Uzbad Kibil
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 15
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 7
Victoria para Formen-Draugliante
No se produce saqueo

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2007:06:01:10:31:56
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 15
Armadas perdidas por "Formen-Draugliante" = 7
Victoria para Formen-Draugliante
No se produce saqueo
La reunión era solemne; había un aire de seriedad en el ambiente impropio para el pueblo alegre de las Tierras del Norte. Había allí muchos hombres: los senadores Zirak, Laureon y Alalmë y varios de los generales de las principales cohortes, un Caballero de la Rosa, uno de los impresionantes guerreros enanos a las órdenes del propio Alto Consejero y un heraldo. La sala que los envolvía estaba construida en piedra: grandes losas de granito revestidas con azulejos de mármol de colores. Aquella habitación en el mismo corazón de la Torre de las Ánimas —el lugar más fortificado de la ciudad del comercio— de Mirianost era antigua: databa de los tiempos del Reino Antiguo, y por ello su estilo de corte clásico no tenía mucho que ver con el arte de símbolos y runas —para entendernos, de aire céltico— tan característico de los habitantes de Helkelen.
Los generales hablaban. Los hombres de Lempë Ohtari los atacaban en el corazón de su reino de flores, frío y belleza glacial; los muros de Mirianost, construidos recientemente tras la llegada de los Exiliados, no eran los más altos ni los más resistentes de la región, pero contaban con algo que no poseían muchas otras murallas: tenían espíritu. Las gentes del norte, aguerridas y acostumbradas a una vida dura, sabían desbordar su energía en la defensa de sus casas. La moral, ese factor tan variable y tan difícil de manejar, sería fundamental en la batalla que se avecinaba.
Los exploradores habían detectado, poco antes, el avance de las tropas enemigas, y se preveía una lucha encarnizada. Poco tardaron en distribuirse las diversas tareas: Alalmë se encargaría de la importantísima tarea de garantizar vías de escape —galerías subterráneas construidas por los enanos de Zirak, principalmente— en caso de que la defensa se tornara infructuosa, además de garantizar un sistema eficiente de atención a los heridos; Zirak, por su parte, se aseguró de que la ciudad estuviera bien defendida para cuando llegara la tormenta. Era una tarea difícil porque Mirianost, como ciudad de comercio, crecía con rapidez y los soldados debían cubrir un amplio perímetro de muralla. No obstante, como el ataque se preveía desde el este, Zirak distribuyó la gran mayoría de las tropas en ese flanco de la muralla y dejó centinelas en las otras partes del muro, por si surgieran sorpresas (lo que no sucedió, como se verá). Los ingenieros prepararon armas de largo alcance por si el ejército de Lempë pretendiera asediarlos. No tenían una precisión muy buena —de hecho, era más bien penosa—, pero para su cometido demostraron ser muy válidas.
Laureon, por último, llevó a sus caballeros al exterior y entre todos prepararon unas defensas eficientes de los prados alrededor de las murallas. Las granjas cercanas fueron evacuadas y se plantaron estacas en todos los huecos. Construyeron una endeble empalizada con los materiales de que disponían —que tampoco eran muy numerosos— y la barnizaron con una espesa capa de aceite de ballena. Los caballeros fueron muy cuidados de colocar la pared a tiro de flecha desde el muro principal.
Se cavaron trincheras y se levantó la tierra de tal modo que los asediadores encontraran dificultades en construir sus propias defensas. Por su parte, Laureon diseñó algunas pequeñas sorpresas incendiarias, que fueron convenientemente escondidas. Los hombres desmontaron y llevaron sus caballos a la Plaza Mayor de la ciudad; en caso de que todo saliera mal, podrían ofrecer entre todos una última carga gloriosa.
Los preparativos fueron más largos y mucho más complejos pero, por amenizar este relato, avanzaremos hasta el momento en que los generales se encontraron sentados en las sillas de madera tallada en la Torre de las Ánimas—la que ofrecería, de hecho, la mayor resistencia al ataque—, con el rostro taciturno pero el ánimo tranquilo.
— ¿Qué dice el último informe de los exploradores, Laureon?—preguntó Zirak.
—Los soldados de Lempë avanzan con cautela y son difíciles de detectar. Hemos perdido a uno de los oteadores —dijo Laureon, inusualmente serio—. Atacarán por el este, como estaba previsto. Cuentan con un ejército muy numeroso… y abundantes máquinas de asedio. ¿Qué habéis hecho al final con los Ents?
— Aunque estén intranquilos, han aceptado refugiarse en la ciudad —respondió Alalmë—. Había abundantes escombros de las ruinas del cementerio antiguo y han acumulado una gran cantidad de escombros en la plaza del Cuartel. Está orientada al este, así que tendrán buen ángulo de tiro.
—Convendría mantener una línea de correo regular con ellos —aconsejó el Maia—; estaría realmente muy bien que afinaran con sus disparos. Si queréis se pido a uno de los míos; son expertos en enviar y recibir correo desde mi Torre a otros puntos del país.
—Me parece bien —zanjó Zirak—. Pon a otros hombres de reserva, y a otro que vigile el trayecto, por si caen muertos durante el asalto.
Laureon asintió, conforme. Entonces se recostó en su asiento y suspiró.
—Odio esto —comentó—; cuando pienso en todas las almas que he matado desde que llegué a las tierras del Oeste… —alzó sus manos suaves y las contempló con la mirada perdida—. No puedo evitar pensar que las he manchado de sangre.
—Lo hiciste por un buen fin —dijo Zirak sin dudar.
Laureon sonrió con tristeza.
—Eso espero, mi buen enano, eso espero…
Aquella noche no se oía un solo ruido desde las almenas de la Torre de las Ánimas. La ciudad esperaba con calma expectante. La incertidumbre era horrible, más que el mismo horror en sí. Los ocasiones aullidos de los perros, los ecos de las voces casuales de aquellos que no deseaban hacer ruido, acrecentaban aquella sensación de un modo hiriente. Laureon contemplaba las estrellas sentado en el adarve, fumando en pipa hierbas de manzana. Empezaban a escasear por allí, pensó.
Alalmë se acercó a él entonces y se colocó a su lado.
—Han cambiado tantas cosas… —comentó—. Hasta las estrellas parecen distintas.
Laureon sonrió.
—Las estrellas no cambian… pero sí nuestra forma de verlas.
—Quiero que termine esta guerra—dijo Alalmë—. Estoy cansada.
Él sonrió.
—Yo también, niña—dijo.
Para un espectador ajeno, aquella afirmación hubiera resultado incomprensible. Alalmë era una mujer de mediana edad, madura y fuerte, con la piel endurecida por las labores del campo. Él, sin embargo, a pesar de tener rasgos humanos, era hermoso y parecía muy joven. Incluso podría haber sido su hijo. No dijeron nada más. No hacía falta.
Zirak apareció entonces.
—Hace frío aquí arriba —comentó con su característica voz áspera. Laureon se giró y miró al hombretón.
—Los vientos presagian grandes cambios —dijo el Maia—. Aunque las circunstancias nos hayan mostrado nuestras diferencias, querido Zirak, que la vida te sonría. Este pueblo te necesita, y has hecho grandes cosas por él. Suerte mañana. ¡Que tu brazo sea certero y tu escudo resistente!
Se alejó de aquel lugar, pues soplaba una brisa helada, como había dicho el enano.
—Intentad dormir un poco—suspiró.
Los dos quedaron en silencio.
—Es un hombre extraño—comentó el enano.
—Es… él —dijo Alalmë, encogiéndose de hombros—. Te tiene mucho respeto.
Zirak soltó una gran carcajada.
—Pues parece lo contrario.
Alalmë sonrió enigmáticamente, como pocas veces hacía. El brillo de la luna dotó a la expresión de su rostro de un encanto mágico.
—Claro. Por eso lo digo.
El día de la batalla amaneció gris. Resonaron algunos truenos a cierta distancia, al norte, sobre los montes, y cayó una fina llovizna durante todo el día. Los soldados de Lempë avanzaron con cautela, bien organizados, hacia la muralla de Mirianost. Las máquinas de asedio fueron montadas al frente del ejército —muchas, muchas torres, hileras de altas escaleras, balistas pesadas y catapultas, además de los infatigables y crujientes ents— y el ejército esperó una hora. La improvisada empalizada permaneció invicta un poco más.
Finalmente, tras las fervorosas arengas, los hombres se abalanzaron sobre el muro de madera. La primera línea lo escaló sin dificultad, pero fue recibida con una furibunda lluvia de saetas. La empalizada fue derribada y los hombres de Lempë cruzaron en mareas. Los primeros en llevar bajo la muralla —convenientemente alejados del alcance de las piedras y el aceite— cavaron como pudieron improvisadas trincheras donde resguardarse. Aquí se accionó la primera trampa. Cuando la infantería ligera lempita comenzó a cavar los montículos removidos por los hombres de Laureon, se encontraron con extraños artefactos que arreciaban llamas. Muchos murieron calcinados —una muerte cruel, por cierto— y otros tantos abandonaron los campos despavoridos, entre gritos. Los ents se llevaron la peor parte. Cuando las moles de madera se dispusieron a cruzar la línea del muro de madera cuando los arqueros de Mirianost, prevenidos, incendiaron sus flechas y dispararon sobre las estacas. Aquello desencadenó una carnicería. La madera, cubierta con espesas capas de aceite inflamable, ardió con llamas de varios metros en pocos segundos. Los alaridos de aquellas masas de madera se extendieron por toda la ciudad y Laureon, al ver aquel horrible espectáculo, que él mismo había sugerido y llevado a cabo, se estremeció.
Pero la batalla continuaba. Los lempitas, locos de ira tras aquel batacazo, cargaron con renovadas energías. Varias torres de asedio y escaleras alcanzaron su objetivo, y la batalla se propagó por las murallas. Una hueste aún permanecía sin luchar, la escolta enana de Zirak y los Caballeros de la Rosa de Laureon, que se habían reunido bajo los mandatos de sus respectivos dirigentes a las puertas de la ciudad.
El ímpetu de los lempitas era tal y su número tan ingente a pesar de sus graves pérdidas, que los defensores de Mirianost hubieron de retroceder. No obstante los soldados pudieron retener la primera oleada y el suelo empedrado de la ciudad comercial del Llano de la Estrella tardó en cubrirse de sangre y cadáveres.
Entonces sonó el retumbar del ariete, y muchos temblaron, pues un combate en el interior de la ciudad resultaría durísimo y de difícil victoria. Esto bien lo vio Zirak, que llamó a gritos a Laureon y le comunicó nuevas órdenes. El Maia se fue corriendo junto a quinientos de sus hombres; tomó la calle principal, hacia la plaza, y se perdió entre los edificios. Ante la desprotección de las puertas, que habían quedado únicamente defendidas por los enanos del Gran Consejero, los arqueros pesados cedieron sus flechas a los ligeros, desenvainaron y corrieron abajo.
La puerta era fuerte, de madera y reforzada por arquitectos enanos, pero ante la embestida de una máquina tan tenaz no pudo hacer nada. Al sexto golpe la madera se resquebrajó; al séptimo, fue arrancada de sus goznes.
La contienda entonces se extendió al interior de la ciudad. En un primer momento, la fiereza de los lempitas hizo retroceder a los enanos. Pero de pronto apareció el propio líder, armado y blandiendo un enorme martillo. Pocos se atrevieron a plantarle cara, y ofreció tal resistencia que incluso sus propios hombres —enanos, mejor dicho— quedaron asombrados.
Pero las cifras son difíciles de revocar, y los lempitas atacaron en masa a la brecha recién abierta. La Torre ofrecía tenaz resistencia, pero una bomba de catapulta la había dejado casi totalmente inutilizada.
Laureon apareció entonces con los Caballeros, montados a caballo, fuera de las murallas —existen vías que nadie conoce excepto quien las ha construido—, y cargó sobre la columna principal lempita. Los soldados, desprevenidos, cayeron en masa. Cundió el pánico entre los hombres de Lempë Ohtari y varias líneas se desbandaron. En un momento tal de fragilidad, Zirak no corrió ningún riesgo. Los enanos salieron de las puertas, corriendo con sorprendente velocidad, y junto a los jinetes hostigaron e hicieron retirarse a las últimas filas de infantería que se mantenían firmes. Sonaron cuernos y Lempë se retiró del combate.
Cuando Laureon volvió de hostigar a las tropas desligadas de la columna principal lempita —con una buena cantidad de prisioneros, que fueron tratados con sorprendente (para muchos de ellos) generosidad—, se encontraba sucio y exhausto. Se dio cuenta de que tenía varias heridas de espada y flecha. Rhak-nûz, su segundo al mando de la Orden, le ayudó a subir a las Casas de Curación. Allí se encontró con que Zirak y Alalmë también tenían heridas.
—Hoy hemos obtenido una gran victoria —dijo el enano con orgullo. Laureon se desplomó sobre una de las camas con un suspiró, más tocado por el cansancio que por las heridas.
—Sí… pero todas las victorias exigen sacrificios… y la guerra cobra en vidas humanas. Necesito vacaciones.
Zirak gruñó.
—No eres el único.
Grandes acontecimientos siempre quedan en la memoria, algunos llenos de dicha, otros cargados de dolor. Todo forma parte de un pueblo, que como muchos otros, trabaja porque sus cimientos perduren a través de la historia.
Todas las batallas que se libraron dejaron un sabor amargo que difícilmente podremos olvidar, creo que esto es, porque a pesar de saber que del campo de batalla no todos regresan, siempre albergamos la tonta ilusión que los nuestros sobrevivirán a todo, como seres inmortales, en especial al ver sus ojos llenos de vida, con ansias de acabar pronto la contienda y regresar victoriosos a casa. Nuestro corazón desea que así sea, pero sabemos que la realidad es otra, una mucho más macabra.
No todos regresan al calor de un hogar, a los brazos de los seres amados, a compartir tardes de juerga con los amigos y con una cerveza en la mano brindar por las hazañas realizadas, ensalzadas de valor y honor y del orgullo de pertenecer a alguna familia en particular.
Siempre hemos dado el todo por el todo, intentando dar ánimo a los nuestros cuando lo han necesitado, y confiado en ellos. Estudiado terrenos, movimientos, estableciendo estratagemas hasta altas horas de la noche, para que al fin de cada jornada todos griten con el puño en alto “la victoria es nuestra”. Con la frente en alto varias veces nos hemos dado cuenta que muchos nos observan con otros ojos, como si todo fuese gracias a nosotros... a pesar de que formamos parte de eso, no es sólo gracias a nosotros, es gracias a todos.
Todos ponemos nuestro granito de arena en cada empresa, pero nadie es más ni menos que otro, ya que al final todos somos iguales. Algunos vivirán más, otros menos, habrá diferencias de estaturas, de contextura física; de origen, bueno... está de más decir que son miles las diferencias, pero somos todos, al fin de cuentas, seres que sentimos y amamos de una u otra forma. Eso nos hace ser hermanos.
Se que cada uno ha visto a muchos irse, y no puedo explicar el dolor que personalmente he sentido al haber visto el momento en que muchos perecieron, tantos con los cuales en más de una ocasión compartimos palabras, sonrisas y miradas después de haberlos alentado a pelear por lo que más aman.
Se que dentro de poco la compañía se lanzará con todo a la ciudad enemiga y mi querido enano y la bella maia irán a la cabeza de un enorme contingente para seguir creando historia... y heme aquí, cabalgando tranquilamente hacia el sur, alejándome de todo por un deseo que anhelo cumplir antes de que mi bebé nazca. Yo, que nunca quise estar fuera del campo de batalla, a pesar de que ponía más que mi vida en juego... pero a pesar de todo, tengo la certeza que si nuevamente el extranjero desea invadir nuevamente nuestras tierras lo pensará dos veces.
No sé que pensará mi bebé cuando se entere que su madre portándolo en la barriga, espada en mano luchó hasta el agotamiento. Para mí era una necesidad, pero si me preguntan en estos momentos de qué, no sabría que decir... ¿de demostrar que sigo viva?... realmente no lo sé. De lo único que estoy segura es que son muchas las dudas en mi cabeza.
¿Estaremos todos preparados para afrontar lo que venga? ¿Estaremos completamente atentos a ello? Sabemos que nuestro mundo no va a cambiar pero ¿qué tanto cambiaremos nosotros? ¿Qué tanto habremos cambiado? ¿Estaremos concientes de ello? Sabemos que no podemos retroceder el tiempo, ni cambiar lo que ya pasó... me costó asumirlo... que ya no hay vuelta atrás... tan sólo nos queda aceptar lo que ha pasado y seguir adelante, esperando que las caídas no sean tan fuertes.
Atentos siempre, con los ojos bien abiertos hemos visto muchas cosas, pero ¿cuántas veces hemos cerrado nuestros ojos y visto hacia adentro? Mirado pero no con nuestros ojos si no con nuestro corazón, creo que muchos y que nadie está conforme con esta guerra. Porqué si tanto odiamos lo que el invasor hizo con nuestras tierras, con nuestra gente, nuestros sembrados... hemos pagado con la misma moneda rebajándonos, cometiendo las mismas acciones que tanto odiamos.
Nos transformamos en prisioneros de nuestro temor, de nuestro odio, de nuestras dudas. ¿Qué sucedería si nos liberáramos de todo aquello? ¿Nos daríamos cuenta de lo hermoso de nuestra vida o simplemente acabaríamos cansando de ello y volveríamos a caer en el odio, temor y dudas?
Esperemos que seamos completamente fuertes de espíritu para levantarnos después de toda esta inmundicia y seguir adelantes con la frente en alto, tranquilos, y conformes con nuestra vida, y con la paz que tanto anhelamos.
El sopor nuevamente se hace mella de mis pensamientos... Desde que salimos junto a Aratan de Yavetil han venido y desaparecido. Ahí va, con su rostro serio delante de la pequeña comitiva que me lleva a un pueblo más allá de las fronteras...Qué pensamientos rondarán por su mente, ¿inquietudes? No sé, sólo entiendo aquel brillo que vi en sus ojos reflejando la misma emoción que yo sentía cada vez que levantaba mi espada. No se cuántas guerras cargará consigo, cuánta sangre derramada habrá bañado sus manos, cuántas vidas habrán terminado. Cuántas historias, cuántos fantasmas rondarán en sus memorias, al igual que a todos.
Aprieto las riendas de mi caballo. Mis ojos se cierran una y otra vez y no quiero dormir, pero me siento tan agotada... no quiero cerrar mis ojos porque en esos instantes siento angustia, angustia por los que quedaron... por los cientos de hombres que se encuentran en terrenos extraños, por mis amigos... pero el cansancio puede más...
Desde la oscuridad sonidos extraños llegan a mi cabeza, es el ruido de la batalla bajo un día gris, batalla que retumba como los latidos de mi agitado corazón... grandes llamaradas y gritos espeluznantes... empedradas cubiertas de sangre y cadáveres... lluvias de saetas de fuego acabando en una horrible masacre, el chocar de las espadas, y con mucho esfuerzo a dos grandes guerreros intentando mantener la formación del ejército...
¡Hasta cuando tanta destrucción!...
Como en un vívido sueño, reposo en el centro del campo de batalla con mi alma acongojada... Y con espada en mano intento formar parte de todo, una vez más... pero esta vez deteniendo el camino de la muerte de todos... mas no puedo hacer nada... ni mis gritos son escuchados...
¡Deténganse de una vez!
No quiero más muertes... no más sacrificios inútiles... mi corazón apretado no da crédito a todo lo que acontece.
¿Qué hemos logrado con todo esto?...
Con la respiración agitada levanto el rostro y una suave llovizna limpia mis lágrimas... he sido parte de todo aquello... en su momento todos sentimos que fue correcto... pero ahora qué... sólo queda intentar que nunca se repita... por los nuestros... por nuestro hijos... sí, por ellos, y con determinación me dirijo a buscar a alguien que pueda detenerlo todo... pero al girar mis ojos se encuentran con una mirada espeluznante... lanza en mano... enclavándola en mi bajo vientre.
Asustada abro mis ojos... continúo sobre el caballo en dirección a Rimalven Lara y la lluvia cae con fuerzas sobre la pequeña comitiva.
Con mi corazón angustiado aún siento el olor a sangre... y junto a sus latidos, el dolor de la lanza en mi vientre aparece y desaparece, una lanza de un sueño que no... eso no es... es mi bebé... es el bebé que va a nacer.
Resumen de la batalla.
Lempe Ohtari ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 394 puntos al hacer uso de un poder especial.
Valoraciones: 7.2+8.0= 7.6
Recupera: 299 puntos. Los dirigentes de la Compañía pierden un 35% de vida por lo que recuperan 123 puntos. Total recuperación 394 puntos
Pierde: 131 puntos
Formen Draugliante ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.
Recuperables: 196 puntos.
Valoraciones: 9.0+7.4= 8.2
Recupera: 161 puntos.
Pierde: 84 puntos.
Lempe Ohtari entrega 100 monedas a Formen Draugliante por el abandono de la batalla.
Formen Draugliante percibe 150 monedas por la victoria de la batalla.
Batalla finalizada