwëndil, así que no discutas con tu padre.- rió Zirak.

-Te lo agradezco mucho amigo...padre- dijo Hathol cuando se hubo recuperado un poco de la impresión- Pero...¿cómo lo llevaremos allí? El camino es largo y hay sendas muy peligrosas de aquí a Moria.

-Mi gente conoce senderos bajo tierra que ni elfos ni humanos ni orcos han hollado jamás, así que descuida. Enviaré a un grupo de Enanos de la Corte para que lo lleven allí, junto con una misiva para mis padres explicándoles el asunto. Y no me mires así, tú no irás, te necesito en la batalla, debes defender Ost-En Äel de esa dichosa compañía de Farothdin que se empeña en arrasarla.- dijo Zirak.

-De acuerdo- dijo el humano, resignado.

-Bien- concluyó el Enano- Este asunto está zanjado...por cierto, ¿sabes algo de Vanadessë?

Hathol negó con la cabeza.

¿Qué sientes por ella?- preguntó directo el Enano.

El Humano pensó durante unos instantes, al fin habló.

-Ciertamente no lo sé, han ocurrido muchas cosas entre nosotros, cosas desagradables que nos han distanciado mucho. Lo único que sé es que ese sentimiento tan puro y tan apasionado que sentía por ella se ha desvanecido, no obstante...en un futuro...quién sabe.

Hathol juntó sus dos manos a modo de cuenco, las sumergió en las cristalinas aguas del estanque, las sacó, las cercó a sus labios y bebió. Su vista se desvió hacia el rostro de la Doncella, y por un momento le pareció que sonreía.

Quién sabe...

Zirakzirak

La conversación esta tomando un matiz que no gustaba a Zirak. Nunca había oído tanda distensión en la sala del Consejo.

<<Bien…si tanto os preocupa el brazalete se fundirá y se harán anillos para cada uno de los Consejeros…>> pensó el enano.

Le costaba respirar. El maldito aire no entraba en sus pulmones. Respiraba con pesadez. Cada inspiración era como una prueba de proeza. Como levantar un Mumakil con una sola mano. El enano bajo los ojos al suelo. El suelo comenzaba a convertirse en una neblina oscura.

<<Ya no eres un niño, Zirak, son 150 años los que corren a tus espaldas y esta maldita guerra te ha envejecido>>

Oía las palabras a su alrededor pero no las escuchaba. Su corazón latía cada vez mas fuerte. El aire no entraba en sus pulmones. Apretó los reposabrazos de su asiento que crujieron ante la fuerza de los brazos del enano.

Dolor, su brazo izquierdo comenzó a emitir un dolor agudo, como miles de agujas clavándose en el, después nada…

Zirak hizo el aman de levantarse, de tomar la palabra.

-Yo…

El Alto Consejero callo al suelo inconsciente.

Laureon

Cuando el buen enano cayó al suelo, un silencio estupefacto y horrorizado cundió en las salas del Consejo. Unos instantes preciosos pasaron antes de que se produjeran las primeras reacciones. Finalmente algunos saltaron de sus asientos y corrieron a pedir ayuda médida. Laureon pestañeó y recuperó la frialdad. Por una vez, maldita mi testarudez, pensó mientras corría hacia el enano. Ya algunas personas se reunían allí. Tomó a Apacen del brazo y entre ambos, con la ayuda de uno de los consejeros, levantaron el voluminoso (y pesado) cuerpo de Zirak y lo sentaron en el sillón del Alto Consejero. Alalmë corrió a ver si podía ayudar en algo y se dedicó a observar los síntomas del enano. Laureon acarició concentrado la frente rugosa y áspera de Zirak, pero empalideció. No sentía nada; no sólo eso, no era capaz de invocar su poder. Y entonces se dio cuenta de lo cansado que estaba. Aquella guerra había consumido su energía de tal modo que lo había dejado seco como un árbol muerto. Retrocedió unos pasos, aterrado, y suspiró. Durante un tiempo, ya no podría realizar las proezas que le habían hecho querido entre la gente de .

—Al diablo... —murmuró—. ¡Llamad a los médicos! —rugió—. ¡Hemos de llevarlo a las Casas!

Entonces Hathol acudió con presteza (había tardado un poco más que los demás en darse cuenta de la situación, dado que mientras otros discutían sinsentidos él se había detenido a pensar en cosas más importantes) y junto a Gmork, Apacen, Alalmë y Laureon, tomó el cuerpo aún inconsciente de Zirak.

Gmork

Los hombres trasladaban al enano mientras Alalmë intentaba que volviera en sí. Faltaba aún un trecho cuando Gmork susurró con un poco de aliento: “¿Alguien ha cogido el brazalete?” Todos seguían con el rey entre sus brazos, y mostraron oídos sordos al capitán. Hathol, sudoroso respodió secamente: “Tranquilo, si alguien lo quiere, tendrá que enfrentarse al resto del consejo. Sigue ayudandonos y callate. Esto es mucho más importante”

Las casas de curación se divisaban ya a unos metros y Älalme dio una voz para que salieran los sanadores. En cuyas manos dejaron al Gran Consejero. Uno de los ayudantes sacó una jarra con agua mientras dentro, Älalme y los sanadores hacían lo imposible por reanimar al rey. El silencio reinaba en la entrada. Apacen tamborileaba sobre su jarra con los dedos y hathol andaba de un extremo al otro del camino de arena trazado en el suelo. Laureon miraba sus manos pensando en algo y Gmork resoplaba aun en el suelo.

Intentó quitar algo de hierro al asunto y comentó:

- El rey esta algo pesado ultimamente... debería comer con más moderación –todos lo miraron con unos ojos que daban a entender de nuevo que guardara silencio.

- Está cansado. Mucho –susurró Apacen.

- Aún así... – Gmork intentaba hablar de nuevo, ignorando esas miradas –Chicos. Ignoro si ese brazalete tendrá o no aún poder... pero esto puede desembocar en una guerra civil. Nuestro Consejero está enfermo... débil... quizás...

- ¿Qué? –preguntó Hathol.

- Quizás haya sido envenenado... quizás necesite unas vacaciones... – Gmork no sabía qué decir, pero hablar lo tranquilizaba un poco.

- Quizás las necesitemos todos –interrumpió antes de apurar del todo su vaso Apacen.