Uzbad Kibil
Fin Guerra: Formen-Draugliante se retira del Combate
Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 15
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 25
Victoria para Realengo
Se produce saqueo

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:05:20:17:13:59
Fin Guerra: Formen-Draugliante se retira del Combate
Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 15
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 25
Victoria para Realengo
Se produce saqueo
Mucho se rumoraba, entre los soldados de los ejércitos de las dos compañías más poderosas de Farothdin, que se habían reunido en inmensas fogatas, dejando sólo a unos pocos aislados; hablaban sobre la reunión de los reyes, con sus generales más cercanos.
La Compañía III, había abandonado estrepitosamente su campaña en el sur, dejando el control de la capital de Harad-Draugliante, para avanzar rápidamente hacia el norte, a la capital de Draugliante del norte: Ost-En-Aël. Ahí, la tropa de Ilimo, ya les esperaba. Se decía que aquella reunión, finiquitaría por completo, la guerra que se tenía con los hombres del frió, pero la verdad, era que nadie sabía el porqué de esa estrategia tan repentina. Por otro lado, se hablaba de la exclusión del Ainahar, que no se encontraba muy lejos, en la ciudad de Mirianost.
Hacia ya un buen rato, que los reyes se habían encerrado en su carpa, con los regentes de Oron y la doncella cuervo. Los elfos de Izilsurias no habían asistido a la reunión, por cuestiones que solo la dama del hielo conocía, sin embargo, el rumor del deterioro mental de Nameless iba en aumento y muchos conocían del arresto en el que se encontraba, ordenado por Ilimo, pocas semanas antes. Aquel consejo hubiera durado hasta el amanecer, de no ser por la salida repentina de Narquelië, que avanzó entre las tiendas, hasta posarse en los lindes del recién levantado campamento. Ahí la mujer esperó.
Poco a poco, en la lontananza, comenzó a verse a un grupo de hombres y elfos, que aumentó de numero, en la medida en la que cruzaban el río verde.
Todo el ejército se sobresaltó al darse cuenta que no era otro, que la tropa del Ainahar y en la vanguardia, venia Eleanor con la cabeza en lo alto. Quariel corrió a recibirles y para la sorpresa de muchos, le dio un abrazo a la elfa de blancos cabellos, las dos avanzaron entonces y se metieron de nuevo, en la tienda de los reyes. Estos se levantaron al instante, Narquelië tomó la mano de Narmince y la sostuvo fuertemente. Sintió entonces como Izilsurias le fulminaba con la mirada; Ilimo por otro lado, no miró de buen grado a Eleanor, no por el hecho de su presencia, si no por la inminente relación que le unía a la asesina del Lirio.
Narquelië hablo sobre la situación del Ainahar y de lo injusto que le parecía, la actitud de la Rosa, hacia la masacre que habían sufrido, no hacia mucho tiempo; sin embargo el rey dio una versión contraria, sí no había sido llamado, era por su propio bien. Quariel explotó, pero Narmince le retuvo con la mano y hablo sin inhibición alguna.
-No está mal hecha la suposición de la Doncella Cuervo, mi rey. Puesto que usted ha ignorado como pocos, el entrenamiento diario y la falta de recursos de mi compañía. Es más, dudo que otra, haya sufrido hasta más allá del agotamiento de la mía... Bien claro esta que en esto puede poco fijarse alguno de los dos Reyes, tan ocupados en tierras y peleas tontas como la de oponerse a una simple amistad. Sepa entonces, que sí la orden puede poner tanto énfasis en eso, sus fuerzas tan malgastadas explican tanta pérdida, como la caída de mi compañía… sí se me permite agregar, prefiero venir malherida y morir que estar en una cama de hospital o volver a la sombra del Rey, cuya sabiduría no sabe utilizar.
-Justas son tus palabras Eleanor-respondió Ilimo-Más debes moderar tu boca Señora de Hrota, porque en la guerra, poco sirve la sabiduría o la bondad- Entonces el rey, se dirigió a todos los presentes, como un padre, que da una lección a sus hijos- Una vez que se entra en el campo de batalla, todo lo que nos liga a la razón y a la bondad, desparecen y dejan paso, únicamente al deseo de la victoria. Olvidamos que el ser que está enfrente de nosotros, es un padre, un hijo…un hermano, un amigo, un esposo. Sólo vemos, al enemigo, un ser que detesta nuestros preceptos y al que hay que desechar.
-Eso mismo pasa con ellos-remató sabiamente Thelidor, que hasta ese momento se había mantenido callado-No importa, como le llames al enemigo, al final siempre actuarás como él, porque la guerra ya no distingue, entre un ideal u otro. Sólo hay sangre…y dolor, de parte de cualquier bando.
Y aquí terminaron las horas de debate siguiéndose de las palabras de guerra, las estrategias se confirmaron... hasta que la carpa fue abandonada por cada uno de ellos, excepto por Eleanor y Narquelië.
En ese mismo silencio y en esa soledad, la elfa nandor abrazó con fuerza a la Doncella Cuervo dejando caer lágrimas ahogadas sólo por aquella noche.
[…]
Todos se fueron, dejando al mando a Eleanor y a Narquelië, que a los pocos días, comenzaron a organizar la recién formada compañía, para un ataque directo a Ost-En-Aël.
Una noche, mientras cenaban tranquilamente, se oyó el sonido de unos cuernos elfos y a continuación, el estruendo de una marcha.
Salieron de la carpa para ver que sucedía. Había llegado Featarya y detrás de él, venía un increíble ejército. Aquellos hombres vestían largas capas azules, debajo de las capas portaban unas armaduras impecables y cómodas, arcos artesanales y espadas perfectamente trabajadas con acero elfo y con la punta de mithril, al igual que las armaduras.
Caladan se acercó a las dos capitanas. Eleanor se mostró indiferente, mientras que Narquelie quedó sorprendida al ver a ese grupo, sin saber de su existencia, y más aun por el elfo, que pensó, jamás vería. Featarya hizo una reverencia al llegar a ellas.
-Así que esto es lo que te encomendó Ilimo -dijo Quariel con un acento frió- ir a buscar a éste ejército de elfos para la guerra.
-Sí y no -contestó el elfo con su humor de siempre- me encomendó armar un ejército y llevarlo a la batalla cuando estuviese listo… ahora lo está, he gastado todas mis riquezas para formarlo. Y no solo esta compuesto por elfos, también por hombres. Y los enanos se merecen un reconocimiento por haber fabricado las armas y armaduras junto con el conocimiento de los Noldor. Como ves, éste fue el resultado de haber juntado la fuerza de todos.
- ¿Dónde lo tenías escondido?
-En Opelë Anarórë... Sólo Ilimo y yo sabíamos de esto-Miró con una traviesa sonrisa a Narquelie- y ya que estaba ahí, aproveche para conseguir varios secretos que guardaba la ciudad.
A la mujer le hirvió la sangre, ahora entendía porque el rey no la dejaba entrar a la villa. Ahí escondido en lo más profundo, se encontraba “la última esperanza” de Farothdin; un arma, que no provenía del Lirio y que por tanto no le pertenecía.
-Espero que no pienses que son mejores que mis hombres- dijo soberbia.
-En realidad no pienso eso -la respuesta del elfo era la menos esperada por la doncella cuervo- no puede ser mejor porque estos hombres también son tuyos, éste ejército esta tanto a mi mando como al mando de ustedes. Eso sí, deben darles toda su confianza, está formado por la mejor clase de guerreros y de personas que encontré. Es hora de dejar nuestras rivalidades, Narquelië, en ésta batalla quiero pelear a tu lado, encabezando todo éste ejército.
- Me vas a hacer llorar-dijo Narmince con ironía y tras reírse de su pequeña broma siguió- Tu tropa no la tocará Quariel, sí su voluntad me lo permite; tus hombres estarán con los míos. Así las rivalidades no serán problema ni este, ni otro día.
-Elfos-le interrumpió Narquelië- ¿Hasta cuándo dejaran de sorprenderme?... déjame a solas con él-Narmince le miró sorprendida, la mujer le sonrió- No te preocupes, sus hombres son todos tuyos.
Por un momento se miraron, con una complicidad que nadie conocía, Eleanor le sonrió y les dejó a solas.
Las ultimas palabras del elfo resonaron en su cabeza, trató de no mirarle a los ojos, porque detestaba aquel trato, tan respetuoso, sin macula alguna…así era como Eleanor la había tratado al principio, como una mujer, no como la asesina de Izilsurias. Un suspiro salió de sus labios, entonces estudió a aquellos hombres, su forma de hablar y actuar, su manera de moverse. Tras un buen rato, comprendió, que aquellos soldados, eran demasiado diferentes a ella y que por más buenos guerreros que fueran, no podía mandar sobre ellos, por que tenían algo que Narquelië no obtendría hasta su muerte: La libertad.
Miró a Featarya y ésta vez lo hizo directamente a los ojos. Y ya no le vio como un rival, ya no era un elfo, ahora…era su igual y nada más.
-Yo no puedo dirigir a tu ejercito, no negaré que son buenos, les has entrenado bien; pero ellos pertenecen a tu mundo… y no al mió. Además, no me seguirán, porque nunca podré confiar en otros, que no sean los que yo misma entrené-Narquelië entonces, sonrió de buena gana y puso una mano sobre el hombro de él- Sin embargo… y sí me lo permites, estaré contigo en la batalla que tenemos por delante y juntos dirigiremos al ejercito de Farothdin y no más, al de la Rosa y el Lirio.
Y Featarya alcanzó a sonreír.
(...)
"Cierra los ojos..", se dijo a sí misma Narmince, respiró profundo aquél aire frío. Un viento sopló con fuerza, quitándole la capa bruscamente… abrió los ojos mirando al cielo.
La noche le traía malos recuerdos, más aquella en la que Tilion iluminaba solo la oscuridad reinante.
Sí Eleanor hubiese sido una arquera más, estaría preparando sus flechas para el ataque, dejando atrás todo miedo posible, pero ella era una capitana, una que sólo hizo una plegaria a Eru en silencio.
Nunca se sabría de aquél ruego pero sería en lo único que creería esa noche.
Sintió unos pasos hacia ella y se volteó.
-¿Todo está listo?
La humana asintió en silencio, la elfa sonrió. La mujer se retiró y Eleanor dio media vuelta, alcanzó a ver los estandartes del ejercito y como si de una fantasía se tratase, comenzó a escuchar un suave canto, una melodía que inundaba el corazón de cada soldado, un canto que hablaba de la fortaleza y la esperanza. Al buscar al interprete, se encontró con Featarya, que ya estaba a la vanguardia de la compañía, él como ella, también miraba hacia el cielo. Aun, aquella noche sin estrellas, parecía hermosa a los ojos del elfo, el viento surcó su rostro, Manwë le daba su bendición para pelear.
Cada componente del ejército, estaba formado por hombres y elfos de cualquier orden, intercalados los unos con los otros, dejaban claro, que la división de la Rosa y el Lirio ya no existía. Solo el batallón rojo, se distinguía por sobre los demás, aquellos hombres orgullosos y altivos no se habían mezclado, los asesinos de Farothdin, serían siempre como su propia naturaleza les indicaba ser… Pero Narquelië no estaba con ellos, Eleanor la divisó caminando entre los soldados, hablaba por debajo con su primer oficial, el hombre le tendió un frasco y desapareció entre los soldados. La mujer entonces volteó hacia ella, le sonrió y le indicó con la cabeza que ya era hora. Se reunieron entonces con Caladan, el canto del elfo se intensificó y con una señal de mano el ejército de Farothdin avanzó.
El enemigo los localizó desde la distancia y les sorprendieron con una ronda de flechas que los escudos interceptaron a tiempo. Farothdin se compactó y avanzó hacia la muralla. Eleanor vio por ultima vez a Narquelië y alcanzó a notar, como ella y sus hombres injerían un liquido oscuro, rompían el frasco en el piso y cerraban los ojos por un instante… la elfa tuvo un mal presentimiento.
Un cuerno sonó y las flechas Farothdianas, hicieron lo suyo. El grueso de la compañía se dividió en tres, a la derecha estaba Narmince, al centro Quariel y a la izquierda Caladan. Una brecha se abrió y los ents pasaron entre los soldados, primero lanzaron enormes piedras, que dieron justo en el blanco, después empujaron la puerta.
Formen no se quedo a la expectativa, sin embargo, el numero de sus defensas era pobre, comparado con el ejercito de Farothdin. No paso mucho tiempo, para que la puerta se abriera.
Narquelië le gritó a Featarya y le indicó que era el momento para entrar, después el batallón rojo se internó por las murallas, matando a los defensores, que caían como moscas. Caladan entró con su frente y le hizo competencia a la mujer… sin embargo él también notó un cambio en aquellos soldados vestidos de rojo, algo estaba pasando dentro de ellos, cuando quiso acercarse, Quariel le miró por ultima vez y luego desapareció entras las calles de la ciudad y con ella, la mancha roja, que ya no controlaba sus movimientos. Los elfos, ya no volvieron a ver a Narquelië y al batallón rojo.
Narmince entró tras la fila de Featarya, le dio un escalofrío en la espalda. Se arrodilló y mojó una flecha en aquella sangre tibia. Luego se irguió y miró a aquellos que siguieran sus órdenes.
Eleanor sonrió y con aquella flecha, mató a un soldado detrás del grupo.
- Aún quedan muchos aquí, muchachos. Los de Ainahar, síganme... el resto, suban y maten a quién vean. Esta noche no hay prisioneros, sólo muertos y sangre seca
Tras decir esto la elfa se internó en la ciudad junto con los soldados que fueran de su compañía mientras los gritos y la oscuridad les rodearon.
Featarya se adentró a las calles con su ejército detrás Comenzaron a rodear la ciudad por dentro, no se veían destrozos, era señal que Narquelië no había pasado por ahí. De hecho, todo estaba muy tranquilo, se mantuvieron juntos sin dispersarse, hasta que se presentó la trampa esperada. Fueron emboscados por arqueros en los balcones de aquellas calles, desafortunadamente algunos cayeron; ellos respondieron con sus arcos, pero aunque fueran mejores no tenían blancos fáciles. De repente soldados enemigos salieron de los edificios para acabar con los arqueros, pero los elfos reaccionaron a tiempo, aquellos que se encontraban al borde de las filas sacaron las espadas, mientras que en el centro siguieron atacando con sus arcos a los centinelas de los balcones. Featarya se encontraba luchando con su espada cuando una flecha cayó en su torso, sin embargo no se detuvo y siguió atacando sin importar sus heridas. Aquel ejército estaba demostrando la audacia y la grandeza para la que fue preparado.
Sin embargo, aquella tranquilidad de ese lado de la ciudad, contrastaba enormemente por las calles que se acercaban más a los lugares importantes. El batallón rojo, mató a muchos hombres del norte, habían entrado a las casas y asesinado a soldados escondidos o que simplemente trataban de defender a alguna familia. Y por irónico que pareciera, no tocaron a mujeres o a niños, a sabiendas de que su señora, aplicaría un enorme castigo si lo hacían. Para ese momento Narquelië ya no sabia lo que hacia, su baile llego a su punto culminante, cada vez que mataba sentía la sangre en su cuerpo y veía como la luz de cada ser viviente desaparecía con la oscuridad de la noche, ya no estaba en el plano de los vivos, ahora miraba el mundo intangible e imperecedero de su propio éxtasis. Cuando una flecha impactó en su pierna, no sintió siquiera el dolor, el desdichado, murió pocos segundos después de haber disparado con el arco.
Fue entonces cuando por detrás la tomaron por la cintura. Era una sombra femenina rodeada de hombres que habían salido por la retaguardia.
Dos se quedaron con ellas y el resto se dispersó, siguiendo los pasos de aquélla secuela de sangre.
-Tranquila, Doncella Cuervo-le dijo en el oído mientras le recostaba.
Narquelië no hizo caso y empezó a movilizar sus manos lentamente, buscando algo con lo que lastimar a aquella mujer.
Ella, mientras tanto, abría la parte en la que la humana había recibido la flecha. Luego de examinar la herida sacó un par de tiras de tela de su camisa.
Fue entonces cuando la humana encontró lo que buscaba, sus manos tomaron con fuerza un trozo afilado de vidrio, mientras aquella sombra femenina sacaba algo de su cinturón.
Sin esperar más, Quariel intentó clavarle aquél trozo de vidrio en el cuello, más la figura fue rápida y evitó su asesinato, cortándose la mitad de la mano, la fuerza de la atani siguió insistiendo contra la resistencia de ella.
-¡Detente, Quariel! ¡¿Acaso quieres matarme?!-dijo aquella voz.
Era Eleanor quién le había gritado y sujetado contra su voluntad.
[Editado por tari el 14-05-2007 23:37]
Aún no había amanecido en las frías tierras de Formen-Draugliante, y su capital, Ost-En Äel, aún no había despertado del sueño nocturno, un sueño intranquilo, el sueño de una ciudad asediada. No obstante, no todos dormían en la ciudad, una luz brillaba titilante en una de las ventanas del Cuartel del Ejército de Ost-En Äel. Tres figuras se hallaban sentadas en torno a una pequeña mesa circular, en cuyo centro ardía una solitaria vela de cera. Dos hombres y una mujer conversaban en voz baja pero firme...se estaban preparando para una nueva jornada de lucha.
[...]
-Bien- dijo uno de los hombres, de cabellos dorados y profundos ojos azules- ¿Cuál es la situación?
-Bueno- respondió el otro hombre, un joven de rostro vivaz y mirada animosa- después de la última derrota nuestros efectivos se han visto seriamente reducidos, nos quedan pocos hombres para defender la ciudad y no podemos pedir refuerzos al resto de Compañías, pues también están envueltas en cruentas batallas. Además, no hemos podido reconstruir bien la puerta principal, es demasiado frágil incluso para resistir una piedra del tamaño de mi puño... No, no creo que podamos resistir otro ataque.
-Un ataque que se va a producir dentro de poco- dijo la mujer, una hermosa joven de pelo azabache y ojos fieros- Nuestros espías nos han asegurado que el ataque definitivo se va a producir la próxima noche. El enemigo está reuniendo un poderoso ejército, pues me han informado de que están llegando grandes contingentes de soldados día tras día. Nuestra stiuación es crítica.
-No obstante, debemos resistir...-dijo el hombre de ojos azules-...al precio que sea. O vencemos o morimos.
El joven y la mujer bajaron la mirada, aceptando las palabras del otro...aceptando su destino. No hubo más palabras, los tres se levantaron y se dispusieron a marchar, pero la mujer se quedó mirando a través de la ventana, con ojos tristes. El alba empezaba a despuntar...
[...]
Era mediodía ya, y los tres Comandantes de la Primera Compañía de los Ejércitos de Formen-Draugliante volvieron a reunirse en el comedor del Cuartel para compartir la que quizás sería la última comida juntos antes de que el destino hiciese su aparición esa noche, para bien o para mal. Los tres estaban sentados en una larga mesa junto a los demás oficales de menor rango, los rostros de todos eran serios y su mirada perdida, más allá del plato de comida que tenían enfrente. En un momento determinado, Hathol habló, sin alzar la voz, pues tal era el silencio imperante en la mesa que no le hizo falta.
-Camaradas- dijo el humano- como todos sabéis, esta noche Farothdin lanzará el ataque definitivo sobre nuestra amada ciudad, pues está reuniendo un gran ejército con contingentes que le han llegado de varios puntos de su país. Nos superan de forma clara y aplastante...no creo que podamos resistir durante mucho tiempo su acometida, así que sólo os digo que si tenemos que morir esta noche moriremos con honor y por nuestra patria.
-¡Sí!- gritaron al unísono todos.
-La estrategia es sencilla- el que hablaba ahora era Herkeblam- resistir hasta vencer o morir. Ezel y sus arqueros se apostarán en lugares estratégicos de la ciudad, como tejados, portales, ventanas o balcones, con el fin de tender emboscadas a los soldados de Farothdin que sin duda penetrarán en la ciudad. Hathol y la caballería les harán frente en la Plaza del Mercado, pues es el lugar más céntrico y es el primer sitio que querrán tomar, para hacerse fuertes y desde allí invadir el resto de la ciudad. Yo comandaré a los soldados de a pie, la infantería, y nos colocaremos en las murallas. Señores, manos a la obra, tenemos una batalla que librar.
[...]
El cielo estaba despejado, no había ni una nube en el horizonte, y las estrellas titilaban con su fría luz. Soplaba una ligera brisa glacial, que hacía que los corazones de los defensores de Ost-En Äel se enfriaran más aún si cabe. No se oía ningún rumor en la ciudad, ningún ruido, sólo el crepitar de las llamas en las antorchas que iluminaban las murallas de la ciudad. Los soldados apostados en las almenas vigilaban detenidamente el horizonte, iluminado vagamente por los fuegos que salpicaban el enorme campamento del enemigo. De repente, los soldados draugliantiris empezaron a oír el retumbar del ejército enemigo aproximándose. Herkeblam se encontraba en el centro de la muralla, ataviado con su coraza plateada, la sobrevesta y la cota de malla, llevaba también unos guanteletes y unas grebas de acero, y de su cinturón de cuero colgaba su espada, a sus pies reposaba un gran escudo de madera con remaches de hierro adornado con el emblema de Formen-Draugliante. Herkeblam desenvainó la espada, y alzándola en el aire gritó una orden.
-¡Arqueros! ¡Disparad a discreción!-.
El cielo estrellado se cubrió por completo por una nube de flechas que cayeron entre las filas del ejército de Farothdin, se oyeron los gritos horrorizados de aquellos que habían sido alcanzados por alguna de las saetas. No obstante, Farothdin respondió también con una descarga de flechas, y justo cuando Formen se disponía a disparar de nuevo, de las filas del ejército enemigo salieron varios Ents, que empezaron a lanzar piedras y a aporrear las puertas, que cedieron con facilidad. El ejército de Farothdin penetró en la ciudad y el caos se desató. Mientras una parte del ejército enemigo subía a las murallas y a las almenas, otra parte se dirigía por la Calle Principal hacia la Plaza del Mercado, y una tercera se dirigía hacia los barrios aledaños a la Plaza. Herkeblam y sus hombres se lanzaron con fiereza hacia sus enemigos para defender las murallas, pero pronto fueron engullidos por la marea de soldados de Farothdin que seguían entrando en la ciudad. Ost-En Äel había sido invadida.
[...]
En los barrios colindantes con la Calle Principal Ezel estaba haciendo un buen trabajo con sus arqueros, pues se dedicaban a hostigar con sus flechas a los pequeños grupos del ejército enemigo que se internaban por las estrechas callejuelas de los barrios periféricos. La mujer iba saltando por las terrazas y balcones, dando ánimos a sus hombres y disparando flechas en la oscuridad hacia los soldados de Farothdin. Entonces, Ezel saltó a tierra y se escondió en el portal de una casa, junto a algunos de sus hombres, dispuestos a emboscar a un pequeño grupo de soldados de Farothdin, pero los que fueron emboscados fueron ellos, ya que el enemigo era más numeros de lo que creían.
-¡Soldados!- gritó Ezel, desenvainando la espada corta que llevaba a la cintura - ¡Tirad los arcos y desenvainad las espadas! ¡Ha llegado la hora de la verdad!
Los dos grupos se lanzaron a la batalla con furia, y pronto el suelo se cubrió de sangre, tanto de unos como de otros. Ezel luchaba con denuedo, pero veía como poco a poco sus hombres iban cayendo ante las superiores proporciones del enemigo. La mujer sintió un agudo dolor en el muslo derecho, una espada le había alcanzado, pero siguió luchando y defendiéndose con bravura, incluso cuando una daga lanzada a traición se le clavó en el hombro izquierdo, pero cuando una flecha salida de la oscuridad le atravesó la muñeca derecha la espada le cayó de la mano. El dolor era muy intenso y, presa de él, Ezel cayó de bruces al suelo y ya no vio más ese día.
[...]
La caballería, con Hathol a la cabeza, esperaba inquieta en la Plaza del Mercado. Los ecos de la lucha en toda la ciudad retumbaban en aquel espacio. De repente, los soldados enemigos penetraron en la plaza en silencio pero con determinación. Eran unos hombres de rostros extraños y vestidos de rojo. No obstante, se detuvieron al entrar en la Plaza, pues lo que veían les helaba el corazón. Un ejército de varias filas de caballeros de armadura brillante les esperaban en quieta formación y en un silencio atronador, pero la visión más pavorosa era la de su comandante. Allí, en medio de la oscuridad, al frente de la caballería, se encontraba Hathol Karkar, ataviado con una armadura plateada, que centelleaba a la luz de las estrellas, el yelmo, adornado con dos alas de dragón a los lados, le cubría la cabeza y la cara por completo dejando sólo la rendija a la altura de los ojos, detrás de la rendija sólo se veía el brillo de sus intensos ojos azules. Pero lo que más terror infundía a sus enemigos era la espada que Hathol portaba en la mano derecha. Alzada contra el cielo, Fealóke crepitaba con sus intensas llamas azules, inundando la plaza con su fantasmagórico resplandor.
-¡Hombres del Norte!- gritó el yelmo alado- ¡Invoco a la valentía y al coraje de vuestros corazones! ¡Luchad con furia y morid con honor! ¡Por Formen-Draguliante! ¡Por la vistoria y la libertad! ¡A la carga!-.
Los jinetes se lanzaron hacia la formación enemiga devastando sus primeras filas, pero la Plaza era un lugar demasiado pequeño para luchar a caballo, así que después de la primera acometida los defensores de la ciudad dejaron a un lado a los caballos y empezaron a luchar a pie contra aquellos extraños enemigos vestidos de rojo. Éstos luchaban con una fiereza inimaginable y no caían hasta que no eran heridos varias veces con la espada. Hathol blandía a Fealóke de un lado a otro, cercenando brazos, piernas y cabezas enemigas, empapando de sangre roja y espesa su brillante armadura de mithril. No osbtante, a pesar del empuje y la valentía de los soldados draugliantiris, los hombres de Farothdin iban ganando terreno poco a poco.
-¡Señor!- gritó un oficial a Hathol en el fragor de la batalla- ¡Nos superan en número, no podemos resistir más! ¡Debemos replegarnos en las calles de detrás de la plaza o seremos masacrados!
-¡Arrghhh!- gritó Hathol con furia y desesperación, mientras cercenaba de un certero tajo la cabeza de un enemigo- ¡Maldición! ¡Retirada! ¡Replegaos en las calles! ¡Retirada! ¡A los caballos!
Los pocos soldados draugliantiris que quedaban saltaron a sus caballos y huyeron rápidamente de la plaza en dirección a las calles colindantes, no obstante, el enemigo no les persiguió, pues había cumplido su objetivo. Cuando estuvieron suficientemente lejos de la Plaza los jinetes se detuvieron a tomar un poco de aire. Pero ninguno habló, pues todos sabían que habían sido derrotados. Un grito sacó a Hathol de sus pensamientos.
-¡Comandante!- era uno de los arqueros de Ezel que acaba de llegar a donde estaban Hathol y sus hombres- Han invadido la ciudad, han destruido las murallas y han arrasado varios barrios y...señor...estáis sangrando.
-Bah- replicó Hathol- no es nada, sólo son cortes superficiales donde no me cubre la armadura.
-Son profundos, señor- insistió el arquero- ¿Seguro que estáis bien?
-¿Cómo te llamas?- preguntó Hathol, haciendo caso omiso de la pregunta del arquero.
-Vahn, señor- respondió el hombre.
-Bien, Vahn- dijo Hathol- ¿Sabes algo de los Comandantes Ezel y Herkeblam?
-Han sido heridos, señor- respondió Vahn- Mi señora Ezel ha sido encontrada inconsciente en una de las callejuelas aldeñanas a la Calle Principal, y el Comandante Herkeblam ha sido herido por varias flechas, y cuando lo encontraron, bajo un montón de cascotes al pie de lo que queda de la muralla principal, el mango de una espada le sobresalía del hombro izquierdo. Los hemos trasladado de inmediato al Cuartel, mi señor.
-Bien- dijo Hathol, subiendo de nuevo al caballo- iré enseguida a verles.
-Pero no todo son malas noticias, Comandante- se apresuró a decir Vahn, antes de que Hathol partiera- El ejército de Farothdin se marcha, están retirándose de la ciudad.
-Pues claro que se marchan- replicó Hathol con acritud- Han cumplido con su objetivo, nos han derrotado, han aniquilado a casi la totalidad de nuestra Compañía y han arrasado gran parte de la ciudad. No tienen ningún motivo para quedarse-. Y Hathol espoleó al caballo y partió raudo al galope.
[...]
Vahn avanzó entre los cascotes y escombros, aún humeantes, de lo que quedaba de la muralla principal. No había ni rastro del ejército de Farothdin.
-La guerra termina...por fin- susurró Vahn para sí.
El arquero sacó la última flecha que quedaba en su carcaj, prendió fuego a la punta en uno de los fuegos que ardían en las cercanías, apuntó al cielo y disparó.
[...]
Fin.
Resumen de la batalla.
Realengo de Farothdin ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 420 puntos.
Valoraciones: 7.8+7.6= 7.7
Recupera: 323 puntos.
Pierde: 202 puntos
Formen Draugliante ha perdido 25 armadas x35= 875 puntos.
Recuperables: 656 puntos al hacer uso de un poder especial.
Valoraciones: 8.6+8.4= 8.5
Recupera: 558 puntos. Los dirigentes de la Compañía pierden un 80% de vida por lo que recuperan 280 puntos. Total recuperación 656 puntos
Pierde: 219 puntos.
Formen Draugliante entrega 100 monedas a Realengo de Farothdin por el abandono de la batalla.
Realengo de Farothdin percibe 450 monedas por la victoria de la batalla.
Realengo de Farothdin percibe 600 monedas por el saqueo de Ost en Ael
Batalla finalizada